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gabo106

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Primer post: 27 may 2010Último post: 5 sept 2011
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Lo que somos y lo que hacemos
Ciencia EducacionporAnónimo5/27/2010

Deseo compartir con la comunidad un texto de la columna de Sergio Sinay de la revista la Nación, espero que sea de su agrado y reflexión. Lo que somos y lo que hacemos Cuestión: Yo vivo para hacer una cosa, soy fotógrafo, y la sociedad me obliga a hacer cosas que no tengo ninguna gana. Eso me da mucha angustia; yo me construyo una vida feliz, pero la sociedad me la complica y tengo que hacer lo que ella quiere y seguir sus leyes. Tarde años en darme cuenta de que tengo que vivir para mí y no para otros. Cuando vivo para otros me angustio, y es normal, porque, ¿Qué sé yo lo que quiere el otro? Hay que vivir para uno mismo, tener coraje de hacerlo y decir que no al otro. Cuando uno se hace un plan de vida, vivir es más sencillo y trae más felicidad que vivir para la sociedad. Aprendí que esté es el mayor coraje que una persona tiene que tener. Eso es lo que hacen los triunfadores. Anónimo Desarrollo Las inquietudes de nuestro amigo nos enfrentan a varias preguntas cruciales para nuestro viaje existencial en la sociedad y en el tiempo en que nos toca vivir. ¿De veras es la sociedad la que nos obliga a hacer cosas que no deseamos? La sociedad es una abstracción, algo que existe por si mismo, un espacio físico al que ingresamos. Tomemos como ejemplo nuestro organismo: no esta rimero el cuerpo, luego los órganos y mas tarde las células. Es al revés: todo comienza con una célula y, luego, la suma de millones de ellas conforma el cuerpo que somos. Así, la sociedad empieza por cada uno de sus miembros y es (como ocurre con el cuerpo y las células) mas que la suma de los individuos. ¿Obliga nuestro cuerpo a sus células a hacer lo que hacen? ¿O al cumplir ellas sus funciones determinan la actividad del organismo? Cada uno de nosotros es la sociedad. Y la suma de nosotros, de nuestras actitudes, de nuestros valores, de la forma en que los vivimos, en que honramos las normas (escritas y no escritas) de la convivencia, dirá qué sociedad constituimos y en qué condiciones desarrollamos en ella nuestra existencia individual. Somos parte de un todo, influimos en el y somos influidos por él. Cuando decimos que la sociedad no nos deja o nos obliga, desistimos del ejercicio de nuestra responsabilidad. Toda existencia individual está condicionada por cuestiones diversas (físicas, económicas, históricas, climáticas, geográficas, sociales, políticas, etc.). Somos seres condicionados. Esto nos hace responsables: debemos elegir, no podemos todo. Y debemos asumir las consecuencias de nuestras elecciones, lo que a su vez les da valor y valoriza, en fin, nuestra vida. No siempre, en el ámbito profesional (como en otros) hacemos lo que queremos o como lo queremos. Por lo tanto ¿somos lo que hacemos, o hacemos lo que somos? Nadie puede responder por nosotros, y a la respuesta dirá qué estamos haciendo nuestra vida. Cuando nos convertimos en aquello que hacemos y confundimos ese quehacer con nuestra identidad (soy doctor, soy deportista, etc.), nuestra vida tiene un horizonte escaso. Bastara con que no podamos hacer “eso” por impedimentos de cualquier tipo para que dejemos de ser. Y ser, existir es mucho más que hacer. En todo caso, mas allá de lo que circunstancialmente hagamos, importa de qué modo se integra eso en nuestra vida y nos convierte en seres trascendentes. Se trasciende cuando se es útil al conjunto del que somos parte y que nos da entidad e identidad. Hay, acaso, tantas maneras de trascender como personas. El sociólogo estadounidense Richard Sennett, profesor de la london school of economics, observa en su revelador ensayo La cultura del nuevo capitalismo, “el triunfo de la superficialidad en el trabajo, en las escuelas y en la política”. En esas condiciones se hace difícil a menudo aportar algo que interesa a los demás. Y sólo ese aporte permite cumplir con lo que Sennett considera una aspiración esencial de las personas: ser útiles. El ve una estrecha relación entre utilidad y sentido. Una vida útil es una vida con sentido. Una vida en la que, contemplando al otro “hacemos algo bien por el simple hecho de hacerlo bien”. Porque así debe ser cuando hacemos lo que somos. La frustración, la sensación de inutilidad, cunde hoy en mucha, en demasiada gente, independientemente del resultado económico de su actividad. Por eso acaso debamos acordar con Sennett en que la rebelión contra esta cultura debilitada constituirá nuestra próxima nueva página de la historia”. Los triunfadores, que menciona nuestro amigo, resultarán entonces quienes no sean lo que hagan, sino que hagan lo que son. Y así será la sociedad, y no nos sentiremos contrariados con ella. Escrito por Sergio Sinay. La nación revista 4 de octubre de 2009.

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Tu concepto del mundo
Apuntes Y MonografiasporAnónimo6/1/2011

Tu estado, tanto mental como físico, es lo que, en ultima instancia, te puede llevar o no a la acción, condición indispensable para el éxito. Entiendo el éxito no desde una perspectiva estrecha como el éxito material, es decir, tener más dinero y por ende más cosas de las que el dinero puede comprar, sino en un sentido más amplio como el logro de tus objetivos, sean estos cuales fueran. Tus objetivos pueden ser mejorar tu situación económica (tener más dinero), terminar una carrera, conseguir más amistades, ser feliz, alcanzar la paz interior, ayudar a la sociedad, lo que tú quieras plantearte como una meta. Nada de esto (y de todas las otras cosas que te puedas imaginar) se consigue sin la acción. Simplemente sentándote y pensando lo agradable que sería tener lo que deseas, no lo lograrás. Una vez decidido a la acción, resta por determinar qué tipo de acción emprenderás. Aquí tiene una gran influencia cuál es tu concepto o modelo del mundo. El mundo al cual me estoy refiriendo no es el planeta Tierra con sus continentes y océanos, su fauna y su flora. Es un concepto más complejo que se refiere sustancialmente a la sociedad humana en la cual vives y a las conductas aceptadas o usuales en dicha sociedad. La humanidad ha ido atravesando etapas de desarrollo, y a lo largo de este camino han ido variando las costumbres de las sociedades. Todas las sociedades del planeta no se encuentran en el mismo estado de desarrollo. En un mismo instante de tiempo se pueden encontrar distintos usos en distintas partes del globo, y naturalmente surgen conflictos que no es éste el lugar adecuado para discutirlos. Lo que interesa destacar es que, dependiendo de dónde vivas e incluso de la clase social a la que pertenezcas, será distinto tu concepto del mundo. Éste está formado por el conjunto de tus creencias acerca de lo que es el mundo, y estas creencias influirán en la conducta que adoptes para lograr tu objetivo. Para dar un ejemplo, si tu objetivo es tener más dinero, dependiendo de tu concepto del mundo puedes elegir entre trabajar para ganarlo o salir a la calle a robárselo a quien lo tenga, entre otras varias conductas posibles. Sea cual fuere la conducta que elijas, las posibilidades de tener éxito se verán influidas por otra parte de tu concepto del mundo que no es común con toda la sociedad o clase social en que vives sino que es particular tuya. En toda sociedad, en toda clase social, hay ganadores y perdedores. Tus chances de estar en uno u en otro bando dependerán (entre otras cosas) de tu concepto personal de lo que es el mundo. Si piensas que el mundo es un lugar donde el esfuerzo es recompensado, y donde el que se esfuerza a la larga triunfa, estás más cerca de conseguir lo que quieres. Si piensas que el mundo es un lugar donde no vale la pena esforzarse porque el triunfo es una cuestión de suerte, estas creencias te alejarán de tu objetivo. Lo real es que nada se consigue sin esfuerzo; hasta el que se dedica a robar tiene que hacer el esfuerzo de planear su robo. Si te dedicas a esperar que el éxito te alcance por casualidad, puede que ello ocurra, pero sin duda será mucho menos probable que si haces algo para alcanzarlo.

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Por qué a veces necesitamos estar tristes
Apuntes Y MonografiasporAnónimo9/5/2011

Todo el mundo desea ser feliz, pero afrontar las desdichas también es parte importante de la vida. Tal parece que nos hemos vuelto temerosos de la tristeza. Se ha puesto tanto énfasis en la felicidad, en el pensamiento positivo y en la autoestima, que corremos riesgo de olvidar que para ser personas plenas necesitamos aprender a sobrellevar también los momentos difíciles. Sabemos que las emociones positivas son mas disfrutadles y las aceptamos sin reparos, pero es absolutamente normal sentirnos invadidos de vez en cuando por el pesar, o agobiados de angustia, duda o desilusión. Todas estas emociones tienen algo que enseñarnos acerca de nosotros mismos, y sin ellas jamás sabríamos lo que es la felicidad. Sin embargo no todos tenemos el mismo concepto de felicidad, así que empecemos por el principio. El filosofo griego Aristóteles enseñaba que la vida ideal era buscar la eudaimonía, palabra que suele traducirse como felicidad. Pero no se refería a una vida de placeres sensoriales, ni tampoco a una existencia desligada de la realidad por la falsa creencia de que las cosas son o deberían ser mejores de lo que son realmente. Su concepto de felicidad se acerca mucho más a la idea de plenitud que a ese sentimiento a menudo autocomplaciente y basado en el placer que llamamos felicidad. Para Aristóteles, la eudaimonía significaba vivir en concordancia con la razón; satisfacer nuestro sentido de propósito; cumplir con nuestro deber cívico, cultivar la virtud; estar totalmente comprometidos con el mundo y, sobre todo, experimentar la riqueza del amor y la amistad humanas. ¿La riqueza del amor y la amistad humanas? Todo el mundo sabe que eso no es ningún lecho de rosas. Las relaciones personales pueden ofrecernos las satisfacciones mas profundas y hacer un aporte enorme a nuestro sentido de plenitud, pero, en esencia, son desordenadas, impredecibles y muy a menudo, nuestra mayor fuente de decepción, angustia y tristeza. Justo por eso es que tienen mucho que enseñarnos. Cuando nos sentimos tristes o desanimados, llegamos a pensar que la vida es cruel o injusta, así que es fácil entender por qué, en esos momentos la felicidad nos parece la mejor meta de vida o el estado natural por alcanzar. Sin embargo, eso pasaría por alto una importante verdad sobre la experiencia humana: la tristeza es una emoción tan autentica como la felicidad. Los momentos de dicha y alegría, y también la sensación mas profunda de bienestar que a veces nos envuelve, solo tienen sentido porque representan un agudo contraste con nuestras experiencias de decepción, sufrimiento y tristeza, o incluso con esos momentos en que nos sentimos atrapados en una tediosa rutina. Cuando oigo a los padres de familia decir” solo quiero que mis hijos sean felices”, siempre me siento tentado a preguntarles: “¿eso es todo lo que desean para ellos? ¿En verdad quieren que estén privados de emociones? ¿No les gustaría que aprendieran a sobrellevar la desilusión, el fracaso e incluso la injusticia? Cuando las personas experimentan cambios repentinos y drásticos (un divorcio, la perdida de un ser querido, la estrechez económica, una enfermedad grave), su ansiedad aumenta y comúnmente sienten estrés, tristeza y a veces, incluso pánico. Cuando se producen cambios así en toda la sociedad, se desencadenan las mismas reacciones en gran escala: una epidemia de ansiedad y un sentido generalizado de inseguridad. Si consideramos los grandes cambios que han ocurrido en la sociedad occidental, no es de extrañar que nos sintamos un poco traumados: hemos reinventado la institución del matrimonio (y abandonado en forma masiva); transformado la naturaleza de la vida familiar; hecho descender la tasa de natalidad a su nivel mas bajo en toda la historia; reducido el tamaño de nuestros hogares; sentido los embates de una crisis económica mundial, ensanchado todavía mas la brecha entre ricos y pobres, y trastocado radicalmente las estadísticas sobre el mercado laboral ( en particular las que se refieren a la participación de las mujeres y los empleos de medio tiempo). Hemos presenciado la revolución de la informática y las comunicaciones, que ha transformado nuestra manera de vivir y trabajar, redefinido nuestros conceptos de privacidad e identidad, sobre todo entre los jóvenes. Como lo predijo hace 40 años Alvin Toffler en su libro El Shock del futuro, estos cambios no solo han aumentado nuestra ansiedad ( y consumo de tranquilizantes), sino generado también un gran sentimiento de impotencia y perdida de control. Existe el peligro real de que empeoremos las cosas si ponemos demasiado énfasis en el pensamiento positivo, y no el suficiente en vivir con valentía, bondad e incluso con nobleza ante todos estos cambios. Me temo que hasta el concepto de felicidad esta adquiriendo un significado nuevo como consecuencia de nuestra obsesión por el control: tendemos a considerar la dicha como una señal de que tenemos todo controlado, lo cual implica que la tristeza indicaría lo contrario, como si pudiéramos elegir estar felices o tristes. Pensar positivamente es mejor que pensar negativamente. Sin embargo, pensar en forma realista es algo todavía más deseable, y ser realista significa comprender que la riqueza de la vida radica en una interacción constante entre luces y sombras. ¡Arriba! Nos decimos unos a otros, pero ¿para qué intentar producir un estado emocional positivo en alguien que esta pasando por una adversidad, una perdida o una desilusión? En esto estoy de acuerdo con Marcel Proust, quien dijo:”sanamos de un sufrimiento solo al experimentarlo en su totalidad”. Muchas personas aseguran que so mayor crecimiento y desarrollo como seres humanos han provenido del dolor y del pesar, no del placer. Así que, cuando necesitamos sentirnos tristes, es un error tratar de apresurar el proceso de sobrellevar nuestro sufrimiento, decepción o pena. La felicidad por lo general nos llega en momentos súbitos y fugaces, en cambio, asimilar nuestras emociones mas sombrías nos lleva tiempo. Gabriel

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