Muchos hablan de Quiroga como un federal más, para mi este hombre luchó fervorosamente por los ideales de una nación federal y constituyente y no sitiar el estado como unitario. Este general era de campo o como mejor quieran llamarle, un caudillo. Tanto como corría libremente en un campo de la Rioja como en su caballo, se llamó por siempre y aun en su legado histórico: "El tigre de los llanos"
Juan Facundo Quiroga
Nació en La Rioja y murió en Barranca Yaco asesinado, el 16 de febrero de 1835.
Acusado de bárbaro por Sarmiento, conocido por el nombre de "Tigre de los Llanos", Quiroga jugó un papel prominente en la vida política de la Argentina (1818-1835).
Combatió contra la constitución centralista de Rivadavia, pero fue derrotado por los efectivos de éste, bajo el mando de Lamadrid. Sin embargo, por el año 1828, Quiroga controlaba las provincias norteñas desde Catamarca hasta Mendoza.
Se unió con otros caudillos bajo la firme determinación de establecer el federalismo, especialmente después de la ejecución de Manuel Dorrego (diciembre de 1828), de destruir las fuerzas unitarias comandadas por Lavalle, ahora gobernador de Buenos Aires.
Quiroga sufrió la derrota de manos del general unitario Paz, en La Tablada, el 23 de junio de 1829, y en Oncativo, el 25 de febrero de 1830.
Impedido transitoriamente de regresar, Quiroga vio el modo de pasar furtivamente a Cuyo en 1831 dirigiéndose rápidamente a Tucumán para hacer frente a las fuerzas unitarias que se hallaban bajo el mando de Lamadrid, desde que el general Paz inesperadamente había sido hecho prisionero en El Tío.
La batalla librada en La Ciudadela (famosa fortaleza de Tucumán) el 4 de noviembre de 1831, concluyó con la victoria de Quiroga y puso término a la guerra civil, pues Rosas había vencido simultáneamente a Lavalle en Buenos Aires.
Al trasladarse a Buenos Aires, Quiroga dedicó el resto de su vida a intentos (solo o con otros federales) de convocar un congreso constituyente para formar la estructura orgánica de una república federal.
Rosas se opuso enérgicamente a tal designio, arguyendo que una organización formal de esa naturaleza era prematura e insensata hasta tanto las provincias no hubieran creado sus estructuras políticas individuales y una saludable vida institucional, citando el ejemplo de los Estados Unidos, que no admitía que un territorio tomase plena participación en la vida política nacional hasta haber formado su propio gobierno. Las discusiones se interrumpieron en 1834 mientras Quiroga era enviado en una misión pacificadora en la esperanza de que el poder y prestigio de que gozaba en el norte le permitirían impedir la guerra civil que se cernía amenazante entre los gobernadores de Tucumán (Felipe Heredia) y Salta (Pablo Latorre).
Cumplida su misión con éxito y regresando a Buenos Aires, desdeñó obstinadamente las advertencias sobre conspiración en Córdoba, fue sorprendido y asesinado por efectivos al mando de Santos Pérez en Barranca Yaco, el 16 de febrero de 1835.
La azorada opinión pública dividió las inculpaciones del crimen entre Rosas, López y los hermanos Reinafé, pero José Vicente Reinafé, gobernador de Córdoba, su hermano, Santos Pérez y otros fueron convictos de la conspiración y ejecutados (1836).
La muerte de Quiroga dejó a Rosas como única autoridad subsistente.
El tigre de los llanos
Hijo de José Quiroga, un hacendado sanjuanino que migró a la norteña provincia de La Rioja (Argentina), estableciendo su estancia en el sureste de La Rioja, en la zona llamada Los Llanos, y que varias veces ejerció como comandante de las milicias de la zona. Su educación fue relativamente buena, para las oportunidades que ofrecía la provincia.
Hacia 1815 viajó a Buenos Aires, donde recibió alguna formación militar por un breve período. En 1817 fue nombrado jefe de las milicias de la comarca, con el grado de capitán, y participó en las luchas por la independencia organizando milicias, persiguiendo desertores y enviando ganados al Ejército del Norte y al Ejército de los Andes. En particular, colaboró con el comandante Nicolás Dávila, segundo jefe de la columnna del Ejército de los Andes que liberaría Copiapó.
Según su enemigo – y lejano pariente – Domingo Faustino Sarmiento, Facundo Quiroga comenzó a ser famoso por dos hechos: encontrándose a campo traviesa fue perseguido por un "tigre" (yaguareté) que le obligó a tomar refugio en la copa de un algarrobo, auxiliado por unos gauchos, Quiroga mató al "tigre" y recibió el célebre apodo. La mayoría de los historiadores desdeñan el hecho, considerándolo una invención de novelista.
El otro hecho, históricamente comprobado, ocurrió el año 1819, en la ciudad de San Luis, donde permanecía prisionero por una causa menor —acaso una riña— junto a más de una veintena de altos oficiales realistas. Cuando los jefes realistas se amotinaron, Quiroga los enfrentó y mató a varios de ellos, usando como maza los mismos grillos que llevaba puestos. Aquel terrible suceso se conoció, desde ese entonces, como la Matanza de San Luis, localidad en donde fueron asesinados buena parte de la alta oficialidad realista de Chile.
Hasta entonces el poder en el territorio de la provincia de La Rioja se encontraba disputado por dos antiguas familias terratenientes, los Ocampo y los Dávila. En esa contienda, Quiroga apoyó al gobernador Francisco Ortiz de Ocampo. Cuando la provincia fue invadida por los "Auxiliares de los Andes" venidos desde la provincia de San Juan, participó en el combate de la Posta de los Colorados, en que las fuerzas riojanas fueron vencidas. Quiroga se retiró a los Llanos, mientras la capital de la provincia era ocupada por los invasores, y regresó al frente de 80 hombres, con los que derrotó al coronel Francisco Aldao el 16 de octubre de 1820, en el combate de La Rioja. A continuación desconoció la autoridad de Ocampo e hizo que la legislatura eligiera gobernador a Nicolás Dávila. Reforzó su poder militar incorporando a los "Auxiliares de los Andes" a sus fuerzas.
Sin embargo, luego de acceder al gobierno provincial, los Dávila desconfiaron de Quiroga por el prestigio que éste había obtenido entre la población. Tras eliminar en un duelo a Miguel Dávila en la batalla de El Puesto, Facundo Quiroga accedió al gobierno provincial. Si bien renunció a éste unos meses después, desde entonces se mantuvo como el caudillo indiscutido de los riojanos.
El caudillo federal
Establecido el gobierno federal, aumentó su fortuna mediante la concesión obtenida del gobierno local, en conjunto con los grupos riojanos y porteños, para explotar las minas de cobre y plata de la región, y de esta manera poder acuñar moneda propia en 1821 hasta 1823, de estilo macuquina y de diferentes denominaciones — 1/2R; 1R; 2R y de 4R — en 1824 empezó a copiar el formato de las del año XIII, y debido a su gran éxito y aceptación riojana, trascendió las fronteras provinciales, extendiéndose a todas las Provincias del Río de la Plata (1824 - 1837), también de diferentes denominaciones — reales y soles de plata: 1R; 2S; 4S; 8R, y escudos de oro: 2E; 8E — .
Hasta ese momento, Facundo era un militar destacado con cierta inclinación a imponer su voluntad sin consideraciones, pero de ninguna manera un caudillo violento o sanguinario. Tampoco se inclinaba decididamente hacia el federalismo ni hacia el unitarismo. Más tarde declararía que era unitario por convicción, pero que se hizo federal porque ésa era la voluntad de los pueblos.
Cuando el ministro de gobierno de la provincia de Buenos Aires, Bernardino Rivadavia, concedió a inversores británicos esas minas, sobre las cuales ese gobierno no tenía derechos, Quiroga se alineó con los enemigos de los porteños. También consideró que la autonomía de su provincia se veía perjudicada por la leva forzada realizada por el coronel Gregorio Aráoz de La Madrid en Tucumán y Catamarca para la Guerra del Brasil. Por último, consideró lesivo a la Iglesia Católica el tratado realizado por el gobierno de Buenos Aires (como Encargado de las Relaciones Exteriores del conjunto de las Provincias Unidas) con Gran Bretaña, por el cual se establecía la libertad religiosa. Por esas tres razones decidió tomar partido en la lucha entre unitarios (partidarios de un gobierno liberal fuerte establecido en Buenos Aires) y federales. En más de una oportunidad llevó al frente de sus tropas una bandera negra con la inscripción "Religión o Muerte", como manifestación de oposición a la política religiosa de Rivadavia.
Por su parte, Rivadavia fue electo presidente por el Congreso General de 1824, aunque sin una constitución que lo avalara. Su política fue decididamente centralista, y pretendió imponer su voluntad por la fuerza a los gobiernos provinciales opositores.
En la provincia de Catamarca estuvo por iniciarse un enfrentamiento interno en 1825, que se pudo evitar por la mediación de Quiroga, el cual figuró como garante entre el gobernador Manuel Antonio Gutiérrez y sus opositores. Pero Gutiérrez violó el acuerdo, reiniciando la guerra civil y provocando la intervención del caudillo riojano en su contra. Éste invadió Catamarca y — tras breve resistencia — lo derrocó.
El gobernador depuesto llamó en su ayuda a Lamadrid, que se había apoderado del gobierno de la provincia de Tucumán. Éste invadió Catamarca y repuso a Gutiérrez en el gobierno catamarqueño.
Quiroga marchó nuevamente sobre Catamarca, expulsó a Gutiérrez y siguió camino hacia Tucumán. Casi en el límite entre ambas provincias, Quiroga derrotó a Lamadrid en la batalla de El Tala, el 27 de octubre de 1826; creyendo que Lamadrid había muerto, Quiroga dio por terminada la campaña.
De allí pasó a San Juan, donde aseguró el poder para el partido federal, colocando en el gobierno a un pariente suyo. Ese mismo año de 1826, el Congreso sancionó una constitución unitaria, que fue rechazada por la que la mayor parte de las provincias. Sólo Salta y Tucumán aprobaron esa constitución. Se dijo que el enviado por el Congreso para presentar la constitución a Quiroga encontró a éste en San Juan, recostado sobre su recado en un campo de alfalfa, bajo un toldo de cuero. Sin levantarse, garabateó en la primera hoja "Despachado", y envió al diputado porteño de regreso a Buenos Aires.
Cuando supo que Lamadrid había sobrevivido y que nuevamente ocupaba el gobierno de Tucumán, además de reponer a Gutiérrez en el de Catamarca y de invadir Santiago del Estero, volvió a salir a campaña: pasando por Santiago del Estero y reuniendo a las suyas las fueras de su gobernador, Juan Felipe Ibarra, se dirigió sobre Tucumán. Allí derrotó por completo a Lamadrid en la batalla de Rincón de Valladares, el 6 de julio de 1827. Impuso una fuerte contribución a la provincia para resarcirse de los gastos que le habían obligado a hacer. Como la legislatura quiso negarse al pago de esa indemnización, le escribió:
"... si no se me satisface antes de las dos horas de este día, me haré pagar, no la suma de 24.000 pesos, sino todos los gastos que he hecho, y todas las pérdidas que he sufrido en mis negocios. Cuidado, pues, no haya equivocación. Las generosidades tienen sus límites... pasada la hora mencionada, sin haber recibido la pequeña suma que pido, empezaré a hacer sentir inmediatamente los estragos de la guerra."
Cobró lo exigido sin problemas, y colocó un gobierno federal en Tucumán. La batalla de Rincón aceleró la renuncia del unitario Rivadavia al gobierno nacional, y desde entonces controló la política de las provincias de Cuyo, La Rioja y Catamarca, y tuvo una fuerte influencia sobre Santiago del Estero y Córdoba.
2 derrotas duras: La tablada y Oncativo
Los unitarios inducen a Lavalle a tomar el poder por asalto. El fusilamiento del gobernador de Buenos Aires indigna a la nación y enajena todo apoyo popular al golpe: pero los unitarios cuentan con un hombre inteligente y resuelto, el General José María Paz. El manco marcha al interior para reducir a las provincias mientras Lavalle, en Buenos Aires, se va enredando en las intrigas de Rosas.
En el invierno de 1829 avanza Quiroga desde La Rioja para enfrentar a Paz, otra vez la parte más pesada en la lucha contra los unitarios. Hábilmente elude Quiroga el ejército enemigo, lo deja atrás y ocupa Córdoba sin disparar un tiro, mediante un convenio con defensores. Luego espera al manco en las afueras, conforme al compromiso contraído con la guarnición rendida. En La Tablada se traba la lucha tremenda y agotadora, dura tres días, participa en ella: el Chacho, enlazando los cañones enemigos. Es el primer desastre. Quiroga retorna a su provincia. Cuando llega a La Rioja se entera que los unitarios festejan su derrota. Su rabia se desata: hace fusilar a diez caracterizados vecinos. Luego organiza un nuevo ejército. Mientras tanto Lavalle termina por exiliarse vencido por las intrigas en que durante un año lo envolvió Rosas. (mapa nº9).
Ahora es el Restaurador de las Leyes quien domina la primera provincia del país…y su pingüe aduana. Por su parte, Estanislao López entra en tratativas con Paz un agravio que facundo no olvidará. Se instala en San Juan, enfermo, lo acompaña su familia, y desde allí dirige la reconstitución de su ejército. Todos los medios son buenos para reconstituir el mismo: contribuciones forzosas, amenazas. Baja luego a Mendoza para concentrar sus efectivos y seis mese después de La Tablada está en condiciones de volver a dar batalla al jefe unitario. A fines de febrero las tropas de Quiroga están de nuevo a pocas leguas de Córdoba, en Oncativo esperando el resultado de una comisión mediadora. Súbitamente el campamento es atacado por Lamadrid, segundo de Paz, que ardía en deseos de venganza. Cada cual escapa por donde puede. Facundo toma el camino de Buenos Aires: Paz le había infligido una nueva derrota. Ahora, todo el interior queda a merced de los jefes unitarios.
La victoria federal
El general Lamadrid, que no había podido enfrentar a Quiroga en la batalla, fue nombrado gobernador de La Rioja, mientras Villafañe se exiliaba en Chile. Lamadrid se dedicó a perseguir a los federales y fusilara decenas de ellos. También a saquear los bienes de Quiroga, entre ellos, los "tapados" de dinero (bolsas enterradas en medio del campo, en lugares conocidos sólo por el dueño), a los que accedió por medio del soborno y la tortura. Una de las personas que Lamadrid torturó fue la madre del general Facundo Quiroga, que fue obligada a barrer la plaza de La Rioja cargada de cadenas…
Eso fue demasiado: Quiroga pidió a Rosas fuerzas con que regresar a la lucha. Como el gobernador porteño (junto al santafesino Estanislao López estaban invadiendo Córdoba, sólo le pudo dar unos 450 delincuentes y vagos de la cárcel. Facundo los entrenó con cuidado, y pronto los convirtió en soldados.
A principios de 1831, Quiroga avanzó por el sur de Córdoba hacia Cuyo. En el camino se le unieron varios soldados desertados del ejército de Paz en la batalla de Fraile Muerto. Ocupó la villa de Río Cuarto después de una violenta batalla, y poco después derrotó sobre el río Quinto al coronel Juan Pascual Pringles, que fue muerto por un oficial ante quien no se quiso rendir. El coronel Pringles, héroe de la campaña de San Martín al Perú, era muy respetado por Quiroga, que gritó al oficial que lo había matado:
"¡Por no manchar con tu sangre el cadáver del valiente coronel Pringles, no te hago pegar cuatro tiros ya mismo! ¡Cuidado, otra vez, miserable, que un vencido invoque mi nombre!"
Pocos días después enfrentaba en Mendoza al gobernador José Videla Castillo en la batalla de Rodeo de Chacón, del 22 de marzo de 1831. Quiroga dirigió la batalla desde el pescante de una diligencia, señalando lo que quería mostrar con una cañita: el reuma no le permitía montar. Con esta victoria consiguió el control de San Luis y Mendoza, mientras sus partidarios recuperaban San Juan y La Rioja.
Unos días más tarde, recibió la noticia de que su mejor amigo, el general Villafañe, había intentado regresar desde Chile. Pero en el camino se había cruzado con un oficial unitario que lo había asesinado. Perdió los estribos, y cometió el acto más monstruoso de su carrera: mandó fusilar a todos los prisioneros de Río Cuarto y de Rodeo de Chacón que estaban en el cuartel: en total, veintiséis muertos. Fue el único asesinato en masa que ordenó Quiroga, a pesar del mito establecido por Sarmiento, de que mataba gente cada vez que le venía en gana.
Por su parte, Paz fue capturado por las fuerzas de Estanislao López, y el mando pasó a Lamadrid. Éste se retiró a Tucumán, para hacerse fuerte en su propia provincia. Hasta allí lo fue a buscar Quiroga, que lo venció (por tercera vez) en la batalla de La Ciudadela, el 4 de noviembre de 1831. Esta batalla terminó con la Liga Unitaria.
Estando en Tucumán, envió a la esposa del general Lamadrid (refugiado en Bolivia) a su encuentro, sin molestarla y con escolta oficial; también le envió una carta, recordándole el trato que él había dado a su madre. La terminaba con una despedida digna de su autor:
"¡Adiós, general, hasta que nos podamos juntar para que uno de los dos desaparezca!, porque esta es la resolución inalterable de su enemigo Facundo Quiroga."
Cartas a Juan Manuel de Rosas
Tucumán, enero 12 de 1832 SEÑOR DON JUAN MANUEL DE ROSAS. Amigo de todo mi aprecio: contestando a su favorecida del 14 de diciembre digo a usted: que el no haberle dicho nada del parecer que me pedía en su apreciable de 4 de octubre con respecto a la formación de la Comisión Representativa y de la oportunidad para la reunión del Congreso, fue creyendo que mi silencio mismo le debía hacer entender el motivo; pero ya que no lo ha comprendido se lo explicaré claro y terminante. Usted sabe, porque se lo he dicho varias veces, que yo no soy federal, soy unitario por convencimiento; pero sí con la diferencia de que mi opinión es muy humilde y que yo respeto demasiado la de los pueblos constantemente pronunciada por el sistema Federal; por cuya causa he combatido con constancia contra los que han querido hacer prevalecer por las bayonetas la opinión a que yo pertenezco, sofocando la general de la República; y siendo esto así, como efectivamente lo es, ¿cómo podré yo darle mi parecer en un asunto en que por las razones que llevo expuestas necesito explorar a fondo la opinión de las provincias, de las que jamás me he separado, sin embargo, de ser opuesta a la de mi individuo? Aguarde pues un momento, me informaré y sabré cuál es el sentimiento o parecer de los pueblos y entonces se lo comunicaré, puesto que es justo que ellos obren con plena libertad, porque todo lo que se quiera, o pretenda en contrario, será violentarlos, y aun cuando se consiguiese por el momento lo que se quiera, no tendría consistencia, porque nadie duda de todo lo que se hace por la fuerza o arrastrado de un influjo no puede tener duración siempre que sea contra el sentimiento general de los pueblos(...) Saluda a usted con la consideración que acostumbra, su amigo afectísimo que besa su mano. JUAN FACUNDO QUIROGA Tucumán, enero 12 de 1832 Señor Don Juan Manuel de Rosas Muy señor mío y amigo: tengo a la vista su favorecida de 13 del pasado que voy a contestar en cuatro palabras diciendo a usted que en balde se ha mortificado en explanar sus ideas y razones para convencerme que debo retrogradar en mi resolución, así que usted ha tenido bastante motivo para conocer, que no sé volver atrás en mis propósitos. Usted me dice que no pertenezco a mí mismo; pero yo quisiera que usted me diga a quién pertenecía Don Juan Manuel Rosas, y Don Estanislao López, cuando hicieron la guerra al Ejército sublevado a consecuencia de orden de la Convención Nacional y cuál la causa porqué dejaron las armas de la mano estando existente el motivo porque las empuñaron, y cuál la razón porque se me abandonó, y se me dejó solo en el campo del compromiso, y si era o no honroso a la República que si bien se ponen en la balanza de la justicia, nadie es responsable sino ustedes de cuanta sangre se ha vertido, y de tantas fortunas arruinadas; pero como nadie ve la paja en su ojo, no advierten que se contentaban con tranquilizar las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, dejando al resto de las demás bajo el yugo de la opresión, y ahora sólo yo debo ser quien voy a causar perjuicios a la República con mi separación del mando, bien que no dejan de tener razón en parte, pues que por sí solos no arribarían al objeto que se proponen, si yo separado del mando quisiera desentenderme enteramente de trabajar por el bien del país, en que no cesaré, puesto que para ello ya no es preciso tener la lanza enristrada, y puede ser, sin ser milagro, que recién me haya colocado en una posición en que pueda ser útil al país en general como pronto lo veremos, explorada que sea a fondo la voluntad de las provincias en orden a la constitución de la República. Páselo usted bien y mande a su afectísimo servidor y amigo que besa su mano.
La confederación
El control de la Confederación Argentina pasó a estar en manos de los federales. En particular, de Rosas, López y Quiroga. Mientras Rosas logró mantener buenas relaciones con ambos, Quiroga y López comenzaron a tener problemas. En primer lugar, Quiroga pretendía tener algún derecho sobre Córdoba, donde López había nombrado un gobernador a un federal de su mayor confianza, José Vicente Reinafé, que junto con sus hermanos formaba un clan que gobernaría la provincia por algo más de tres años. También tuvo problemas por un caballo, que había sido de Facundo pero estaba en poder de López.
Quiroga pasó los siguientes años en Buenos Aires, donde desempeñó un papel relevante: allí se debatía si el país debía darse o no una Constitución federal. Quiroga era partidario de una rápida organización nacional, pero otros caudillos — especialmente Rosas — no estaban de acuerdo, ya que sostenían que aún debía esperarse a que maduren las condiciones.
Las ideas constitucionales de Quiroga aparecen expuestas en la carta que le enviara a Pío Isaac Acuña, destacado dirigente del partido federal catamarqueño y presidente de la Sala de Representantes de esa provincia:
"Señor Don Pío Isaac Acuña. San Juan, noviembre 1° de 1833."
"Mi apreciado compatriota:
He recibido la estimada carta de Ud. de fecha 8 de octubre pasado, cuyo contenido se reduce a preguntarme sobre la constitución particular que debe darse a esa provincia. Reconozco agradecido los conceptos con que me honra en su mencionada carta, pero me permitiré decirle que, aún cuando yo fuese capaz de dar consejo sobre las hechuras de las leyes constitucionales, no lo podría hacer ciertamente sin contradicción de los mismos principios de libertad por que he combatido. Es muy necesario que los pueblos hagan la constitución peculiar que caracteriza los derechos sociales, y arregle su régimen institucional para poder arribar a formar, de este elemento, la constitución nacional. Pero también es un princpio que estos códigos deben ser exclusivamente obra de las legislaturas, sin la más pequeña ingerencia de los hombres de mi profesión. El militar debe obedecer y defender las leyes; no dictarlas. Así, pues, a la representación de esa provincia incumbe el trabajo de formar la particular constitución de ella. Y como de quien es exponer, es también quitar los errores que la práctica y la experiencia manifiestan, pueden sinceramente corregirse. Pues la primera garantía de una constitución liberal consiste en poderse variar y restringir siempre que la razón y la justicia lo demanden. Conozo las dificultades que en todos los pueblos se tocarán por la falta de luces y de recursos, pero es superable cuando se trabaja con buena fe en favor del bien general. Los varios códigos que se han dado en las legislaturas de las demás repúblicas, y los que han salido de la nuestra, aunque no hayan tenido efecto, sirven para descubrir las cosas que deben ser objeto de la constitución; o enseñar, al menos, el sistema de organización. Y lo demás debe hacerlo el conocimiento práctico del país, sus necesidades y sus relaciones."
"Ninguna otra cosa me es lícito decir a Ud. sobre la materia, sin aventurar el carácter de la libertad que debe marcar los pasos de esa Legislatura. Concluyo, pues, repitiéndome reconocido a su afecto, y protestando el que me anima por la benemérita provincia, cuya felicidad desea este su compatriota muy afecto que besa su mano. Juan Facundo Quiroga"
Nominalmente, Quiroga fue el comandante de la campaña al desierto del año 1833. Pero, en la práctica, la llevaron a cabo el gobernador de Mendoza, José Félix Aldao, los gobiernos de San Luis y Córdoba, y el ex gobernador porteño Rosas, que fue quien más provecho obtuvo con la misma.
El comandante de la columna del centro, José Ruiz Huidobro, era un oficial que había acompañado a Quiroga en su campaña de 1831, y al regresar intentó derrocar a Reinafé. Pero fue derrotado por la rápida reacción de éstos, y pagó con varios meses de cárcel su intento. Dado que era evidente que detrás de Ruiz Huidobro estaba Quiroga, los Reinafé decidieron que éste era un peligro para ellos. Era, además, un adversario peligroso para su jefe, Estanislao López.
En Buenos Aires, Quiroga se dedicó a la administración de la estancia que compró en San Pedro. En esa misma zona viven aún sus descendientes, entre los cuales varios heredaron su nombre completo de Facundo Quiroga. Durante su estadía fue el único que se atrevió a visitar a Bernardino Rivadavia en el buque en que llegaba de vuelta, al que no se permitió desembarcar y se envió de regreso al exilio.
Barranca Yaco su asesinato
Acerca de los episodios conocidos como Barranca Yaco donde resultaría asesinado el federal Juan Facundo Quiroga.
El 16 de febrero de 1835, en el paraje cordobés de Barranca Yaco, una partida al mando de Santos Pérez asesinó alevosamente al brigadier general don Juan Facundo Quiroga (nacido en 1788 en San Antonio, un caserío situado al pie de la sierra en La Rioja).
Una década después Domingo Faustino Sarmiento publicó Facundo, civilización y barbarie, una de las obras más singulares y significativas de la literatura hispanoamericana. Plagada de falacias y mentiras para denigrar al gran caudillo y para desacreditar el régimen rosista, se inscribe sin embargo en la gran tradición militante de nuestras mejores letras, junto a los cielitos de Hidalgo y El Matadero, e incluso el mismísimo Martín Fierro. Y es que pese a su polémico y enérgico alegato político opositor, nos trasmite, aún a pesar del propio autor, la grandeza y los latidos auténticos del espíritu estremecedor del Tigre de los Llanos.
Transcribimos algunos párrafos introductorios y su dramático relato de Barranca Yaco.
¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo! Diez años aún después de tu trágica muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho de los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto, decían: "¡No, no ha muerto! ¡Vive aún! ¡El vendrá!". ¡Cierto! Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento: su alma ha pasado a este otro molde, más acabado, más perfecto; y lo que en él era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en sistema, efecto y fin. La naturaleza campestre, colonial y bárbara, cambióse en esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular capaz de presentarse a la faz del mundo como el modo de ser de un pueblo encarnado en un hombre, que ha aspirado a tomar los aires de un genio que domina los acontecimientos, los hombres y las cosas.
Facundo, en fin, siendo lo que fue, no por un accidente de su carácter, sino por antecedentes inevitables y ajenos de su voluntad, es el personaje histórico más singular, más notable, que puede presentarse a la contemplación de los hombres que comprenden que un caudillo que encabeza un gran movimiento social no es más que el espejo en que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de su historia.
El hombre de la campaña, lejos de aspirar a semejarse al de la ciudad, rechaza con desdén su lujo y sus modales corteses, y el vestido del ciudadano, el frac, la silla, la capa, ningún signo europeo puede presentarse impunemente en la campaña.
Los argentinos, de cualquier clase que sean, civilizados o ignorantes, tienen una alta conciencia de su valer como nación; todos los demás pueblos americanos les echan en cara esta vanidad, y se muestran ofendidos de su presunción y arrogancia. Creo que el cargo no es del todo infundado, y no me pesa de ello. ¡Ay del pueblo que no tiene fe en sí mismo! ¡Para ése no se han hecho las grandes cosas!
El vencedor de la Ciudadela [Quiroga a Lamadrid en 1831] ha empujado fuera de los confines de la República a los últimos sostenedores del sistema unitario. Las mechas de los cañones están apagadas y las pisadas de los caballos han dejado de turbar el silencio de la Pampa. Facundo ha vuelto a San Juan y desbandado su ejército, no sin devolver en efectos de Tucumán, las sumas arrancadas por la violencia a los ciudadanos. ¿Qué queda por hacer? La paz es ahora la condición normal de la República, como lo había sido antes un estado perpetuo de oscilación y de guerra.
Las conquistas de Quiroga habían terminado por destruir todo sentimiento de independencia en las provincias, toda regularidad en la administración. El nombre de Facundo llenaba el vacío de las leyes; la libertad y el espíritu de ciudad habían dejado de existir, y los caudillos de provincias reasumídose en uno general, para una porción de la República. Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, San Juan, Mendoza y San Luis reposaban, más bien que se movían, bajo la influencia de Quiroga.
¿Cuál es el pensamiento secreto de Quiroga? ¿Qué ideas lo preocupan desde entonces? El no es gobernador de ninguna provincia; no conserva ejército sobre las armas; tan sólo le quedaba un nombre reconocido y temido en ocho provincias y un armamento. A su paso por La Rioja, ha dejado escondidos en los bosques, todos los fusiles, sables, lanzas y tercerolas que ha recolectado en los ocho pueblos que ha recorrido; pasan de doce mil armas. Un parque de veinte y seis piezas de artillería queda en la ciudad, con depósitos abundantes de municiones y fornituras; diez y seis mil caballos escogidos van a pacer en la quebrada de Huaco, que es un inmenso valle cerrado por una estrecha garganta. La Rioja es, además de la cuna de su poder, el punto central de las provincias que están bajo su influencia. A la menor señal, el arsenal aquel proveerá de elementos de guerra a doce mil hombres. Y no se crea que lo de esconder los fusiles en los bosques es una ficción poética. Hasta el año 1841, se han estado desenterrando depósitos de fúsiles, y créese todavía, aunque sin fundamento, que no se han exhumado todas las armas escondidas bajo la tierra, entonces.
El interior tenía, pues, un jefe; y el derrotado de Oncativo [la victoria del unitario José María Paz sobre Quiroga en febrero de 1830], a quien no se habían confiado otras tropas en Buenos Aires que unos centenares de presidarios, podía ahora mirarse como el segundo, si no el primero, en poder.
Una poderosa expedición de que él se había nombrado jefe [Juan Manuel de Rosas y su Campaña del desierto] , se había organizado durante el último período de su gobierno, para asegurar y ensanchar los límites de la provincia hacia el sur, teatro de las frecuentes incursiones de los salvajes. Debía hacerse una batida general bajo un plan grandioso; un ejército compuesto de tres divisiones obraría sobre un frente de cuatrocientas leguas, desde Buenos Aires hasta Mendoza. Quiroga debía mandar las fuerzas del interior, mientras que Rosas seguiría la costa del Atlántico con su división.
En estas transacciones se hallaba la ciudad de Buenos Aires y Rosas [el ofrecimiento del gobierno por la Sala de Representantes tras la renuncia de Viamonte y del doctor Maza, y el reclamo de la suma del poder público], cuando llega la noticia de un desavenimiento entre los gobiernos de Salta, Tucumán y Santiago del Estero, que podía hacer estallar la guerra. Cinco años van corridos desde que los unitarios han desaparecido de la escena política, y dos desde que los federales de la ciudad, los lomos negros, han perdido toda influencia en el Gobierno; cuando más, tienen valor para exigir algunas condiciones que hagan tolerable la capitulación.
Sus relaciones con López de Santa Fe son activas, y tiene además, una entrevista en que conferencian ambos caudillos; el Gobierno de Córdoba está bajo la influencia de López, que ha puesto, a su cabeza, a los Reinafé. Invítase a Facundo a ir a interponer su influencia, para apagar las chispas que se han levantado en el norte de la República; nadie sino él está llamado para desempeñar esta misión de paz. Facundo resiste, vacila; pero se decide al fin. El 18 de diciembre de 1835 sale de Buenos Aires, y al subir a la galera dirige, en presencia de varios amigos, sus adioses a la ciudad. "Si salgo bien -dice, agitando la mano-, te volveré a ver; si no, ¡adiós para siempre!" ¿Qué siniestros presentimientos vienen a asomar en aquel momento a su faz lívida, en el ánimo de este hombre impávido? ¿No recuerda el lector algo parecido a lo que manifestaba Napoleón al partir de las Tullerías, para la campaña que debía terminar en Waterloo?
Apenas ha andado media jornada, encuentra un arroyo fangoso que detiene la galera. El vecino maestre de posta acude solícito a pasarla: se ponen nuevos caballos, se apuran todos los esfuerzos, y la galera no avanza. Quiroga se enfurece, y hace uncir a las varas, al mismo maestro de posta. La brutalidad y el terror vuelven a aparecer desde que se halla en el campo, en medio de aquella naturaleza y de aquella sociedad semibárbara.
Vencido aquel primer obstáculo, la galera sigue cruzando la pampa, como una exhalación; camina todos los días hasta las dos de la mañana, y se pone en marcha de nuevo a las cuatro. Acompáñanle el doctor Ortiz, su secretario, y un joven conocido, a quien a su salida encontró inhabilitado de ir adelante, por la fractura de las ruedas de su vehículo. En cada posta a que llega, hace preguntar inmediatamente: "¿A qué hora ha pasado un chasque de Buenos Aires? -Hace una hora. -¡Caballos sin pérdida de momento!" -grita Quiroga. Y la marcha continúa. Para hacer más penosa la situación, parecía que las cataratas del cielo se habían abierto; durante tres días, la lluvia no cesa un momento, y el camino se ha convertido en un torrente.
Al entrar en la jurisdicción de Santa Fe, la inquietud de Quiroga se aumenta, y se torna en visible angustia, cuando en la posta de Pavón sabe que no hay caballos y que el maestre de posta está ausente. El tiempo que pasa antes de procurarse nuevos tiros es una agonía mortal para Facundo, que grita a cada momento: "¡Caballos! ¡Caballos!" Sus compañeros de viaje nada comprenden de este extraño sobresalto, asombrados de ver a este hombre, el terror de los pueblos, asustadizo ahora y lleno de temores, al parecer, quiméricos. Cuando la galera logra ponerse en marcha, murmura en voz baja, como si hablara consigo mismo: "Si salgo del territorio de Santa Fe,"no hay cuidado por lo demás". En el paso del Río Tercero, acuden los gauchos de la vecindad a ver al famoso Quiroga, y pasan la galera, punto menos que a hombros.
Últimamente, llega a la ciudad de Córdoba, a las nueve y media de la noche, y una hora después del arribo del chasque de Buenos Aires, a quien ha venido pisando desde su salida. Uno de los Reinafé acude a la posta, donde Facundo está aún en la galera, pidiendo caballos, que no hay en aquel momento; salúdalo con respeto y efusión; suplícale que pase la noche en la ciudad, donde el Gobierno se prepara a hospedarlo dignamente. "¡Caballos necesito!", es la breve respuesta que da Quiroga. "¡Caballos!", replica a cada nueva manifestación de interés o de solicitud de parte de Renaifé, que se retira, al fin, humillado, y Facundo parte para su destino, a las doce de la noche.
La ciudad de Córdoba, entretanto, estaba agitada por los más extraños rumores: los amigos del joven que ha venido, por casualidad, en compañía de Quiroga, y que se queda en Córdoba, su patria, van en tropel a visitarlo. Se admiran de verlo vivo, y le hablan del peligro inminente de que se ha salvado. Quiroga debía ser asesinado en tal punto; los asesinos son N. y N.; las pistolas han sido compradas en tal almacén; han sido vistos N. y N. para encargarse de la ejecución, y se han negado. Quiroga los ha sorprendido con la asombrosa rapidez de su marcha, pues no bien llega el chasque que anuncia su próximo arribo, cuando se presenta él mismo y hace abortar todos los preparativos. Jamás se ha premeditado un atentado con más descaro; toda Córdoba está instruida de los más mínimos detalles del crimen que el Gobierno intenta, y la muerte de Quiroga es el asunto de todas las conversaciones.
Quiroga, en tanto, llega a su destino, arregla las diferencias entre los gobernantes hostiles y regresa por Córdoba, a despecho de las reiteradas instancias de los gobernadores de Santiago y Tucumán, que le ofrecen una gruesa escolta para su custodia, aconsejándole tomar el camino de Cuyo para regresar. ¿Qué genio vengativo cierra su corazón y sus oídos y le hace obstinarse en volver a desafiar a sus enemigos, sin escolta, sin medios adecuados de defensa? ¿Por qué no toma el camino de Cuyo, desentierra sus inmensos depósitos de armas a su paso por La Rioja y arma las ocho provincias que están bajo su influencia? Quiroga lo sabe todo: aviso tras aviso ha recibido en Santiago del Estero; sabe el peligro de que su diligencia lo ha salvado; sabe el nuevo y más inminente que le aguarda, porque no han desistido sus enemigos del concebido designio. "¡A Córdoba!", grita a los postillones, al ponerse en marcha, como si Córdoba fuese el término de su viaje.
Antes de llegar a la posta del Ojo de Agua, un joven sale del bosque y se dirige hacia la galera, requiriendo al postillón que se detenga. Quiroga asoma la cabeza por la portezuela, y le pregunta lo que se le ofrece. "Quiero hablar al doctor Ortiz". Desciende éste, y sabe lo siguiente: "En las inmediaciones del lugar llamado Barranca Yaco está apostado Santos Pérez con una partida; al arribo de la galera deben hacerle fuego de ambos lados y matar en seguida de postillones arriba; nadie debe escapar; ésta es la orden". El joven, que ha sido en otro tiempo favorecido por el doctor Ortiz, ha venido a salvarlo; tiéne el caballo allí mismo para que monte y se escape con él; su hacienda está inmediata. El secretario, asustado, pone en conocimiento de Facundo lo que acaba de saber, y lo insta para que se ponga en seguridad. Facundo interroga de nuevo al joven Sandivaras, le da las gracias por su buena acción, pero lo tranquiliza sobre los temores que abriga. "No ha nacido todavía -le dice en voz enérgica- el hombre que ha de matar a Facundo Quiroga. A un grito mío, esa partida, mañana, se pondrá a mis órdenes y me servirá de escolta hasta Córdoba. Vaya usted, amigo, sin cuidado".
Facundo, con gesto airado y palabras groseramente enérgicas, le hace entender [al doctor Ortiz] que hay mayor peligro en contrariarlo allí, que el que le aguarda en Barranca Yaco, y fuerza es someterse sin más réplica. Quiroga manda a su asistente, que es un valiente negro, a que limpie algunas armas de fuego que vienen en la galera y las cargue: a esto se reducen todas sus precauciones.
Llega el día, por fin, y la galera se pone en camino. Acompáñale, a más del postillón que va en el tiro, el niño aquel, dos correos que se han reunido por casualidad y el negro, que va a caballo. Llega al punto fatal, y dos descargas traspasan la galera por ambos lados, pero sin herir a nadie; los soldados se echan sobre ella, con los sables desnudos, y en un momento inutilizan los caballos y descuartizan al postillón, correos y asistente. Quiroga entonces asoma la cabeza, y hace, por el momento, vacilar a aquella turba. Pregunta por el comandante de la partida, le manda acercarse, y a la cuestión de Quiroga "¿Qué significa esto?", recibe por toda contestación un balazo en un ojo, que le deja muerto.
Entonces Santos Pérez atraviesa repetidas veces con su espada al malaventurado secretario y manda, concluida la ejecución, tirar hacia el bosque la galera llena de cadáveres, con los caballos hechos pedazos, y el postillón, que con la cabeza abierta se mantiene aún a caballo. "¿Qué muchacho es éste? -pregunta, viendo al niño de posta, único que está vivo-.
-Este es un sobrino mío -contesta el sargento de la partida-; yo respondo de él con mi vida". Santos Pérez se acerca al sargento, le atraviesa el corazón de un balazo, y en seguida, desmontándose, toma de un brazo al niño, lo tiende en el suelo y lo degüella, a pesar de sus gemidos de niño que se ve amenazado de un peligro.
Este último gemido del niño es, sin embargo, el único suplicio que martiriza a Santos Pérez; después, huyendo de las partidas que lo persiguen, oculto en las breñas de las rocas, o en los bosques enmarañados, el viento le trae al oído el gemido lastimero del niño. Si a la vacilante claridad de las estrellas se aventura a salir de su guarida, sus miradas inquietas se hunden en la oscuridad de los árboles sombríos, para cerciorarse de que no se divisa en ninguna parte el bultito blanquecino del niño; y cuando llega al lugar donde hacen encrucijada dos caminos, lo arredra ver venir por el que él deja, al niño animando su caballo. Facundo decía también que un solo remordimiento lo aquejaba: la muerte de los veintiséis oficiales fusilados en Mendoza.
¿Quién es, mientras tanto, este Santos Pérez? Es el gaucho malo de la campaña de Córdoba, célebre en la sierra y en la ciudad, por sus numerosas muertes, por su arrojo extraordinario, por sus aventuras inauditas. Mientras permaneció el general Paz en Córdoba, acaudilló las montoneras más obstinadas e intangibles de la Sierra, y por largo tiempo, el pago de Santa Catalina fue una republiqueta, adonde los veteranos del ejército no pudieron penetrar. Con miras más elevadas, habría sido el digno rival de Quiroga; con sus vicios, sólo alcanzó a ser su asesino. Era alto de talle, hermoso de cara, de color pálido y barba negra y rizada. Largo tiempo fue después perseguido por la justicia, y nada menos que cuatrocientos hombres andaban en su busca. Al principio, los Reinafé lo llamaron, y en la casa de Gobierno fue recibido amigablemente. Al salir de la entrevista, empezó a sentir una extraña descompostura de estómago, que le sugirió la idea de consultar a un médico amigo suyo, quien informado por él, de haber tomado una copa de licor que se le brindó, le dio un elixir que le hizo arrojar, oportunamente, el arsénico que el licor disimulaba.
Al fin, una noche lo cogieron dentro de la ciudad de Córdoba, por una venganza femenil. Había dado de golpes a la querida con quien dormía: ésta, sintiéndolo profundamente dormido, se levanta con precaución, le toma las pistola y el sable, sale a la calle y lo denuncia a una patrulla. Cuando despierta, rodeado de fusiles apuntados a su pecho, echa mano a las pistolas, y, no encontrándolas: "Estoy rendido -dice con serenidad-. ¡Me han quitado las pistolas!". El día que lo entraron a Buenos Aires, una muchedumbre inmensa se había reunido en la puerta de la casa de Gobierno.
A su vista gritaba el populacho: ¡Muera Santos Pérez!, y él, meneando desdeñosamente la cabeza y paseando sus miradas por aquella multitud, murmuraba tan sólo estas palabras: "¡Tuviera aquí mi cuchillo!" Al bajar del carro que lo conducía a la cárcel, gritó repetidas veces: "¡Muera el tirano!"; y al encaminarse al patíbulo, su talla gigantesca, como la de Dantón, dominaba la muchedumbre, y sus miradas se fijaban, de vez en cuando, en el cadalso como en un andamio de arquitectos.
El Gobierno de Buenos Aires dio un aparato solemne a la ejecución de los asesinos de Juan Facundo Quiroga; la galera ensangrentada y acribillada de balazos estuvo largo tiempo expuesta al examen del pueblo, y el retrato de Quiroga, como la vista del patíbulo y de los ajusticiados, fueron litografiados y distribuidos por millares, como también extractos del proceso, que se dio a luz en un volumen en folio.
[Textos según la edición de la Serie del siglo y medio, Eudeba, Buenos Aires, 1961]
Ya en el siglo XX, otro autor, también de ideas antagónicas a las de Facundo, escribió:
El general Quiroga va en coche al muere
El madrejón desnudo ya sin sed de agua
y una luna perdida en el frío del alba
y el campo muerto de hambre, pobre como una araña.
El coche se hamacaba rezongando la altura;
un galerón enfático, enorme, funerario.
Cuatro tapaos con pinta de muerte en la negrura
tironeaban seis miedos y un valor desvelado.
Junto a los postillones jineteaba un moreno.
Ir en coche a la muerte ¡qué cosa más oronda!
El general Quiroga quiso entrar en la sombra
llevando seis o siete degollados de escolta.
Esa cordobesa bochinchera y ladina
(meditaba Quiroga) ¿qué ha de poder con mi alma?
Aquí estoy afianzado y metido en la vida
como la estaca pampa bien metida en la pampa.
Yo, que he sobrevivido a millares de tardes
y cuyo nombre pone retemblor en las lanzas,
no he de soltar la vida por estos pedregales.
¿Muere acaso el pampero, se mueren las espadas?
Pero al brillar el día sobre Barranca Yaco
sables a filo y punta menudearon sobre él;
muerte de mala muerte se lo llevó al riojano
y una de puñaladas lo mentó a Juan Manuel.
Ya muerto, ya de pié, ya inmortal, ya fantasma,
se presentó al infierno que Dios le había marcado,
y a sus órdenes iban, rotas y desangradas,
las ánimas en pena de hombres y de caballos.
Legados : Civilización y Barbarie
No es otro el objetivo con el que Sarmiento invoca a Quiroga sino el de instarlo a que nos explique "la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de
noble pueblo". Un enigma que reverbera desde el siglo XIX en la Argentina. Para alcanzar una resolución, sin embargo, no basta con aceptar la ofrecida en la superficie del Facundo; se hace necesario explorar aquellas estrategias literarias utilizadas por Sarmiento que puedan ayudarnos a reconstruir una posible semántica sarmientina.
El Facundo esta vertebrado sobre un doble sistema semántico tendiente, por un lado, a la profundización y multiplicación de antagonismos (civilización / barbarie), y por otro a forzadas conexiones (el frac es civilización / el colorado es barbarie). Una doble poética de la escisión social y del anclaje de significados, respectivamente relacionados a ese racismo y a ese autoritarismo que preside el espíritu argentino desde sus inicios hasta la actualidad y probablemente bien entrado el futuro.
Sarmiento produce con Facundo la ilusión de nombrar un territorio mudo, anónimo, cuyas huellas sólo él, demiurgo letrado en un universo ilusoriamente pre-lingüístico, puede rastrear, leer y plasmar. En medio de sus delirios mesiánicos, Sarmiento rescata el recurso bíblico del génesis verbal del universo y escribe la serie de artículos que publica en 1845 en el diario chileno El Progreso con el título de Civilización y Barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga. Quizá el gesto literario más radical de Sarmiento es el de hacer desaparecer con un mismo gesto todos los ensayos barrocos, clásicos, neoclásicos o hasta románticos con características propias que se habían sucedido en el Río de la Plata desde la época colonial, haciéndonos creer (con excepción quizá de alguna referencia a Esteban Echeverría) que él construye la Argentina desde el vacío. "Poseyendo algo de lo profético y de lo utópico," escribió Ricardo Piglia, "[Sarmiento] produce el efecto del espejismo: en el vacío del desierto, todo lo que uno espera ver, brilla como si fuera real". La pregunta que se impone es: ¿cuál es el espejismo que produce Sarmiento?
Sarmiento de frac
Todo aquel que se acerca al Facundo reconoce sobre el eje doble de la civilización y la barbarie, el esquema exasperantemente maniqueo que lo sustenta. Algunos podrán ver en ello una influencia de El último de los Mohicanos de Fenimore Cooper (Ricardo Rojas, Raúl Orgaz), un producto "del choque entre el idealismo de la generación del 37 y la realidad política; entre las primeras actuaciones del grupo euro-argentino y el caudillaje." (Eduardo Brizuela Aybar), o se remontarán hasta el determinismo de Montesquieu (Jaime Pellicer). No deja de ser evidente, de todas maneras, que la escisión es la infraestructura discursiva que sostiene este gigantesco proyecto nacional que es el Facundo. Naturalmente, el propio Sarmiento, su ideología y su visión de mundo comparten el espacio privilegiado de la civilizada gloria, mientras Quiroga y Rosas y todo lo que no brilla con barniz europeo están condenados a la eterna barbarie. Basta con llegar al final del texto para comprender que, en realidad, todo apunta hacia el sanctosanctorum de la presentación de una plataforma política, de una propuesta de gobierno que barrena la ola frustrada del ataque del general Paz a Rosas.
Para graficar este esquema de oposiciones, basta contrastar una muestra del rosario infinito de analogías que se alistan en las filas paralelas de uno u otro paradigma y que lejos de circunscribirse al espacio argentino alcanza toda la historia y la geografía universal: Quiroga/Paz, Rosas/Rivadavia, gaucho/doctor, poncho/frac (!), siglo XII/siglo XIX, caftán y bombachas/ pantalón y corbata, montonera/ejército, Mahometanos/Grecia, beduinos, tártaros, tribus árabes, Marruecos, Túnez, Argel, etc./ Francia e Inglaterra... y así de seguido en un juego de espejos enfrentados que se autoreflejan hasta el infinito y cuyo inevitable contacto, el origen de la tragedia argentina, queda ilustrado por ese emblemático momento en que Juan Manuel de Rosas "clava en la culta Buenos Aires el cuchillo del gaucho".
Cuando Sarmiento quiere "conocer a fondo los hechos sobre que fundo mi teorías" en cuanto el estado de La Rioja, incluye una pregunta que revela, en su capciosa ingenuidad, todo su sistema: "¿Cuántos hombres visten de frac?". Según Sarmiento, La Rioja perdió el tren de la civilización porque ya no hay hombres que vistan frac; Mendoza, por el contrario, era "un pueblo eminentemente civilizado" porque "formóse una maestranza, en la que se construían espadas, sables, corazas, lanzas, bayonetas y fusiles". El poncho es barbarie, la violencia organizada es civilización.
Este esquema dual ya complejo, como se ve, desde su concepción; tiene, sin embargo, conexiones subterráneas que lo complican aún más y desde donde se proyecta la verdadera fuerza literaria de la obra de Sarmiento. Facundo Quiroga, "el hombre bestia", es también "el hombre grande, el hombre genio", equiparable al propio "César, el Tamerlán, el Mahoma"; mientras que "si levantáis un poco las solapas del frac con que el argentino se disfraza, hallaréis siempre el gaucho más o menos civilizado". Hay, en fin, una anfibología que transita el fondo de esta novela donde la oposición y el oxímoron son intercambiados con imperturbable indiferencia: "Facundo, genio bárbaro"; Rosas: "un poeta, un Platón".
Sarmiento gaucho malo
Por otro lado, en concordancia con este flagrante dualismo que invade todos los niveles del Facundo (más allá de flujos y reflujos internos), encontramos un impulso inverso a nivel lingüístico que intenta reforzar conexiones arbitrarias al punto de impedir todo desplazamiento. La novela está plagada de figuras retóricas que se proponen intensificar esta ilusión: El propio Rosas "no es un hecho aislado, una aberración, una monstruosidad" (Saussure diría: no es arbitrario) "Es, por el contrario (…) una fórmula de una manera de ser de un pueblo". "El terreno, el paisaje, el teatro sobre que va a representarse la escena", ya revela al personaje "sin comentarios ni explicaciones". Sarmiento refuerza muy a su favor esta conexión inamovible entre la materia y la idea, entre lo palpable y lo inteligible.
Entre la materia (espacio territorial) y el espíritu de un pueblo (historia, política, etc), hay una conexión íntima y profunda que Sarmiento va a intentar revelar. Mas allá de las pampas aún no alambradas, las extensiones sin límites, los ríos no navegados; hay una indefinición aún más radical y problemática que la topográfica. Respetando la lógica de la tierra, Sarmiento intenta abarcar con Facundo una geografía más vasta que la del espacio. Todas las actividades referidas a la tierra virgen: arar, surcar, labrar, sembrar; se pueden entender aquí como metáforas del proyecto literario/político de Sarmiento consistente en producir la ilusión que la Argentina de mediados del siglo XIX constituye un espacio aún no "gramaticalizado", cuya representación discursiva se le ha dado concebir a él de manera exclusiva. La pampa, escribe, "es la imagen del mar en la tierra (...) la tierra aguardando todavía que se le mande producir plantas y toda clase de simiente." Hay que admitir que Sarmiento ha logrado proyectar el género de la propaganda política hacia el universo poético; y quizá allí radique gran parte de su originalidad.
Facundo es una novela de especulación, de conceptualización de un espacio aparentemente vació pero lleno de "huellas" que la palabra puede alcanzar no sólo a descifrar, sino también a moldear. De esta manera, el yo narrativo desproporcionado que desborda en esta obra literaria/panfleto político no es un hecho aislado; pues el protagonista principal de Facundo no es el héroe epónimo sino el propio autor. Es Sarmiento el Rastreador de huellas, el Baquiano, el Gaucho malo, el Payador de esa otra extensión que él mismo define como "inteligencia" en contraste con el plano material.
Facundo podría verse así, como una obra épica; pero no sólo en términos de esa épica nacional que remite al romanticismo europeo; sino más interesante aún como un texto épico que recorre, a vuelo de pájaro, este campo de batalla secreto que conecta lo material con lo discursivo. Es revelador que esta obra fundacional de la literatura argentina se presente como una épica cuya mayor violencia se expresa no sólo en el choque de armas o el tropel de caballerías (Tala, Rincón, La Tablada, Oncativo, Chacón, Ciudadela, etc.), sino sobre todo, en el terreno de las lucubraciones filosóficas. Argentina también tendría, de esta manera, su texto épico, con características que no le serían extrañas al temperamento especulativo de gran parte de su producción posterior, de Macedonio Fernández a J.J. Saer por el camino de Borges.
Civilización es Barbarie
Facundo es el resultado de un intento por demarcar la llanura inmensa de una historia que es enigma, y para eso recurre Sarmiento a estos dos gestos retóricos que parecerían contradictorios: por un lado, una construcción de simetrías irreconciliables; y por el otro, un enlace irreversible, una concepción lingüística que tiende a anclar los polos del signo (huella de la realidad/significado) en una presentación incontestable.
Desde esta perspectiva, se nos ofrece como un hecho elocuente el que Sarmiento haya finalmente develado el enigma de la Argentina no tanto gracias a ese intento casi científico por entender la relación entre civilización y barbarie sino justamente, y de manera más insospechada, por el racismo y autoritarismo que su propio discurso destila. Es revelador que los dos gestos retóricos a que recurre Sarmiento (la división y el nudo), remitan respectivamente a los dos polos que sustentan el temperamento racista (violencia por escisión) y autoritario (violencia por fijación) de la obra. Es allí finalmente, en el temperamento, donde se encuentra la idiosincrasia argentina, donde se resuelve el enigma que ingenuamente plantea el Facundo. Diría aún más, el inconfesado proyecto de Sarmiento (inconfesado a sí mismo), parece ser el de dar forma poética a ese inveterado racismo y autoritarismo de que se fue haciendo la Argentina y cuya patogenia, él mismo especula, viene de España: "¡Mirad que sois españoles y la Inquisición educó así a la España! Esta enfermedad la traemos en la sangre. ¡Cuidado pues!".
Pero la enfermedad que desde España traemos en la sangre, la fobia hacia el otro y la violencia con que se expresa, tiene en Argentina un matiz particular; pues no se trata de un miedo, una repulsión hacia el otro como probablemente era el caso durante la Inquisición, sino más singularmente un miedo, una repulsión a ser confundido con el otro. ¿Qué diferencia a Rosas de Sarmiento? Uno se tienta en contestar la pregunta retórica formulada en El Farmer, desdeñando toda diferencia; porque en Argentina civilización es barbarie y esa es la tragedia velada que narra la épica (bioépica, autobioépica) fundacional del Facundo.
Aprovechando una comunicación de un funcionario de Rosas que definía la cinta colorada como "un signo que su gobierno ha mandado llevar a sus empleados en señal de conciliación y de paz", Sarmiento ironiza "Las palabras Mueran los salvajes, asquerosos, inmundos unitarios, son por cierto muy conciliadoras.". ¿Se le habrá pasado por alto a Sarmiento la naturaleza hostil, caprichosa e inflexible de su propia escritura? Juan Manuel de Rosas hace el mal sin pasión: "calcula en la quietud de su gabinete, y desde allí salen las órdenes a sus sicarios" (escribe Sarmiento). Sarmiento, por su parte, "escribió desde el silencio de un escritorio: 'Derrame sangre de gauchos, que es barata'" (citado por Rivera en El Farmer). Tanto en Rosas como en Sarmiento hay una violencia sistemática y en ambos parecen estar ellas coreografiadas como actos literarios. De hecho, como dice David Viñas: "El estilo de Sarmiento adquirirá definición política a través de una eficiente centralización del poder; él acompaña este progreso con sistemáticos llamados a la guerra a muerte contra los paraguayos, los Indios, y las montoneras entre 1863 y 1879".
No se trataría como propone Ricardo Piglia que Facundo, Civilización y Barbarie esté escrito en el borde entre la conjunción y la disyunción, donde la aproximación política nos haría ver "civilización Y barbarie" cuando en realidad se propone "civilización O barbarie". El soslayado mensaje del Facundo se cifra en el oxímoron "civilización ES barbarie". No se trata siquiera de una figura retórica sino de una realidad: ni la conjunción ni la disyunción sino la compenetración ontológica de dos dimensiones que se pretenden irreconciliables: ese es el enigma aún no resuelto de la Argentina, y esa es la razón por la cual el Facundo gana en dimensión literaria con el tiempo; pues su fuerza poética reside justamente en las conexiones secretas que Sarmiento enlaza entre ambos paradigmas más allá de todo antagonismo.
Bu