La celeste le metió cinco a Jordania y quedó con un pie en el Mundial y el otro también. Pero los jordanos tienen que haber quedado enojados, y eso es preocupante
Está claro que el rey Abdalá II no va a tomar represalias, es un tipo bastante pacífico y tiene una esposa sumamente hermosa, lo que generalmente hace que los hombres se dediquen a cosas más interesantes que mandar a decapitar a otros. Pero mi nuevo vecino tiene cara de árabe. No sé si de los Emiratos, de Irak, o de Jordania, pero definitivamente parece venir de esa zona de Oriente Medio, y sin ánimo de discriminar, la gente de por ahí es de tomarse las cosas muy a pecho. Y como si fuera poco, la esposa es bastante fulera.
Se mudó hace poco y nunca hablé con él, pensaba ir a presentarme un día de estos, pero la goleada a Jordania me lo impide. Mire si en una de esas el tipo decide desquitarse conmigo y me separa la cabeza del cuerpo con una cimitarra. Es más, desde el momento en que el árbitro pitó el final del partido, comencé a pensar en la enorme posibilidad de que el tipo quisiera desquitarse conmigo.
Protegerse de un terrorista no es fácil. Lo primero que hice fue rodear mi casa con alambre de púas. No del que se usa en el campo sino del que ponen en las cárceles, ese que no se puede cortar y que cuenta con pequeñas cuchillas que lastiman en serio. Sé eso porque me corté las manos de tal forma que si a algún vidente se le ocurre leerme las palmas en este momento, se verá absolutamente desconcertado.
Luego coloqué en el jardín una serie de pilotes de cemento, a medio metro de distancia uno de otro. Sé que eso será una complicación si algún día decido mudarme, porque evidentemente no voy a poder sacar la mayoría de los muebles. Pero de todos modos también es poco probable que me mude, dado que nunca encontraría un comprador para una casa lindera con la de un terrorista enojado.
Mientras los de la empresa constructora colocaban los pilotes, el tipo me miraba fingiendo curiosidad, sin saber que yo era plenamente consciente de que en realidad no sentía otra cosa que profundo odio, y que estaba calculando las posibilidades de convertirme en papilla para vengar los cinco goles.
Blindé puertas y ventanas con placas de acero. Desgraciadamente ya no entrará a casa la luz del sol, pero prefiero vivir muchos años bajo una lamparita que morir dentro de 15 minutos sintiendo la brisa primaveral. Desde la mirilla de la puerta pude ver que el tipo ponía una mochila en su auto e inmediatamente comprendí que estaba cargando explosivos para luego lanzar el vehículo a toda velocidad sobre mi casa. De nada servirían los pilotes de cemento y las aberturas blindadas, pues cualquier abombado sabe que el poder destructor de un coche bomba es inmenso.
Aproveché que se metió en la casa un rato para pinchar las ruedas del vehículo. Cuando volvió a salir y descubrió las pinchaduras miró hacia mi casa con odio, seguramente tramando una nueva forma de aniquilarme.
Comprendí entonces que no podía defenderme solo, así que llamé a un amigo que conoce al ministro Bonomi, y le pedí que intercediera. Logré que el jerarca me atendiera y le expliqué que tenía la certeza de que mi vecino era un terrorista islámico que estaba planeando un atentado. Quince minutos después un grupo GEO allanaba la casa y lo llevaba detenido ante la vista de su esposa e hijos.
Media hora más tarde, vi por la mirilla de la puerta blindada que mi vecino terrorista bajaba de un taxi, sin cinturón ni cordones en los zapatos. En eso sonó el teléfono. Un integrante del grupo GEO me dijo que mi vecino no era terrorista islámico, sino un profesor de filosofía nacido en Paysandú. Creo que también dijo que yo era un imbécil, pero no estoy seguro, porque de inmediato solté el teléfono para correr hacia la mirilla.
El individuo estaba parado en la puerta de la casa, mirándome fijamente con el odio marcado en el rostro. Sin ánimo de contradecir a los del GEO, estoy seguro de que ese tipo quiere matarme. Y todo por un partido de fútbol, qué disparate.
Está claro que el rey Abdalá II no va a tomar represalias, es un tipo bastante pacífico y tiene una esposa sumamente hermosa, lo que generalmente hace que los hombres se dediquen a cosas más interesantes que mandar a decapitar a otros. Pero mi nuevo vecino tiene cara de árabe. No sé si de los Emiratos, de Irak, o de Jordania, pero definitivamente parece venir de esa zona de Oriente Medio, y sin ánimo de discriminar, la gente de por ahí es de tomarse las cosas muy a pecho. Y como si fuera poco, la esposa es bastante fulera.
Se mudó hace poco y nunca hablé con él, pensaba ir a presentarme un día de estos, pero la goleada a Jordania me lo impide. Mire si en una de esas el tipo decide desquitarse conmigo y me separa la cabeza del cuerpo con una cimitarra. Es más, desde el momento en que el árbitro pitó el final del partido, comencé a pensar en la enorme posibilidad de que el tipo quisiera desquitarse conmigo.
Protegerse de un terrorista no es fácil. Lo primero que hice fue rodear mi casa con alambre de púas. No del que se usa en el campo sino del que ponen en las cárceles, ese que no se puede cortar y que cuenta con pequeñas cuchillas que lastiman en serio. Sé eso porque me corté las manos de tal forma que si a algún vidente se le ocurre leerme las palmas en este momento, se verá absolutamente desconcertado.
Luego coloqué en el jardín una serie de pilotes de cemento, a medio metro de distancia uno de otro. Sé que eso será una complicación si algún día decido mudarme, porque evidentemente no voy a poder sacar la mayoría de los muebles. Pero de todos modos también es poco probable que me mude, dado que nunca encontraría un comprador para una casa lindera con la de un terrorista enojado.
Mientras los de la empresa constructora colocaban los pilotes, el tipo me miraba fingiendo curiosidad, sin saber que yo era plenamente consciente de que en realidad no sentía otra cosa que profundo odio, y que estaba calculando las posibilidades de convertirme en papilla para vengar los cinco goles.
Blindé puertas y ventanas con placas de acero. Desgraciadamente ya no entrará a casa la luz del sol, pero prefiero vivir muchos años bajo una lamparita que morir dentro de 15 minutos sintiendo la brisa primaveral. Desde la mirilla de la puerta pude ver que el tipo ponía una mochila en su auto e inmediatamente comprendí que estaba cargando explosivos para luego lanzar el vehículo a toda velocidad sobre mi casa. De nada servirían los pilotes de cemento y las aberturas blindadas, pues cualquier abombado sabe que el poder destructor de un coche bomba es inmenso.
Aproveché que se metió en la casa un rato para pinchar las ruedas del vehículo. Cuando volvió a salir y descubrió las pinchaduras miró hacia mi casa con odio, seguramente tramando una nueva forma de aniquilarme.
Comprendí entonces que no podía defenderme solo, así que llamé a un amigo que conoce al ministro Bonomi, y le pedí que intercediera. Logré que el jerarca me atendiera y le expliqué que tenía la certeza de que mi vecino era un terrorista islámico que estaba planeando un atentado. Quince minutos después un grupo GEO allanaba la casa y lo llevaba detenido ante la vista de su esposa e hijos.
Media hora más tarde, vi por la mirilla de la puerta blindada que mi vecino terrorista bajaba de un taxi, sin cinturón ni cordones en los zapatos. En eso sonó el teléfono. Un integrante del grupo GEO me dijo que mi vecino no era terrorista islámico, sino un profesor de filosofía nacido en Paysandú. Creo que también dijo que yo era un imbécil, pero no estoy seguro, porque de inmediato solté el teléfono para correr hacia la mirilla.
El individuo estaba parado en la puerta de la casa, mirándome fijamente con el odio marcado en el rostro. Sin ánimo de contradecir a los del GEO, estoy seguro de que ese tipo quiere matarme. Y todo por un partido de fútbol, qué disparate.