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El hombre que promete dejar de fumar

Humor2/13/2009
El hombre que promete dejar de fumar


Por Néstor Sappietro

Es muy probable que en su cuadra haya uno. Entre sus amigos o entre sus enemigos. Todos conocemos a alguien que promete dejar de fumar, para después faltar a la promesa por razones de fuerza mayor, de fuerza menor, o por falta de fuerza.

El tipo no es un mentiroso. Cuando dice que quiere sacarse el vicio de encima lo hace convencido, con fe, y a veces, con una pasión que parece inquebrantable. Uno ya lo conoce, y lo alienta, aunque fue testigo de encarnizadas batallas en las que el faso salió airoso.

Nuestro amigo es un habitante de umbrales, lo que lo hace un gran conocedor de los movimientos del barrio, también se lo puede encontrar en los bares de la zona, siempre junto a una ventana. Desde allí contempla la vida, y lo que ve, no lo divierte demasiado, por eso insiste en ponerle una cortina de humo.

El hombre se levanta por la mañana, apura un café con leche (porque no es bueno fumar en ayunas), se viste apresuradamente y antes de salir hace un rápido ejercicio de memoria, tanteándose los bolsillos de la camisa y el pantalón. Solo se tranquiliza cuando reconoce el contorno del atado y el encendedor. Entonces sabe que puede partir. Al llegar a la esquina, casi como un ritual, enciende el primer cigarrillo. Nada podrá impedir que lo termine. Ni siquiera el 119 que tiene la impertinencia de aparecer en ese instante. En medio de su culto matinal. Él lo dejará pasar. Aunque el próximo bondi tarde veinte minutos. Aunque llegue tarde al laburo. Esta ceremonia se repite durante todo el día, después del primer mate, del almuerzo, de la cena, de hacer el amor.

Sus promesas incumplidas de abandonar el vicio son imposibles de enumerar. Por eso, como toda aspiración de esta columna, vamos a relatar solo algunas particularidades de estos intentos fallidos: Los métodos fueron variando para mantener cierto entusiasmo. En un principio usaba el inicio de una estación, por ejemplo, la primavera. Más o menos un mes antes del 21 de septiembre hacía el anuncio entre amigos y familiares, que en los primeros intentos confiaban en este sujeto y hasta lo ponían como ejemplo de voluntad y entereza. El 22 de septiembre se lo veía nervioso pero seguro. El 23 por la noche, el hombre compra un cigarrillo suelto, “para calmar la ansiedad”, dice. Los cigarrillos sueltos, generalmente, son de la marca más berreta. Por eso piensa, “compro un atado de 10 de los que a mí me gustan, por si me da un ataque de angustia a la madrugada”. Todo esto sucede a escondidas de aquellos amigos y familiares que habían confiado en él, y a los que no podía defraudar. Para el 25 de septiembre ya fuma la misma cantidad que antes, pero a solas. Nuestro amigo se quiebra definitivamente en público el 30 de septiembre. Cuando le preguntan qué pasó con la promesa, contesta que anda muy nervioso, conflictos matrimoniales, problemas en el trabajo. No era un buen momento para dejar el faso.

Este episodio se repite en distintas fechas. Su cumpleaños, fin de año, el 29 de febrero, el nacimiento de un hijo. Más tarde, la promesa buscará hechos más insólitos. Cuando me terminen el tratamiento de conductos, cuando salga campeón Central, cuando crezca el producto bruto interno, cuando termine de hacer la parrilla, cuando brote el limonero... Y así se presenta cada tanto, con la misma fe, haciendo un bollo con el atado de cigarrillos y regalando el encendedor. Todos juegan a creerle aunque saben que la suya es una causa casi perdida... Cuando piensa en el futuro, se le ensombrece el rostro. Sabe que en “el barrio de arriba” están terminantemente prohibidos los vicios, y que en el mejor de los casos, con influencias, solo podrá conseguir algún faso para fumar a escondidas.

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