Deseo compartir con la comunidad un texto de la columna de Sergio Sinay de la revista la Nación, espero que sea de su agrado y reflexión.
Cuestión:
Yo vivo para hacer una cosa, soy fotógrafo, y la sociedad me obliga a hacer cosas que no tengo ninguna gana. Eso me da mucha angustia; yo me construyo una vida feliz, pero la sociedad me la complica y tengo que hacer lo que ella quiere y seguir sus leyes. Tarde años en darme cuenta de que tengo que vivir para mí y no para otros. Cuando vivo para otros me angustio, y es normal, porque, ¿Qué sé yo lo que quiere el otro? Hay que vivir para uno mismo, tener coraje de hacerlo y decir que no al otro. Cuando uno se hace un plan de vida, vivir es más sencillo y trae más felicidad que vivir para la sociedad.
Aprendí que esté es el mayor coraje que una persona tiene que tener. Eso es lo que hacen los triunfadores. Anónimo
Desarrollo
Las inquietudes de nuestro amigo nos enfrentan a varias preguntas cruciales para nuestro viaje existencial en la sociedad y en el tiempo en que nos toca vivir. ¿De veras es la sociedad la que nos obliga a hacer cosas que no deseamos? La sociedad es una abstracción, algo que existe por si mismo, un espacio físico al que ingresamos. Tomemos como ejemplo nuestro organismo: no esta rimero el cuerpo, luego los órganos y mas tarde las células. Es al revés: todo comienza con una célula y, luego, la suma de millones de ellas conforma el cuerpo que somos. Así, la sociedad empieza por cada uno de sus miembros y es (como ocurre con el cuerpo y las células) mas que la suma de los individuos. ¿Obliga nuestro cuerpo a sus células a hacer lo que hacen? ¿O al cumplir ellas sus funciones determinan la actividad del organismo? Cada uno de nosotros es la sociedad. Y la suma de nosotros, de nuestras actitudes, de nuestros valores, de la forma en que los vivimos, en que honramos las normas (escritas y no escritas) de la convivencia, dirá qué sociedad constituimos y en qué condiciones desarrollamos en ella nuestra existencia individual. Somos parte de un todo, influimos en el y somos influidos por él. Cuando decimos que la sociedad no nos deja o nos obliga, desistimos del ejercicio de nuestra responsabilidad. Toda existencia individual está condicionada por cuestiones diversas (físicas, económicas, históricas, climáticas, geográficas, sociales, políticas, etc.). Somos seres condicionados. Esto nos hace responsables: debemos elegir, no podemos todo. Y debemos asumir las consecuencias de nuestras elecciones, lo que a su vez les da valor y valoriza, en fin, nuestra vida.
No siempre, en el ámbito profesional (como en otros) hacemos lo que queremos o como lo queremos. Por lo tanto ¿somos lo que hacemos, o hacemos lo que somos? Nadie puede responder por nosotros, y a la respuesta dirá qué estamos haciendo nuestra vida. Cuando nos convertimos en aquello que hacemos y confundimos ese quehacer con nuestra identidad (soy doctor, soy deportista, etc.), nuestra vida tiene un horizonte escaso. Bastara con que no podamos hacer “eso” por impedimentos de cualquier tipo para que dejemos de ser. Y ser, existir es mucho más que hacer.
En todo caso, mas allá de lo que circunstancialmente hagamos, importa de qué modo se integra eso en nuestra vida y nos convierte en seres trascendentes. Se trasciende cuando se es útil al conjunto del que somos parte y que nos da entidad e identidad.
Hay, acaso, tantas maneras de trascender como personas. El sociólogo estadounidense Richard Sennett, profesor de la london school of economics, observa en su revelador ensayo La cultura del nuevo capitalismo, “el triunfo de la superficialidad en el trabajo, en las escuelas y en la política”. En esas condiciones se hace difícil a menudo aportar algo que interesa a los demás. Y sólo ese aporte permite cumplir con lo que Sennett considera una aspiración esencial de las personas: ser útiles. El ve una estrecha relación entre utilidad y sentido. Una vida útil es una vida con sentido. Una vida en la que, contemplando al otro “hacemos algo bien por el simple hecho de hacerlo bien”. Porque así debe ser cuando hacemos lo que somos. La frustración, la sensación de inutilidad, cunde hoy en mucha, en demasiada gente, independientemente del resultado económico de su actividad. Por eso acaso debamos acordar con Sennett en que la rebelión contra esta cultura debilitada constituirá nuestra próxima nueva página de la historia”. Los triunfadores, que menciona nuestro amigo, resultarán entonces quienes no sean lo que hagan, sino que hagan lo que son. Y así será la sociedad, y no nos sentiremos contrariados con ella.
Escrito por Sergio Sinay. La nación revista 4 de octubre de 2009.
Lo que somos y lo que hacemos
Cuestión:
Yo vivo para hacer una cosa, soy fotógrafo, y la sociedad me obliga a hacer cosas que no tengo ninguna gana. Eso me da mucha angustia; yo me construyo una vida feliz, pero la sociedad me la complica y tengo que hacer lo que ella quiere y seguir sus leyes. Tarde años en darme cuenta de que tengo que vivir para mí y no para otros. Cuando vivo para otros me angustio, y es normal, porque, ¿Qué sé yo lo que quiere el otro? Hay que vivir para uno mismo, tener coraje de hacerlo y decir que no al otro. Cuando uno se hace un plan de vida, vivir es más sencillo y trae más felicidad que vivir para la sociedad.
Aprendí que esté es el mayor coraje que una persona tiene que tener. Eso es lo que hacen los triunfadores. Anónimo
Desarrollo
Las inquietudes de nuestro amigo nos enfrentan a varias preguntas cruciales para nuestro viaje existencial en la sociedad y en el tiempo en que nos toca vivir. ¿De veras es la sociedad la que nos obliga a hacer cosas que no deseamos? La sociedad es una abstracción, algo que existe por si mismo, un espacio físico al que ingresamos. Tomemos como ejemplo nuestro organismo: no esta rimero el cuerpo, luego los órganos y mas tarde las células. Es al revés: todo comienza con una célula y, luego, la suma de millones de ellas conforma el cuerpo que somos. Así, la sociedad empieza por cada uno de sus miembros y es (como ocurre con el cuerpo y las células) mas que la suma de los individuos. ¿Obliga nuestro cuerpo a sus células a hacer lo que hacen? ¿O al cumplir ellas sus funciones determinan la actividad del organismo? Cada uno de nosotros es la sociedad. Y la suma de nosotros, de nuestras actitudes, de nuestros valores, de la forma en que los vivimos, en que honramos las normas (escritas y no escritas) de la convivencia, dirá qué sociedad constituimos y en qué condiciones desarrollamos en ella nuestra existencia individual. Somos parte de un todo, influimos en el y somos influidos por él. Cuando decimos que la sociedad no nos deja o nos obliga, desistimos del ejercicio de nuestra responsabilidad. Toda existencia individual está condicionada por cuestiones diversas (físicas, económicas, históricas, climáticas, geográficas, sociales, políticas, etc.). Somos seres condicionados. Esto nos hace responsables: debemos elegir, no podemos todo. Y debemos asumir las consecuencias de nuestras elecciones, lo que a su vez les da valor y valoriza, en fin, nuestra vida.
No siempre, en el ámbito profesional (como en otros) hacemos lo que queremos o como lo queremos. Por lo tanto ¿somos lo que hacemos, o hacemos lo que somos? Nadie puede responder por nosotros, y a la respuesta dirá qué estamos haciendo nuestra vida. Cuando nos convertimos en aquello que hacemos y confundimos ese quehacer con nuestra identidad (soy doctor, soy deportista, etc.), nuestra vida tiene un horizonte escaso. Bastara con que no podamos hacer “eso” por impedimentos de cualquier tipo para que dejemos de ser. Y ser, existir es mucho más que hacer.
En todo caso, mas allá de lo que circunstancialmente hagamos, importa de qué modo se integra eso en nuestra vida y nos convierte en seres trascendentes. Se trasciende cuando se es útil al conjunto del que somos parte y que nos da entidad e identidad.
Hay, acaso, tantas maneras de trascender como personas. El sociólogo estadounidense Richard Sennett, profesor de la london school of economics, observa en su revelador ensayo La cultura del nuevo capitalismo, “el triunfo de la superficialidad en el trabajo, en las escuelas y en la política”. En esas condiciones se hace difícil a menudo aportar algo que interesa a los demás. Y sólo ese aporte permite cumplir con lo que Sennett considera una aspiración esencial de las personas: ser útiles. El ve una estrecha relación entre utilidad y sentido. Una vida útil es una vida con sentido. Una vida en la que, contemplando al otro “hacemos algo bien por el simple hecho de hacerlo bien”. Porque así debe ser cuando hacemos lo que somos. La frustración, la sensación de inutilidad, cunde hoy en mucha, en demasiada gente, independientemente del resultado económico de su actividad. Por eso acaso debamos acordar con Sennett en que la rebelión contra esta cultura debilitada constituirá nuestra próxima nueva página de la historia”. Los triunfadores, que menciona nuestro amigo, resultarán entonces quienes no sean lo que hagan, sino que hagan lo que son. Y así será la sociedad, y no nos sentiremos contrariados con ella.
Escrito por Sergio Sinay. La nación revista 4 de octubre de 2009.