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ENTRADA 36: Sangre en la casa de Dios.


¡Han abierto la puerta! ¡Estamos muertos!– Gritaba la gente a mi alrededor histérica perdida.

Uno de los soldados ordenó que cerraran inmediatamente, pero varias figuras ensangrentadas se habían colado ya por la abertura de la puerta y se cebaban ahora con la imprudente mujer que les acababa de permitir el paso. Las armas comenzaron a escupir proyectiles y los disparos retronaron en el interior del templo, alzándose por encima de los chillidos y los gritos. En cuestión de segundos todos los infectados que habían puesto un pie en “la casa del señor” habían sido abatidos antes de adentrarse a más de diez metros de la puerta. Pero la puerta seguía abierta y los dos recién llegados habían llamado la atención de muchos infectados. Uno de los soldados corrió a cerrar, pero no pudo ni acercarse, una docena de seres furibundos y rabiosos le miraban fijamente, avanzando hacia él.

No esperé a ver el desenlace, cogí a Estela del brazo y Llamé a Capo y a Coletilla de un grito para intentar que me escucharan entre el estrépito y el ruido de las balas, pero no escuché respuesta alguna. Miré hacia los equipajes y allí estaba Coletilla, recogiendo a toda prisa las mochilas. Estella se soltó de mi mano para buscar a su amiga, que corría hacia los curas esperando que abrieran la puerta del pasillo, como hacían multitud de hombres y mujeres aterrorizados.

-¡Corran, hacia aquella puerta!- Dije señalando el fondo de la iglesia, por donde me había colado en mi pequeña exploración.

-¡Está cerrada!

-¡Tengo una llave!, ¡haganme caso!

Vi mi equipaje sólo a unos pasos, y a Estela y a su amiga en el pasillo central, con un gesto de dolor, corrí hacia nuestras compañeras de camino y al llegar las arrastré hacia nuestra particular salida, como pensaba, no había tiempo ni de coger la mochila.

-¡Abre maldita sea!-Gritaban mis dos amigos mientras yo me toqueteaba los bolsillos.

-Mierda, ¡está en la mochila!- Contesté al recordar su paradero.

No había tiempo. A pesar de que los soldados habían abatido a un montón de infectados que formaban ya una alfombra de cadáveres extendidos, la munición de que disponían era muy limitada, no estaban listos en absoluto para un enfrentamiento largo. Los infectados no sabían si les quedaban balas o no, simplemente entraban corriendo como posesos y se abalanzaban contra el primero que encontraban. Los disparos acababan de cesar, ya nadie los contenía.

-¡¿Qué mierdas hacemos ahora eh?!- Me increpaba Capo perdiendo los estribos.

Algo cruzó por mi mente trayéndome un reflejo de esperanza, ¡en el llavero había dos llaves! Con las manos temblorosas localicé la llave y la descolgué con rapidez. Coletilla me dejó paso y a toda prisa tanteé para introducirla, rezando a algún Dios para que se moviera la cerradura. El corazón me dio un vuelco y al lograr abrir cruzamos al otro lado con rapidez. Con un último vistazo vi como un hombre corría hacia mí suplicando que le esperáramos, y a pocos metros de él, varias siluetas aullantes que no tuve tiempo de distinguir con claridad. Nunca olvidaré los alaridos desgarradores y los lamentos que escuchamos cuando cerré de un portazo.
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