ENTRADA 29: El techo del furgón. Decisones difíciles.
El furgón comenzó a rodar justo cuando Martín y el soldado aterrizaban en la parte trasera. Se habían abalanzado de un salto, y con más o menos dificultad, habían logrado sobrepasar la portezuela de acceso y ahora jadeaban fatigados mientras los otros dos soldados les ayudaban a levantarse. En la cabina delantera el conductor pisaba con fuerza el acelerador. Tenían varias decenas de infectados en la carretera, y cientos de ellos por detrás. Habían arriesgado sus vidas intentando salvar a aquellos pobres desgraciados del accidente, y lo más frustrante era que no habían podido salvar a nadie. El conductor, Joan, miraba nervioso el retrovisor incrédulo aún ante el número de infectados que les seguían en dirección a Finestrat. En la parte trasera estalló una pelea, Martín se abalanzó sobre uno de sus hombres.
- ¡Has matado al niño!- Gritó Martín al soldado moreno que lo había arrastrado al furgón.
-¡¿Qué coño dices?!, ¡sabes que le he salvado de una muerte horrible! – Contestó mientras apartaba los brazos de su superior de su chaleco.
-¡Yo doy las órdenes aquí! Si no hubierais salido corriendo ese chico estaría vivo- Martín recriminaba ahora a todo el equipo hecho una furia- ¡Sólo necesitaba unos segundos más!
El vehículo dio un giro brusco y los soldados tuvieron que agarrase para no caer al suelo desequilibrados. Joan trataba de esquivar a los infectados de la carretera, pero había atropellado a uno de ellos y ahora, con el cristal manchado de sangre, daba bandazos intentando controlar la situación y salir de aquella ratonera. Una de las ruedas pasó por encima de algún desdichado y el crujido de huesos le revolvió el estómago al conductor. Estaban saliendo de la curva cuando se encontró a pocos metros otro aparatoso accidente, tres coches estampados que ocupaban la mayor parte de los dos carriles, con un volantazo trató de bordearlos pero el vehículo no reaccionó con suficiente precisión y acabó saliendo de la carretera, estampándose contra un enorme pino que se sacudió con la violencia del impacto. Joan no llevaba el cinturón y se golpeó contra el volante, en cuestión de décimas de segundo todo se volvió oscuridad. Despertó un rato después a causa del intenso ruido, tendido en el techo de su propio furgón, acompañado de su sargento y de los otros tres soldados. Aturdido y confuso, viendo como varios helicópteros de combate tiroteaban a la turba de infectados que avanzaba por la carretera.
El espectáculo era dantesco, muchas de las criaturas levantaban los brazos hacia los aparatos, otros seguían su camino de muerte hacia su próximo objetivo. Las balas surcaban el aire y arrancaban materia orgánica de los cuerpos en los que impactaban, o se chocaban contra el asfalto y la maleza cuando no hacían diana en alguno de los cientos de objetivos. Joan se quedó mudo, demasiado impresionado al ver que debajo del furgón, a escaso metro y medio, los infectados seguían avanzando imparables, sin miedo alguno a los helicópteros que descargaban su munición frenéticamente, como si en su extraña mente enferma supieran que no había balas para matarlos a todos.
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No puedo creerme lo que estoy viendo, dejo tras unas cajas las cuatro latas de conserva y el pan y salgo como alma que lleva el diablo del campanario. Bajo las escaleras todo lo rápido que puedo y me asalta el pensamiento de que quizá no sea buena idea explicar lo que he visto ahí arriba… los militares deben estar perfectamente informados de la situación y si lo cuento sólo servirá para que ese cura loco encuentre un nuevo motivo para fastidiarme… o peor aún para que cunda el pánico. Termino de bajar las escaleras y llego al pasillo jadeando por los nervios y el esprint, camino hacia la puerta que lleva a la iglesia más despacio procurando recuperar la respiración normal. Respiro hondo varias veces, no quiero llamar la atención y mucho menos que me vean cruzar esa puerta. Ya estoy delante, pongo la mano en la manivela y abro una rendija, echo una ojeada y no veo a nadie cerca. Tengo que hacerlo. ¡Ahora!, abro la puerta con velocidad y me cuelo dentro de la iglesia de nuevo, cierro y camino hasta la columna que me cobijó hace un rato para hacer la maniobra inversa. Creo que no me ha visto nadie, así que camino hacia mis pertenencias con toda la normalidad que puedo aparentar. Me siento encima del saco… joder este sitio no es seguro, tengo que sacar a mis amigos de aquí y pronto. Algo me revuelve el estómago al pensar que si no digo nada puede que mueran cientos de personas que ahora ignoran lo que se nos avecina, pero por otra parte si tratan de salir, los militares seguramente nos obliguen a quedarnos a la fuerza, y no está entre mis planes quedarme encerrado y morir de hambre en este lugar.
Está claro que pueden protegernos, ¿pero durante cuanto tiempo? ¿y que pasará después cuando no lleguen alimento ni municiones?... Dios esto es horrible, creo que lo mejor será que salga de aquí con mis amigos cuanto antes, y además tengo que encontrar a Carlos, a Llovet y a los demás. La cobertura ha vuelto a desaparecer, pero Coletilla recibió un mensaje en el móvil de Llovet que decía que estaban en el campo de fútbol, que se había convertido en un punto seguro y que estaban bien. Hay que salir y encontrarlos.
Alguien me toma del hombro y me giro sobresaltado.