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Creepypastas Alternativos

Paranormal10/18/2013
Me imagino que ya han leído las creepypastas viejas como La lamida y Los retratos. Les dejo la versión clásica y la versión alternativa de cada una de ellas para que comparen, la verdad es que están muy buenas las nuevas versiones. La lamida. Tres hermanos. (Nueva versión de La Lamida) Estos hechos acontecieron hace algunos años en un área cercana a un hospital mental. En éste se encontraban personas enfermas de distintos males psíquicos, pero uno de sus pabellones estaba destinado en exclusiva a criminales, pues los jueces en algunos casos habían decidido que lo mejor sería que dichos criminales fuesen institucionalizados en donde se pudieran tratar sus problemas mentales, antes que en la cárcel, donde seguramente lo único que se conseguiría era agravarlos. A unos 15 kilómetros del psiquiátrico vivían los hermanos García. Eran tres hermanos que se dedicaban al cuidado de unas pequeñas tierras que habían heredado de sus familiares, quienes siempre habían vivido por la zona. Juan, que era el nombre del menor de los hermanos, siempre iba acompañado de su fiel perra Laika, una pastor alemán preciosa que se habían encontrado perdida en una carretera cercana. Una tarde, después de haber pasado todo el día en el campo, se dispusieron a volver a casa y cocinar unas papas con un poco de carne que habían comprado hace unos días en el pueblo. Una vez en casa, mientras Pedro preparaba la cena para Juan y para Román, el mayor de los hermanos, escucharon por la radio que Ricardo Ruiz Pérez se había fugado del psiquiátrico y podía andar por los alrededores. Ricardo Ruiz era un peligroso psicópata, al cual encerraron por el asesinato y violación de cinco menores. Tardaron varios meses en descubrir los hechos, pues él solía descuartizar a sus víctimas y echárselas de comer a una jauría de perros. Los asesinatos de Ricardo fueron muy seguidos por el pueblo, ya que entre sus víctimas se encontraban tres hermanas de una misma familia, y esto conmocionó a la opinión pública. Los tres hermanos se sintieron angustiados por la noticia; ellos, como el resto, habían seguido las fechorías de Ricardo. Durante la cena fue el recuerdo de los asesinatos y la poca seguridad que había en el psiquiátrico, siendo incomprensible que se hubiese podido escapar un asesino como ése. Sobre las diez de la noche se prepararon todos para ir a dormir. En la habitación, Pedro dormía en la litera superior, Román en la del centro y Juan en la de abajo. Debajo de la litera de Juan dormía Laika, su perra, a la que le encantaba que Juan le rascase el lomo antes de dormir, y ella como muestra de cariño siempre le lamía la mano. Media hora más tarde estaban ya todos acostados y prácticamente dormidos por el cansancio acumulado del día anterior. Pasaron las horas y, de repente, algo sobresaltó a Juan; había escuchado algo como el chirriar de la puerta. Se mantuvo expectante durante unos segundos, y luego introdujo su mano debajo de la cama para acariciar a su fiel amiga; ésta se lo agradeció como de costumbre, con unos lametones en la mano, tranquilizando a Juan y permitiéndole volver a dormir plácidamente. Pasaron las horas y por la ventana del cuarto comenzaban a entrar los primeros rayos de luz a la diminuta estancia. Pero más que la luz del sol, lo que despertó a Juan fueron unas pequeñas gotas que caían sobre su rostro. Abrió poco a poco los ojos mientras se llevaba las manos al rostro, donde sentía que caían las gotas; cuando finalmente abrió los ojos vio que esas gotas procedían del colchón de Román, y que ese color rojizo que desprendían sólo podía ser sangre. Se levantó de un salto de la cama y miró a su hermano, paralizándose de terror. Estaba amordazado y con una infinidad de cuchilladas en su cuerpo, y sobre él también caían gotas de sangre, provenientes del colchón superior, en donde un cuchillo atravesaba el cuello de su hermano Pedro. Juan, incrédulo ante la escena que estaba presenciando, se arrodilló en el suelo llorando, y allí pudo encontrar a su querida perra Laika asesinada de una manera brutal, partida por la mitad. Y encontró una nota ensangrentada, en la cual se podía leer «Los locos también sabemos lamer». Juan, aterrado, notificó los hechos a la policía diciendo que Ricardo Ruiz había asesinado a sus hermanos y a su perra, pero la policía no le creyó. Juan fue acusado del asesinato de sus hermanos a causa de un desdoblamiento de su personalidad, y encerrado durante veinte años en el psiquiátrico. Allí pudo averiguar que Ricardo había sido detenido dos horas después de su fuga, en una carretera con dirección a Barcelona. Los retratos (Versión clásica) Un hombre fue de visita a otro pueblo por motivos familiares que no importan , y para regresar al lugar del que había venido , tuvo que caminar por el bosque,pero como el no conocía bien aquellos lugares, se perdió entre la excedida maleza. El hombre estaba demasiado preocupado porque ya era de noche, entonces, encontró un Espacio despejado y en él, una casita de madera. Tocó a la casa, pero nadie salió a abrirle; entonces el forzó la puerta, y esta se abrió lentamente y rechinando por lo que era vieja . ya era muy noche así es que no había tanta visibilidad pero se lograba ver que la casa era de un solo cuarto, con extraños retratos de gente que parecía verlo con una horrible mirada; todos los retratos parecían haber sido tomados en ese mismo bosque. El hombre fue rápido a la cama y se tapó para no ver los retratos que cada vez parecían más estarlo viendo. A la mañana siguiente, al hombre le dio mucha curiosidad de ver si los retratos se veían igual de feos a la luz del día, pero se sorprendió al ver que en la casa no había ni un solo retrato, sino muchas ventanas al exterior. Los retratos. (Nueva versión) Una pequeña, que se encontraba de vacaciones en un bello bosque de maple, se le escapó de vista a sus hermanos por querer atrapar a un conejito para adoptarlo y llevárselo a casa. Sus hermanos ya iban por la segunda botella de whisky y sus padres se encontraban en una velada romántica en la pequeña cabaña que habían rentado; nadie había notado la desaparición repentina de la niña. Como era de esperarse, el pequeño mamífero llegó a su madriguera y se escondió del terrible monstruo que lo venía persiguiendo. La pequeña se rindió tras varios intentos de sacar al animalito de su madriguera, y optó por regresar por donde vino, o más bien por donde ella pensó que vino. Sabía que había pasado un letrero de lámina, un pequeño lago y un camino de rosas rojas que la llevaron al pequeño lago. Pero las cosas no eran como ella recordaba. Al seguir avanzando, la niña se percató de que no iba a llegar a ningún lado siguiendo ese camino, y decidió tomar un camino alterno. Y tras varias horas de suspenso en el bosque, llegó a su cabaña. La reconoció porque todo estaba ahí, sus juguetes, la fogata y el auto rojo en el que llegaron. Corrió rápidamente y, al entrar, notó que en ciertos lugares de la cabaña había retratos que nunca había visto. Retratos de lo que parecía ser gente mirándola fijamente. Pero esto no le importó, corrió y gritó por toda la cabaña buscando a sus padres, sin tener éxito. Pensó que tal vez su familia estaba afuera buscándola en el bosque y que por eso no había nadie. Al volver a la sala de la cabaña, notó que todos los retratos habían cambiado de expresión. Intentó correr hacia su cuarto, pero al dirigirse a las escaleras, éstas habían desaparecido, y los retratos seguían cambiando. Corrió y se encerró en la primera puerta que vio. Tomó sus piernas con ambos brazos y cayó en un profundo sueño. Un hombre regresaba de un exitoso día de cacería. Le había reventado el cráneo a dos pequeños conejos que salían de su madriguera cerca de un camino de rosas rojas. Se disponía a llevar su preciado botín a la cabaña que había rentado, pero una torrencial lluvia lo desvió de su camino. Corrió sin rumbo fijo por unos minutos y avistó una vieja cabaña a lo lejos. Se dirigió a ella lo más rápido posible, tocó y pidió refugio a la gente que vivía en ese lugar, pero nadie respondió. Sin pensarlo dos veces, entró. Gritó por unos instantes que había entrado, que no era un ladrón y que sólo buscaba refugio de la lluvia. El sonido de las gotas chocando contra la madera fue la única respuesta que obtuvo. Poco fue el tiempo que pasó hasta que se cansó de estar en la oscuridad. Tomó su linterna de bolsillo y, en su búsqueda, notó que las paredes estaban llenas de retratos de personas que lo miraban fijamente. A esto no le dio importancia; la decoración de aquella cabaña no era algo que le importara. Buscó por todos lados un interruptor o la caja de fusibles, pero no encontró nada. Pasaron unas cuantas horas y la lluvia parecía no tener fin. Se encontraba ya exhausto, y decidió tomar una pequeña siesta en la única recámara que había encontrado. Colocó una nota en el picaporte de la puerta principal, para que el dueño pudiera verla y leyera que él estaba adentro y que le pagaría por su hospitalidad. Esto, claro, en caso de que el dueño llegara. Tomó todas sus pertenencias y las puso a un lado de la cama, pero en toda la noche le fue imposible conciliar el sueño. Truenos y relámpagos lo perturbaban inquietantemente del mar de sueños en el que se encontraba; y había notado que cada vez que despertaba, el retrato que estaba en la recámara cambiaba constantemente de expresión. Tomó con ambas mano su escopeta y se dispuso a mandar al infierno aquel retrato si éste volvía a cambiar, sólo que esta vez no necesitó de un trueno para despertar. La madera rechinante de la cabaña comenzó a sonar al compás de unas pisadas. Pisadas que se iban acercando a la recámara. El hombre apretó con fuerza ambos ojos, con la esperanza de acallar las pisadas, pero éstas no cesaban. Sabía que no estaba solo, y que aquello, fuera lo que fuese, estaba parado a un lado de él, y lo estaba observando fijamente. Y sin previo aviso la cabaña comenzó a estremecerse. Se levantó sorprendido de la cama y con el rabillo del ojo notó una silueta pequeña parada junto a él. Volteó lentamente la cabeza y vio una pequeña niña. El hombre entró en shock. Se miraron fijamente uno al otro, y fue la tierna voz de la pequeña al decirle «Hola» lo que lo sacó del trance. Giró velozmente su escopeta y le voló la tapa de los sesos a la niña. Pegó un grito y salió corriendo de aquel lugar. Al poco tiempo llegó a una carretera en donde fue auxiliado por la policía local. Les contó lo que había sucedido, y lo detuvieron por precaución hasta que aclararan los hechos. La niña a la que le había volado la tapa de los sesos resultó ser la hija y hermana de una familia que la había reportado como desaparecida hace algunas horas. El hombre no podía creer tal historia, y afirmó que lo que hizo, lo hizo en defensa propia, porque los retratos querían hacerle daño. La policía no tuvo más opción que llevarlo a la cabaña para que contara ahí su versión de los hechos. Pero al poco tiempo de entrar a la cabaña, se percató de que no había retratos. Sólo había ventanas.
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