Gente! después de un tiempito posteo nuevamente, pero este Algo Mío no es algo mío esta vez, lo escribió mi novia y me gustaría compartirlo con T!
A mi me gustó, ojalá a uds tmb.
Ahi va
Una especie de biografía
Cecilio Boloño me llaman. Equis veinticuatro soy para el papeleo legal. Siempre quise ser jardinero, pero jamás tuve el valor; será por el color de mis escamas, o por mi alergia al aire libre.
Llegué a la tierra en 1796 con una bolsa vacía (por las dudas), mi cola nueva, recién salida y muchas ganas de caminar. Anonadaronme tantas cosas, tan mal distribuidas. Las llamadas ciudades, rebalsadas de gente con bolsas negras de forma rectangular que mira sus muñecas y la señal del semáforo, sin siquiera percatarse de que un bicho, como fui apodado en varios baños y callejones, caminaba, todo viscoso, entre sus elegantes zapatos.
Siempre me gustó lo lento, quizás porque en mi planeta el tiempo era lo de menos. Mi madrastra solía decirme que apurarse era una falta de respeto hacia las agujas que muy bien hacen su trabajo de avanzar. Pobres. No tienen patas para competir de igual a igual. Muy vivos resultaron los humanoides.
Pasé más de noventa años caminando alrededor de la tierra, conociendo ciudades y campos, todos rellenos de colores, aromas y algunas pizcas de personas. Así llegue a aprenderme de memoria este planeta: archivé cada arbusto, cada nuez, cada tetera y cada ajedrez.
En 1888 decidí establecerme a aprender la comunicación terrícola. Era con la boca y emitiendo sonidos. Una forma particular de decir las cosas, muy diferente a la que acostumbraba hasta entonces. Pude, una vez adheridas más de cien idiomas a mi procesador, conocer algunos humanos. Seres extrañísimamente interesantes. Ajenos a mi órgano vital, hasta 1897, año en el que conocí a Mandioca Zucarita: una mujer.
Fue gracias a ella que me conocí a mí mismo. Comprendí que mi momento preferido era el del café de las siete de la tarde, que no me gustan los animales con patas, que estoy en contra de la tala indiscriminada de árboles de cerezas, que tengo un tic nervioso difícil de percibir, pero insoportablemente notable, que disfruto de las voces agudas y que el desorden es mi comida preferida. Pero sobretodo comprendí que tengo una cualidad que me hace un ser inestable. Que hace de mis gustos, mis disgustos, luego. Es que me aburro rápido. De todo. Hasta de escribir.
Acá están los Algo míos anteriores
A mi me gustó, ojalá a uds tmb.
Ahi va
Una especie de biografía
Cecilio Boloño me llaman. Equis veinticuatro soy para el papeleo legal. Siempre quise ser jardinero, pero jamás tuve el valor; será por el color de mis escamas, o por mi alergia al aire libre.
Llegué a la tierra en 1796 con una bolsa vacía (por las dudas), mi cola nueva, recién salida y muchas ganas de caminar. Anonadaronme tantas cosas, tan mal distribuidas. Las llamadas ciudades, rebalsadas de gente con bolsas negras de forma rectangular que mira sus muñecas y la señal del semáforo, sin siquiera percatarse de que un bicho, como fui apodado en varios baños y callejones, caminaba, todo viscoso, entre sus elegantes zapatos.
Siempre me gustó lo lento, quizás porque en mi planeta el tiempo era lo de menos. Mi madrastra solía decirme que apurarse era una falta de respeto hacia las agujas que muy bien hacen su trabajo de avanzar. Pobres. No tienen patas para competir de igual a igual. Muy vivos resultaron los humanoides.
Pasé más de noventa años caminando alrededor de la tierra, conociendo ciudades y campos, todos rellenos de colores, aromas y algunas pizcas de personas. Así llegue a aprenderme de memoria este planeta: archivé cada arbusto, cada nuez, cada tetera y cada ajedrez.
En 1888 decidí establecerme a aprender la comunicación terrícola. Era con la boca y emitiendo sonidos. Una forma particular de decir las cosas, muy diferente a la que acostumbraba hasta entonces. Pude, una vez adheridas más de cien idiomas a mi procesador, conocer algunos humanos. Seres extrañísimamente interesantes. Ajenos a mi órgano vital, hasta 1897, año en el que conocí a Mandioca Zucarita: una mujer.
Fue gracias a ella que me conocí a mí mismo. Comprendí que mi momento preferido era el del café de las siete de la tarde, que no me gustan los animales con patas, que estoy en contra de la tala indiscriminada de árboles de cerezas, que tengo un tic nervioso difícil de percibir, pero insoportablemente notable, que disfruto de las voces agudas y que el desorden es mi comida preferida. Pero sobretodo comprendí que tengo una cualidad que me hace un ser inestable. Que hace de mis gustos, mis disgustos, luego. Es que me aburro rápido. De todo. Hasta de escribir.
Acá están los Algo míos anteriores