Introducción
Cuando los navegantes y conquistadores europeos llegaron a las costas americanas llamaron a sus habitantes indios, porque creían que habían llegado a la India. Pero estos habitantes no eran indios, eran una antigua raza que vivía en este continente desde muchos siglos atrás y que había llegado por el estrecho de Bering, según la teoría más firme.
Los europeos llegaron a América por primera vez en 1492 dirigidos por Cristóbal Colón, que hizo ese viaje porque los turcos habían cortado la ruta conocida a la India. En aquel momento, en nuestro territorio subsistían tribus de diferentes razas y de diverso nivel cultural.
Los grupos aborígenes más representativos que ocupaban la región Centro y Cuyo de Argentina eran los huarpes, sanavirones, comechingones, olongastas, ranqueles y timbúes. En este trabajo mencionaremos la ubicación geográfica, orígenes e historia, economía, organización política y social, cultura y arte, mitos y religión de cada uno de éstos.
En muchas de estas tribus se hablaba quechua, lengua oficial del imperio inca por la influencia de éstos en la región. Muchos de ellos vivían en cadenas montañosas de más de 2.000 m de altura y defendían los establecimientos que tenían en ellas.
Olongastas
Los pobladores de los llanos del sur de La Rioja, el sureste de San Juan, el norte de San Luis y el oeste de la provincia de Córdoba eran los olongastas que ocuparon principalmente la región comprendida al oeste, por las sierras de la Huerta y Los Gigantes; de San Luis, al sur; las de Guasapampa y Pocho al este.
La primera referencia escrita que tenemos sobre los olongastas se encuentra en un documento español del siglo XVI que señala como "Nolongasta" a una de las comarcas cuyanas, en la que el conquistador Juan Jufré realizaría la fundación de la ciudad de San Juan.
Estas tribus fabricaban grandes cacharros para contener chicha; también los cuencos, botellones y ollitas eran su vajilla usual. Utilizaban para su decoración los colores negro y rojo, algunos con dibujos geométricos, otros, con o sin grabados.
Cazaban y se defendían con el arco, las flechas con puntas de piedra, las boleadoras y hachas también de piedra.
Los olongastas eran sedentarios y practicaban la agricultura. Formaban pequeños poblados. Se cree que las viviendas eran construidas con materiales perecederos, pues no quedaron vestigios.
Huarpes
Los huarpes se extinguieron hace mucho tiempo, pero los relatos de los conquistadores y hallazgos arqueológicos permitieron acercarnos un poco a su cultura. El padre Lizárraga, quien atravesó el territorio huarpe en el siglo XVI, nos cuenta que eran muy altos y delgados; otro sacerdote, el padre Ovalle agrega que eran muy atléticos.
Los últimos desprendimientos andinos de los agricultores menores eran los huarpes. Éstos vivían en los actuales territorios de San Luis, San Juan, Mendoza y el norte de Neuquén.
Los huarpes, al igual que los olongastas, practicaban la agricultura y regaban sus cosechas por canales artificiales. Cultivaban maíz y quínoa que es una planta de hojas triangulares y racimos paniculares, cuyas tiernas hojas se usan como alimento y su semilla en la sopa y en la elaboración de bebidas. Cazaban patos mediante una técnica muy particular: sobre la superficie de la laguna, ponían varias calabazas para que las aves se posaran sobre ellas sin saber que bajo una de éstas había un aborigen hundido en su totalidad. Éste tomaba el ave por las patas y la ahogaba. Fueron, en conclusión, pescadores y cazadores de aves, con cuyas plumas se hacían vestidos y adornos. También los venados, guanacos y tatúes eran el objetivo de sus cacerías. Fueron excelentes cesteros y alfareros. Las tramas de las canastas y cestas de paja eran tan fuertes y apretadas que el agua no se derramaba. Vasos y tazas estaban hechos de este material. Utilizaron el mortero horadado sobre el suelo rocoso, donde molían el maíz y a la vez servían de contenedores de líquido.
Los huarpes eran politeístas. Su dios más venerado y respetado era Hunuc Huar. Este dios habitaba en las montañas. También adoraban al sol, las estrellas, la luna y los ríos. En las aldeas existía la presencia de un hechicero llamado "machi", que era el encargado de curar a los enfermos y de pedir protección a los muertos para realizar su viaje a la montaña de Hunuc Huar. El sepelio de un difunto respondía a un acto social: se llevaba a cabo con danzas al compás de un tambor (uno de los pocos instrumentos huarpes) y se embriagaban con una bebida alcohólica que fabricaban con la chaucha del algarrobo a la que llamaban "aloja". La creencia era que el muerto emprendía un viaje al más allá, donde habitaría las montañas en compañía de Hunuc Huar. Para el viaje colocaban en sus tumbas mantas, ropas, bebidas, comida y objetos personales.
Con respecto a sus costumbres sociales, los huarpes practicaban "levirato", costumbre ancestral por la que al fallecer el esposo, la viuda y los hijos pasaban a depender del hermano menor del muerto. También existía el "sororato": el varón al casarse, adquiría el derecho de hacerlo con las hermanas menores de la esposa. La familia de los caciques y personas pudientes era poligámica. Existía la descendencia por línea materna, los hijos pertenecían al clan materno.
Comechingones
Los comechingones eran de alta estatura, con mayor cantidad de pelo y de mayor pigmentación que otros indios. Su nombre significa, según alguna teoría "morador de cuevas". Según otra teoría, en su propia lengua, el término comechingón significaba "pueblo de las sierras" y es en este paisaje de la provincia de Córdoba donde se establecieron estas poblaciones indígenas. Los comechingones ocupaban las sierras de Córdoba tanto del lado este como del oeste. Afincados a lo largo del sistema serrano que lleva su nombre y en sus lados sanluiseño y cordobés, los comechingones septentrionales se diferenciaban de sus hermanos meridionales por su lengua, denominada henia, mientras que la de éstos era la camiare.
Los comechingones eran sedentarios y agricultores, y sembraban maíz, porotos, papas, maní y zapallos. Regaban artificialmente y criaban animales pero también cazaban.
Las viviendas de los comechingones eran de piedra, eran bajas, porque la mitad estaba por debajo del nivel del terreno. Por su forma, estas casas-pozo mantenían el calor durante el invierno y eran frescas en verano. Para entrar, había que bajar por una rampa. En el centro de la habitación reinaba el fogón para cocinar y calefaccionar.
También se establecieron en las concavidades montañosas como refugio natural. Vestían ropa de lana, sus prendas más comunes, el delantal atado a la cintura con una faja y una túnica (como un poncho con los lados cocidos). Esta ropa solía estar adornada con chaquiras (disquitos de conchilla) y tientos. Además algunos usaban mantos sujetos con prendedores de cobre y otros materiales. En los pies llevaban hojotas de fibra vegetal trenzada. Los caciques, guerreros y curanderos lucían trajes de cuero muy elaborado y recubierto con vistosas plumas. En ocasiones especiales llevaban en la cabeza mandíbulas de animales salvajes.
Con respecto a su religión, los comechingones creían en los dioses del Sol y la Luna, pues mediante ellos la tierra producía lo que los moradores necesitaban para vivir. Los tenían por hacedores de todas las cosas humanas y por eso tenían por costumbre luchar de noche, para que la Luna los protegiera.
Los comechingones, al igual que los sanavirones, dividían sus territorios en comunidades o clanes. Cada comunidad estaba comandada por un cacique hereditario. En cada casa vivían cuatro o cinco matrimonios de la misma familia. Además de las casas, había unas pequeñas construcciones semienterradas donde tomaban baños de vapor.
Lindando con el poblado, poseían tierras que trabajaban en forma comunitaria, realizando cultivos, pastoreo y allí construían el jaguey (especie de pozo o zanja donde se juntaba el agua para beber y regar).
Sanavirones
Podemos ubicar a la cultura de los sanavirones en la depresión de la laguna de Mar Chiquita, en Córdoba. Las poblaciones de la parcialidad sanavirona ocupaban una vasta zona que abarcaba el río Dulce, al norte, el río Primero, al sur, hacia el este lindaba su territorio con el de los pobladores del chaco santafesino y al oeste limitaba con la sierra de Sumampa. Ocupaban los actuales territorios de las provincias de Córdoba, Santa Fe y el sudeste de Santiago del Estero.
Los sanavirones adoptaron sistemas andinos de cultivos, a los que complementaron con caza, pesca y recolección. Sus sistemas de riego para cultivos eran altamente desarrollados.
Construían ranchos o chozas apuntaladas con cuatro horcones clavados en tierra. El techo, sostenido por estos horcones, estaba fabricado con palos, ramas y pajas. Para levantar las paredes usaban adobe crudo o tierra apisonada. Cubrían las aberturas con puertas de caña o cueros. Tenían viviendas grandes agrupadas en pequeños poblados, protegidos o rodeados por cardones o arbustos espinosos.
Con respecto a su artesanía, su cerámica era de color negro grisáceo, con motivos geométricos e impresiones de telas y cestería. Esto implicaría que los sanavirones conocían el hilado y el tejido, además de haberse encontrado varias piezas de rueca, propias de un telar rudimentario.
Los sanavirones practicaban ritos religiosos y mágicos y ceremonias religiosas para festejar el nacimiento de un nuevo miembro de la tribu, la entrada en la pubertad y otros grandes acontecimientos familiares. Creían en la existencia de un ser superior llamado Watavinewa, dueño de todo lo creado. También adoraban a otros dioses, como por ejemplo a Tánowa, diosa que mora en el interior de la tierra.
Los sanavirones se dividían en comunidades o clanes, bajo el mando de un cacique hereditario. Trabajaban la tierra en forma comunitaria, al igual que los comechingones.
Ranqueles
La Ranquel era una etnia originaria de la patagonia que en realidad era una rama mapuche. Entre 1775 y 1790 un grupo de los pehuenches (que eran huarpes mapuchizados) avanzó desde los faldeos andinos hasta el territorio que denominaron Mamül Mapu (que significa territorio de leña) ya que lo encontraron cubierto por bosques de caldén, algarrobo y chañar. Así es que se establecieron entre el río Cuarto y el Colorado, desde el Sur de los actuales territorios de San Luis y Córdoba, hasta el sur de la provincia de La Pampa. Se aliaron a las fuerzas de Felipe Varela durante la rebelión contra la Guerra del Paraguay y el Gobierno Central. Tras la captura de Pincén, los ranqueles fueron reducidos durante la Conquista del Desierto, ocupándose sus tierras. Se estableció para ellos la Colonia Emilio Mitre en la actual provincia de La Pampa, la cual tras ser reducido su territorio en varias oportunidades, permanece como núcleo de este pueblo.
Eran cazadores, generalmente nómades dada la escasez de alimentos, y durante buena parte del siglo XIX se mantuvieron en alianza con las tribus tehuelches. Vivían en toldos construidos con cueros cosidos, que instalaban cerca de ríos o arroyos. Se agrupaban en conjuntos constituidos por 400 a 600 toldos. Comían carne, caldo, tortas cocidas, algarroba pisada y maíz tostado.
Tenían caciques hereditarios los cuales salían del poder cuando envejecían.
Cuenta la religión y la leyenda ranquel que allá, en el tiempo de los tiempos, los habitantes de este planeta descubrieron con gran preocupación, que una vez cada año Antü, el Sol amenazaba con iluminar cada día menos, hasta que volvía a retomar su ciclo, devolviendo la vida a la tierra. El pueblo comenzaba con grandes rogativas, para que no se extinguiera. Y luego gran algarabía, gran júbilo, grandes festejos, cuando lograban que siguiera alumbrando. Este fenómeno ocurría en Europa, como en Abia Yala (América), en diferentes fechas, como corresponde a continentes opuestos, aunque complementarios. Allá, en diciembre. Aquí, en junio. Sus dioses principales eran Chachao (padre de todos) y Walichu (que ocasionaba males y desgracias).
Timbúes
Los timbúes se ubicaban en las zonas del litoral y Santa Fe, a orillas del río Paraná. También son nombrados chanás, beguás, caracaráes, corondas, quiloazas, calchines, mepenes y mocoretáes.
Comprobado por restos arqueológicos, llegaron a esta región por el río Uruguay. Comían maíz, carne y pescado, calabazas y habas. La pesca era considerada como un medio de subsistencia muy importante. La practicaban todos los grupos, sirviéndose de canoas de 20 m de largo. Cuando tenían excedentes de pescado lo conservaban secándolo al sol y ahumándolo.
La economía estaba basada principalmente en el cultivo y la pesca. También practicaban la caza de venados, avestruces, nutrias, etc. En la recolección sobresalían la miel, las vainas de algarrobas, las raíces y los caracoles.
El armamento consistía en arcos cortos y flechas con puntas de madera y hueso.
En épocas calurosas andaban desnudos. Se señalaba el uso de mantos de pieles generalmente de nutria, para la estación fría. Ellos tenían en la cabeza un gorro de piel hecho con las cabezas de onza con dientes.
En los grupos étnicos que basaban su economía en la caza y recolección, la vivienda debía adaptarse a la movilidad necesaria para subsistir. En cambio, los timbúes eran sedentarios o semisedentarios, y construían sus viviendas junto a ríos y arroyos. Se trataban de chozas comunes, regulares, con paredes de junco. Posiblemente los techos eran de paja, a dos aguas.
Ellos reconocían la existencia de un gran Señor principal o general. Se sabe que existían hechiceros.
Los enterratorios eran realizados en cementerios cercanos a las aldeas. Se trataría de enterratorios de primer grado con el cadáver en posición de descanso o en cuclillas. A los sepulcros de los padres se los adornaban con plumas de avestruz, y en cada uno plantaban un ombú. Acudía allí la parentela de tiempo en tiempo a plañir sentidamente al difunto.
No existe ningún documento escrito que nos informe acerca de la lengua de este pueblo.
Mitos
La leyenda de Ansenuza (mito sanavirón)
Esta leyenda habla sobre cómo se formó la Laguna de Mar Chiquita o Mar de Ansenuza.
Hace mucho tiempo, el agua de la laguna era dulce y un castillo de cristal se levantaba sobre ella. En el castillo vivía una diosa que rechazaba a cualquier joven que estuviera enamorado de ella.
Un día, un guerrero indígena llegó malherido a la laguna y se enamoró de ella. La diosa quiso ayudarlo pero fue muy tarde.
Al día siguiente, el guerrero abrió los ojos nuevamente pero ella ya no estaba allí. Ahora el agua de la laguna era turbia y la playa estaba blanca, el agua era salada.
Él se interno en la laguna, pero en vez de hundirse flotaba. Luego un rayo de sol se transformó en un flamenco que ahora es el guardián de la laguna.
Entonces se dio cuenta de que el agua era salada por el llanto de la diosa y que flotaba por el espíritu de ella.
Termas de Pismanta (mito huarpe)
Hay una leyenda que explica el origen de estas aguas termales. Y dice lo siguiente. El cacique huarpe Pismanta no aceptaba la conquista española. Por eso se encontraba muy triste por esos días, es que mucho más al sur de sus dominios, otro jefe huarpe había cedido al poder invasor: el cacique Angaco se había unido a los españoles. Pismanta veía que el hombre blanco avanzaba sin pausa sobre las tierras que siempre les habían pertenecido. Por eso, para no ser avasallado, se internó aun más en sus dominios con su familia y se encerró en una cueva de Angualasto. La leyenda asegura que se encerró a esperar la muerte. Poco después se escucho un estruendo increíble cerca de ese lugar. Cuando los pobladores se acercaron a ver qué había sucedido no encontraron más que rocas en el lugar. No había cuerpos, ni restos de alguna explosión. Nada. Solo una grieta de la cual manaba un hilo de agua muy caliente del cual se comenzaron a formar las termas. Termas tan caliente como el reclamo del cacique Pismanta.
El águila (mito comechingón)
Cuenta la historia que cuando los españoles se instalaron en América y cuando los aborígenes empezaron a perder las guerras en Córdoba contra los europeos y su sangre comenzó a correr por los valles y tiñó de rojo los ríos y arroyos que serpenteaban las sierras del Valle de Calamuchita y el resto de Córdoba, los comechingones recordaron la leyenda del águila que habían escuchado de sus abuelos. Y la volvieron a contar porque era casi su única esperanza: “Un elegido vendría traído por el águila a traer la paz, para, por fin, lograr la hermandad entre los pueblos”.
Se dice que existió una niña de nombre Arabela que poseía cualidades extraordinarias y que, convertida en mujer, las desarrolló en defensa de su tribu. Con sabiduría y fina percepción guió las batallas, y logró, de esa manera, que resistieran más allá de la posibilidad humana, siendo ejemplo de la valentía con la que lucharon los comechingones, cuyo grito de guerra resultó conocido y temido por sus adversarios. Los comechingones identificaron a Arabela con la “elegida”.
Arabela, la enviada, murió luchando por su pueblo. Pero se dice que el alma de ella perdura en el vuelo majestuoso del águila y por eso el águila no es solo signo de libertad sino que también es signo de la búsqueda de la paz y la hermandad.
Cuando los navegantes y conquistadores europeos llegaron a las costas americanas llamaron a sus habitantes indios, porque creían que habían llegado a la India. Pero estos habitantes no eran indios, eran una antigua raza que vivía en este continente desde muchos siglos atrás y que había llegado por el estrecho de Bering, según la teoría más firme.
Los europeos llegaron a América por primera vez en 1492 dirigidos por Cristóbal Colón, que hizo ese viaje porque los turcos habían cortado la ruta conocida a la India. En aquel momento, en nuestro territorio subsistían tribus de diferentes razas y de diverso nivel cultural.
Los grupos aborígenes más representativos que ocupaban la región Centro y Cuyo de Argentina eran los huarpes, sanavirones, comechingones, olongastas, ranqueles y timbúes. En este trabajo mencionaremos la ubicación geográfica, orígenes e historia, economía, organización política y social, cultura y arte, mitos y religión de cada uno de éstos.
En muchas de estas tribus se hablaba quechua, lengua oficial del imperio inca por la influencia de éstos en la región. Muchos de ellos vivían en cadenas montañosas de más de 2.000 m de altura y defendían los establecimientos que tenían en ellas.
Olongastas
Los pobladores de los llanos del sur de La Rioja, el sureste de San Juan, el norte de San Luis y el oeste de la provincia de Córdoba eran los olongastas que ocuparon principalmente la región comprendida al oeste, por las sierras de la Huerta y Los Gigantes; de San Luis, al sur; las de Guasapampa y Pocho al este.
La primera referencia escrita que tenemos sobre los olongastas se encuentra en un documento español del siglo XVI que señala como "Nolongasta" a una de las comarcas cuyanas, en la que el conquistador Juan Jufré realizaría la fundación de la ciudad de San Juan.
Estas tribus fabricaban grandes cacharros para contener chicha; también los cuencos, botellones y ollitas eran su vajilla usual. Utilizaban para su decoración los colores negro y rojo, algunos con dibujos geométricos, otros, con o sin grabados.
Cazaban y se defendían con el arco, las flechas con puntas de piedra, las boleadoras y hachas también de piedra.
Los olongastas eran sedentarios y practicaban la agricultura. Formaban pequeños poblados. Se cree que las viviendas eran construidas con materiales perecederos, pues no quedaron vestigios.
Huarpes
Los huarpes se extinguieron hace mucho tiempo, pero los relatos de los conquistadores y hallazgos arqueológicos permitieron acercarnos un poco a su cultura. El padre Lizárraga, quien atravesó el territorio huarpe en el siglo XVI, nos cuenta que eran muy altos y delgados; otro sacerdote, el padre Ovalle agrega que eran muy atléticos.
Los últimos desprendimientos andinos de los agricultores menores eran los huarpes. Éstos vivían en los actuales territorios de San Luis, San Juan, Mendoza y el norte de Neuquén.
Los huarpes, al igual que los olongastas, practicaban la agricultura y regaban sus cosechas por canales artificiales. Cultivaban maíz y quínoa que es una planta de hojas triangulares y racimos paniculares, cuyas tiernas hojas se usan como alimento y su semilla en la sopa y en la elaboración de bebidas. Cazaban patos mediante una técnica muy particular: sobre la superficie de la laguna, ponían varias calabazas para que las aves se posaran sobre ellas sin saber que bajo una de éstas había un aborigen hundido en su totalidad. Éste tomaba el ave por las patas y la ahogaba. Fueron, en conclusión, pescadores y cazadores de aves, con cuyas plumas se hacían vestidos y adornos. También los venados, guanacos y tatúes eran el objetivo de sus cacerías. Fueron excelentes cesteros y alfareros. Las tramas de las canastas y cestas de paja eran tan fuertes y apretadas que el agua no se derramaba. Vasos y tazas estaban hechos de este material. Utilizaron el mortero horadado sobre el suelo rocoso, donde molían el maíz y a la vez servían de contenedores de líquido.
Los huarpes eran politeístas. Su dios más venerado y respetado era Hunuc Huar. Este dios habitaba en las montañas. También adoraban al sol, las estrellas, la luna y los ríos. En las aldeas existía la presencia de un hechicero llamado "machi", que era el encargado de curar a los enfermos y de pedir protección a los muertos para realizar su viaje a la montaña de Hunuc Huar. El sepelio de un difunto respondía a un acto social: se llevaba a cabo con danzas al compás de un tambor (uno de los pocos instrumentos huarpes) y se embriagaban con una bebida alcohólica que fabricaban con la chaucha del algarrobo a la que llamaban "aloja". La creencia era que el muerto emprendía un viaje al más allá, donde habitaría las montañas en compañía de Hunuc Huar. Para el viaje colocaban en sus tumbas mantas, ropas, bebidas, comida y objetos personales.
Con respecto a sus costumbres sociales, los huarpes practicaban "levirato", costumbre ancestral por la que al fallecer el esposo, la viuda y los hijos pasaban a depender del hermano menor del muerto. También existía el "sororato": el varón al casarse, adquiría el derecho de hacerlo con las hermanas menores de la esposa. La familia de los caciques y personas pudientes era poligámica. Existía la descendencia por línea materna, los hijos pertenecían al clan materno.
Comechingones
Los comechingones eran de alta estatura, con mayor cantidad de pelo y de mayor pigmentación que otros indios. Su nombre significa, según alguna teoría "morador de cuevas". Según otra teoría, en su propia lengua, el término comechingón significaba "pueblo de las sierras" y es en este paisaje de la provincia de Córdoba donde se establecieron estas poblaciones indígenas. Los comechingones ocupaban las sierras de Córdoba tanto del lado este como del oeste. Afincados a lo largo del sistema serrano que lleva su nombre y en sus lados sanluiseño y cordobés, los comechingones septentrionales se diferenciaban de sus hermanos meridionales por su lengua, denominada henia, mientras que la de éstos era la camiare.
Los comechingones eran sedentarios y agricultores, y sembraban maíz, porotos, papas, maní y zapallos. Regaban artificialmente y criaban animales pero también cazaban.
Las viviendas de los comechingones eran de piedra, eran bajas, porque la mitad estaba por debajo del nivel del terreno. Por su forma, estas casas-pozo mantenían el calor durante el invierno y eran frescas en verano. Para entrar, había que bajar por una rampa. En el centro de la habitación reinaba el fogón para cocinar y calefaccionar.
También se establecieron en las concavidades montañosas como refugio natural. Vestían ropa de lana, sus prendas más comunes, el delantal atado a la cintura con una faja y una túnica (como un poncho con los lados cocidos). Esta ropa solía estar adornada con chaquiras (disquitos de conchilla) y tientos. Además algunos usaban mantos sujetos con prendedores de cobre y otros materiales. En los pies llevaban hojotas de fibra vegetal trenzada. Los caciques, guerreros y curanderos lucían trajes de cuero muy elaborado y recubierto con vistosas plumas. En ocasiones especiales llevaban en la cabeza mandíbulas de animales salvajes.
Con respecto a su religión, los comechingones creían en los dioses del Sol y la Luna, pues mediante ellos la tierra producía lo que los moradores necesitaban para vivir. Los tenían por hacedores de todas las cosas humanas y por eso tenían por costumbre luchar de noche, para que la Luna los protegiera.
Los comechingones, al igual que los sanavirones, dividían sus territorios en comunidades o clanes. Cada comunidad estaba comandada por un cacique hereditario. En cada casa vivían cuatro o cinco matrimonios de la misma familia. Además de las casas, había unas pequeñas construcciones semienterradas donde tomaban baños de vapor.
Lindando con el poblado, poseían tierras que trabajaban en forma comunitaria, realizando cultivos, pastoreo y allí construían el jaguey (especie de pozo o zanja donde se juntaba el agua para beber y regar).
Sanavirones
Podemos ubicar a la cultura de los sanavirones en la depresión de la laguna de Mar Chiquita, en Córdoba. Las poblaciones de la parcialidad sanavirona ocupaban una vasta zona que abarcaba el río Dulce, al norte, el río Primero, al sur, hacia el este lindaba su territorio con el de los pobladores del chaco santafesino y al oeste limitaba con la sierra de Sumampa. Ocupaban los actuales territorios de las provincias de Córdoba, Santa Fe y el sudeste de Santiago del Estero.
Los sanavirones adoptaron sistemas andinos de cultivos, a los que complementaron con caza, pesca y recolección. Sus sistemas de riego para cultivos eran altamente desarrollados.
Construían ranchos o chozas apuntaladas con cuatro horcones clavados en tierra. El techo, sostenido por estos horcones, estaba fabricado con palos, ramas y pajas. Para levantar las paredes usaban adobe crudo o tierra apisonada. Cubrían las aberturas con puertas de caña o cueros. Tenían viviendas grandes agrupadas en pequeños poblados, protegidos o rodeados por cardones o arbustos espinosos.
Con respecto a su artesanía, su cerámica era de color negro grisáceo, con motivos geométricos e impresiones de telas y cestería. Esto implicaría que los sanavirones conocían el hilado y el tejido, además de haberse encontrado varias piezas de rueca, propias de un telar rudimentario.
Los sanavirones practicaban ritos religiosos y mágicos y ceremonias religiosas para festejar el nacimiento de un nuevo miembro de la tribu, la entrada en la pubertad y otros grandes acontecimientos familiares. Creían en la existencia de un ser superior llamado Watavinewa, dueño de todo lo creado. También adoraban a otros dioses, como por ejemplo a Tánowa, diosa que mora en el interior de la tierra.
Los sanavirones se dividían en comunidades o clanes, bajo el mando de un cacique hereditario. Trabajaban la tierra en forma comunitaria, al igual que los comechingones.
Ranqueles
La Ranquel era una etnia originaria de la patagonia que en realidad era una rama mapuche. Entre 1775 y 1790 un grupo de los pehuenches (que eran huarpes mapuchizados) avanzó desde los faldeos andinos hasta el territorio que denominaron Mamül Mapu (que significa territorio de leña) ya que lo encontraron cubierto por bosques de caldén, algarrobo y chañar. Así es que se establecieron entre el río Cuarto y el Colorado, desde el Sur de los actuales territorios de San Luis y Córdoba, hasta el sur de la provincia de La Pampa. Se aliaron a las fuerzas de Felipe Varela durante la rebelión contra la Guerra del Paraguay y el Gobierno Central. Tras la captura de Pincén, los ranqueles fueron reducidos durante la Conquista del Desierto, ocupándose sus tierras. Se estableció para ellos la Colonia Emilio Mitre en la actual provincia de La Pampa, la cual tras ser reducido su territorio en varias oportunidades, permanece como núcleo de este pueblo.
Eran cazadores, generalmente nómades dada la escasez de alimentos, y durante buena parte del siglo XIX se mantuvieron en alianza con las tribus tehuelches. Vivían en toldos construidos con cueros cosidos, que instalaban cerca de ríos o arroyos. Se agrupaban en conjuntos constituidos por 400 a 600 toldos. Comían carne, caldo, tortas cocidas, algarroba pisada y maíz tostado.
Tenían caciques hereditarios los cuales salían del poder cuando envejecían.
Cuenta la religión y la leyenda ranquel que allá, en el tiempo de los tiempos, los habitantes de este planeta descubrieron con gran preocupación, que una vez cada año Antü, el Sol amenazaba con iluminar cada día menos, hasta que volvía a retomar su ciclo, devolviendo la vida a la tierra. El pueblo comenzaba con grandes rogativas, para que no se extinguiera. Y luego gran algarabía, gran júbilo, grandes festejos, cuando lograban que siguiera alumbrando. Este fenómeno ocurría en Europa, como en Abia Yala (América), en diferentes fechas, como corresponde a continentes opuestos, aunque complementarios. Allá, en diciembre. Aquí, en junio. Sus dioses principales eran Chachao (padre de todos) y Walichu (que ocasionaba males y desgracias).
Timbúes
Los timbúes se ubicaban en las zonas del litoral y Santa Fe, a orillas del río Paraná. También son nombrados chanás, beguás, caracaráes, corondas, quiloazas, calchines, mepenes y mocoretáes.
Comprobado por restos arqueológicos, llegaron a esta región por el río Uruguay. Comían maíz, carne y pescado, calabazas y habas. La pesca era considerada como un medio de subsistencia muy importante. La practicaban todos los grupos, sirviéndose de canoas de 20 m de largo. Cuando tenían excedentes de pescado lo conservaban secándolo al sol y ahumándolo.
La economía estaba basada principalmente en el cultivo y la pesca. También practicaban la caza de venados, avestruces, nutrias, etc. En la recolección sobresalían la miel, las vainas de algarrobas, las raíces y los caracoles.
El armamento consistía en arcos cortos y flechas con puntas de madera y hueso.
En épocas calurosas andaban desnudos. Se señalaba el uso de mantos de pieles generalmente de nutria, para la estación fría. Ellos tenían en la cabeza un gorro de piel hecho con las cabezas de onza con dientes.
En los grupos étnicos que basaban su economía en la caza y recolección, la vivienda debía adaptarse a la movilidad necesaria para subsistir. En cambio, los timbúes eran sedentarios o semisedentarios, y construían sus viviendas junto a ríos y arroyos. Se trataban de chozas comunes, regulares, con paredes de junco. Posiblemente los techos eran de paja, a dos aguas.
Ellos reconocían la existencia de un gran Señor principal o general. Se sabe que existían hechiceros.
Los enterratorios eran realizados en cementerios cercanos a las aldeas. Se trataría de enterratorios de primer grado con el cadáver en posición de descanso o en cuclillas. A los sepulcros de los padres se los adornaban con plumas de avestruz, y en cada uno plantaban un ombú. Acudía allí la parentela de tiempo en tiempo a plañir sentidamente al difunto.
No existe ningún documento escrito que nos informe acerca de la lengua de este pueblo.
Mitos
La leyenda de Ansenuza (mito sanavirón)
Esta leyenda habla sobre cómo se formó la Laguna de Mar Chiquita o Mar de Ansenuza.
Hace mucho tiempo, el agua de la laguna era dulce y un castillo de cristal se levantaba sobre ella. En el castillo vivía una diosa que rechazaba a cualquier joven que estuviera enamorado de ella.
Un día, un guerrero indígena llegó malherido a la laguna y se enamoró de ella. La diosa quiso ayudarlo pero fue muy tarde.
Al día siguiente, el guerrero abrió los ojos nuevamente pero ella ya no estaba allí. Ahora el agua de la laguna era turbia y la playa estaba blanca, el agua era salada.
Él se interno en la laguna, pero en vez de hundirse flotaba. Luego un rayo de sol se transformó en un flamenco que ahora es el guardián de la laguna.
Entonces se dio cuenta de que el agua era salada por el llanto de la diosa y que flotaba por el espíritu de ella.
Termas de Pismanta (mito huarpe)
Hay una leyenda que explica el origen de estas aguas termales. Y dice lo siguiente. El cacique huarpe Pismanta no aceptaba la conquista española. Por eso se encontraba muy triste por esos días, es que mucho más al sur de sus dominios, otro jefe huarpe había cedido al poder invasor: el cacique Angaco se había unido a los españoles. Pismanta veía que el hombre blanco avanzaba sin pausa sobre las tierras que siempre les habían pertenecido. Por eso, para no ser avasallado, se internó aun más en sus dominios con su familia y se encerró en una cueva de Angualasto. La leyenda asegura que se encerró a esperar la muerte. Poco después se escucho un estruendo increíble cerca de ese lugar. Cuando los pobladores se acercaron a ver qué había sucedido no encontraron más que rocas en el lugar. No había cuerpos, ni restos de alguna explosión. Nada. Solo una grieta de la cual manaba un hilo de agua muy caliente del cual se comenzaron a formar las termas. Termas tan caliente como el reclamo del cacique Pismanta.
El águila (mito comechingón)
Cuenta la historia que cuando los españoles se instalaron en América y cuando los aborígenes empezaron a perder las guerras en Córdoba contra los europeos y su sangre comenzó a correr por los valles y tiñó de rojo los ríos y arroyos que serpenteaban las sierras del Valle de Calamuchita y el resto de Córdoba, los comechingones recordaron la leyenda del águila que habían escuchado de sus abuelos. Y la volvieron a contar porque era casi su única esperanza: “Un elegido vendría traído por el águila a traer la paz, para, por fin, lograr la hermandad entre los pueblos”.
Se dice que existió una niña de nombre Arabela que poseía cualidades extraordinarias y que, convertida en mujer, las desarrolló en defensa de su tribu. Con sabiduría y fina percepción guió las batallas, y logró, de esa manera, que resistieran más allá de la posibilidad humana, siendo ejemplo de la valentía con la que lucharon los comechingones, cuyo grito de guerra resultó conocido y temido por sus adversarios. Los comechingones identificaron a Arabela con la “elegida”.
Arabela, la enviada, murió luchando por su pueblo. Pero se dice que el alma de ella perdura en el vuelo majestuoso del águila y por eso el águila no es solo signo de libertad sino que también es signo de la búsqueda de la paz y la hermandad.