La desventurada historia de Superprogre y su detector de minorías oprimidas comenzó un fatídico 7 de junio de 2018, cuando gracias a su poderoso aparato (me refiero a su detector de minorías oprimidas) encontró un grupo de estudiantes secundarios en la puerta de su colegio reclamando “justicia”.
Los imberbes purretes estaban exaltados, qué digo exaltados, estaban furiosos, porque a “une de sus compeñeres” le prohibieron asistir a la clase con un calzoncillo en la cabeza y la entrepierna completamente descubierta. La justificación del alumno para tan singular comportamiento no fue menos absurda que su propia imagen: sentado de cabeza en su pupitre, exhibía en alto su ridículamente pequeño aparato reproductor masculino.
El alumno aseguró que en su organización psicofísica los órdenes estaban alterados y que lo que normalmente la gente hacía con la cabeza, él lo hacía con sus genitales. Y viceversa. Para que su compañero no se sienta disgustado, los estudiantes no tuvieron mejor idea que exigir el tratamiento de un proyecto de ley para modificar el significado de las palabras: “normal”, “psicofísico”, “naturaleza”, “genitales”, “cabeza” y hasta “calzoncillo”. Y así, mientras el alumno “invertido” orinaba por sus fosas nasales arrimado a un árbol aledaño, Superprogre guardó inmediatamente su detector de minorías oprimidas y, tras cerrarse la bragueta, se dispuso a colaborar con el desarrollo violento por el que se estaba encaminando la protesta.
Sumándose a la anarquía general, Superprogre arrojó un ladrillo contra la humanidad de un limpiavidrios con chaleco reflactario al confundirlo con un policía. El limpiavidrios esquivó milagrosamente el proyectil, pero éste impactó contra el parabrisas del auto que se disponía a limpiar de forma amenazante y prepotente.
Fue tanta la mala suerte de Superprogre, que al bajarse el conductor del vehículo descubrió que no se trataba de otra persona sino de su propio padre. “¡¡Uh!! ¡¡Mi viejo!!” , se agarró la cabeza nuestro infeliz superhéroe mientras su progenitor se le acercaba enardecídamente y sin ánimos de escuchar ideologías igualitarias hegemónicas.
En ese preciso momento, el alumno invertido se acercó a Superprogre y lo miró con testículos tristes: “Gracias por tu cooperación -le dijo- pero yo que vos, salgo corriendo”. Acto seguido, Superprogre accedió al consejó y huyó de forma tan rápida como vergonzosa. Y así fue cómo la primer misión de Superprogre y su detector de minorías oprimidas resultó frustrada por el violento comportamiento de un macho alfa intolerante y retrógrado.
