ENTRADA 22: Día 2, 17:42. Desahogándome. He estado hablando con mi madre más de media hora, hasta que el sonido que anuncia que la batería del móvil está apunto de llegar a las últimas nos ha obligado a cortar la comunicación. Nunca antes he sentido tanto consuelo al escuchar sus palabras. Ella también se ha emocionado, y cuando ha comenzado a llorar al otro lado del aparato, yo no he podido evitar que se me escaparan algunas lágrimas. He tratado de que no se notara que estaba llorando como un crío. He intentado parecer fuerte, transmitirle serenidad, madurez, persuadirla a ella y a mí mismo de que todo va a salir bien, que pronto estaré en casa, pero temo no haber sido del todo convincente. Me ha dicho que ayer se puesto en contacto con los padres de los demás amigos. Que anoche salió un coche con cuatro de ellos para tratar de ir a buscarnos, estaba nerviosa, no ha sabido ni decirme sus nombres. Sólo he sacado en claro que les llamaron desde algún punto fuera del llamado “Perímetro 1” y les dijeron por teléfono que no dejaban entrar a nadie bajo ningún concepto, que no podían seguir avanzando y buscarían otro camino. No han podido volver a contactar con ellos. Espero que estén bien y sólo sea culpa de la cobertura. Le he dicho a mi madre que si todo esto se pusiera aún peor no dude en alejarse de la ciudad, que coja a mi hermana y a los demás y se marchen a la casita que tenemos en un pequeño pueblo del interior. Que yo sabré llegar más adelante. Le preguntado por lo que ocurría en el país, no teníamos noticias recientes desde hacía horas y me ha contestado que el presidente ha pedido ayuda al exterior para gestionar la crisis y que todos los países estaban comenzando a mandar soldados y especialistas de varios tipos, ha intentado decirme que todo saldrá bien pero creo que no me ha dicho todo lo que sabe, parecía haber algo más. Luego me ha pasado a mi hermana al teléfono y ella ha tratado de animarme, le he dicho que me prometa que se irán al pueblo en caso de riesgo, aunque yo no haya llegado. Ella me ha dicho que no hará falta, que todo se arreglará enseguida, aún así he insistido hasta que me lo ha prometido a regañadientes. En ese momento el móvil ha avisado de que no tenía más batería y nos hemos despedido apresuradamente. Les he dicho que me llamen cuando se haya cargado, que estoy en un lugar seguro y que no se alarmen si no contesto, que puede que no haya cobertura. Me han pedido que por favor me cuide, que no haga tonterías y que me quieren… yo nunca les he dicho que les quiero, supongo que lo saben pero nunca lo digo por vergüenza, no va conmigo expresarme de forma tan abierta, pero esta vez me he tragado la timidez y les he dicho que yo también les quiero con un nudo en la garganta. Al colgar el teléfono he corrido hacia la mochila a buscar el cargador del móvil para llamar a mis amigos lo antes posible, sobretodo me preocupaba lo que les hubiera podido pasar a los ocupantes del furgón. He suspirado de alivio al encontrarlo en el fondo, lo he conectado al móvil y cuando finalmente me he girado intentando localizar un enchufe. Debo haberme quedado con cara de idiota, seguro que si hubiera podido verme era hasta gracioso. No hay ni un solo enchufe en esta maldita celda de curas. He mirado en todo el cuartillo, pero no hay nada en sus desnudas paredes. Resignado y pronunciando maldiciones en contra de la iglesia en la que me encerraban, he vuelto a guardar el móvil en la mochila. Al hacerlo se me ha ocurrido que podría escuchar la radio con el ipod, ¡como no había pensado antes en ello! Con hambre de noticias, novedades e información, y deseando con toda mi alma oír algo positivo de una vez por todas me tumbé en la cama buscando una emisora, la primera que encontré hablaba del tema, como seguro que lo hacían la mayoría de emisoras de radio del país. Las noticias no podían ser más desalentadoras. Una mujer narraba afligida y tartamudeante los últimos acontecimientos y el corazón casi se me para al escuchar que el perímetro de seguridad de Benidorm se había ampliado a 20 Km, incluyendo varias localidades más. Pero eso no era todo, en los siguientes minutos un aluvión de malas nuevas cayó sobre mí como un jarro de agua fría. Un hospital del centro de Barcelona se hallaba bajo cuarentena y rodeado por cuerpos especiales militares. El aeropuerto de Alicante había sido clausurado por la aparición de dos brotes. Se rumoreaban casos en una estación de tren de Madrid y también en Murcia. En Alemania, Francia y Holanda habían sido desviados varios vuelos provenientes de Alicante. Parece que todo lo que tiene contacto con esta zona queda irremediablemente contagiado. El programa ha terminado anunciando la llegada de ayuda internacional por parte de Estados Unidos, Japón, México, Argentina… y anunciando otra larga lista de los países que lo harían en breve. Conmocionado, he apagado el aparato para gastar la mínima batería posible. Me he tumbado con la mirada perdida hacia el techo y he comenzado a llorar amargamente, pensando que quizá no vuelva a ver a mi familia, que si todo sale mal es posible que acabe mis días entre estas cuatro paredes, o en la calle de al lado huyendo de esas cosas o de cualquier otra dramática forma que mi mente imaginaba en un torrente de horribles escenas sangrientas y dolorosas. No se el tiempo que estuve tirado en la cama, varios minutos probablemente. Tratando de sacudirme esos pensamientos negativos me he puesto a escribir estas líneas. Menos mal que en la mochila tengo folios y bolígrafo, aparte de los trastos tecnológicos y la botella de… Joder, alguien llama a la puerta.
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