Los liberados "locos"
La otra orilla. Por: Cecilia Orozco Tascón.
Graciosa, por decir el apelativo más suave, la afirmación de funcionarios de la administración Uribe, y de psiquiatras que se dejaron utilizar, de que hay que impedir que los secuestrados hablen con la prensa cuando son liberados y todavía no tienen un libreto oficial en la mano. Digo que es graciosa porque esa teoría no se les había ocurrido sino ahora, cuando Alan Jara está expresando su desacuerdo con la insensibilidad del Gobierno frente a la suerte de los rehenes de los grupos subversivos. Como Jara ha dicho en todas las entrevistas que el destino de sus compañeros de cautiverio no puede ser el de resultar asesinados por la guerrilla o el de morir durante un bombardeo oficial, se aupó desde el poder la versión de que estaba desequilibrado y de que, en consecuencia, había que impedirles el acceso a los medios, presuntamente porque éstos estarían abusando de la endeble condición mental de las víctimas.
El Palacio Presidencial nunca se pronunció sobre los problemas psicológicos de John Frank Pinchao, Fernando Araújo, Clara Rojas o incluso de la propia Íngrid Betancourt en su primer día de libertad (recuerden que después, cuando Betancourt empezó a hablar de intercambio humanitario desde Francia, también sugirieron que no tenía el ‘coco’ bien puesto). Por el contrario, abundaron las alabanzas a la lucidez de los recién llegados cuando éstos les daban gracias al Jefe de Estado y a su Política de Seguridad Democrática. El Mandatario, el general Naranjo o el general Padilla, según fuera el caso, se encargaron de afinarles las palabras en las horas siguientes. Y después se los soltaban a los reporteros, quienes les indagaban, contra toda prudencia, aspectos que pertenecían exclusivamente a su vida íntima.
Ése, que sí era un abuso, no fue tema que le preocupara a la Casa de Nariño. Jamás llamó la atención de directores o jefes de redacción para que sus periodistas no se sobrepasaran con quienes, en el lógico afán de relatar sus experiencias, terminaban revelando su privacidad. El asunto no le pareció importante a ningún ministro. Pero ahora, cuando Jara quiere difundir sus opiniones políticas, se rueda la especie de que sufre del Síndrome de Estocolmo, ayudado por algunos obsecuentes periodistas. Y empiezan a promover normas con el pomposo rótulo de “protocolos de atención psicosocial en salud mental para víctimas de secuestro”.
El Ministro de Protección Social le dio su respaldo a “la iniciativa que pretende crear una serie de medidas aplicables, justo cuando los secuestrados recuperan la libertad”, según contó Caracol la semana pasada. El psiquiatra José Posada colaboró más allá de lo que le exigiría su condición de profesional de la medicina. Salió a decir que “lo que demuestran los estudios en otros países es que el trastorno de estrés postraumático puede acentuarse si hay un contacto rápido e inadecuado con las medios de comunicación...”. La frase, que es cierta para temas de intimidad, como ya dije arriba, aplicada en el contexto político de tendencia totalitaria que vivimos, resulta oportunista, sobre todo si juzgamos como un verraco a quien exalta las actitudes gubernamentales, pero calificamos de loco al que disiente de ellas. Estrategias similares se han empleado en otros momentos de la historia, precisamente aquellos en que fueron recortados los derechos y la libertad de opinión.
El País