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pacho o donnell - historias argentinas (parte 2)

Ciencia Educacion10/31/2010

Capítulo II

1540 a 1770


El PARAÍSO DE MAHOMA
“Cuando estuvimos cerca, hicimos disparar nuestros arcabuces – escribiría el alemán Ulrico Schmidl, llegado con Pedro de Mendoza, primer cronista de la colonización en Río de la Plata - y cuando los oyeron y vieron que su gente caía y no veían bala ni flecha alguna sino un agujero en los cuerpos, no pudieron mantenerse y huyeron, cayendo los unos sobre los otros como los perros, mientras huían hacia su pueblo (…) Mas cuando vieron que no podrían sostenerlo más y temieron por sus mujeres e hijos, pues los tenían a su lado, vinieron dichos “carios” y pidieron perdón y que ellos harían todo cuanto nosotros quisiéramos. También trajeron y regalaron a nuestro capitán Juan Ayolas seis muchachitas, la mayor como de dieciocho años de edad (…) Pidieron que nos quedáramos con ellos y regalaron a cada hombre de guerra dos mujeres, para que cuidaran de nosotros, cocinaran, lavaran y atendieran a todo cuanto más nos hiciera falta”
De allí en más, a favor de la belleza de las mujeres “carias” y de las costumbres poligámicas, Nuestra Señora de Asunción, establecida el 16 de septiembre de 1541, sería un paraíso del placer carnal, tan distinto al fuerte a la vera del Río de la Plata y en territorio de indios tan poco hospitalarios que había obligado a partir hacia el norte en busca de mejores condiciones de subsistencia. Los conquistadores, ahora a orillas de la confluencia entre el Pilcomayo y el Paraguay, ya no lo serían de tierras y riquezas sino de cuerpos y sentidos. A cada uno de ellos se le encomendará un harem y la promiscuidad será lo habitual. El moralizador presbítero Francisco González Paniagua le escribe al Rey de España que el conquistador que “está contento con cuatro indias es porque no puede haber ocho y el que con ocho porque no puede haber dieciséis” y que “no hay quien baje de cinco y de seis, la mayor parte de quince, y de treinta y cuarenta los lenguas y capitanes”. Entre ellas, promiscuamente, convivían madres e hijas, hermanas y parientes, sometidas a un único dueño.
Tal es el crecimiento de Asunción y su atractivo que se decide la destrucción y evacuación de Buenos Aires. Corre 1541 y Alonso Cabrera, oficial del Rey encargado del asunto, asienta en sus considerandos que el misérrimo villorrio a orillas del Plata era “frío y la mayor parte de la gente está tan desnuda que no tienen con qué cubrir sus carnes”. En cambio, por ser Paraguay tierra caliente, “los que están desnudos podrán mejor vivir lo que les durase la vida”. Lo de “caliente” no sería solo una referencia climática: “Estas mujeres son muy lindas y grandes amantes, afectuosas y muy ardientes de cuerpo, según mi parecer”, se exaltaría Ruy Díaz de Guzmán.

LOS SANTOS AYUDAN
Los conquistadores aseveraban que los santos estaban de su parte y en contra de los americanos. No podía ser de otra manera por cuanto la intención de la Conquista era, supuestamente, “cristianizar” tierras tan heréticas. Se dijo que cuando los sublevados “calchaquíes” fueron finalmente vencidos y los amos de algunos repartimientos los llevaron a la iglesia donde se veneraba la Virgen del Valle quisieron huir del templo al reconocer en su imagen la figura hostil que se les aparecía durante las batallas, suspendida en el aire.
No sólo santas, también santos: doña Catalina de Placencia huía de los “araguacas” en el territorio de la actual Jujuy luego de una emboscada en la que habían muerto la mayoría de los españoles y los indios amansados que la acompañaban. También su esposo, Diego Gómez de Pedraza. “Y sin traer de comer vinimos por cincuenta leguas de indios belicosos, de guerra, desde Purmamarca hasta la ciudad de Nuestra Señora de Talavera, perdidos, fuera del camino, comiendo raíces y viendo muchos indios de guerra cerca nuestro, que no nos hacían mal (...) y después decían los dichos indios que había una figura blanca en el aire que los espantaba y amenazaba”. El apóstol Santiago, claro está.

VUESTRO PIE MUY SUCIO
Lanzados a la aventura americana por codicia, por idealismo o por temple aventurero, dejaron atrás familia y terruño. Los que no perecieron en algún naufragio, atravesados por una flecha envenenada o devastados por el hambre y las enfermedades, a veces lograron hacerse un espacio bajo el sol indiano. Entonces era llegado el momento de reclamar a sus seres queridos que atravesaran el océano para reunírseles.
Sebastián Pliego insiste. Su esposa, Mari Díaz, ha quedado en Espana. Tantos años han pasado. Le escribe desde Puebla, en 1581, enviando también objetos de plata y acompañando precisas instrucciones sobre vestimentas y utensillos a traer. Al principio la carta es amenazante: “Y si no venís os juro a Dios y a esta cruz que no veréis más reales míos ni carta en mis días”. Luego prueba por el lado de tentarla con riquezas, en versos esforzados: “Vos os llamáis María/ para mi no hay otra tal/ daros tengo una sortija/ de oro que es buen metal”. Por fin don Sebastián, otra vez en prosa, se desbarranca en un enamoramiento culpabilizante: “Mira que sin vos no puedo yo vivir (...) No digo más, sino que antes que yo me muera os vea con mis ojos. Que las lágrimas que yo he echado por vos, no me pagaréis con cuanto hay.”
No fue el único. Pedro Martín escribe a su mujer a la que han ido con cuentos: “Yo os juro por Dios y por esta cruz que os mintieron porque a más de un año que no sé tal aventura (...) y si yo lo fuera no viniera doscientas leguas y de más camino por saber nuevas de vos (...)”. Don Pedro culmina con exaltación amorosa: “Y sabed que quiero más vuestro pie muy sucio que a la más pintada de todas las indias” (Lucía Gálvez).


EL PUERTO CONTRABANDISTA Y NEGRERO
Juan de Garay no vino en naves a través del océano para refundar una villa en el Río de la Plata el 11 de junio de 1580 sino que navegó el Paraná desde Asunción, a dónde había llegado hacía más de veinte años. Ya en 1573 había fundado Santa Fe, “puerto preciso para amparo y reparo” en la boca del Paraná.
Potosí representó algo semejante a la California del siglo XIX. Llegó a tener 160.000 habitantes en el año 1600, población superior aún a Londres y a París en ese año. Fue el auténtico dominio del legendario “Rey Blanco”, cacique a quien se suponía habitando un castillo íntegramente de plata y sentado sobre un trono del mismo ambicionado metal. La seguridad de su existencia y su búsqueda tentó a no pocos conquistadores, entre ellos Sebastián Gaboto quien se internó en las selvas chaqueñas guiado por nativos que le habían asegurado poder conducirlo hasta el monarca imaginario y defraudó a quien lo habían contratado para buscar riquezas en el Pacífico.
El rentable comercio de la plata azuzó la ambición de algunos en abrir un puerto para su contrabando, para así sacar ilegal provecho del complejo y riesgoso periplo a que la Ley de Indias obligaba entre Lima y Cádiz, pues los barcos debían remontar el Pacífico, descargar en el lado occidental del istmo de Panamá, atravesar las montañas y selvas de éste, volver a cargar en la costa oriental, sortear las tormentas caribeñas y atravesar el Atlántico norte infestado de piratas ingleses y holandeses. En cambio el trayecto entre el Río de la Plata y algún puerto ibérico clandestino simplificaba enormemente las cosas. Las malas lenguas decían que era el venal obispo de Tucumán, Francisco de Vittoria, usurero esclavista, el principal promotor de abrir esa “puerta de la tierra”, como se la calificara.
Al pregón de Garay casi nadie respondió para alistarse a pesar de la promesa de tierras e indios. Es que en Asunción nadie olvidaba lo despiadado que el Plata había sido con sus conquistadores, de lo que había dado fe el clérigo Martín González: “No hallarán soldados ni gente que quiera ir, porque es tanta la mala fama que ha cobrado aquella tierra que, en mentándola, escupen”. Son sesenta por fin, los expedicionarios, la mayoría reclutados por la fuerza. Casi todos ellos “hijos de la tierra”, nacidos en suelo americano de padre y/o madre españoles.
El 11 de junio de 1580 fundan la ciudad a la que llaman “de la Trinidad”, por la festividad del día, aunque tal nombre sucumbirá ante el que desde Solís lleva el puerto: “Santa María de los Buenos Aires”. La ceremonia fue lo habitual: Garay proclamó tomar posesión “de todas estas provincias, este, norte, sur, echó mano a su espada y cortó hiervas y tiró cuchilladas y dixo que si había alguno que lo contradiga que parezca (...) y no parecio nayde”.
Claro que sabía que quienes se opondrían a tal asentamiento no estaban entre los asistentes sino que afuera acechaban, amenazantes, los “querandíes” y los “tehuelches”, es decir los “pampas”. El “general” conocía su bravura y decidió no tener contemplaciones con ellos. No quería que le sucediera lo que a Solís y a Mendoza. El padre Juan de Guevara cuenta que uno de sus soldados le dijo: “Señor, si la matanza es tan grande ¿quién ha de quedar para nuestro servicio?”. Garay habría respondido, implacable: “Deja, que esta es la primera batalla y si los humillamos tendremos quien con rendimiento acuda a nuestro servicio”.
Tiempo más tarde su soberbia le jugaría una letal mala pasada. En el otoño de 1583 alardeó ante algunos españoles recién llegados que “entre los indios estaba tan seguro como en Madrid” y armó su campamento sin las aconsejables precauciones. Los “pampas” no desaprovecharían la oportunidad.
Tal como lo previsto Buenos Aires fue un importante centro de contrabando que convocó a mercaderes, aventureros y granujas de todo el mundo. Fue inevitable que también sirviera para el tráfico de esclavos, constituyéndose en el abastecedor de las necesidades de Potosí, Cuzco, Tucumán y Santiago de Chile.

UNA PRESA INSIGNIFICANTE
Los ingleses se habían hecho dueños de los mares luego de destrozar, con la ayuda de una oportuna tormenta, a la poderosa flota española. Ello facilitó que los piratas ingleses devinieran en el azote de ciudades y naves a las que asaltaban para robar sus riquezas americanas. El más famoso de ellos fue Francis Drake, apodado “El Dragón”, quien la Reina británica hará “sir” por esos servicios tan útiles y rentables para su Corona. Entre sus hazañas, a favor de la expansión isabelina, está la de haberse apoderado del fortificado puerto peruano del Callao, en 1578, a donde cayó por sorpresa y saqueó luego de haber atravesado el casi infranqueable estrecho de Magallanes, siendo el primer británico en dar la vuelta al mundo por mar.
Antes, en su camino, se había asomado al Río de la Plata con el imaginable terror de los habitantes de Buenos Aires. Pero sir Francis hace virar sus naves y se aleja para no regresar. No toma tal decisión por temor a cañones, soldados o fortificaciones, que nada de eso había allí. Lo que defiende al villorrio paupérrimo es, justamente, su miseria. Un corsario de fuste no perdería el tiempo en atacarlo y saquearlo sabiendo que el magro provecho no justificará el riesgo de aventurarse en el escaso calado de ese río anchísimo.
A fines del siglo XVI no eran más de 3.000 los españoles llegados del otro lado del mar y asentados en lo que hoy es nuestro territorio. La ciudad más poblada era Córdoba, con 500 habitantes que podían ufanarse de que algunas casas estuvieran construidas en piedra y no en adobe, a la que seguían Santiago del Estero, Tucumán , Talavera de Esteco, La Rioja y Buenos Aires, un pobre rancherío, con no más de 250 habitantes y casi sin encomiendas por la escasez y la insumisión de los indios de la región. La vida económica era también precaria pues los europeos carecían de moneda propia y tampoco la tenían las comunidades indígenas, de manera que las primeras transacciones se hicieron por el sistema del rescate. Los historiadores Floria y García Belsunce mentan el ejemplo de Irala, fundador de Asunción, que pagaba los alimentos provistos por la indiada con anzuelos.
Uno de los aliviados pobladores porteños habrá sido fray Sebastián Villanueva, quien describirá su vida en aquel páramo rioplatense en carta a un pariente en Sevilla: “ No hay en toda ella un arbolito; la leña que quemamos es una yerba que tiene una cuarta de alto; las casas que vivimos, son todas cubiertas de paja (...) No le escrivo mas porque se me yelan los dedos.”
Cuando se alejó de Buenos Aires, con proa hacia el estrecho de Magallanes para extender sus redituables correrías al océano Pacífico, Francis Drake recorre la costa argentina y echa el ancla en el golfo de “San Julián”. Allí el caballero inglés, además de reparar sus naves y abastecerse de agua, aprovecha la misma horca en la que Magallanes había colgado a algunos amotinados para ajusticiar a un capitán insolente. Otros piratas británicos como Cavendish y Davis en 1592 y Hawkins en 1594 recorrieron las costas patagónicas y el mar adyacente, lo que es invocado por Gran Bretaña para justificar su actual posesión de las islas Malvinas y otras del Atlántico sur.


LA RIQUEZA INDIGESTA
Cuando comenzaron a ser explotadas los europeos pudieron comprobar el extraordinario rendimiento de las minas de Potosí, yacimientos casi en superficie. Ello, paradojalmente, provocó el descalabro económico en España donde, cuando se inició la Conquista, la plata era preferida al oro como patrón económico debido a la poca producción de las minas argentíferas, lo que le daba mayor estabilidad. La ordenanza monetaria de l497, dictada por los Reyes Católicos, estableció que la relación del oro con la plata era de diez a uno. Las monedas eran el ducado de oro, el real de plata y la blanca, amalgama de plata y cobre que servía de moneda de vellón.
En un principio llegó el oro de Méjico y del Perú, pero eso fue sólo el anticipo de lo que vendría después cuando la plata potosina comenzó a descender de los barcos que llegaban de América del Sur. Ello hizo que entre 1550 y 1600 su abundancia depreciara al real provocando el aumento relativo del precio de las mercaderías y una inflación endémica que hundió en la miseria a la mayoría de la población. De ello dio cuenta Don Quijote, obligado en el inmortal texto de 1606, a tener “la lanza en astillero, la adarga antigua y el rocín flaco” y a comer “lentejas los viernes, duelos y quebrantos los sábados y algún palomino los domingos”.
Dicha crisis provocó el despoblamiento de España, como lo muestra el censo de 1694 que acredita que en el lapso del siglo XVII regiones como Valladolid, Segovia y Toledo habían perdido la mitad de sus habitantes. Sus destinos fueron otros países europeos pero principalmente las Indias, a pesar de que allí ya no había tierras, minas ni indios para repartir, y también era tarde para ganar algún título nobiliario con su espada, pero de todas maneras podía alcanzarse una vida más holgada que las penurias ibéricas.


BENEMÉRITOS vs CONFEFERADOS
El florecimiento del comercio ilegal a orillas del Plata perjudicaba a Lima y a la Corona por lo que fue enviado Hernando Arias de Saavedra para poner coto al despropósito. “Hernandarias” era “hijo de la tierra” nacido en 1564 en Asunción y yerno de Juan de Garay. Su fama de hombre recto y de coraje le valdría ser cinco veces gobernador del Paraguay o del Río de la Plata. Pronto se erigió en el líder de los criollos y mestizos “beneméritos”, hijos y nietos de los españoles de la conquista, componentes de una sociedad feudal apoyada en la tenencia de la tierra, la encomienda de indios y el aprovechamiento de los “cimarrones” que campeaban libremente en la pampa; del otro lado estaban los “confederados”, el contubernio de los corruptos funcionarios de la Corona y los contrabandistas inescrupulosos, en su mayoría portugueses “marranos”, judíos falsamente conversos huidos de la Europa de la Inquisición.
El comercio ilegal prontamente incorporó otro rubro: el tráfico de esclavos. Un comercio de elevadísima rentabilidad si se considera que hacia 1630, en Buenos Aires, un esclavo costaba cien pesos, mientras que el traficante que lo adquiría en África pagaba cuarenta. Era revendido a Potosí, plaza preferida por su necesidad de mano de obra esclava para las minas, donde se pagaban ochocientos pesos. En Santiago de Chile se vendían a seiscientos, en Lima a cuatrocientos cincuenta y en Cartagena a trescientos pesos. Es ésta una de las razones por las cuales pocos negros se afincaron en nuestro territorio: el beneficio estaba en venderlos y no en conservarlos. Aunque otra razón de peso sería expresada por Sarmiento en el estilo brutal y racista que lo caracterizaba, enconado con los descendientes de los esclavos africanos por su lealtad con su enemigo, el Restaurador: “Los negros ponían en manos de Rosas un celoso espionaje, a cargo de sirvientes y esclavos proporcionándole, además, excelentes e incorruptibles soldados de otro idioma y de una raza salvaje (...) Felizmente, las continuas guerras han exterminado a la parte masculina de la población” (“Facundo” ).
Ordenado el cierre del puerto por la Corona, a instancias del moralizador “Hernandarias”, los mercaderes encontraron el medio de facilitar la entrada de las barcas negreras aprovechando la reglamentación vigente sobre “arribadas forzosas”: cuando un barco se encontraba en dificultades, en imposibilidad de navegar o en riesgo de naufragar, le era permitido desembarcar en cualquier puerto. Entonces, cuando algún navío se veía “forzado” a atracar en el puerto de Buenos Aires su carga era desembarcada y rematada en pública subasta, a precio vil, siendo los “confederados” sus infalibles compradores. Tal procedimiento, que se haría común, recibió el nombre de “contrabando ejemplar”.
“Hernandarias”, leal a sus rigurosos principios, se opone a esa forma de corruptela y logra que en octubre de 1602, también a instancias del interesado virrey de Lima, el Rey de España dictase una cédula ordenando la expulsión de todos los portugueses de Buenos Aires, que llegaron a ser tantos y tanto su poder que el Plata era, virtualmente, un enclave comercial del Portugal. Las razones de la expulsión fue “estar esa gobernación llena de gente de esa nación, sospechosos en asuntos de fe”. Eran tiempos de Inquisición.
Imaginable es el escándalo provocado, porque lo cierto era que los habitantes de Buenos Aires, sin minas y sin indios para encomendar, subsistían gracias al tráfico ilegal. Los mercaderes porteños ponen en acción sus influencias y sus sobornos y logran que el obispo de Asunción, fray Loyola, dictamine ingeniosamente que la cédula real fuese “reverenciada pero no cumplida”, actitud que parece tener vigencia en nuestros días ante no pocas leyes. “No hay cosa en el puerto tan deseada como quebrantar las órdenes y deseos reales”, se quejaría el gobernador Dávila en 1638. El comercio ilegal se instituirá como lo “normal”en el puerto mereciendo en 1810 la reprobación de Mariano Moreno: “El contrabando se ejercía en esta ciudad con tanto descaro, que parecía haber perdido ya toda su deformidad, el resguardo no se ha hecho expectable sino por la complicidad que generalmente se le atribuía. ¡con qué rubor debe recordarse la memoria de esos gobiernos, a cuya presencia brilló el lujo criminal de hombres que no conocían más ingresos que los del contrabando que protegían!”.
Sintiéndose fortalecidos los contrabandistas intensifican su comercio ilegal: abiertamente descargan en el puerto negros y manufacturas europeas que siguen camino, a lomo de mula hacia los mercados de Potosí, Cuzco y Lima. Las naves, antes de emprender el retorno, cargan harina, cebo, y, lo más sustancial, plata potosina en monedas o en pasta.
Sin rendirse, “Hernandarias” solicitó en Madrid el envío de “pesquisidores” de confianza de la Corona para investigar y sancionar la conducta de los funcionarios corruptos, cómplices de los mercaderes. En 1605 llegan el tesorero real Simón Valdez y el escribano Juan de Vergara, ambos con fama de incorruptibles. Pero Buenos Aires y sus hábitos comerciales harán su efecto y al poco tiempo ambos serán cabecillas de los “confederados”, la banda de funcionarios y contrabandistas cómplices que dominan el mercado porteño.
Fue entonces cuando se gestó el primer fraude electoral de la historia porteña. El 1° de enero de cada año el Cabildo saliente elegía al entrante. Los “beneméritos” contaban con ocho votos, en tanto los “confederados” solamente con dos: Simón de Valdez y el contador Tomás de Ferrufino, también enviado por la Corona para moralizar a Buenos Aires. Se corrompió al Alcalde de segundo voto Francisco Manzanares y al regidor Felipe Navarro prometiéndoles un futuro más jerarquizado y mejor remunerado. Como los demás cabildantes se han resistido al soborno Vergara y los suyos actúan más drásticamente: en la noche del 31 de diciembre hacen detener al regidor Domingo Griveo. Y ya que las puertas de la cárcel se han abierto dejan salir a su colega Juan Quinteros, preso por delitos comunes, quien compromete su voto “confederado” a cambio de su libertad. Ya están cinco a cinco. Mateo Leal de Ayala, entonces gobernador, preside la sesión y desempata, proclamando a Juan de Vergara como alcalde de Buenos Aires. Ya no hubo necesidad de disimular: el tráfico de negros y el contrabando de productos europeos se harían a pleno sol. Otra consecuencia será que “Hernandarias” terminará con sus huesos en la cárcel y sus propiedades rematadas a precio vil.

LA TIERRA SIN MAL
En 1609 el cacique “Arapisandú” se presentó en Asunción pidiendo audiencia al gobernador. Reclamaba sacerdotes jesuitas para reducir y adoctrinar a su pueblo. El lúcido jefe indígena, convencido de la inevitabilidad inminente de que su pueblo fuese reducido por algún encomendero español, eligió que dicha tarea no estuviese a cargo de algún “pacificador” codicioso y bestial.
La orden de San Ignacio de Loyola había llegado al río de la Plata en 1585 para reducir a los “guaraníes” en el Litoral. Los jesuitas estaban convencidos de que la evangelización era lo esencial de la Conquista y que los indígenas eran seres humanos que merecían un trato digno y la posibilidad de educarse. Sus críticos afirmarán que la orden comprendió, con inteligencia, que la reducción de los americanos era mucho más eficiente y redituable si se le hacía “por las buenas” y no “por las malas”, que era la tosca metodología aplicada por los demás “pacificadores”.
El gobierno de sus misiones estaba, supuestamente, en manos de los indios que conformaban un cabildo de alcaldes y regidores presididos por un corregidor, aunque sus decisiones debían ser aprobadas por un jesuita, el padre Rector. En cada misión había una escuela donde los guaraníes, niños y adultos, aprendían doctrina cristiana y primeras letras. Los sacerdotes estaban obligados a aprender guaraní y allí se hablaba y se enseñaba en la lengua de los naturales del lugar. El trabajo se hacía de buena gana, compartiendo un proyecto en común y todos esforzándose por ser gratos ante Dios, como opinan sus apologistas. Tal eficiente organización no pudo tener otra consecuencia que el rendimiento económico de los “pueblos” jesuíticos fuese muy elevado, superior al de las encomiendas vecinas, sobre todo por el concienzudo cultivo de la yerba mate y del algodón. Ello generó un excedente financiero que permitió a la Orden participar de importantes emprendimientos comerciales e industriales de aquella época, lo que paradojalmente en otras regiones la hizo desempeñar el rol de patrones explotadores que desencadenó, en Corrientes, la rebelión de los “comuneros”.
Es de destacar el desarrollo cultural alcanzado por las misiones, del que quedan valiosos edificios, retablos, esculturas y pinturas. También obras musicales. La primera imprenta que existió en nuestro territorio fue allí fabricada por jesuitas e indígenas. Pero también organizaron ejércitos con cañones y arcabuces construidos por ellos mismos que derrotaron repetidas veces a las fuerzas luso-brasileras y que en 1705 respondieron al llamado de José de Garro, gobernador de Buenos Aires, y con 4.000 aguerridos combatientes contribuyeron a la expulsión de los portugueses de la “Colonia del Sacramento”.
Pero las cosas no se presentaron fáciles: por un lado la inquina de gobernantes, obispos y comerciantes retrógrados, amplia mayoría, que los celaban y que alarmaban a la Corona ibérica con informes sobre ese “imperio dentro de otro imperio”, de creciente poderío económico y militar, donde ni siquiera se hablaba el castellano y que no respondía al rey de España sino al Papa. Por otro, estaban los “bandeirantes”, bandas organizadas de asaltantes que desde Brasil se internaban en tierras “guaraníes” para capturar indígenas y venderlos como esclavos en las explotaciones de caña de azúcar de Río de Janeiro y Pernambuco.
Finalmente las misiones serían entregadas a los portugueses y los indígenas exterminados y esclavizados a pesar de su heroica resistencia debido a que en el “Tratado de Permuta” de 1753, con un océano de por medio, España las cedió en un acuerdo tan favorable para Portugal que el Brasil , su colonia, pasó de tener 2.400.000 kilómetros cuadrados a 7.200.000 pues incorporó, además de las Misiones Orientales, extensiones en el Amazonas, el Mato Grosso y Río Grande do Sul. La Corona hispánica se conformó con las Filipinas y el desmantelamiento de la “Colonia del Sacramento” que competía con Buenos Aires en el rentable comercio ilegal. Ello no impidió que el enclave en la banda oriental del Río de la Plata continuara en poder de Portugal lo que obligó al gobernador Pedro de Cevallos a ocuparla por la fuerza en 1762, aunque nuevas negociaciones diplomáticas, esta vez en París, obligaron a su devolución en el año siguiente. Finalmente el Tratado de San Ildefonso, de 1º de octubre de 1777, otorgó la posesión definitiva de la colonia a España, con lo que se eliminó no sólo una base portuguesa sino también un enclave británico en el Río de la Plata. Que Inglaterra no se resignó quedaría probado en 1806.
Los jesuitas serían finalmente expulsados del Río de la Plata y de todas las colonias americanas por decisión de Carlos III, quien no toleró tanto poder dentro de su reino, y para ello se designó gobernador de Buenos Aires a Francisco de Paula Bucarelli quien cumplió la orden con energía en 1766.
Por entonces la “tierra sin mal” de guaraníes y jesuitas era un indignante páramo de destrucción y muerte.

LA DIGNIDAD CALCHAQUÍ
Los “diaguitas” eran el pueblo indígena más avanzado de nuestro actual territorio por influencia de la dominación incaica que aún persistía cuando los españoles hicieron su aparición en tierras americanas. Habitaban nuestro noroeste en una ancha franja que iba desde Salta hasta San Juan. La dominación de los “pacificadores” europeos pronto se reveló como despiadada, lo que aguijoneó el orgullo de esos indígenas que habían llegado a dominar el medio en que vivían, cuidadosos de una naturaleza a la que veneraban y a la que arrancaban sus frutos con prudencia y gratitud.
La primera sublevación masiva tuvo lugar entre 1560 y 1563, acaudillada por Juan Calchaquí, cacique de “Tolombón”. La situación de los conquistadores intrusos llegó a ser muy comprometida frente a esos enemigos, ahora hostiles, que se desplazaban con astucia y que los atacaban con sus flechas emponzoñadas y terminadas en agudas puntas de cobre, atrincherados en sus “pucarás” de piedra. La superioridad en armamento y en estrategia darían el triunfo a los blancos y a sus indios sumisos y Juan Calchaquí y sus lugartenientes pagarán con sus vidas.
Ello no impedirá que poco después estallara otra revuelta aún más vigorosa que las anteriores. Su jefe fue “Viltipoco”, “curaca” de “Purmamarca” en la quebrada de Humahuaca. Su ejército llegó a contar con diez mil combatientes y estuvo a punto de concretarse una alianza con los también bravíos “chiriguanos”, que fueron brutalmente “pacificados” por el virrey Toledo. “Viltipoco” y los suyos llegaron a dominar gran parte del Tucumán, aislándolo del resto del virreynato del Perú. Por fin, una vez más, las traiciones de algunos capitanejos influenciables y el poderío de los conquistadores lograron imponerse. El jefe rebelde fue apresado y aunque no se lo mató de inmediato para no irritar aún más a los “diaguitas”, se lo dejó morir en la oscura humedad de la cárcel luego de un prolongado martirologio.
Cabe también recordar las sublevaciones de Tupac Katari en el Alto Perú, quien fue descuartizado en público como Tupac Amaru en el Perú, y la acaudillada por un curioso personaje, Pedro Bohorquez, un andaluz que convenció a los indígenas de ser Huallpa, reencarnación de los incas, y que provocó una importante insurrección entre 1660 y 1665 y que aún después de la ejecución de su cabecilla acosó a los invasores europeos durante varios años, lo que determinó la dispersión de pueblos indígenas, entre ellos los “quilmes”, cuyos escasos sobrevivientes, sólo mujeres, niños y ancianos, fueron obligados a caminar desde Catamarca hasta las afueras de Buenos Aires.

LOS MILAGROS DISCRIMINAN
La valorización de los hechos prodigiosos no escapó al condicionamiento de las épocas. Durante el proceso de canonización de San Francisco Solano, quien anduvo por nuestro territorio, uno de los testimonios aportados fue el de fray Vildosola de Gamboa quien refirió que sobre la “chácara” del capitán Juarez de Inojosa, próxima a la ciudad de Río Hondo, Santiago del Estero, se había abatido una depredadora nube de langostas. Aprovechando la presencia del fraile dispensador de milagros le rogaron que “echase de allí sabandija tan mala.”
Con la estola al cuello Francisco Solano amonestó a las langostas: “De parte de Dios yo os mando que ninguna abráis la boca a comer el trigo, porque me lo habéis de pagar”. Quizás porque no fuese suficiente, “de rodillas en el suelo y apuntando con el dedo a tierra de chiriguanes, dijo: ‘Yo os mando en el nombre de Dios y de su bendita Madre que os vais a aquellas montañas donde habitan infieles que no conocen la fe de Cristo y comed de lo que halláredes.” (Cayetano Bruno)
El folio 1081 del proceso de canonización, archivado en el Vaticano, atestigua que las langostas le hicieron caso, para mal de aquella “nación tan soberbia y belicosa”, como pocos años antes había escrito el comisionado López de Cepeda a su Majestad, “que ni los Incas, con su poder, ni los Virreyes, que estos reinos han gobernado, los han podido amansar” (Cayetano Bruno).

UTRECHT Y EL COMERCIO ESCLAVISTA
Como aves de presa las potencias europeas se arrojaron sobre la desquiciada España para apoderarse de los restos dejados por el pésimo reinado de Carlos II, “El Hechizado”, el último monarca de la Casa de los Austrias, que terminó de hundir a España en la catástrofe económica y descomposición social. Pero al no haber acuerdo Francia, Inglaterra, Austria, Portugal y otras naciones se embarcaron en una crudelísima guerra llamada “de Sucesión” que duró doce años. Al cabo de la cual los contendientes decidieron, en 1713, hacer la paz en Utrecht y repartirse España..
Francia, aunque derrotada, puso en el trono de Madrid al príncipe Felipe de Anjou, que reinaría como Felipe V iniciando la dinastía hispánica de los Borbones. A Austria le tocarían posesiones en Flandes, la actual Bélgica. Portugal, a su vez, en una de las tantas idas y vueltas, obtuvo el reconocimiento de la “Colonia del Santísimo Sacramento”. Inglaterra, la gran vencedora en las batallas y en las negociaciones, había logrado detener el avance de Francia y había debilitado a España; además el Tratado de Meuthen, de 1703, había convertido a Portugal en una dependencia británica. Asimismo ocupó Gibraltar, Menorca, Terranova y la bahía de Hudson. También obtuvo el monopolio del tráfico de negros en los principales puertos americanos, entre ellos Buenos Aires, que operaría la “South Sea Company” por el lapso de treinta años “a correr desde el 1 de mayo de 1713”, además de una extensión de terreno “para poder refrescar y guardar en seguridad sus negros hasta que se hayan vendido”.
En dos asentamientos –uno en Plaza San Martín, “Retiro de los Ingleses”, y otro cerca del Parque Lezama- la “Compañía Inglesa del Mar del Sur” concentró multitudes de esclavos que vendía a traficantes mayoristas. Según el convenio introduciría “ciento cuarenta y cuatro mil negros, piezas de Indias de ambos sexos y de todas las edades, a razón, en cada uno de dichos treinta años, de cuatro mil ochocientos negros”. La mercancía se vendería en Buenos Aires, en el interior y en Chile.

LOS GUARDIANES DE LA “PUREZA” RELIGIOSA
La Inquisición fue instaurada en España por los Reyes Católicos, en 1478, como complemento de su victoria contra la ocupación mora. Se dudaba de que muchos judíos y árabes “conversos” lo fueran sinceramente y no continuasen sus prácticas herejes y “contaminantes”. Fue inevitable que esta acción represiva se extendiera a todas aquellas personas, creencias y asociaciones que los gobernantes y sus acólitos, aun de pequeñas jurisdicciones, considerasen perturbadoras para sus convicciones e intereses. Tal fue el caso de los “iluministas” y los “erasmistas”, y más delante de los “luteranos”.
La condición que establecían las Leyes de Indias para alistarse en las “pacificaciones” americanas era “ser gente limpia de toda la raza moro, judío, hereje o penitenciado por el Santo Oficio”. En cambio fue habitual que a peligrosos delincuentes se les ofreciera conmutarles las penas a cambio de integrarse en las expediciones americanas. No eran considerados “gente sucia” para los propósitos de conquista.
En Sudamérica, la Santa Inquisición o Tribunal del Santo Oficio, que impregnó de terror y delación a las relaciones sociales, se instaló en Méjico en 1533, en Perú en 1570 y en 1610 en Cartagena de Indias. Fue costumbre entonces que los primeros en subir a bordo de las naves arribadas de puertos europeos fueran los comisarios del Santo Oficio, que exigían información sobre “qué libros tienen en la mano para rezar o leer o pasar tiempo y en qué lengua y si saben que alguno sea prohibido”, según las instrucciones pertinentes. Recién después subían al barco los funcionarios aduaneros.
Las instrucciones reales también imponían que “no se llevasen a estas pautas libros de romance de materias profanas y fabulosas porque los indios que supiesen leer no se diesen a ellos, dejando los libros en buena y sana doctrina, y leyéndoles no aprendiecen en ellos malas costumbres y vicios”. Como si animase a los conquistadores la “esperanza” de mantener a las tierras americanas libres de pecado, en estado de gracia. Como si no fueran ellos mismos, los “pacificadores”, quienes contaminaron a América, no sólo de viruela y sarampión, sino también de codicia, de violencia, de racismo.
Las lecturas prohibidas abarcaban un espectro muy amplio: desde las novelas “de caballería” como el “Amadis de Gaula”, y las novelas “picarescas” como “La Celestina”, hasta los textos considerados heréticos, consignados en el “Index librorum prohibitorum”, que incluían obras de Erasmo y Maquiavelo, pero también obras de San Juan de Avila, Fray Luis de Granada y San Francisco Borja.
En nuestro territorio la Inquisición no llegó a entronizarse formalmente, aunque no faltaron víctimas argentinas. Entre ellas, la más célebre, la del tucumano Francisco Maldonado de Silva, de padre converso y madre criolla, quien fuera encarcelado por el Santo Oficio en Chile y enviado a Lima, donde luego de una larga prisión y un tortuoso proceso, fue quemado en el auto de fe de 1639. Otro caso, mucho menos conocido, fue el del padre Manuel Nuñez, compañero de andanzas evangelizadoras en el Tucumán de San Francisco Solano, quien comparece ante el tribunal de Lima en 1608 “testificado de solicitante con siete testigos de diferentes actos, y así mismo de haber dicho algunas proposiciones sospechosas de la porfidia judaica”. En 1625, por razones que se desconocen, es acusado nuevamente de “judío judaizante en la guarda de la ley muerta de Moisés”. Tal eran los términos que entonces gastaban los “custodios” de la moral religiosa que tanto daño hicieron, no solo a la Iglesia sino también a la Humanidad, sumergida en el oscurantismo que tanto tardó en disiparse. El padre Nuñez fue encerrado en los calabozos de Lima donde murió “impenitente, condenado por hereje, apóstata pertinaz, factor y encubridor de herejes, excomulgado de excomunión mayor” (Cayetano Bruno). Pero ello no fue suficiente para aquellos “guardianes de la virtud”: el 21 de diciembre de 1625 “sus huesos y su estatua (efigie)” fueron quemados en ceremonia pública.

NUESTRAS PROVINCIAS DURANTE LA COLONIA
El comercio ilegal incorporaba a Buenos Aires a los mercados controlados por Inglaterra y naciones asociadas como Portugal , lo que no sólo perjudicaba a España que así veía quebrado el monopolio comercial con su colonia, sino también a las precarias producciones de nuestras provincias que debían competir con alimentos, vestimentas, vajillas elaboradas industrialmente, de mejor calidad y más baratas, que ingresaban por el puerto con la complicidad de los funcionarios.
“Las provincias tenían un gran comercio. Córdoba surtía de bayetas, frazadas finas ordinarias, ponchos, de unas alfombras que decían ‘chuses’ y eran los que tenían en los cuartos para abrigo, porque las alfombras para las salas sólo venían por encargo. De Corrientes venían unos lienzos que les decían tucuyos, costaba dos reales la vara y era de lo que se vestía la gente pobre; porque el género blanco más ordinario costaba un peso y seis reales”. Quien escribe es Mariquita Sánchez de Thompson, luego de Mendeville, quien a pedido de Santiago de Estrada haría esta enumeración en su “Recuerdos del Buenos Aires virreinal”: “En las provincias había industrias; en Buenos Aires ninguna. De Mendoza venían alfombras para ir a la iglesia, hechas allí con mucho ingenio. También hilaban las lanas y las teñían de los colores más hermosos y hacían las alfombras de relieve, lo que era muy estimado. Venía de Mendoza mucha cantidad de frutas secadas riquísimas. Las pasas de uvas secas a la sombra eran muy estimadas; tenían todo el gusto y eran verdes a la vista. Traían ricos dulces muy apreciados entonces, sobre todo, por ser de frutas como guindas y ciruelas, que había muy pocas. Traían aceitunas muy ricas, compuestas y secas como las francesas. Muchas almendras y nueces; arrropes, que eran unos dulces hechos con higos en lugar de azúcar. Traían vinos de varias clases, preferidos por el pueblo al carlón, que era el vino que se traía para el consumo, desde España. Venían de San Juan tropas de mulas con barriles de vino fuerte, imitando al Madeira, muy claro, pero con mucho aguardiente. De Córdoba venían también muy ricos dulces y cosas de azúcar, hechas de un modo muy original: tazas, zapatos, muñecas, confites, cosas muy estimadas. Venían de Salta ricos pañuelos bordados de Cambray, era cosa muy apreciada y celebrada como regalo”.
Que a nadie escape el “en Buenos Aires ninguna”. Allí no se producía sino que se contrabandeaba y se recaudaba de la aduana, además de vender lo que casi espontáneamente generaban la agricultura y la ganadería. Esas diferencias entre el puerto que crecía a favor del comercio ultramarino y las provincias que debían adaptarse a novedosas circunstancias que las desfavorecían pues los intercambios comerciales ya no tendrían como eje el camino entre Lima y Buenos Aires, instituyen un conflicto que atraviesa la historia argentina, irresuelto hasta hoy.

EL SIEMPRE PELIGROSO OFICIO DE ARTISTA
Una real cédula de 1776 creó el Virreynato del Río de la Plata y designó a Buenos Aires como su capital en desmedro de ciudades más importantes como Córdoba o Asunción, lo que explica en parte que la primera, en 1810, será sede de la principal oposición al movimiento revolucionario, y que la segunda elegirá mantenerse independiente del mismo. Pedro de Cevallos volvió a Buenos Aires para ser su primer Virrey. Bajo su autoridad quedaron reunidas las gobernaciones del Río de la Plata, del Paraguay y del Tucumán, además de los territorios de Cuyo, Santa Cruz de la Sierra, Charcas y Potosí. Las minas argentíferas de esta última serían las principales financiadoras del nuevo territorio. Las razones fueron la legitimación y consiguiente aprovechamiento por parte de la Corona de los turbios negocios rioplatenses, además de la necesidad política y militar de constituir un antemural en el Atlántico que se opusiera a las ambiciones en el Atlántico sur de otras potencias.
Ello implicó que Buenos Aires dejara de ser un villorrio escuálido y perdido en el mapa y fuera desarrollando características de ciudad. No faltaron entonces los artistas que se asomaron a ella en busca de un lugar bajo el sol. El primero de ellos, según Roberto Hosne, pudo haber sido el tallista y escultor portugués Manuel de Coyto quien, por denuncias de su criada y amante mestiza, fue procesado por el Tribunal de la Inquisición. La mujer lo acusó, probablemente por despecho, de que el escultor había blasfemado contra Dios mientras trabajaba en su taller, acaso al quebrársele por un mal golpe del escoplo la nariz o un dedo de alguno de las santas y cristos que le encargaban las católicas familias de Buenos Aires.
Durante las torturas Coyto negó haberlo hecho, aunque admitió que de haber ofendido al Todopoderoso habría sido bajo los efectos de la fiebre muy alta y los fuertes dolores que una enfermedad le provocaba, sin tener conciencia de ello. Finalmente recibió doscientos latigazos a la vista de todos, en distintas calles de la ciudad, y fue condenado a cuatro años de prisión en la sórdida cárcel de Valdivia. De ahí en más se perdieron sus rastros.
Coyto es el autor de una muy valorada imagen, el “Cristo de Buenos Aires”, preservada en nuestra Catedral, a la que se le atribuyó haber detenido milagrosamente una inundación que amenazó a la ciudad a fines del siglo XVIII.
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