EL CORRECTIVO
En la tensa conversación, mesa de por medio, codos sobre la mesa y espaldas cargadas sobre los codos, ella cerró firmemente los ojos en un inútil intento de atrapar la lágrima que restalló convalidando la aceptación de la culpa. Unos hipos contenidos y un silencio que se estiraba.
Era tiempo entonces del correctivo. No era solo una simple sanción, mucho menos una paliza o una recomendación.
Él le quito descuidadamente la ropa y le ordenó ponerse un camisón.
Ella obediente se arrodilló en el frío mosaico de la cocina atrapando pudorosamente el ruedo del camisón con las rodillas. Inclinó la cabeza con sumisión y su espalda siguió el gesto.
Por detrás el estaba parado silencioso.
Pasaron algunos segundos para que ella sintiera derramarse sobre su cabeza el agua helada que vertía él desde la jarra de vidrio. Empapada, los pelos lloraban lágrimas de agua fría y el camisón se pegaba al cuerpo y el frío dolía. Él tomó un jabón blanco y una esponja y comenzó a frotarla con firmeza pero con suavidad casi paternal.
Por fin eclosionó el llanto, el llanto franco, sin disimulo, abierto a toda boca todo moco y toda lágrima. La cabeza aún baja absorbía el llanto a borbotones mientras tímidamente un calor familiar pero extraño en ese momento creció desde abajo.
Y él, parado frente a ella era sólo un cierre desafiantemente cerrado. Una apenas dibujada sonrisa asomó por detrás de los ahora brillantes ojos llorosos.