INFECTADOS 27: 24 agosto 2013, 15:44 horas. Flashback de John Smith. “En algún lugar de Londres, una reunión crucial en una fría mañana de Febrero. John estaba sentado en una de ésas incómodas sillas de plástico típicas de sala de espera, nervioso, jugueteaba con la gomilla de su carpeta mientas veía como otra decena de jóvenes aguardaba su turno. Todos callados, todos ilusionados pero conscientes de que sólo elegirían al mejor. Se miran los unos a los otros, nerviosos, sin entablar conversación con los demás jóvenes, con un ambiente tenso, un ambiente que le recordaba la importancia para su futuro de aquella reunión. - Smith John – Sonó una voz masculina a través del pequeño altavoz encima de la puerta- Puede pasar. Al escuchar su nombre se levantó y comenzó a andar hacia la puerta mientras notaba como una docena de miradas se clavaban en él, percibiendo la envidia en su nuca les dedicó un apenas audible “que se jodan perdedores” a todos sus compañeros, abrió la puerta y entró al oscuro despacho. -Buenos días- Saludó nervioso el chico. -Siéntese John -Dijo amablemente uno de los dos hombres mientras repasaba unos informes.- Ya teníamos ganas de conocerle, hace años que seguimos sus progresos con gran entusiasmo. -¿De veras? -Preguntó el chico haciéndose el sorprendido. -Por supuesto, como no estar atentos a uno de nuestro genios más prometedores, licenciado en medicina y en química con honores y con sólo 22 años. El joven enrojeció un poco desde su silla, pero en el fondo sabía que era el mejor, estaba seguro de que conseguiría plaza en uno de los equipos. -¿Qué significaría una de nuestras becas para ti John?- Preguntó el otro hombre yendo al grano mientras lo miraba atentamente. Era un hombre bajito y delgado, con el pelo repeinado, bien vestido, con un toque de elegancia inglesa. -Pues sería mi sueño señor, trabajar en uno de sus equipos de investigación, con los mejores del mundo y los medios más avanzados. Llevo preparándome para esto toda mi vida.- Contestó John sinceramente. -Entonces bienvenido al barco hijo, estás dentro. Queremos a los mejores y sin duda tú tienes una gran proyección… Al oír aquellas palabras apretó fuerte su puño derecho, lo había logrado, estaba donde quería y ahora iba a comerse el mundo.” Londres 2006 …………………………………………………………………………………………………………………………………………………… Masticando, subo los escalones despacio, de uno en uno, no tengo prisa, sólo quiero comer tranquilo y escapar un poco del ambiente enclaustrado de ahí abajo. Ya está, he llegado al campanario. Desde la estrecha puerta veo cuatro campanas de diferente tamaño, colgando de gruesas cuerdas y orientadas hacia los cuatro puntos cardinales, tras ellas kilómetros de paisaje y vistas privilegiadas de toda la zona. Corro hacia la barandilla más próxima para asomarme, algo me sorprende y me incomoda. La ausencia de vida normal. Paso por debajo de la campana más pequeña y contemplo la macabra panorámica. Todo Finestrat estaría en silencio de no ser por las sirenas y el ir y venir de vehículos militares. No se ve ni a un alma caminando por la calle, los comercios están cerrados a cal y canto y muchas casas y pisos tienen las persianas bajadas, como si sus habitantes quisieran blindarse contra el exterior. Atónito por las vistas, decido asomarme por el lado opuesto. Benidorm se encuentra a poco más de una decena de kilómetros, y sobre los altos edificios de la costa, se alza una enorme columna de humo negro. -Debe estar ardiendo media ciudad para que se levante tan colosal humareda. Me siento mareado, tengo vértigo, así que agarro fuerte la barandilla oxidada, quiero alejarme pero no puedo dejar de mirar, durante un par de minutos me pregunto cómo ha podido pasar todo esto, durante un par de minutos vuelvo a recordar que hace tres días yo estaba allí tomando el sol, de vacaciones, viviendo una vida normal y feliz. Una lágrima me recorre despacio la mejilla, pasa por la comisura de la boca y se precipita campanario abajo camino a estrellarse contra el asfalto del suelo, veinticinco metros más abajo. Un ruido de helicópteros me saca de mi ensoñación y al aguzar la vista los veo volar al norte, por encima de la autopista A7. Cuento media docena de aparatos y veo como en cuestión de segundos se agrupan en fila y vuelan a ras del suelo, con una maniobra perfecta, ensayada, equidistantes los unos de los otros. Como una bandada de halcones sobrevolando conejos. El ruido de aquellos helicópteros de combate disparando como locos mientras sobrevuelan la carretera es indescriptible. Me quedo boquiabierto, parece una escena salida de la 2ª Guerra Mundial o de una película de acción, pero está pasando a pocos kilómetros de aquí. Escucho los disparos perfectamente, además con intensidad, por lo que creo que las armas deben ser de gran calibre. Las aeronaves realizan varias pasadas por la misma zona, maniobrando y cruzándose entre ellas, volviendo atrás y adelante en una macabra danza de muerte, como si buscaran algo con gran insistencia, o como si tuvieran que abatir a cientos y cientos de objetivos. Cuando lo asimilo se me hiela la sangre. Dios…están disparando contra cientos de infectados. Tengo que bajar y decirles a los soldados lo que he visto. Este sitio no es seguro, miles de infectados se nos acercan y el ejército actúa ya a la desesperada. Están muy cerca.
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