Así como los científicos han encontrado sesenta mil tipos de orquídeas, los médicos aseguran que hay cuatro grupos sanguíneos, y el saber popular acusa seis formas de atarse los cordones de las zapatillas, también se puede clasificar siete tipos específicos de madre de acuerdo a cómo llaman a sus hijas.
La que llama para contarte estupideces, por ejemplo, se comunica entre dos y diez veces por día para compartir toda clase de anécdotas sin remate, chismes de gente que no conocés, discusiones que tuvo con tu hermana y observaciones sobre programas de televisión que no mirás. En general, cuenta siempre las mismas cosas: que se encontró con algún viejo pariente que conociste a los dos años (¡Y justo era Eduardito, el hijo de Eduardo Politti! ¡Yo no lo podía creer!), que se peleo con tu hermana (y que ella le dijo tal cosa y ella le respondió tal otra), o que Mercedes Morán está cada día más joven (¿Pero vos la viste en Socias? ¡Parece una chica, te juro!).
A diferencia de la anterior, la que tira bombas en el contestador es mucho más breve. En vez de divagar durante horas en el teléfono, prefiere mandar mensajes de texto cortitos y con punch para causar un gran impacto en sus hijos: “Tuve un accidente. No se preocupen. Estoy bien”. “Asaltaron a papá. Mañana les cuento”. Y con este mecanismo perverso logra siempre lo que quiere: que la llames a cualquier hora, con el estómago hecho un nudo, para que ella se haga la desentendida y te pregunte para qué llamás si te dijo que no te preocuparas, que no es nada, que en realidad el asalto había sido hace dos años pero se había olvidado de comentártelo.
Igual de insoportable pero menos dramática, es que la vive convencida de que el contestador automático es un pre-atendedor en el que hay que esperar hasta que vos levantes el tubo. Un poco por pereza, otro poco por distracción, a este tipo de mujer le resulta imposible asimilar que en los contestadores modernos no se escucha el mensaje y que vos no estás al lado del teléfono haciendote negar. Para las hijas de estas madres es muy común llegar a casa de noche y encontrar veintiséis mensajes de idéntico tenor: Maríaaaaaaaaaaa es mamá ¿Estás por ahí? ¿Me escuchás? Bueno. Se ve que no ¿María? ¿No? Soy mamá, eh. ¿María? Yo de nuevo. Mamá. ¿Estás por ahí? Si me escuchás atendeme.
Otro tipo insufrible de madre llamadora es la que piensa el teléfono se inventó para corroborar que no estés muerta. Ni bien se entera que hubo un robo en tu barrio, que se descarriló un tren, que chocó un micro que venía de la costa, o que un glaciar del sur amenaza con derretirse, suena tu celular. Muchas veces ni siquiera estás cerca de la desgracia, pero como no contestaste un llamado que te hizo unas horas antes, ella se imagina que estás incendiada y amnésica en un hospital. Esta semana te llamó para ver si tenías dengue, para saber si conocías a alguien en el terremoto de Italia y para asegurarse de que hubieras llegado sana y salva esa noche que saliste con amigas a tomar algo. Por las dudas.
Menos plañidera pero igual de molesta es la que cree que el celular es en realidad un walkie-talkie para que ella perpetúe la sensación de inmediatez y de rutina que tenía cuando vivían juntas. Un llamado no es una conversación, sino un comentario al pasar, un chisme de pasillo, un codazo en la mesa del desayuno. Cuando disca, se imagina que estás sentada al lado de ella tomando mate y que es necesario charlar. Te llama a media mañana a la oficina y te pregunta si estás viendo cómo llueve, al mediodía para contarte lo que acaba de pasar en su cocina, a la noche para preguntarte si se pone el saco verde o el rosa, o simplemente “para hablar”, mientras vos luchás por no herir sus sentimientos y terminar todo el trabajo atrasado que apilás sobre el escritorio desde que ella se compró un celular.
Otro ejemplo típico de madres que llaman es la que no puede superar que te hayas ido y usa el celular para crear nostalgia. Si bien no lo hace por maldad, esta suerte de melancólica llama decidida a arrastrarte a ese tiempo pasado en el que todavía vivías con ella. Sus tareas son avisar que hoy es el cumpleaños de la tía Nelly (a quien no ves hace diez años), que mañana es el aniversario de la muerte del abuelo, o que encontró una foto de cuando eras chiquita en tu primer día de jardín y se puso a llorar. También le gusta contarte anécdotas que te revuelven viejas épocas y conflictos y te dejan hecha una piltrafa, como que se encontró con los padres de tu ex novio y que no pudo evitar quedarse pensando que si no lo hubieras dejado ahora serías una mujer completa.
Por último, está la que aparentemente te llama para ver cómo estás, pero en realidad sólo quiere contarte sus problemas. Con un halo de espontaneidad, este tipo de madre llama por las noches y te hace alguna pregunta fresca e inocente relacionada con la rutina (¿Y vos cómo estás? ¿Qué tal te fue en la fiesta?). Sin embargo, apenas empezás a contarle algo, aprovecha cualquier comentario para enganchar su rosario de quejas bajoneras y repetitivas de tinte laboral, amoroso o familiar, hasta dejarte seca. En general, cuando la llamada termina, ella se desahogó por completo y está liviana como una pluma, pero vos estás llena de fantasmas, y mientras ella duerme como un angelito, vos te estás tomando dos pastillas o haciéndote un té en la cocina , para aguantar hasta la madrugada en vela, pensando qué va a pasar con tu familia.
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