1. El gil que te lee el ticket
No soporto más al empleado que me lee lo que dice el ticket en la entrada. Desde que desapareció la figura garronera y vividora del acomodador, salió a flote este mamarrcho que ni siquiera señala el lugar; simplemente mira el ticket y te dice:
—Bueno, pueden pasar por sala 4, asientos L y F, fila 15.
¿Para qué quiero que me lean lo que tengo yo misma escrito en la entrada? ¡Si no supiera leer, iría a ver una película doblada o en español!
2. Las viejas que se cuentan la película
En todas las películas hay un par de viejas que duplican la información visual con los comentarios que creen estar haciendo en voz baja. Son como la voz en off del cine. Les encanta contarle a su amiga de al lado todo lo que va pasando, como si las dos no estuvieran ahí, mirando la misma película que yo.
—Claro, él la engaña y no le dice nada… Porque él es el muchacho de la otra vez, el que se encontró, que está casado con la rubiecita del ojo raro, pero ella no sabe…
3. Los adolescentes excitados
La primera salida sin supervisión que hacen los adolescentes es ir al shopping o al cine con amigos. Yo entiendo que sea perfectamente normal que se sientan adultos y muestren un entusiasmo a veces exagerado a causa de su nueva aventura. Pero si no son mis hijos ¿Por qué tengo que padecer yo el cimbronazo hormonal de estos mamertos con acné y bigote ralo? ¿Por qué tengo que soportar que se griten, se empujen, se tiren pochoclo y se rían de sus propios chistes boludos mientras sus padres descansan? ¿No es loco que los hijos le arruinen la película a los demás mientras los padres miran un dvd en su casa?
4. El libertinaje culinario
Chipacito con mate automático, nachos con queso, pizzetas, superpanchos, pochoclo, empanadas y cerveza son algunos ejemplos de lo que ahora se puede comer en el cine. Es imposible concentrarse y entrar mansamente en el drama de una película si al lado tengo a una tonta llorando con un hilo de muzzarella colgando de la pera. ¡En la pantalla hay una mujer muriendo de cáncer mientras tres tipos comen confites con olor de cherry pop y dragon fruit al lado mío! ¡Las golosinas estridentes y los olores borronean la conciencia de ficción! No puedo suponer que estoy en una guerra si la boluda de al lado masca fugazzeta como un rumiante ¡Se los pido por favor, vuelvan al maní con chocolate y a los caramelos masticables!
5. Las copias malas
Ahora parece que está de usar cada copia hasta que quede ilegible como una fiesta de quince de 1980 grabada en un VHS familiar. Pelos, agujeros, ruidos, partes sin sonido, fotogramas en blanco hacen las delicias de la familia argentina en todas las películas que hay en cartel. A ver si nos entendemos, chicos: las películas se consiguen en DVD antes que en el cine. Si me voy hasta una sala es para verla más grande y con un sonido perfecto. Si hubiera querido ver un montón de figuras ininteligibles con diálogos fuera de sincro, me compraba un dvd pirata en Retiro o sintonizaba canal 7 un domingo a la mañana.
6. Las publicidades de Pochoclín y otros comerciales para entretener al espectador.
Estoy agotada de padecer las publicidades de Pochoclín, los juegos de Pepsi y esos engendros publicitarios de Wellapon que proyectan durante los veinte minutos que preceden a los trailers de las películas. Además, en algunos cines del Hoyts, no contentos con someterme a ese maltrato, ponen juegos con preguntas (¿Quién actuó en duro de matar? A. Bruce Willis, B. Gianni Lunadei, C. Lloyd Bridges) y versiones instrumentales de los grandes hits de Montaner. No veo la hora de que reemplacen al director de Hoys por alguien decente y pongan una película snuff en la que la coca cola que baila torture y asesine a Pochoclín en la pantalla.
7. Los precios del kiosco
Ni voy a mencionar lo que le cuesta ir al cine y a Mc Donalds a una familia con dos niños (¡Doscientos pesos! ¡Treinta pesos un combo mediano!) porque ya lo sabemos todos. Pero si esa familia quiere, además, comer pochoclo y tomar coca cola, la cifra sube a casi trescientos pesos. Yo no sé hasta cuándo voy a soportar mansamente que me cobren veinticinco pesos dos cocacolas diluidas con agua y llenas de hielo. Tengo miedo de que la próxima vez que un empleado me diga si quiero agrandar mi pochoclo por ciento cincuenta pesos, lo agarre del pescuezo y le coma los lunares como si fuera un choclo. Tomar el té en el hotel Alvear vale $85. A ver si bajamos a la tierra, con los demás mortales.
8. Las entradas no numeradas
Es increíble. Se puede pagar una hipoteca online, hacer la compra semanal del supermercado por internet, conseguir entradas para Broadway por teléfono, sacar un ticket para un partido en los Juegos Olímpicos de China con tarjeta de crédito sin moverse de casa, pero es imposible ir al cine en el Malba sin tener tres días libres o un secretario personal. Como las entradas se agotan y no se venden online ni toman reservas, hay que ir a sacarlas cinco días antes personalmente y en efectivo, porque aceptan ni tarjeta de débito. El día de la película, como las entradas no son numeradas, hay que hacer cola de pie, dos horas antes, para luego entrar a ver la película grabada en DVD en unas butacas de mierda. ¿Saben qué? Péguense un tiro. No pienso ir nunca más a ver sus cachivaches de estudiante con pretensiones. No pueden tener precio para turistas en el restaurante (¡Treinta y seis pesos un tostado!) y una boletería comunista al mismo tiempo. Elijan de qué lado están. Son el cine comunitario de Tilcara o son el Louvre.
9. Las películas malas
No veo una película buena que se haya hecho después de la década del noventa desde hace dos años. La última buena que vi, fue Once. Y no me recomienden nada que ya sé las porquerías que consumen los espectadores. Desde hace seis meses que quiero ver una comedia romántica buena y cada vez estoy más lejos de cumplir mi sueño. Ayer, sin ir más lejos, vi las nominadas al Globo de Oro y todavía no me repongo. Con decirles que la favorita era sobre un hombre que envejece al revés y luego, cuando es un bebé, toma la teta de su esposa vieja. Mamita, qué suerte que existen las series.
10. La gente que no puede apagar su celular.
Desde hace diez años que no veo una película sin sentir el chillido estridente y oligofrénico de algún celular. A pesar de que hay carteles recordatorios por todos lados y que incluso Pochoclín les implora que lo apaguen, hay algunos tarados que tienen el cerebro desconectado del brazo y no pueden procesar el movimiento. Digo yo ¿Tan difícil es apretar un botón? ¿Cómo pueden olvidarse de algo que les pidieron directamente, sin eufemismos ni sutilezas, a la cara, diez segundos atrás? ¡Cómo me gustaría que en vez de pochoclo el kiosco vendiera cascotes en bolsa para tirar piedrazos! ¡Quién pudiera! ¿No?
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