ENTRADA 33: Tormenta III
“El proyecto se había estancado de repente y en el peor momento, las ideas de John y su prometedora carrera atrajeron fondos con velocidad, pero la falta de resultados ponía en peligro la subvención del gobierno, y sin subvención perdería la plaza en el laboratorio… y sin medios materiales…todo se iba a la mierda.
John dio un golpe en la mesa del laboratorio tras el fallo de la última de las pruebas. Las células habían ralentizado el deterioro de sus estructuras internas de forma extraordinaria, pero pasadas unas horas dejaban de realizar las funciones vitales básicas… ni se alimentaban ni se reproducían, ni se relacionaban con el medio que las rodeaba, simplemente se congelaban en el tiempo.
Aquello sólo era un triste reflejo del objetivo real de John. Tal vez detener a la propia muerte era un reto demasiado complicado incluso para él. Pero pese al desánimo y la rabia del fracaso, estaba seguro de que lo lograría, al menos un avance necesario para que le renovaran los fondos y seguir investigando en aquel maravilloso laboratorio, perdido en algún lugar de la inmensidad del desierto de Gobi, China.”
China, Agosto 2008.
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Un escalofrío recorrió mi espalda al escuchar aquel cañonazo tan terriblemente cerca, miré hacia arriba, los vidrios vibraban audiblemente con la explosión, como si también ellos estuvieran aterrados. Varias personas sollozaban en la penumbra de las hileras de bancos de madera, algunos niños lloraban a moco tendido, rompiendo el sepulcral silencio en el que habíamos quedado inmersos. Al margen de los susurros y llantos ocasionales, todos los allí presentes escuchábamos con el corazón en un puño el rugido de la batalla que se libraba a pocas calles.
- ¡Apartense todos de las puertas! –Ordenó un hombre con ropas militares. – Debemos asegurar la entrada y trasladar a los civiles a otra parte más alejada.
Al escuchar esas palabras el cura viejo corrió hacia él y comenzaron a discutir en voz baja. Al parecer, no quería que la gente ocupara zonas que hasta ese momento habían sido de uso exclusivo para la comunidad de monjes, como las el piso superior y el jardín central. Durante el intercambio verbal para ver quién se llevaba el gato al agua, varios monjes se acercaron para intentar convencer a su superior de que la seguridad de las personas era el objetivo prioritario. Pero aquel extraño hombre no atendía a razones, quizá por orgullo, quizá por desconocer el grave peligro que corríamos todos, hizo falta una ráfaga de balas en el santo más cercano para amilanar al autoritario e inconsciente religioso.
- ¡Esto es sacrilegio! ¡Arderás en el infierno por lo que has hecho! – Amenazó con los ojos muy abiertos.
- Llevénselo ahora mismo- Bramó señalando al monje. -Y Levanten una barricada con lo que puedan encontrar, hay que asegurar la puerta principal.- Dijo ahora apuntando hacia la entrada.
Dos hombres acompañaron al monje a regañadientes, mientras los otros tres militares y dos policías uniformados y varios civiles comenzaron a llevar bancos, cajas y demás obstáculos hacia la entrada. De entre la multitud surgió otro anónimo que se dirigió al soldado al mando con paso inseguro y voz temblorosa.
-Oiga… yo tengo que salir de aquí. No pueden dejarme encerrado. –Dijo un hombre moreno de mediana edad, con la frente sudorosa y las gafas medio empañadas por el calor estival y sus propios vapores y lágrimas. Debía estar pasando verdadero calor, pero aún así no se quitaba el chaleco verde de montañero ni la mochila.
-Imposible. -Se limitó a contestar sin apenas mirarle.
La respuesta lógica no sorprendió a nadie de los que ahora contemplábamos la escena. Me giré hacia Capoira y me devolvió una mirada de sorpresa ante la irracionalidad de aquella petición descabellada. Coletilla y algunos más también murmuraron algo acerca de lo inseguro que era salir al exterior. El hombre de gafas continuó avanzando hacia la puerta, desoyendo la negativa del soldado, caminando despacio hacia la puerta donde lo contemplaban también los que estaban montando la barricada. Me sonaba haberlo visto llegar poco tiempo después que nosotros, quizá al día siguiente.
-¿No me ha oído o también tendré que apartarlo a la fuerza?- Preguntó el militar perdiendo la paciencia.
El hombre continuó caminando y cuando se le acercaron dos de los voluntarios se llevó la mano al bolsillo interior de su chaleco y disparó a bocajarro contra los que le cortaban el paso. Los dos disparos sonaron como cañonazos entre los muros del edificio, y de inmediato desencadenaron un torrente de gritos y maldiciones. Todos nos echamos al suelo sorprendidos por la reacción de aquel loco. La reacción fue rápida, fulgurante, en pocos segundos el agresor yacía en un charco de sangre entremezclada de asesino y asesinados.
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Tenía tierra en la boca, tierra que se mezclaba con el sabor de la sangre que había corrido por su paladar. Se estaba levantando tras la explosión, con los pantalones rasgados y sucios, la larga melena polvorienta y el torso semidesnudo atravesado por varios impactos de bala. No lo sabía, pero el obús que había matado a varios seres como ella le había reventado los tímpanos y producido daños internos. Un hilillo de sangre negruzca discurría ahora por sus suaves mejillas, manando directamente de sus ojos y oídos. Pero aún podía ver, y el sentido auditivo no lo necesitaba para nada. Su olfato le indicaba ahora donde estaba la comida, y en aquellos momentos vibraba por la abundancia de presas, como si de un radar se tratara. Quizá el azar volvió a intervenir para salvarla, pero justo cuando iba a correr hacia el fuego cruzado de los tanques, vio moverse a alguien a través de los cristales y salió disparada hacia allí, saltando por encima de varios cadáveres, gritando, con la boca muy abierta.