ENTRADA 35: Sin Salida ni Esperanzas.
Dicen que cuando estamos apunto de morir, vemos pasar nuestra vida como un torrente de imágenes desordenadas y fugaces, las caras, las voces y los lugares que nos han marcado para siempre se reproducen durante un instante. Cuentan que en los últimos momentos el cerebro o el alma reviven los más intensos sentimientos, las risas, los besos, las lágrimas, el resumen de una vida. Lo cierto es que a Rafa no le ocurrió nada de aquello, ni momentos felices ni rostros familiares, ni túneles oscuros con reconfortante luz al final del trayecto. Lo último que pasó por la mente del joven fue rabia y dolor, dolor físico y mental mientras unos dientes que habían aparecido de la nada le arrebataban la vida prematuramente.
Desde el suelo, arrodillado, vio acercarse de reojo a un hombre que se tambaleaba, las alarmas del peligro se le dispararon y se levantó casi de un salto. Lo miró un instante, avanzaba despacio, sujetándose un brazo ensangrentado con el otro, y parecía emitir un murmullo ininteligible. Un infectado, pensó mientras daba un par de pasos atrás. Pero algo no le cuadraba, avanzaba despacio, demasiado despacio comparado con lo violentos que eran las criaturas que él había visto hasta el momento.
Aquel hombre ensangrentado levantó su brazo y le señaló con el dedo al tiempo repetía de nuevo aquellas palabras irreconocibles cada vez más nervioso y como si estuviera excitado o alterado, subía el tono de su extraño quejido, era muy extraño, casi hipnótico. El jaleo que se había montado en el campamento fuera del túnel sirvió a Rafa para sacarle de su ensimismamiento, y se giró rápidamente para alejarse de aquel extraño ser y encontrar a sus amigos. Al dar media vuelta chocó de bruces contra una mujer mayor, que con los brazos estirados le había agarrado ya de los hombros. Como si fuera un acto reflejo empujó a la vieja para sacársela de encima, pero ésta era como las demás criaturas, agresiva, rabiosa y voraz. La vieja tenía fuertemente cogido a Rafa por la camiseta y consiguió aguantar el equilibrio sin caerse, sujetando de nuevo al joven, ahora con más fuerza. Rafa vio con pánico como esa mujer abría la boca de par en par, enseñando los cuatro dientes que le faltaban, el colmillo de oro la lengua teñida de sangre fresca. Estaban fundidos en un abrazo mortal, y por sorprendente que parezca el chico era incapaz de quitarse de encima a aquella infectada, que lanzaba mordiscos al aire mientras lo sujetaba con una fuerza impropia de una persona casi anciana. Con los brazos ocupados sujetando a los de su agresora, en igualada y agobiante pugna, trató de sacársela de encima con un rodillazo, de modo que estiró su pierna derecha y subió con velocidad hasta el estómago. Pero aquella cosa parecía no inmutarse tras un rodillazo que dejaría bien amargo hasta al más pintado. Desesperado volvió a intentarlo una y otra vez, mientras le sujetaba los brazos, la partiría en dos a rodillazos si era necesario.
En muchas ocasiones la vida o la muerte se deciden por casualidades, fruto de la buena o mala suerte. En su interior sabía que las fuerzas comenzaban a fallarse, los brazos le temblaban y le costaba horrores mantener sujetas las muñecas y apartada la boca, además cada golpe que daba hacía aún menos daño a aquella criatura. Estaba al límite de sus fuerzas cuando al levantar la pierna de nuevo perdió el equilibrio y ambos cayeron sin soltarse. Ya en el suelo, vio como se acercaba el otro hombre tambaleante, y ahora pudo oírle con mayor claridad, ensangrentado y con voz entrecortada y débil le dijo:
-“Te estaba avisando”.
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No muy lejos de allí, en la iglesia donde también se hallaba un punto de refugiados, una violenta pelea estalló entre los soldados y los familiares de los heridos en el tiroteo. Entre grito y grito tardaron en darse cuenta de que alguien aporreaba la puerta de la entrada pidiendo auxilio.
-¿Van a abrirle? ¡No pueden dejar a la gente fuera!– Exclamó Estela con su acento italiano muy preocupada y estresada, cogida de la mano de su amiga.
-No creo que sea seguro.- Le respondí sin saber que decirle, asustado aún por el ruido del tiroteo de dentro y fuera de la iglesia.
Alguien actuó imprudentemente y abrió sin esperar la decisión de los militares, poniéndonos a todos en grave peligro. Al momento vi a dos personas colarse por el hueco de la puerta y detrás de ellas muchas más que corrían hacia la iglesia, hacia la nueva oportunidad de comida fácil. Antes de que pudieran cerrarla de nuevo, volvieron a sonar los disparos dentro de la iglesia, y después el caos.