ENTRADA 37: In extremis.
¿A dónde demonios vamos ahora? ¡Tenemos que salir de aquí!- Gritaba Coletilla tomándome de la camiseta.
Le contesté que probáramos a subir al primer piso y que tal vez desde allí podríamos salir. No estaban muy seguros pero un golpetazo que hizo temblar la puerta entera nos convenció a los cinco de que lo primero que había que hacer era alejarnos de allí. Comenzamos a correr a través del pasillo, girándonos de vez en cuando para ver si la puerta aún aguantaba. Pasamos ante el cuarto de las pinturas que visité hacía poco tiempo y llegamos a la entrada del campanario.
¿Has estado aquí no?- Me preguntó Coletilla señalando las escaleras de piedra que subían girando sobre sí mismas.
-Si, no tuve tiempo de recorrerlo todo, pero eso es el campanario, no creo que…
Un estruendo metálico nos hizo mirar hacia atrás, hacia el otro extremo del pasillo, a la puerta de madera que nos separaba de ellos. Golpe tras golpe, la vieja cerradura se había ido debilitando, sucumbiendo a los embates furiosos de las criaturas que nos perseguían incansables. Acababan de reventarla y se había abierto de par en par golpeando la propia pared con fuerza. La angustia de verlos de nuevo correr hacia nosotros es indescriptible, varios de ellos estaban con nosotros refugiados en al iglesia, pero ellos ya no nos conocen. Estamos desarmados, solos y perdidos. El corazón va a estallarme, llegamos a la puerta de la cocina y trato de girar el tirador. Dios… no se abre, Coletilla y Capo gritan desesperados y tratan de abrirla a patadas. No cede ni un centímetro, vamos a morir.
Un grito en italiano que no acierto a comprender nos llama la atención. La amiga de Estela señala una trampilla en el suelo a unos pocos metros y nos hace señas. Puede ser nuestra única oportunidad. Miro de reojo y veo girar al primero de ellos. Un chico joven, de nuestra edad más o menos. Él también me ha visto y de su garganta sale algún tipo de aullido triunfal mientras arranca a correr de nuevo. Reacciono y sigo a mis amigos, la trampilla parece pesada, una anilla de metal hace las veces de tirador en cada hoja de la puerta y Capo y las chicas tiran de ellas con fuerza. Las puertas se abren con un quejido y nos revelan unas escaleras que se pierden en el fondo de aquel oscuro lugar. Nada puede ser peor que lo que nos aguarda aquí fuera. Sobran las palabras, nos abalanzamos escaleras abajo y las puertas vuelven a cerrarse con fuerza, dejándonos completamente a oscuras.
Justo a tiempo. Cuatro o cinco segundos más y estaríamos luchando por sobrevivir unos contra otros. Pero estos putos bichos son realmente tozudos y enseguida descubran que lo que hay que aporrear ahora es la trampilla de madera. Malditos sean. Miro hacia arriba y me cae polvillo a causa de los palmetazos que dan sobre la madera. Joder, no veo nada y encima me ha entrado algo al ojo. Alguien me toca y suelto un grito.
-Soy Capo soy Capo- Salta el responsable de mi respingo para que no cunda el pánico de nuevo. No veo nada, añade justificando el choque.
Estamos todos igual, pienso mientras me froto el ojo con insistencia. Al otro lado se siguen escuchando esas cosas, pero suenan como lejanos, se nota que la madera es gruesa y que estamos bajo tierra. Tanteamos a ciegas y descubrimos una barra de metal corredera, es un pestillo a la vieja usanza. Debe estar algo oxidado porque nos cuesta mucho correrlo, pero finalmente cruza las dos hojas de la trampilla y las asegura. Parece que con esta puerta tienen para rato. La oscuridad es total y bajo los escalones con sumo cuidado, con la mano en la pared de piedra para no caerme escaleras abajo. Unos metros más abajo Estela parece haber llegado al fondo. Al llegar abajo la italiana saca su teléfono móvil y la tenue luz de la pantalla ilumina delicadamente la estancia. Por fin alguien tiene una buena idea, pienso mientras me acerco al punto de luz. Parece algún tipo de almacén, la poca luz del aparato apenas sirve para ver las paredes al fondo. La sala es grande, y montones de cajas o trastos indistinguibles se apilan en torno a las paredes. No hay ni un hilo de luz natural, ni una ventana ni respiradero, y me temo que únicamente tiene una puerta.
Genial, vamos a morir en un jodido trastero.