Hace un año, sentado en la mesada -porque en los momentos claves de la vida, los que te marcan, las costumbres se rompen: uno adquiere posturas extrañas- dije: "La puta madre que te re parió. No". Algunos se sientan en el piso, a veces, y lloran. Frena el auto en un parque y mira el arroyo. O se para y mira por la ventana, y casi siempre está oscuro. Yo me senté en la mesada y apagué la luz, y puse la televisión muy, muy bajita. Los que fuman prenden un cigarrilo porque quieren compañía.
Cuando tenga un nieto o alguien a quien contarle, le voy a decir: "tu abuelo era un boludo, pero no un boludo cualquiera: tu abuelo era de los boludos que nunca se la veían venir. Tu abuelo no subió a tomar un café en el World Trade Center el 11 de septiembre, simplemente porque estaba lejos de Nueva York y no conocía a nadie. Sino ahí hubiese estado". No voy a mentir. Hasta que el tipo no dijo que no, yo pensé que decía que sí. Hasta cuando dudaba. Cuando dudaba, yo pensaba: "el tipo no quiere responsabilidades, va a hacer toda la cháchara, va a votar con el Gobierno y después se va".
Es que me había ido a jugar a la pelota, hacía unas horas. Me perdí toda la rosca, porque un partido de fútbol es un partido de fútbol. Y las cervezas posteriores, ah, las cervezas posteriores. Las cervezas que acompañaron a mi amigo diciendo: "para mí que si hay desempate, Cobos vota en contra". Y algunos dijimos que no, y estábamos convencidos.
Hacía frío, en Olavarría, hacía mucho frío, de ese frío que acompaña a la helada. Voy a contar, cuando sea un viejo y nadie me escuche, que todavía fingíamos la seriedad de un país: que nunca nos juntamos a ver la definición, un poco por confianza. Pero otro poco para fingir que un país que quiere ser serio -¿queremos ser serios?, ¿por? -no puede juntarse a palpitar una final en cada votación de una herramienta de política económica. Teníamos un poco de bronca, también. Queríamos que el Intendente convoque, que la gente se junte, en Olavarría, en la plaza central. Porque siempre hay que estar con otros, y sobre todo en las malas. Acaso no sabíamos que íbamos a estar en las malas.
Y a pesar de que dije laputamadrequetereparió y después dije que no, enfáticamente, ahora pienso que el momento más cinematográfico fue de Pichetto. Todavía recuerdo los gestos, los de él y los míos. Todavía pienso en cómo me equivoqué, en cuánto insulté al primer Cobos que no quería votar, que pedía un receso. ¿Hubiese votado igual, después? Seguramente. Era una demostración de kirchnerismo: cabalgatas sin esperar hasta que aclare. Con todos los -je- pros y con todos los contras que eso implica. Pero yo estaba mirando una película y quería saber el final por el simple hecho de saberlo, por una ansiedad infantil que cargo como estigma. Hacía más frío que antes, estaba más oscuro que antes, y en cuatro horas tenía que levantarme a trabajar. Nunca iba a dormir, pero todavía no lo sabía. Pensaba en un breve momento de felicidad, en el sueño corto y reparador del alpinista que sigue subiendo, y en la mañana siguiente, en la que iba a comprar el diario y los bizcochos, y esperaba sentado que se calentara el agua. Y no pasó nada de eso.
Primero Pichetto dijo que lo que haya que hacer hagámoslo rápido, y nunca me reí tanto estando solo. No importa por qué, pero la referencia a Judas la tenía, la había leído hacía poco. Me hizo gracia, solamente (y sigo comprobando: que soy de los boludos que nunca, nunca, la ven venir). Entonces la cámara vuelve con Cobos, y la escena es perfecta. Entonces el tipo dice que no y yo, sentado en la mesada, lo insulto a él, pero también al aire. Y la cámara se va con los festejos, y angustiosamente los veo todos.
Afuera hace frío y está más oscuro que antes. Faltan dos horas para trabajar. Estoy solo. Y todos estamos un poco más solos.