InicioHumorel gaucho de los anillos (leelo aca mismo) 1º parte

el gaucho de los anillos (leelo aca mismo) 1º parte

Humor6/26/2009
bueno aca os dejo la increible creacion de un loquito..[/color]



LA COMUNIDÁ DEL ANILLO
Capítulo 1


Aquí me pongo a cantar
tocando de cualquier modo;
les voy a contar a todos,
oiganmé con atención,
el viaje de iniciación
que se mandó el hobbit Frodo.
Del guapo Bilbo Bolsón
era sobrino el petiso,
que era uno que se hizo
famoso por su aventura;
vivía en tiempo e' cordura
en un aujero del piso.
Se apareció el mago Gandalf
pa'l cumpleaños del tío,
y armó semejante lío
con los cuetes que tiró
que pronto en el caserío
el bailongo se largó.
Era amigo el cumpleañero
del istari calavera,
que lo llevó a una carrera
ande embocó una sortija
que embrujaba al sabandija
siempre que se la pusiera.

El anillo hacía invisible
por algún raro gualicho,
y como Bilbo era bicho
pa' hacer diabluras lo usó;
más de cien años cumplió
y seguía con sus caprichos.
Se paró el homenajeao
como pa' hablarle a la gente;
y ansina, en un redepente,
sin que vieran la tramoya,
puso en su dedo la joya
que lo hacía trasparente.
Oculto en la brujería
vio a la gente boquiabierta
con la cara medio muerta;
caminando bien ligero
se llegó hasta su aujero
y le echó tranca a la puerta.
Le esplicó al amigo Gandalf
preparando el equipaje
que dejaba el paisanaje
y que no iba a regresar;
que no quería espichar
sin haber hecho este viaje.

Dejaba al sobrino todo
lo que había en el aujero:
la guitarra, el apero,
la bombacha de faena,
mucha yerba de la güena,
pañuelo y hasta un sombrero.
"¿Y el anillo?", dijo el mago.
"¿También se lo vas a dar?"
No supo qué contestar;
llevó la mano al bolsillo
donde guardaba el anillo
y ahí nomás dentró a dudar.
Medio haciendosé el pollito
le vaciló: "Y... no sé...
Hace tanto lo gané
y me acostumbré a usarlo,
que pienso en abandonarlo
y me agarra un no sé qué".
El de la barba, enojao,
se le paró frente a frente
y gritó: "¡No se comente
que se nos vino a enviciá
con la invisibilidá
un gaucho ansí de valiente!".

Avergonzao por el grito,
Bilbo agachó la cabeza
y contestó con tristeza:
"Tenés razón, che, lo dejo",
y haciendolé caso al viejo
lo puso arriba e' la mesa.
Le habría gustao tener tiempo
pa' saludarlo al pariente;
le encargó muy diligente
que lo despidiera de él,
y marchó pa' Rivendel
con los elfos, güena gente.
Relojeó el mago el anillo
que tenía frente a sí,
quiso agarrarlo y ahí
le dentró un escalofrío;
en eso llegó el gurí
preguntando por el tío.
Gandalf dijo la verdá:
"Bilbo dejó la querencia;
se fue a vivir con urgencia
al pago e' lo' orejudos.
Te deja muchos saludos
y tuitas sus pertenencias".

Lo desembuchó con bronca
al entripao el muchacho,
y puso el grito: "¡Caracho!
¡Con lo que yo lo quería!".
Pero llorar no podía
porque no es cosa de machos.
Señalandolé la mesa
dijo Gandalf: "Ese anillo
es el que usa el muy pillo
siempre que desaparece;
guardálo y lustrálo a veces
pa' que no te pierda brillo".
Y se fue el mago en el sulky
en el que había llegao.
Iba medio preocupao
con el anillo en las mientes;
rato largo ya había andao
cuando se golpió la frente.
"¡La pucha!" lo largó al grito
y ahí le dentró el jabón,
que si tenía razón
la tierra estaba perdida;
pegó la güelta enseguida
y lo apuró al mancarrón.

Capítulo 2


Salió Frodo del aujero
caminando como pudo
pa' ventilarlo al peludo
que tenía del festejo,
y vio venir al barbudo
que golvía dende lejos.

"Tuve que pegar la güelta,
algo dentré a maliciar.
Mejor andalo a buscar
al anillo de oro ése;
recordarlo me parece
y lo vamo' a examinar."

La verdá que parecía
inocente el anillito;
era casi un juguetito,
pero el sobrino Bolsón
calentandoló al fogón
vio que tenía algo escrito.

Ahí nomás el de la barba
se quedó de miedo duro
y dijo: "Dice siguro:
un anillo pa' buscarlos,
un anillo pa' encontrarlos
y arrearlos pa' lo oscuro".

Se tomó un par de amargos
como pa' calmarse el chucho,
se puso a pitar un pucho
refrescando la memoria
y a Frodo contó la historia
de lo que pasó hace mucho.

"Tres anillos prodigiosos
eran de elfos soberanos;
siete más de los enanos
que vivían en las minas;
otros nueve, pa' su ruina,
usaban gauchos humanos."

"Y uno más, que de los otros
era el único patrón:
el anillo de Saurón,
el señor de las sortijas,
que no aflojaba manija
su angurria e' dominación."

"Y allí se armó un entrevero
que jue bravo de verdá:
el gran elfo Gil Galá
y Elendil, rey de los hombres,
lo toparon al Sin Nombre
pa' frenar la oscuridá."

"Los caudillos espicharon
frente al enemigo vil,
pero el hijo de Elendil
encarandoló al villano
pudo cortarle la mano
con la cachuza Narsil."

"¡Allí se hubiera acabao
y viviéramos en paz!
La codicia pudo más
y en aquel lejano sur,
algo hizo este Isildur
que no debió hacer jamás."

"En vez de fundirla ahí mesmo
la sortija se guardó;
mucho tiempo la llevó,
hasta que orcos matreros
lo enyenaron de aujeros
y el anillo se perdió."

"Endijpué de eso Saurón
quedó muy debilitao:
sólo un ojo colorao
sin pestaña ni rabillo,
pero lo busca al anillo
pese al tiempo que ha pasao."

"Y ahura lo tenés vos",
terminó la historia el mago.
Frodo se mandó un trago
con la pelambre de punta
y la largó a la pregunta:
"Con este anillo, ¿qué hago?".

"Eso depende de vos:
ya que sos el propietario
ahura se hace necesario
que pensés bien lo que hacés;
lo único que no podés
es dir y hacerte el otario."

"Pero en el pago e' los hobbits
ya no te podés quedar;
mejor mandate a mudar
y andá lejos dendeveras,
porque si el malo se entera
te va a venir a buscar."

"¡Y vos, che, salí de ahí!
¡Los de ajuera son de palo!"
Poniendo la cara e' malo
jue a retarlo al tarambana
que se llegó a la ventana
como peludo e' regalo.

Ajuera Sam, el peón,
temblaba por el apuro:
"¡Yo no espiaba, se lo juro!
¡No me convierta en culebra!
A mí el seso no me suebra
pa' entender lo del Oscuro."

"¡Mirá si serás paspao!"
dijo el alias Mitrandir.
"Te vas a tener que dir
con el Frodo del poblao,
que ya sabés demasiao
y te van a perseguir."

Sam lo largó al juramento
con sentimiento profundo
sin dudarlo ni un segundo:
"yo le asiguro, mi amigo,
que a mi patrón yo lo sigo
ni que sea al fin del mundo".

"Aguaiten a que yo güelva",
dijo Gandalf yendosé.
"Si hay peligro, yo no sé;
más vale no hacer escombro".
Y con un peso en los hombros,
como había llegao, se jue.


Capítulo 3


A Isengar jue el mago Gandalf
espoleando el alazán,
pa pedirle al Sarumán
el consejo que hacía falta,
y llegó a la torre alta
que le decían Ortán.

Le contó de aquel anillo
que era el daño de Isildur;
si el patrón de Baradur
de la sortija sabía,
al humo se les venía
galopeando dende el sur.

Dijo el otro: "Tarde piaste,
el Oscuro se ha enterao.
A ese Gollum desgraciao
los orcos ya le cayeron,
y una paliza le dieron
hasta que tuito ha cantao."

"¡Amalaya!", dijo el Gris.
El Gollum lo había portao
a aquel anillo encantao
hasta que Bilbo llegó;
muy contento no quedó
pues lo tenía enviciao.

"Tus amigos los medianos
lo van a tener fulero,
que los nazgul ya salieron
tuitos juntos en malón
pa' encontrarlo a este Bolsón
y que cante pa'l carnero."

"¡Ahijuna!", respondió el otro.
"¡Pero qué suerte tan ruin!
Pa' llevar esto a su fin
y del malino escapar,
el anillo habrá que echar
en el fuego 'el Orodruín."

Le respondió Sarumán:
"¡Qué lo va' queré fundí!
Andá, traemeló a mí
que yo le viá dar güen uso;
nunca naides se lo puso
como éste que está aquí."

Al Gandalf no le gustó
que lo tome por idiota;
le vio la pata a la sota,
malició que se dio güelta,
y con atitú resuelta
jue a enfrentarlo al cararrota.

"¡Ah maula! ¡Te descubrí!
¡No tenés ningún derecho!"
El otro lo tomó a pecho:
ni lerdo ni perezoso
lo metió en un calabozo
que tenía listo en el techo.

Demientras, en la Comarca
el tiempo no se quedaba.
Sin sosiego Frodo andaba
como bola sin manija;
le quemaba la sortija
y Gandalf que no llegaba.

"Hace mucho que se jue"
le dijo a Sam un güen día.
"Nos dijo que iba y golvía,
pero esto va pa' largo;
tenemos que hacernos cargo
mientras se pueda entuavía."

Se colgó el anillo 'el cuello
y encarandoló al destino,
enfiló por el camino
que pa'l este lo llevaba;
dos primos lo acompañaban,
que eran Merry y el Pipino.

"Linda noche pa' viajar"
dijo Sam con alegría.
"No es calurosa ni fría."
Y al parar de hablar al cuete
oyeron el paso e' un flete
que dende atrás los seguía.

Vieron venir al jinete
ocultos en la maleza,
que montaba con destreza
en un oscuro tapao,
de negro todo empilchao
de los pies a la cabeza

Capucha tapando el mate,
botas de cuero en las patas,
un facón con cabo e' plata
bajo el poncho le asomaba,
y el aire el coso vichaba
con mucho barullo e' ñata.

Y siguió por el camino
hasta que se perdió e' vista.
"Éste nos sigue la pista",
vino Frodo a maliciar,
y propuso pa' escapar
dejar la ruta prevista.

El paisano Meriadoc
quiso darles un consejo:
"Si queremo' llegar lejos
un camino más existe:
si la tropa lo resiste,
agarremo' el Monte Viejo."

Jue a responderle el Pipino:
"¿Qué te pasa? ¿Ta's mamao?
Ese monte está embrujao,
maldito hasta lo projundo;
ni por tuito el oro 'el mundo
le paso ni por al lao."

Al fin decidió el Frodo:
"Otra eleción no tenemos,
atrapaos acabaremos
si seguimo' este camino;
endijpué del Brandivino
por el Monte tomaremos."

Y siguieron caminando
los compañeros pa'l este,
bajo una esfera celeste
más oscura ahura que antes;
derecho, siempre adelante
iban, cueste lo que cueste.

Capítulo 4


Llegaron al Monte Viejo
justo cuando amanecía,
y a la lú del nuevo día
se les cerró la garganta
con esa paré de plantas
que dende el suelo crecía.

El Merry los jue llevando
entre los troncos ladeaos.
Parecía muy confiao
hasta que al fin se paró.
"Compañeros, creo yo
que nos hemos estraviao."

Estaba oscuro y el guía,
con la lengua tartamuda,
entre el quebracho y la ruda
dijo con voz temblorosa:
"Me parece que la cosa
se está poniendo peluda".

"Fiero monte ande no cantan
calandria, zorzal ni mirlo.
Bien ligero habrá que juirlo
¡y guay con el Tornasauce!"
Y en terminar de decirlo
se toparon con un cauce.

Tapando el ruido del agua,
el Merry pegó un grito.
"¡Tornasauce, el río maldito!
¡Ahura ya sé diánde estamos!
Pa' salir, el río sigamos.
¡Hasta si hay un caminito!"

Los otros le hicieron caso
y siguieron el riachuelo.
Pero no duró el consuelo:
mientras iban caminando
un sueño les jue dentrando
que los dejó por el suelo.

"¡Qué modorra me está dando!"
dijo uno remolón.
"Que me digan dormilón
la verdá no me molesta;
yo me viá echar una siesta
abajo 'el sauce llorón."

Al rato Merry y Pipino
roncaban a pata suelta.
Frodo y Sam se dieron güelta
cuando escucharon un ruido:
habían desaparecido
de las raíces regüeltas.

De adentro mesmo e' la planta
salían gritos apagaos.
El tronco se había cerrao
como si juera un estuche:
¡Ese árbol desgraciao
los había mandao al buche!

Dentraron a dar patadas
en el hermético aujero.
"¡Mis primos no son puchero!
¡Dejalos salir de áhi!"
Y pararon porque oyeron
un tremendo sapucay.

Un paisano redepente
salió del bosque machazo;
daba larguísimos pasos
cruzando charcos y zanjas
con una cesta e' naranjas
que le colgaba del brazo.

Parecía muy contento,
saltando de un pie a otro pie,
una pluma e' caburé
en el chambergo sencillo,
los zapatos amarillos,
y cantaba un chamamé.

Medio el Frodo se asustó
con el coso inesperao;
pensó que estaba mamao,
pero se olvidó e' la duda
y corrió a pedirle ayuda
a puro grito pelao.

"Quién es éste que se viene
gritando tanto, ¡qué digo!
ni que viera al enemigo
iba a ser menos sutil.
Yo me llamo Bombadil.
¿Qué se le ofrece, chamigo?"

"¡Ayuda, don Bombadil!"
lo apuró Sam al reclamo.
"A descansar nos tiramo'
pero aquel árbol cretino
se nos comió a don Pipino
y a don Merry Brandigamo."

"¡No me digan que el bellaco
se me ha güelto a retobá!
¡Lo viá tené que domá
al vegetal insolente!
¡Le viá enseñá a comé gente
como si jueran chipá!"

Dandolé con el rebenque
se puso a gritarle ansí:
"¡Tenés que echarte a dormí!
¡Largá a los pobres gurises!
¡Hacé lo que se te dice!
¡Largalos, añá membuí!"

El árbol se hacía el duro
y por un rato aguantó.
A la final se cansó
de los golpes del rebenque;
se aquietó como un palenque
y a los hobbits escupió.

"No hace falta que agradezcan"
dijo el gaucho bondadoso.
"El monte es muy peligroso
pa' unos hombres tan chiquitos;
a mi rancho los invito
pa' que tengan su reposo."

Ansí que a la casa jueron,
y a la noche se armó farra:
Sam le daba a la guitarra,
volaban prima y bordona,
Bombadil a la acordiona,
y entre tuitos a la jarra.

Y pasaron varios días
descansando en ese rancho
perdido en el monte ancho,
y entre asado y tereré,
entre polca y chamamé,
terminaron como chanchos
Capítulo 5


Los días jueron pasando
y era hora e' que se vayan;
y haciendo gala e' su laya
jue a despedirlos gentil
el paisano Bombadil
con su guaina doña Baya.

La misia les dio una cesta
pa'l viaje con empanadas.
"Gracias", dijeron. "No es nada"
respondieron a la par.
"Güelvannós a visitar,
si nos hacen la gauchada."

Por el camino de tierra
tuito el día le pegaron.
Al pueblo de Bri llegaron
cuando la luna salía,
y al ver una pulpería
derechito le enfilaron.

Al boliche lleno de humo
llegó a repostar la tropa;
se sacudieron la ropa
de tuito el polvo del viaje,
y pidieron unas copas
como pa' juntar coraje.

Un payador animao
las seis cuerdas aporriaba;
unos al truco jugaban,
y por la parte de atrás
un baquiano montaraz
solo en lo oscuro pucheaba.

El Frodo acabó achispao
con tanta grapa y cerveza;
se le subió a la cabeza
el alcohol y el guitarriar,
y se puso a malambiar
arriba mesmo e' la mesa.

En un rato, en el boliche
no quedaba nada e' calma.
La gente le hacía palmas
pa' acompañar cada paso;
pero jue a pisar un vaso,
cayó y se rompió el alma.

La tropilla de mamaos
dentraron a carcajearse,
y empezaron a acercarse
pa' ver mejor al petiso.
Pero nada había en el piso:
era como pa' asustarse.

El Frodo, despatarrao,
se dio cuenta del enriedo;
la gente estaba con miedo,
algunos se persinaban,
y vio que el anillo estaba
muerto de risa en el dedo.

Buscando un lugar oscuro
jue esquivando parroquianos,
hasta acercarse al baquiano
que fumaba un cigarrillo;
y al pícaro del anillo
se lo sacó de la mano.

Les gritó dende el rincón
haciendosé el chancho rengo.
"Por qué tanto bullarengo",
disimuló con audacia.
"Siempre me mando una gracia
como ésta cuando vengo."

"Usté malambea muy bien",
le respondieron corteses.
"No se ve todas las veces
alguien que ansí se distinga."
Pero era cosa e' Mandinga,
aunque naides lo dijese.

Bajito le habló el baquiano
cuando se calmó el lugar:
"¿Quién lo manda jorobar
ansina con la sortija?
¡Pero qué gana e' enterrar
la pata hasta la verija!"

La verdá que lo asustó
que aquel otro lo supiera;
lo miraba como fiera
cantandolé las cuarenta,
y allí vino a darse cuenta
que la había embarrao fulera.

Le retrucó sin mirarlo,
tratando de hacerse el pollo:
"Mire, yo no quiero embrollo,
que yo ni siquiera sé
quién caranchos es usté
y ya me larga sus rollos."

A ningún otro crestiano
el gaucho se parecía,
pues hablaba y se movía
con un aire e' majestá,
y un pedazo e' oscuridá
la cara le ensombrecía.

"Siguiendo rastros yo vivo
con ojo, oreja y nariz,
sea vaca o sea perdiz,
sean comadrejas o cuises.
El Trancos a mí me dicen,
y soy amigo del Gris."

Al enterarse de eso
grandes los ojos abrió.
"¿Dendeveras", preguntó
"que usté lo conoce al mago?
¿Él anda por estos pagos?"
Y la respuesta jue: "No".

"Al güen Gandalf no lo veo
dende hace un rato largo,
pero me dejó el encargo
la última vez que nos vimos
de ayudarlo a usté y sus primos
en este camino amargo."

"Pero no puedo si ustedes
me asustan la paisanada.
Ya basta con la pavada,
se van tuitos a dormir
porque vamos a salir
temprano en la madrugada."




Capítulo 6



Seguía Gandalf cautivo
arriba e' la torre Ortán,
pero ya tenía un plan
pa' escaparse de la jaula
ande jue a meterlo el maula
del barbudo Sarumán.

Cuando llegó la ocasión
tenía pensao el cómo;
le dijo con mucho aplomo:
"cada cual se va a su rancho".
Bajó tremendo carancho
y se lo llevó en el lomo.

Demientras el Gris juía
de los dominios del Blanco,
por colinas y barrancos
los cuatro hobbits andaban,
y adelante los guiaba
el que le decían Trancos.

"Paremo' un rato", Sam dijo
muerto con la caminata.
"Unos usan alpargatas
o andan con bota e' potro,
y se olvidan que nosotros
sabemos andar en pata."

"Imposible", dijo el Trancos.
"No hay que parar un momento;
tengansén en movimiento
y no se dejen de andar,
que hoy tenemos que llegar
a la Sierra de los Vientos."

Llegaron cuando los grillos
ya cantaban su canción;
encendieron un fogón
con ramitas que allí estaban
para calentar la pava
y dentrarle al cimarrón.

Estaba el hombre avivando
el fuego con charamusca,
cuando una priegunta brusca
jue a agarrarlo atravesao:
"¿Quiénes son los embozaos
que usté dice que nos buscan?"

El baquiano puso cara
de severidá tremenda,
y a la final largó prienda:
"Tienen que ver esos cosos
con los anillos famosos
y su terrible leyenda."

"Los elfos tenían tres,
los enanos otros siete,
y estos oscuros jinetes
con nueve jueron prendidos:
ahura son aparecidos
y de Saurón alcahuetes."

"Aquél que ustedes ya vieron
saliendo de la Comarca
clarita tiene la marca
del malvado en el orillo.
Le andan atrás al anillo
y son piores que la parca."

"¡Pero que no se entreveren
con este criollo notable!
¡Mientras yo camine y hable
voy a ver que el mal no cunda!",
y del cuero de la funda
peló soberano sable.

Jue Sam el que se animó:
"Capaz que al final no es nada;
yo no quiero hablar pavadas
ni andar metiendo bolazos,
pero como que a su espada
le está faltando un pedazo."

Dijo el Trancos: "Lo que es
no saber nada, aparcero.
Esta noble hoja de acero
es la mentada Narsil,
la mesma que al patrón vil
ya le hizo sonar el cuero."

Y en la noche un alarido
les puso de punta el pelo,
y golvió la sangre yelo
de tan grande que jue el chucho:
era un grito de aguilucho
cruzado con pingo en celo.

"Eso no es bicho del monte"
peló Trancos el facón.
"Estos son los de Saurón
con alguna trapisonda;
pongansé tuitos en ronda
alrededor del fogón."

Cinco sombras se agitaban,
como e' ramas que se mueven
en una noche que llueve;
los rodearon redepente
y se notaba patente
que eran cinco de los Nueve.

Pero el Frodo no temblaba
con la temible presencia,
y aunque tenía concencia
que se diba a arrepentir,
no se pudo resistir
a la malina influencia.

Sin saber muy bien por qué,
jue a colocarse el anillo
y los vio con mucho brillo:
el que venía adelante
tenía una espada llameante
y en la otra mano un cuchillo.

En contra de los nazgules
se tiró envalentonao
sacudiendo el envenao.
Tarde supo que era un yerro,
después que el helado fierro
lo cruzó de lao a lao.

Cayó el Frodo del dolor
que le agarrotaba el brazo,
y sin hacerle más caso,
después de anotarse el punto
se jueron los cinco al mazo
dejandoló por dijunto.


Capítulo 7


Estaba tirao el Frodo
en el suelo y dolorido,
con el hombro malherido
por el filo de un puñal,
después de encararlos mal
a los cinco aparecidos.

Ahí corrieron los demás
pa' ayudarlo a levantarse.
"Quién lo manda a entreverarse",
lo levantó en peso el Trancos.
"Qué digo, cuando uno es manco
lo mejor es no peliarse."

Muy diligente el baquiano,
que algo tenía e' dotor,
le puso yuyos de olor
sobre la lastimadura
pa' que no haya embichadura
y se le juera el dolor.

Al pasar por una posta
se agenciaron un manchao
para llevarlo montao
lo que quedaba 'el camino
y que llegara a destino
antes que juera finao.

Y ansina anduvieron días
por el monte y el desierto;
dormían a campo abierto
cuando la noche caía
y a la mañana seguían
con el Frodo medio muerto.

"Ya falta poco, amigazos",
dijo un güen día el baquiano,
y señaló con la mano:
"En vadiando el río aquél
ya llegamo' a Rivendel
tuitos felices y sanos."

Pero no eran todas rosas
como el Trancos lo pintaba,
que esto no se terminaba
ansina e' fácil nomás;
ahí oyeron que de atrás
unos cascos se acercaban.

Haciendo una nube e' polvo
que quitaba la esperanza,
trayendo listas las lanzas
tuitos los encapuchaos
se venían preparaos
para hacer flor de matanza.

"¡La pucha!", soltó el baquiano.
"¡Acá vienen los jinetes!
¡Corré, hij'una gran siete!"
y al potro de manchas blancas
le dio un guascazo en las ancas
que disparó como un cuete.

Y allá iba el Frodo escapando
en el lomo 'el animal
de la caterva infernal
de los piones de Saurón,
que venían en malón
tratando de echarle el pial.

Iba a galope tendido
rebotando en el asiento,
pero sentía el aliento
de los Nueve y sus caballos
que corrían como rayo,
los ponchos volando al viento.

Con los malos por detrás
en tremendo griterío,
se tiró a cruzar el río
con el agua a las canillas
y salió por la otra orilla
temblando de miedo y frío.

"¡No amolen más!", les gritó.
"¡Güelvansé pa' la frontera!"
"¡Con tu cuero en la encimera!
¡Vení, no te hagás rogar!"
"¡Ni mamado que estuviera!",
les retrucó sin dudar.

Pero no diba a ser fácil
disparar por la llanura,
porque la cabalgadura
del cansancio se quejaba
y los Nueve ya cruzaban
pa' sacarle las achuras.

Ya venían por el medio
del riachuelo de agua quieta.
"¡Entregate ya, sotreta!
¡Degolvenos el anillo!"
venía gritando el caudillo,
casi llegando a la meta.

Pero ahí el río mesmo
le vino a salvar la vida:
se apareció una crecida
de las aguas redepente
y a la temible partida
se la llevó la corriente.

Las olas iban pasando
como si juera un arreo;
un imparable rodeo
de vacas blancas y azules
arrastraba a los nazgules,
que largaban cacareos.

El Frodo supo enseguida
que el torrente macanudo
venirse solo no pudo:
toda la pinta tenía
e' ser una brujería
e' parte e' los orejudos.

Pero lo que hubiera sido
le había venido al pelo;
le dio las gracias al cielo
porque el pellejo salvó,
endijpué ya no aguantó
y se jue derecho al suelo.

Capítulo 8
Con un barullo e’ gallinas,
perros, pingos y batracios,
jue despertando despacio
y al levantar la cabeza,
se vio el Frodo en una pieza
que parecía un palacio.
En vez de arriba de un catre
estaba tirado manso
en colchón e’ pluma e’ ganso,
que la verdá que era un lujo.
¡Y ahí al lao estaba el brujo,
cuidandoló en el descanso!
“¡Te despertaste, gurí!
¡Ya me estaba priocupando!
Pasarse tanto roncando
no hace bien a la salú,
y más si hasta el caracú
te agujerió el otro bando.”
“¡Sos vos, Gandalf!”, se alegró
de verlo al mago el petiso.
“¿De los malos qué se hizo?”
“No les des más importancia;
estás a salvo en la estancia
de don Elrondo el mestizo.”
“¡Nos cansamos de esperarte!
¿Qué te vino a demorar?”
“Eso es largo e’ relatar,
otro día te lo cuento;
lo que me pone contento
es que hayas güelto a sanar.”
“Porque usaron los nazgules
un cuchillo de un metal
que te queda en el ojal
y si naides lo sofrena,
te convierte en alma en pena
de trasparencia espetral.”
“Pero ya bien te curaron
los dotores orejudos.
Ni siquiera un estornudo
te dejaron pa’ quejarse,
ansina que ¡a levantarse!
Seguir echado es al ñudo.”
Siguió el consejo del mago
cuando un poco se compuso.
De ya no verlo cachuzo
lo saludaba el gentío.
¡No viera cómo se puso
cuando lo encontró al tío!
Jueron a matiar un rato
pa’ conversar de sus cosas.
Frodo vio el agua espumosa
cuando Bilbo le cebaba,
porque tenía la pava
con las manos temblorosas.
Él, que vendía salú,
ahura estaba hecho un bichoco.
Parecía cosa e’ locos
que estuviera tan vencido,
como si hubiera cumplido
cien años más en tan poco.
Y como el Bilbo a la idea
la tenía siempre fija
sin aflojarle manija,
no se demoró en decir:
“M’hijito, te viá pedir
que me enseñés la sortija.”
Al Frodo esa petición
lo puso pior entuavía.
Al principio no sabía
si le hacía caso o no;
a la final aflojó
de tanto que le insistía.
Y al verla Bilbo a esa joya
que le dejó una honda huella,
esclamó: “¡Qué cosa bella,
si hasta parece mentira!”
mirandolá como mira
el borracho a la botella.
Guardó el Frodo la sortija
y le habló desconsolao:
“Asigún me lo han contao,
esto hace malo al más güeno,
y la verdá que me apeno
e’ verte ansina enviciao.”
Al escucharlo don Bilbo
le agarró una pena inmensa.
Quiso hacer una defensa
pero no le salió nada,
y le agachó la mirada
muriendosé de vergüenza.
“Lo que decís es verdá”
comentó apenao el viejo.
“Mañana se hace un consejo
ande ojalá se resuelva
que se la lleven bien lejos
y por acá nunca güelva.”
Y el Frodo le vio en los ojos
que le estaba hablando en serio;
aunque no juera un misterio
lo mucho que le dolía,
solamente ansí podía
zafarse del cautiverio.
Al rato se decidió
por seguir con el paseo.
Con los mejores deseos
lo dejó al tío en su pieza,
y lo siguió en su tristeza
el canto del bichofeo.
Estuvo pa’ entretenerse
conversando con los piones
y viendo los carretones
que pasiaban por la estancia
desparramando fragancia
e’ la cosecha e’ melones.
Pero no pudo olvidarse
por más que le puso ganas;
que no era asunto e’ jarana
esa situación penosa
de no saber qué otra cosa
podía pasar mañana.

Capítulo 9
Bien tempranito empezó
el consejo estraordinario
con tuitos los dinatarios
que andaban por Rivendel;
un asunto como aquél
había que hablarlo entre varios.
Con una mesa e’ salame,
aceitunas y melón,
demientras el cimarrón
de mano en mano pasaba,
en silencio lo escuchaban
a don Elrondo, el patrón.
“A la historia e’ los anillos
tuitos la han de conocer,
y se van a sorprender
cuando sepan enseguida
que la sortija perdida
ahura ha güelto a aparecer.”
“Por suerte”, se metió Gandalf,
“la tenía gente amiga.
No hace falta que les diga
que con cuidao hay que andar;
lo pior que puede pasar
es que Saurón la consiga.”
“Y de hablarlo al Sarumán,
mejor que se olviden de eso;
de la angurria quedó preso
cuando se vino a enterar,
y ahura se puso a amolar
con esa cosa ’el progreso.”
“Con la escusa de tener
los rodeos separaos,
quiere poner alambraos
entre heredá y heredá
pa’ quitarnos libertá
y tenernos dominaos.”
“Y otra cosa más que quiere
y le anda metiendo injerto
es la conquista ’el desierto;
y estaciones con andenes
ande paren largos trenes
que lleven el grano al puerto.”
“Pero hay un modo e’ cuerpiarlo
a ese futuro indino:
al pago mesmo ’el malino
vamo’ a tener que llegar
y la sortija tirar
adentro ’el Monte ’el Destino.”
“Eso a mí no me parece
que vaya a ser lo mejor”,
dijo el que vino e’ Gondor.
“En vez de disperdiciarla,
yo digo que hay que llevarla
a mi tata el Denetor.”
“Con el Saurón de vecino
ya no queremos vivir”
insistía el Boromir.
“No hay fortines ni zanjones
que paren a los malones
de orcos que saben venir.”
“Pero usandoló al anillo
eso se arregla enseguida,
y ya pa’ tuita la vida
lo resolvemo’ al problema.”
Dijo Gandalf: “¡A ese tema
mejor ni darle cabida!”
“¡En contra de esa locura
este mago les alvierte!
El anillo te hace juerte
pa’ enfrentarteló al Oscuro,
pero después es siguro
que en malandra te convierte.”
“¡Otra ruta no tenemos,
por favor no se conjundan!
Pa’ que a la sortija imunda
no le eche mano el canalla,
hace falta que alguien vaya
y la tire a que se junda.”
“¡Se dice fácil!”, gritaba
tuita la gente miedosa.
“¡Con guitarra es otra cosa!”
Y ahí el Frodo se paró:
“Si no va naides, voy yo”,
dijo con voz temblorosa.
Dijo Gandalf riendosé:
“¡Qué petiso temerario!
Que naides se haga el otario,
que por mucho que se amañe
hacen falta voluntarios
que en el viaje lo acompañen.”
Habló el Trancos Aragorn,
que era yerno ’el dueño e’ casa:
“Pa’ enfrentar a la amenaza
yo digo que es importante
que vaya un ripresentante
e’ cada una e’ las razas.”
Y se prendió el Boromir,
con el sable y con las bolas;
por los elfos, el Legolas,
y por parte e’ los enanos
iba a dir el Guimlidiano
pa’ hacer mucha batahola.
Merry, Pipino y el Sam,
mostrando mucho coraje,
dijeron que seguían viaje
con su amigo tan valiente;
y se formó un contingente
de diferentes pelajes.
Y al ver ansí decididos
a paisanos tan redondos
a llegar hasta los fondos
e’ los pagos del Saurón,
enlleno de almiración
esto dijo don Elrondo:
“¡Nunca vide una partida
de tal bravura a porrillo!
Mientras el sol tenga brillo
siempre habrá de ricordarse
la ocasión que vino a armarse
LA COMUNIDÁ ’EL ANILLO.”
Capítulo 10
Endijpué que en Rivendel
se celebró el parlamento
ande jue el reclutamiento
pa’ dir al Monte ’el Destino,
se llevó Bilbo al sobrino
pa’ darle unos elementos.
“Te viá emprestar unas cosas
que hace mucho que las guardo:
acá está la espada Dardo,
que es más que una simple lata;
a los orcos los delata
si se escuenden en los cardos.”
“Y esta camisa e’ mitril
que es más juerte que el acero
pa’ que te proteja el cuero;
si la llevás bajo el poncho
no te va a hacer más rechoncho
y naides te hace otro aujero.”
Le agradeció el Frodo al tío
por la espada y la camisa
que de ser motivo e’ misa
lo iban siguro a salvar,
porque el anillo llevar
no era pa’ tomarlo a risa.
Demientras don Aragorn
se despidió de su prienda,
tan linda que era leyenda:
“Tengo que dirme, mi dama,
que la patria me reclama
para que yo la defienda.”
“¡Elberita te acompañe,
que sabe lo que te quiero!”,
contestó la del lucero,
la mentada doña Argüén.
“Ojala güelvas con bien;
si te pasa algo me muero.”
Los herreros orejudos
a la espada de Elendil,
la vieja y rota Narsil,
en la fragua la arreglaron
y ya tuitos la llamaron
dende entonces Anduril.
Y temprano a la mañana
con mucha solemnidá,
a enfrentar la alversidá
contra el enemigo cruel,
despacito e’ Rivendel
se jue la comunidá.
Con cuidao había que andarse
si querían parar la guerra,
y por un camino e’ tierra
enfilaron rumbo al sur;
porque el ojo e’ Baradur
es uno que no se cierra.
Una banda e’ teruteru
pasó con mucho barullo,
y el mago se olió un chanchullo.
“Esos pájaros que ahí van,
conociendo al Sarumán,
son tuitos bomberos suyos.”
“Va a haber que viajar de noche
sin levantar la perdiz”,
les aconsejó el gris.
“En silencio hay que moverse
y cuando es de día esconderse
en el medio del maíz.”
Y a la hora en que la luna
nace en el cielo y se agranda,
en pleno tuita la banda
se plantó en un descampao
por andar medio delgaos
y le entraron a la vianda.
Demientras junto al fogón
descansaban y comían,
a lo oscuro una jauría
jue a juntarse redepente,
y les aullaba y gruñía
enseñandolés los dientes.
Se tragó el Gandalf del susto
el carozo e’ la aceituna.
“¡Ahijuna con la lobuna,
ahura la tenemos güena!
¿No apercibieron lo llena
que está esta noche la luna?”
Ahí se largó la pelea
en contra e’ los lobizones
que tiraban tarascones,
y uno dijo e’ sopetón:
“¿De diánde saca el Saurón
tantos sétimos varones?”
¡Y viera lo que jue aquello!
Con el elfo a los flechazos,
el enano a los hachazos
y los crestianos con fierros,
no podía arrimarse un perro
sin quedar hecho pedazos.
“A ver si con este truco
tenemos algo e’ sosiego”,
avisó el Gandalf y luego
movió en el aire un palito,
y tuitos los eucalitos
dentraron a agarrar fuego.
Y los lobos que quedaban,
con semejante fogata
que ya hasta las garrapatas
les estaba chamuscando,
salieron tuitos llorando
con la cola entre las patas.
“¡Se jueron!”, decían los hobbits
y saltaban de alegría;
pero cuando se hizo e’ día
enjabonaos tuitos vieron
que ande los lobos cayeron
ni los pelos se veían.
“¡Yo sabía”, dijo el Gandalf
“que no eran bichos cualquiera!
A andar a toda carrera
vamo’ a tener que empezar
y apurarnos en cruzar
cuantiantes la cordillera.”
Capítulo 11
Los de la comunidá
se pusieron en campaña
para cruzar las montañas;
pero dir al otro lao
de aquellos picos nevaos
iba a ser tremenda hazaña.
Lo mejor era cruzar
por el paso ’el Monte ’el Cuerno,
pero ahura que el invierno
les había cortao esa ruta,
tenían que dir por las grutas
por más que juera un infierno.
Marchando duro y parejo
se llegó la compañía
hasta una puerta que había
a la orilla e’ una laguna
que nada más se veía
si la alumbraba la luna.
Ahí se soltó don Guimli:
“¡Acá está la puerta e’ Moria!
Asigún cuenta la historia,
acá en un tiempo lejano
vivían muchos enanos
en medio ’el lujo y la gloria.”
Pero ahura hacía mucho
que la habían abandonao:
los enanitos cebaos
por darse la gran vidurria
cavaron con mucha angurria
y algo malino fue hallao.
Entonces les dijo el Gandalf:
“Hay que encontrar la palabra
para que esta puerta se abra.
No la sé, pero no dudo
que en el lenguaje orejudo
va a ser el abracadabra.”
“¿Cómo que no la sabés?”,
se encocoró el Boromir.
“¡Lo que tenemos que oír!
¡Si es pa’ golverse loco!
¡Justo a este brujo bichoco
lo teníamos que seguir!”
“¿Y cómo la vas a abrir?”,
el Pipino preguntó.
El mago le contestó
con un grito de enojao:
“¡Con tu melón, abombao!”,
y ahí la puerta se abrió.
“¡Cha que dar con la respuesta
con promesas de castigo!
Es verdá lo que les digo,
compañeros, creanlón:
pa’ los elfos el melón
más que fruta es un amigo.”
A andar por esos aujeros
se largó la compañía,
ande nunca se metía
ni un pedacito de sol,
y el Gandalf iba de guía
con el bastón de farol.
“Hay que andar con discreción”,
el mago ya había alvertido,
pero el Pipino aburrido,
nomás de puro curioso,
tiró una piedra en un pozo
haciendo un montón de ruido.
“¿Qué hacés, petiso abombao?
¡Te dije que no alborotes!
¡Adentro de ese marote
yo no sé lo que tenés!
Tirate vos otra vez
en vez de tirar cascotes.”
Pero llegó más barullo
y salieron rejucilos
por los cantos y los filos
de la Dardo y Glandrín;
se venía el orco ruin
y no era pa’ estar tranquilos
Los viajeros alarmaos
con el alboroto aquél,
se hicieron tuitos cuartel
en el fondo de la gruta
ande por la juerza bruta
quería meterse el infiel.
Por la puerta se asomaron
las cosas verdes y feas.
“Al huinca el orco cuerea”
dijo en dentrando el cacique;
ahí se vinieron a pique
y se largó la pelea.
Y empezó la compañía
a pelear echando espuma
como se defiende el puma
cuando se ve acorralao,
y a los de escracho pintao
les dieron hasta las plumas.
¡Y hasta los hobbits pelearon,
viera usté de qué manera!
Aunque altura no tuvieran,
no jue de pura chiripa
que al que muy cerca anduviera
se le cayeran las tripas.
Pero vino a suceder
que en medio e’ la mescolanza,
un orco con una lanza
al Frodo pudo llegar
y justo lo jue ensartar
en el medio de la panza.
Ahí el Sam lo pegó al grito:
“¡Amalaya, orco sotreta!
¡Con mi patrón no te metas!”,
y con la juria ’el bagual
se le vino el peón tan leal
y le hizo estirar la jeta.
Y por más que jueran muchos
los que a achurarlos llegaban,
la defensa jue tan brava
que endijpué nomás de un rato
el orco que no espiantaba
estaba en la quinta ’el ñato.
Capítulo 12
Después que los aventaron
a los orcos agresivos,
se ocuparon del derribo
que le habían hecho al Frodo,
y ahí se dieron cuenta todos
que el petiso estaba vivo.
“!Ya pensábamos nosotros
que ’tábamos por perderte!
¡Esto sí que es tener suerte,
no te falta ni un pedazo!
De semejante lanzazo
no vide quien se despierte.”
Les dijo el Frodo por qué
estaba entero entuavía:
“No es magia ni brujería;
por darme el tío una mano,
esta camisa de enano
me regaló el otro día.”
“¡Una camisa e’ mitril!”,
dijo el Guimli impresionao.
“En todo el tiempo que he andao
nunca vide nada igual.
Debe costar un platal,
y jue un regalo bien dao.”
Dijo el Trancos: “Aunque sea
como patada e’ bagual,
el dolor adominal
es poco por ese ataque;
mejor que no te la saques
si no querés funeral.”
“¡Tan gauchito como siempre
este don Bilbo nomás!”,
dijo alegre el Samsagaz
de ver su patrón con vida.
“Viendo el modo que lo cuida,
lo quiero entuavía más.”
“Güeno está, ya basta e’ charla
que tenemo’ que seguir”,
los apuró el Boromir
y siguieron el paseo,
buscando casi al tanteo
la manera de salir.
“¡Vamos!”, alentó el Gris.
“¡Un poquito más de aguante!
El puente de allá adelante
ya nos lleva a la salida
de esta caverna podrida
que nos ha embromao bastante.”
Después de andar por las cuevas
a paso de caracol,
de pensar en ver el sol
muy contentos se pusieron;
pero ahí a los orcos vieron
con la tropilla de trol.
“¡Qué lo tiró a estos orcos,
la verdá, quién los pudiera!
¡Ya casi estábamo’ ajuera!”
Pero a matar no llegaban:
disparando de algo estaban
achuchaos a la carrera.
Detrás de ellos se venía
un coso de mucho altor
con un tremendo alfajor
que verlo miedo metía,
y en la otra mano tenía
flor de látigo arriador.
Al reconocerlo el Gandalf
a aquel bicho de temer,
vio que no iban a poder
a ésa sacarla barata,
y dijo: “¡Qué mala pata!
Un Balrog tenía que ser”.
“¡Acá no hay facón que valga,
no se me hagan los valientes!
Metanlé a cruzar el puente
a toda velocidá,
que al coso oscuro y ardiente
yo lo viá parar acá.”
Parao en el medio ’el puente,
paisano de brava estampa,
se refaló el poncho pampa
y al bellaco entró a tantiar,
preparao pa’ abarajar
al toro por las dos guampas.
Y el otro, que era una sombra
enllena de luces malas,
abrió dos tremendas alas
como queriendo alzar vuelo,
y cruzó toda la sala
pa’ que empezara ya el duelo.
Lo esperaba listo el Gris
y chocaron los aceros.
Era duro el entrevero
pero no se echaba atrás,
y gritaba: “¡Bicho fiero!
¡Vos por acá no pasás!”.
“¡No puede solo!”, gritaron
los dos hombres a la par.
“¡No lo podemos dejar
esta vez en la estacada!”,
y pelando las espadas
se largaron pa’ ayudar.
Pero entonces en el suelo
pegó el mago un bastonazo.
El puente se hizo pedazos
bajo las patas del coso;
pero cuando se iba al pozo
llegó a dar un chicotazo.
Más rápida que una víbora
buscó la guasca de cuero
la canilla ’el hechicero;
como un rayo lo pialó
y con juerza lo arrastró
hasta el borde del aujero.
Ahí se quedó mal prendido,
sin poder ni sostenerse;
vio que nada podía hacerse
y gritó con muchas ganas:
“¡Escapensé, tarambanas!”
justito a tiempo e’ caerse.
Capítulo 13
En llegar no demoraron
a la salida e’ la cueva;
pero andar a la lú nueva
no jue cosa de alegría,
porque uno e’ la compañía
no pudo pasar la prueba.
“Lo que pasó con el Gandalf
da tristeza de verdá.
Pero no se acaba acá
la ruta”, dijo el baquiano,
“porque ahura este crestiano
va a guiar la comunidá.”
“Hay que dir a Lolorién,
que ahí la gente es macanuda:
pa’ no tenerla peluda
en nuestro camino negro,
nos va a venir bien la ayuda
de los suegros de mi suegro.”
Decía el Merry: “Siguro
que con locro nos invitan,
o con empanada e’ humita,
de vernos ansí delgaos.”
Vieron el Monte Dorao
cayendo la tardecita.
“¡Pavada e’ monte!”, dijeron
los cuatro hobbits a coro.
“Pa’ que digan que es de oro,
pucha que hay güenas razones.
¡Los árboles dan melones!
¡Este pago es un tesoro!”
“¡Tenga a mano!”, gritó un elfo
dende arriba de un lapacho.
“Acá con el populacho
no nos hacemos los güenos.
No dentra naides, y menos
estos enanos borrachos.”
“¡Borracho!”, la peló al hacha
muy ofendido el pequeño.
“¡Bajá, fifí, que te enseño
si es de tinto o es de blanco!”
“¡Ya basta!”, se metió el Trancos.
“Queremos ver a los dueños.”
“Andá a avisarles que vino
el Aragorn, que se acuerden,
con Legolas Hojaverde,
don Boromir, los medianos
y el amigo Guimlidiano,
que ladra pero no muerde.”
Y los llevaron a ver
a esos elfos de gran fama:
tomando mate en las ramas
de un barrigudo higuerón
estaban don Celebrón
y ’ña Galadriel, la dama.
“¡Ansina que al fin llegó
la dichosa compañía!
Ya los chasques que venían
de la estancia e’ nuestro yerno
nos dijeron que estos días
iban a pasar a vernos.”
“¿Diánde está Gandalf el Gris?
¿No venían todos juntos?”
“Ése es un fulero asunto”,
les respondió el montaraz.
“Por salvarnos quedó atrás
y acabó siendo dijunto.”
Les contaron cómo el mago
cayó en lo projundo e’ Moria.
“Ésa es una triste historia”,
dijo al final la señora.
“El Monte de Oro lo llora
y lo lleva en la memoria.”
“Ahura nomás quedan ocho
pa’ cumplir con la misión”,
habló después el patrón.
“Pero con nuestra sabencia
les vamo’ a dar la asistencia
pa’ destruncarlo al Saurón.”
“Este supo ser lugar”,
se puso a contar don Cele,
“de girasoles y mieles,
una tierra de leyenda.
Que ahura la sombra se estienda,
¡caracho!, sí que nos duele.”
“A este alversario indino
que es más malo que la peste,
nos cueste lo que nos cueste
lo tenemos que destruir,
ansí nos podemos dir
ya de una vez pa’l oeste.”
“Pero es güeno ricordar
que en esta ocasión tan grave,
pa’ que de una vez se acabe
no alcanza con dar consejos;
que el elfo por elfo sabe,
pero más sabe por viejo.”
“Que no me entere que naides”,
les dijo ’ña Galadriel,
“en este viaje sin yel
se mande alguna embarrada,
y cada cual siga fiel
a la palabra empeñada.”
Se puso derecho el Trancos
y le retrucó: “¡Valiente!
¡Las manos por esta gente
en el fuego pongo yo!”
“Cuidao”, Boromir pensó.
“Puede ser que esté caliente.”
No se convenció la doña
y medio frunció la jeta;
nunca falta un güey corneta,
podía retobarse alguno,
y los miró uno por uno
pa’ ver si hallaba un sotreta.
“Ta’ güeno”, dijo por fin.
“Parecen güenas personas.”
Y mandó echar una lonas
pa’ que después del asao
se sacaran lo cansao
o se durmieran la mona.
Capítulo 14
Varios días se quedaron
en el Monte de Oro aquél,
y demientras del pichel
estaban prendidos todos,
a visitarlo jue el Frodo
al espejo e’ Galadriel.
Venía diciendo el Sam:
“No me gusta hablar macanas,
no es mucho lo que se gana
mirandoló dende lejos,
pero pa’ mí más que espejo
parece una palangana.”
“Pues no vengás a querer
acá lavarte las greñas”,
con severidá la dueña
jue a ponerlo en su lugar,
“que acá se viene a mirar
lo que el reflejo te enseña.”
“A lo que está siendo o ya jue
puede ser una ventana,
lo que va a pasar mañana
otras güeltas se aparece;
pero las más de las veces
muestra lo que tiene ganas.”
Se asomó primero el Sam
nomás de curioso que era,
y vio como una escalera
que él mesmo subiendo estaba,
y se lo vía que andaba
apurado dendeveras.
Y en la mesma oscuridá
de ese paisaje baldido,
al Frodo lo vio metido
entre piedras y pastitos,
y parecía dormido
casi como un angelito.
“A este coso de mandinga
entenderlo yo no puedo”,
habló con un poco e’ miedo,
“pero una cosa comprendo:
cuando el patrón se esté yendo,
yo de mojón no me quedo.”
Y cuando se asomó el Frodo
pa’ ver lo que le enseñaba,
se encontró una cosa brava
que le asustó hasta los piojos:
en el agua había un ojo
que muy fijo lo miraba.
Y puesto ahí, frente a frente
con la tremenda visión,
le jue dentrando un jabón
que lo dejó chiquitito,
porque conoció al grito
que estaba viendo al Saurón.
Se quedó medio abombao
con el ojo tan grandote,
colorao como camote
en medio ’el fuego amarillo;
y le pesaba el anillo
como tosca del cogote.
“Lo que viste”, habló la doña,
“es el ojo sin pestaña,
que busca con tanta maña
eso que llevás a cuestas
que nunca tiene lagañas
por echarse alguna siesta.”
“Entuavía”, dijo el Frodo,
“que uno no gana pa’ sustos,
este coso viene justo
a hacermelá más amarga.
Usté que la sabe larga,
¿cómo me salvo ’el disgusto?”
Respondió ’ña Galadriel:
“Ah, chiquito, yo no sé,
a mí no me pregunté’
que no soy de dar consejo;
lo que te enseña el espejo,
él solo sabe por qué.”
“Vas a tener que seguir
con tus miedos y tus dudas,
con poca y ninguna ayuda.
Y no vayás a fallar,
que si eso llega a pasar
no nos salva ni la ruda.”
Miró el Frodo a la patrona
y le dijo sobre el pucho:
“Pa’ estas cosas no estoy ducho
y viá chingarla a la fija;
quiero darle la sortija
porque pa’ mí pesa mucho.”
“¡Me la querés dar a mí!”,
se cayó la elfa de traste.
“¡Pa’ qué caranchos hablaste,
venirme ansina a tentar!
Va a ser nomás empezar
que al Saurón ése lo aplaste.”
“¡Qué patrona que viá ser!
¡Van a ver cómo encandilo!
¡Feroz como rejucilo!
¡Más brava que sudestada!
¡Más linda que la alborada
y cosas por el estilo!”
“¡Tuitos me van a querer
si saben qué les conviene!
¡Se va a hacer lo que yo ordene
y si alguno se retoba,
yo le bajo de una soba
los humos con que me viene!”
Parecía que se llevaba
todo el mundo por delante;
una cosa imprisionante
que de verdá asombro daba,
con su sortija e’ brillante
que en el dedo le chispeaba.
“La pucha que me dio juerte”,
a la final se calmó.
“Pero ya se me pasó
el antojo e’ ser más grande,
y aunque nunca a naides mande
voy a seguir siendo yo.”
Capítulo 15
Muy atentos los patrones,
no podían permetirse
dejar los viajeros dirse
a buscarle la hebra al malo
ansí nomás, y regalos
trujeron pa’ despedirse.
Cinchas, sogas y otras cosas
del mejor cuero de vaca,
piedras pa’ afilar las facas,
y pa’ cuando el hambre aprieta
les llenaron de galleta
los bolsillos y guayacas.
Unos ponchos que les dieron
tenían del campo el color.
“Son frescos si hace calor
y abrigaos cuando refresca,
y sin magia al portador
lo hacen que desaparezca.”
Le dio al Aragorn la doña
una funda pa’ la espada
con oro y plata bordada,
y engualichada además
pa’ que el sable nunca más
se juera a romper con nada.
Una rastra que era un lujo
le regaló al gondorino;
dos al Merry y al Pipino
como pa’ gurises hechas.
Pa’l Legolas, arco y flechas
que se vía que eran finos.
No le hizo gracia a don Cele,
y medio que se chivó,
cuando el Guimli le pidió
colorao de la vergüenza
a su mujer una trenza
y ella alegre se la dio.
Al Sam le dio una cajita
de abono pa’ que las flores
jueran como las mejores,
y con el de la sortija
terminó la repartija
de regalos y favores.
“A vos, que llevás el peso
más grande en esta epopeya,
te regalo esta botella
que aunque parezca de grapa,
no le va’ a sacar la tapa
que adentro hay lú de una estrella.”
“No la perdás la limeta,
de noche es más luminosa.
Si se hace fiera la cosa
nunca tengás nada e’ chucho,
que esta lú es muy milagrosa
y a vos te va a cuidar mucho.”
Y dejaron Lolorién
en bote por el río Grande.
¡Y no hay naides que no se ande
triste en una despedida!
Aunque tenga piel curtida,
no es raro que uno se ablande.
“¡Qué dolor”, dijo el enano,
“irse e’ tan lindo lugar!
No viá dejar de estrañar
ni una tardecita sola”,
y con su amigo el Legolas
como un gurí echó a llorar.
El Sam, medio desconfiao,
al Boromir lo miraba,
que demientras que remaba
por el río redomón
lo relojiaba al Bolsón
y se le caiba la baba.
Iba el pión muy asomao
y viendo pa’ atrás, pensando:
“A éste que le anda pasando
que tiene esa cara e’ loco”,
cuando ’el julepe por poco
tiene que seguir nadando.
“Capaz que esto que le cuento
mentira a usté le parece
o se le hacen idioteces,
pero vide un camalote
que anda siguiendo a los botes
y tiene manos y pieses.”
“Es el Golum”, dijo el Trancos.
“Ese bicho e’ mala entraña
con sus tretas y cucañas
no nos deja de aguaitar.
Yo ya lo quise agarrar,
pero se da mucha maña.”
Con eso ya era bastante,
pero había más razones
pa’ andarse con precauciones,
porque el río color tierra
era una región de guerra
entre gauchos y malones.
El viaje jue mayormente,
aunque había poco descanso,
sereno por el río manso.
Los miraban las garcetas,
los doraos y palometas,
los biguás, patos y gansos.
Pero a veces se ponía
lo que se dice un espanto;
pa’ no dir al camposanto
iban cuerpiando flechazos
que les tiraban al paso
los orcos de tanto en tanto.
Y al fin vieron dos colosos
que marcaban la frontera,
que era como si dijeran
enseñandolés las palmas:
“Si no se viene con calma,
quedesé del lao de ajuera”.
Dijo el Trancos señalando:
“¡Los mojones de Argoná!
La tierra a partir de acá
a heredar tengo derecho”.
Y ahí nomás se le infló el pecho
con un aire e’ majestá.
Capítulo 16
Al fin dejaron los botes
en la orilla descampada
y ya a la tierra embrujada
la podían distinguir,
pero aquello al Boromir
no le había gustao pa’ nada.
“Vamos pa’ Minas Tirí”,
le propuso a la partida.
“Que llegamos enseguida
hasta si vamos a pata,
y siguro que mi tata
nos da flor de bienvenida.”
“El que insista en la frontera
pa’ mí que lo empina al codo,
que si p’allá vamos todos
a la fija caemos presos.”
Le contestó el Trancos: “Eso
tiene que decirlo el Frodo.”
No le gustó eso al petiso,
porque no es asunto e’ broma
cuando la sombra se asoma
decir uno lo que es güeno,
y subió solo a una loma
pa’ pensarlo más sereno.
La decisión era suya
porque él era el portador.
¿Había que dir pa’ Gondor
y cubijarse en el juerte?
¿O mejor tantiar la suerte
a lo oscuro de Mordor?
Ahí le cayó el Boromir
después nomás de un ratito.
“¡Si es mi amigo el chiquitito!
¡Pero qué casualidá
venir a encontrarte acá!”,
lo pegó de verlo al grito.
“Ya que estoy, ¿no precisás
ayuda, por un casual?
Yo soy un gaucho cabal
y no viá hacerme el dormido
con un amigo metido
en este merenjenal.”
“No como otros”, cabeció
p’ande estaban los demás.
“Más que nada el montaraz,
que quiere que un angelito
vaya a meterse él solito
diande no va a salir más.”
El petiso respondió:
“Ya sé que no va a ser robo
meterse en la boca ’el lobo
con este coso y tirarlo,
teniendo yo que llevarlo
y aguantarle los corcovos.”
“Pero más pior puede ser
si nosotros lo guardamos
y viene a buscarlo el amo.
Y yo solo no viá estar,
que el Trancos me va a cuidar
cuando a lo oscuro vayamos.”
“¡No me hagas rair!”, dijo el otro.
“Ese baquiano mugroso
siguro que anda e’ vicioso
pegandolé un beso al tinto.
¡Pero mirá qué distinto
este gaucho tan lustroso!”
Ahí vio el Frodo que el paisano
estaba como chupao:
con los ojos coloraos
lo mesmo que dos ladrillos
buscaba espiarle el anillo
y hablaba medio achispao.
“Vamos, no pensés más,
hacé como yo te digo:
venite a Gondor conmigo
y dejate de embromar,
que el anillo vamo’ a usar
pa’ ganarle al enemigo.”
Le contestó: “Yo no creo
que eso vaya a resultar”,
y le dentró a recular
maliciándolo al amaño,
“que este coso circular
nomás sirve pa’ hacer daño.”
“¡Pero petiso endiablao!”
al otro le dio un ataque.
“¡No sabés con ese empaque
lo cansao que me tenés!
¡Dameló si no querés
que a la juerza te lo saque!”
Y ahí nomás dentró a correrlo
revoleandoló al cuchillo.
El chiquito se hizo ovillo,
pero pa’ a salvo ponerse
no tuvo otra que humo hacerse
calzandoseló al anillo.
El grandote, hecho una juria,
se hizo más loco entuavía
viendo que ya no lo vía.
“¡Esto es cosa de no crer!
¡No, si yo ya sabía
que nos ibas a vender!”
“¡Habías estao esperando
que miremos pa’ otro lao
pa’ correr del disgraciao
y el anillo darle e’ nuevo!
¡Andá a saber cuánto sebo
en la mano te habrá untao!”
Corría de acá p’allá
montado entuavía al picazo,
se trompezó al dar un paso
y al suelo se jue de boca;
de semejante porrazo
se le jue toda la loca.
“¡Me agarró un ataque e’ rabia,
pero ya se me pasó!”,
de todo se arrepintió
tirao en el pasto blando
y lo llamaba llorando,
pero el Frodo no golvió.
Capítulo 17
Endemientras lo esperaban
a que viniera el Bolsón,
alrededor del fogón
mateaba la compañía;
en las caras se les vía
tuita la priocupación.
En medio e’ la discusión
que tenía la tropa criolla
sobre el destino e’ la joya,
bajó el Boromir del cerro
trayendo una cara e’ perro
que acaba e’ tumbar la olla.
Pasó e’ largo y jue a sentarse
sin haber dicho ni mu
a la sombra de un ombú,
y dentró a chiflar bajito
queriendo hacerse el pollito
enfrente e’ la multitú.
“¿Pasó algo?”, preguntó el Trancos
mirandoló medio fiero.
El otro, camandulero,
como alvirtiendo a la gente,
contestó muy inocente:
“¿A mí me hablaba, aparcero?”
“Casi na’, lo vi al petiso
y lo quise hacer que vea
que no iba a ser güena idea
rumbiar pa’ lo del malvao;
que es un pago endemoniao
y está lleno e’ cosas feas.”
“Todo eso yo le dije
y lo invité muy cordial
pa’ dir a la capital.
No me doy cuenta por qué
se hizo invisible y se jue,
como tomandoló a mal.”
Saltó el Trancos de una forma
que ni mordiendo un ají.
“¡Y ansina nos lo decí’!
Andá a saber qué macana
se mandó este tarambana
que asustó al pobre gurí.”
“Ya endijpué vamo’ a charlar
qué le hiciste a la criatura.
Portate con derechura
y ayudanos a buscarlo,
que tenemos que encontrarlo
antes que haga una locura.”
Ninguno puso en la busca
más ganas que los gurises,
que diban muy infelices
llamandoló por ahí,
mientras Sam, lo que se dice,
andaba hecho un ay de mí.
“¡A saber por diánde se anda!”,
se desesperaba el pión.
“Conociendo a mi patrón,
hasta puede ser capaz
de dirse él solo nomás
a los pagos del Saurón.”
“Calmate un poco”, se dijo,
“vos ya no estás pa’ estos trotes.
A ver, usalo al marote:
si el río quiere cruzar,
¡se va a tener que llegar
ande dejamos los botes!”
Le metió pata y llegó
cuando una barca en las olas
se soltaba de la piola
y se diba en la corriente;
y se remaba ella sola
buscando la orilla e’ enfrente.
“¡No se me vaya, don Frodo!
¡Yo me quiero ir con usté!
¡No me deje, llevemé,
que si no, no sé si aguanto!”
Y pensó el Frodo: “¡Dios santo!
¡Me encuentra aunque no me ve!”
“¿Qué querés, atarantao?
¡Siempre me estás jorobando!
¿No sabés que no me mando
con estas cosas la parte?
¿Y que no puedo llevarte
ni que sea de contrabando?”
“¡No me diga eso, patrón!
¿Por qué me trata tan mal?
¡Yo lo viá seguir igual!”
Y viendo esa tozudez,
dijo el Frodo: “¿Que no ves
pa’ diánde voy, animal?”
Pero el Sam, muy decidido,
le chantó: “¡Me importa un cuerno!
Aunque vaya al mesmo infierno
me va a tener a su lao”.
Y el Frodo quedó encantao
con el discurso tan tierno.
“¡Ta’ güeno, te llevo!”, dijo
cayendosé a carcajadas.
“Dejate e’ mariconadas
y ya de una vez subite”,
y el otro acetó el convite
con la sonrisa colgada.
“¡Espere un cacho!”, le habló
al patrón muy animao,
y se preparó un atao
ande puso lo que pudo
de lo que les habían dao
pa’l viaje los orejudos.
“Listo el pollo, patrón”, dijo
golviendo con el paquete.
“Llevar esto no es al cuete,
que ande tenemos que dir
siguro nos va a servir
para salvar el rosquete.”
Y ansí, con el Sam y el Frodo
que lo cruzan al Anduín
y con rumbo al Orodruín
se pierden en el polvillo,
La comunidá ’el anillo
acá ya llega a su fin.
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