ENTRADA 30: 24-08-2013, 16:23 horas.
Se trata de Estela, estoy alterado y nervioso por lo que acabo de ver ahí arriba, pero claro, ella no sabe nada y me obsequia con una sonrisa amable e incluso con cierto toque de alegría, mientras me pregunta donde me había metido con su marcado acento italiano. Esta chica es increíble, incluso aquí recluidos se muestra amistosa y optimista casi todo el rato, aunque me he dado cuenta de que cuando cree que todos dormimos deja escapar algunas lágrimas de tristeza. Supongo que es lo mínimo que una persona puede hacer mientras pasa por éste infierno, se nota que es una mujer fuerte. La conversación dura poco, y aunque en cualquier otro momento habría charlado con ella durante horas, me cuesta mentir a la gente y me he sentido incómodo cuando me ha preguntado si me pasaba algo. He respondido con un escueto y frío ”NO” y me he marchado indeciso de contárselo o no.
“Tienes que contárselo a ella y a los otros tres, pero busca la forma de hacerlo” me decía a mi mismo mientras caminaba despacio hacia el otro extremo de la iglesia y me apoyo en tras una columna fuera de la vista de los demás refugiados.
-El helicóptero de provisiones viene hacia aquí, la descarga será como siempre en el patio central, necesitamos cinco voluntarios.- Vocifera Iván, el agente de policía que me sacó de la celda de “observación”.
Sin nada mejor que hacer me aproximo a él y me ofrezco voluntario, Capoira me ve y también se une mientras intenta hablar conmigo sobre los últimos mensajes que le llegaron al móvil. Atravesamos la puerta de madera y cruzamos el pasillo en dirección al jardín del centro, por dónde el helicóptero arrojó ayer varias cajas de alimento y otros suministros necesarios para los militares. Paso por al lado de la celda en la que estuve, Capo habla ahora con otro de los voluntarios, cansado de esperar que le contestase con algo más que monosílabos o que cambiara mi actitud distante. Pienso en que puede que la pistola esté aún en esa celdilla y siento el impulso de entrar. Ahora o nunca. Me retraso disimuladamente y vuelvo unos pasos para atrás. Pongo la mano en la manivela y abro despacio. Menos mal, no hay nadie. Corro hacia la cama esperando que esté en el lugar donde la dejé por última vez, pero al deslizar la mano bajo la almohada no hay ni rastro del frío metal de la empuñadura. Maldición, alguien la ha encontrado.