La experiencia maxima de los amantes de las carreras de calle.
La meta final, para muchos deportistas.
Es muy dificil entender el proceso que lleva a una persona a querer correr los algo mas de 42 kilometros que implica esta prueba.
Les dejo un video y un relato que creo que resumen, en una especie de explicacion, el porque del sacrificio extremo.
Video:
Maraton internacional de Colonia - Uruguay 2007
link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=yr4FtrX2HgM
Relato
MARATÓN BINACIONAL 2004
EL REGRESO DE LA MUERTE EN BICICLETA.
¿Por qué es algo especial correr un maratón?
¿Por qué esta fascinación por la acumulación de cifras, por las estadísticas?
A diez años de la primera vez, los recuerdos se agolpan en mi mente.
Yo era un inexperto adolescente, a mis veintinueve años encaraba el desafío con irreverencia juvenil.
Poco más de tres horas fueron necesarias para completar mi primer maratón. Exactamente fueron cinco horas, veintidós minutos e interminables quince segundos finales.
pasaron los años y los maratones, he vivido aventuras tan extraordinarias que existen quienes las ponen en
duda.
Refuto a los escépticos con el único argumento de mi credibilidad.
Pese a los horrores padecidos, acometo una vez más la mítica distancia. Por tercera vez correré la Binacional.
El carácter binacional de la prueba le agrega un toque de emoción. Haber olvidado mi documento de identidad
en el hotel le agrega un toque de angustia.
Subo al micro que nos lleva a la largada en el instante en que emprende la marcha. La agitación de esos minutos derrumba buena parte de mis posibilidades. Comienzo a poner en duda mi chance de ganar la prueba.
El afán de alcanzar una victoria quedará para otra ocasión, hoy solo será cuestión de alcanzar la meta.
En los minutos previos a la largada, el nerviosismo me impele a eliminar el exceso de hidratación. Me dirijo al mingitorio. Me extraña ver a un hombre luciendo un traje negro, pañuelo al cuello y sombrero.
-¡Qué hacés pibe! - Me dice la inconfundible voz del Zorzal criollo.
-¿Seguís insistiendo con esto de la maratón?. ¡Muy bien!. ¡Vamo arriba!.
Un estremecimiento recorre mi espina dorsal. No quedan dudas. Gardel es uruguayo.
Una breve cuenta regresiva preludia la señal de partida. Mis contrincantes parten como una exhalación.
No me dejo llevar por la vorágine y quedo último, lejos.
El chofer de la ambulancia se fastidia rápidamente y tras evaluar con la mirada si podré sobrevivir hasta la frontera, acelera y se ubica detrás del anteúltimo.
Sin ningún sobresalto transcurren los primeros minutos sobre Salto.
Al salir a la ruta surgen las primeras preocupaciones.
Un persistente viento frontal, sumado a la ondulada geografía uruguaya comienza a minar mis fuerzas.
Abandono el territorio charrúa sin sospechar que buena parte de mi lozanía y juventud han quedado desperdigadas entre sus cuchillas.
Cruzando la represa me mimetizo con el paisaje.
Parezco constituido de cemento portland.
Vuelvo a pisar suelo argentino. Un pueril patriotismo me devuelve el ánimo.
El clima sigue siendo adverso, ha cesado el viento y una sensación de agobio se apodera de mí. El cielo gris plomizo, las sucesivas pendientes, la presión atmosférica, el sensible aumento de la temperatura, todo parece confabularse en mi contra.
Una ola de calor me envuelve, una cegadora luz blanquecina se ubica justo sobre mi cabeza, mis peores temores son rápidamente confirmados. Soy abducido por segunda vez en mi vida.
- Buen día terrícola, disculpe la molestia - me espeta una informe masa verdusca.
- ¡ Qué buen día ni buen día!, otra vez ustedes, ¡me tienen podrido! - respondo indignado.
- No se cabree don, lo que pasa es que en su atmósfera no podemos calibrar bien los sensores y tenemos que
capturar algo que se desplace despacio. Ya estamos aburridos de examinar caracoles. Cambiándole el tema.
¿No nos habremos olvidado dentro suyo una cánula cómo ésta?
- No me parece, compruébelo usted mismo.
- Viste - le dijo a otra masa verdusca que reptaba en torno nuestro - Te dije que la habíamos dejado en una
de las gallinas, me di cuenta por como lagrimeaba.
- Les ruego que me dejen nuevamente en el lugar que me encontraron, me están haciendo perder valiosos
minutos.
- Bueno amigo, vaya nomás, pero antes de irse le voy a regalar un consejo. Abandone esa actividad tan insensata. Corra tras una presa, o para huir de un predador, pero no malgaste así sus energías. Ya es la segunda vez que lo agarramos semidesnudo, agitado, transpirando. No le queda bien. ¡Hombre grande!.
- Usted no entiende, nosotros a esto lo denominamos vida sana. - le respondo con orgullo.
- ¡Qué va a ser vida sana!. Se paspan, se insolan, se deshidratan, se lesionan, se descompensan. ¿Para qué?.
Para apretar ese aparatito que llevan en la muñeca y después decir "le puse tres horas treinta, y yo cuatro
catorce, yo dos cuarenta y cinco". ¡Por favor!. Vaya, siéntese a la sombra de un árbol y recapacite.
Antes de poder responderle, me encuentro nuevamente en la carretera, en el mismo lugar en el que fui abducido. Solo pasaron cinco minutos. Cabizbajo, reanudo mi lastimoso trote.
Son muchas emociones para un solo día.
Con el correr de los minutos, los únicos que consiguen correr son los minutos. Desde una elevación, diviso una larga hilera de caminantes que siguen el precepto del maratonista popular: "Cada paso que se da es un paso que acerca a la meta."
Trato de mantener mi grotesco trote para preservar mi apariencia de atleta experimentado y para demostrar a
los alienígenas que su prédica no ha hecho mella en mi entusiasmo.
Lentamente recobro la calma, avanzo lentamente.
No me sorprende verla. Es una bicicleta de carrera, cuadro rojo, equipamiento de afamada marca. La conozco
muy bien, sobre ella va la Huesuda.
Se aparea a mí. Quiero decir que se ubica a mi lado, no se interpreten mal mis palabras.
- ¿Precisás algo?
No le respondo.
- Te faltan siete kilómetros.
Comenzamos a subir una larga cuesta, su presencia me inhibe y trato de mantener el ritmo. Exhalo sonoramente.
- ¡Eso, eso, cambiá el aire!- se entusiasma.
Mas que como respiración, la mía ya suena como un estertor.
- ¡No aflojes! - me ordena, blandiendo su guadaña. -Te espero en el cuarenta -
De pronto, todo me resulta muy claro. Mi final se aproxima. La muerte me espera en el kilómetro cuarenta
de mi maratón número cuarenta. Probablemente considera que me burlé de ella el año pasado y quiere tomarme en el mismo lugar para lavar la afrenta.
Sabe que es un maratón especial para mí y me ofrece la desazón de un abandono.
Recuerdo que en la jerga quinielera el cuarenta es el cura. Cura, extremaunción, muerte.
- ¿Por qué no en el cuarenta y ocho? - le pregunto angustiado.
- Por que no. - me responde y acelera para no tener que polemizar conmigo.
A escasos metros, el camino se bifurca. Con asombro, veo que la muerte sigue en línea recta.
No se ha enterado del cambio de recorrido.
Doblo a la izquierda y consigo evitar su celada.
Sin otros eventos de interés que relatar, me dirijo hacia la meta.
Pocos metros antes de la llegada se me cruza un peludo.
Lo esquivo y sigo mi camino.
Todo transcurre en cuatro horas, treinta y cuatro minutos e interminables cincuenta y dos segundos finales.
Ernesto Toubes.
Maratonista Argentino , simpre admirado y nunca conocido por mi.
Fuente del relato : www.megainformes.com.ar
Un Abrazo
La meta final, para muchos deportistas.
Es muy dificil entender el proceso que lleva a una persona a querer correr los algo mas de 42 kilometros que implica esta prueba.
Les dejo un video y un relato que creo que resumen, en una especie de explicacion, el porque del sacrificio extremo.
Video:
Maraton internacional de Colonia - Uruguay 2007
link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=yr4FtrX2HgM
Relato
MARATÓN BINACIONAL 2004
EL REGRESO DE LA MUERTE EN BICICLETA.
¿Por qué es algo especial correr un maratón?
¿Por qué esta fascinación por la acumulación de cifras, por las estadísticas?
A diez años de la primera vez, los recuerdos se agolpan en mi mente.
Yo era un inexperto adolescente, a mis veintinueve años encaraba el desafío con irreverencia juvenil.
Poco más de tres horas fueron necesarias para completar mi primer maratón. Exactamente fueron cinco horas, veintidós minutos e interminables quince segundos finales.
pasaron los años y los maratones, he vivido aventuras tan extraordinarias que existen quienes las ponen en
duda.
Refuto a los escépticos con el único argumento de mi credibilidad.
Pese a los horrores padecidos, acometo una vez más la mítica distancia. Por tercera vez correré la Binacional.
El carácter binacional de la prueba le agrega un toque de emoción. Haber olvidado mi documento de identidad
en el hotel le agrega un toque de angustia.
Subo al micro que nos lleva a la largada en el instante en que emprende la marcha. La agitación de esos minutos derrumba buena parte de mis posibilidades. Comienzo a poner en duda mi chance de ganar la prueba.
El afán de alcanzar una victoria quedará para otra ocasión, hoy solo será cuestión de alcanzar la meta.
En los minutos previos a la largada, el nerviosismo me impele a eliminar el exceso de hidratación. Me dirijo al mingitorio. Me extraña ver a un hombre luciendo un traje negro, pañuelo al cuello y sombrero.
-¡Qué hacés pibe! - Me dice la inconfundible voz del Zorzal criollo.
-¿Seguís insistiendo con esto de la maratón?. ¡Muy bien!. ¡Vamo arriba!.
Un estremecimiento recorre mi espina dorsal. No quedan dudas. Gardel es uruguayo.
Una breve cuenta regresiva preludia la señal de partida. Mis contrincantes parten como una exhalación.
No me dejo llevar por la vorágine y quedo último, lejos.
El chofer de la ambulancia se fastidia rápidamente y tras evaluar con la mirada si podré sobrevivir hasta la frontera, acelera y se ubica detrás del anteúltimo.
Sin ningún sobresalto transcurren los primeros minutos sobre Salto.
Al salir a la ruta surgen las primeras preocupaciones.
Un persistente viento frontal, sumado a la ondulada geografía uruguaya comienza a minar mis fuerzas.
Abandono el territorio charrúa sin sospechar que buena parte de mi lozanía y juventud han quedado desperdigadas entre sus cuchillas.
Cruzando la represa me mimetizo con el paisaje.
Parezco constituido de cemento portland.
Vuelvo a pisar suelo argentino. Un pueril patriotismo me devuelve el ánimo.
El clima sigue siendo adverso, ha cesado el viento y una sensación de agobio se apodera de mí. El cielo gris plomizo, las sucesivas pendientes, la presión atmosférica, el sensible aumento de la temperatura, todo parece confabularse en mi contra.
Una ola de calor me envuelve, una cegadora luz blanquecina se ubica justo sobre mi cabeza, mis peores temores son rápidamente confirmados. Soy abducido por segunda vez en mi vida.
- Buen día terrícola, disculpe la molestia - me espeta una informe masa verdusca.
- ¡ Qué buen día ni buen día!, otra vez ustedes, ¡me tienen podrido! - respondo indignado.
- No se cabree don, lo que pasa es que en su atmósfera no podemos calibrar bien los sensores y tenemos que
capturar algo que se desplace despacio. Ya estamos aburridos de examinar caracoles. Cambiándole el tema.
¿No nos habremos olvidado dentro suyo una cánula cómo ésta?
- No me parece, compruébelo usted mismo.
- Viste - le dijo a otra masa verdusca que reptaba en torno nuestro - Te dije que la habíamos dejado en una
de las gallinas, me di cuenta por como lagrimeaba.
- Les ruego que me dejen nuevamente en el lugar que me encontraron, me están haciendo perder valiosos
minutos.
- Bueno amigo, vaya nomás, pero antes de irse le voy a regalar un consejo. Abandone esa actividad tan insensata. Corra tras una presa, o para huir de un predador, pero no malgaste así sus energías. Ya es la segunda vez que lo agarramos semidesnudo, agitado, transpirando. No le queda bien. ¡Hombre grande!.
- Usted no entiende, nosotros a esto lo denominamos vida sana. - le respondo con orgullo.
- ¡Qué va a ser vida sana!. Se paspan, se insolan, se deshidratan, se lesionan, se descompensan. ¿Para qué?.
Para apretar ese aparatito que llevan en la muñeca y después decir "le puse tres horas treinta, y yo cuatro
catorce, yo dos cuarenta y cinco". ¡Por favor!. Vaya, siéntese a la sombra de un árbol y recapacite.
Antes de poder responderle, me encuentro nuevamente en la carretera, en el mismo lugar en el que fui abducido. Solo pasaron cinco minutos. Cabizbajo, reanudo mi lastimoso trote.
Son muchas emociones para un solo día.
Con el correr de los minutos, los únicos que consiguen correr son los minutos. Desde una elevación, diviso una larga hilera de caminantes que siguen el precepto del maratonista popular: "Cada paso que se da es un paso que acerca a la meta."
Trato de mantener mi grotesco trote para preservar mi apariencia de atleta experimentado y para demostrar a
los alienígenas que su prédica no ha hecho mella en mi entusiasmo.
Lentamente recobro la calma, avanzo lentamente.
No me sorprende verla. Es una bicicleta de carrera, cuadro rojo, equipamiento de afamada marca. La conozco
muy bien, sobre ella va la Huesuda.
Se aparea a mí. Quiero decir que se ubica a mi lado, no se interpreten mal mis palabras.
- ¿Precisás algo?
No le respondo.
- Te faltan siete kilómetros.
Comenzamos a subir una larga cuesta, su presencia me inhibe y trato de mantener el ritmo. Exhalo sonoramente.
- ¡Eso, eso, cambiá el aire!- se entusiasma.
Mas que como respiración, la mía ya suena como un estertor.
- ¡No aflojes! - me ordena, blandiendo su guadaña. -Te espero en el cuarenta -
De pronto, todo me resulta muy claro. Mi final se aproxima. La muerte me espera en el kilómetro cuarenta
de mi maratón número cuarenta. Probablemente considera que me burlé de ella el año pasado y quiere tomarme en el mismo lugar para lavar la afrenta.
Sabe que es un maratón especial para mí y me ofrece la desazón de un abandono.
Recuerdo que en la jerga quinielera el cuarenta es el cura. Cura, extremaunción, muerte.
- ¿Por qué no en el cuarenta y ocho? - le pregunto angustiado.
- Por que no. - me responde y acelera para no tener que polemizar conmigo.
A escasos metros, el camino se bifurca. Con asombro, veo que la muerte sigue en línea recta.
No se ha enterado del cambio de recorrido.
Doblo a la izquierda y consigo evitar su celada.
Sin otros eventos de interés que relatar, me dirijo hacia la meta.
Pocos metros antes de la llegada se me cruza un peludo.
Lo esquivo y sigo mi camino.
Todo transcurre en cuatro horas, treinta y cuatro minutos e interminables cincuenta y dos segundos finales.
Ernesto Toubes.
Maratonista Argentino , simpre admirado y nunca conocido por mi.
Fuente del relato : www.megainformes.com.ar
Un Abrazo