latinoamericana
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debo admitir que paso un buen rato chusmeando foros y fakebooks de cumpas. y esto fue de las mejores cosas que encontré hoy. la fuente no la puedo especificar porque es de un perfil de fakebook Clarín Un toque de atención para la solución argentina de los problemas argentinos y de yapa....
![más tapas de clarín [no apto para tío malandra]](https://storage.posteamelo.com/assets-adonis/assets/2009/09/05/clarinc-a0SC1AIIEVF.webp)
encontré más tapas, para el tío malaonda que lo mira por pc. en fin... empecemos.

Exclusivo: Cómo se hizo la publicidad “Don Carlos” de la AFIP Paparruchada entrevistó a los creativos publicitarios que pergeñaron el aviso televisivo sobre blanqueo laboral de la AFIP, conocido popularmente como “la propaganda del garca de Don Carlos”, y les pidió que lo explicaran segundo a segundo. A continuación, usted tendrá la oportunidad de entender cómo se seleccionaron los personajes, situaciones y diálogos de la publicidad oficial más polémica de los últimos tiempos. 1. Plano amplio del contador, Don Carlos (dueño del boliche), y el supervisor. El contador le explica a Don Carlos que no pudo arreglar con el inspector del Ministerio de trabajo y que blanqueando a los ocho empleados que tiene en negro con la moratoria del gobierno, ahorrará miles de pesos de intereses y no irá preso por evasión. Acto seguido, Don Carlos presiona “Enter” en su teclado y blanquea a todos, demostrando que blanquear empleados ahora es casi tan fácil como tenerlos seis años en negro. 2. Don Carlos comienza a hablarle a sus empleados con un “Bueno muchachos…”. Primer plano de Jorge Nuñez. Tiene miedo de lo que va a decir su patrón. Sabe que es uno de los que podrían despedir por su discapacidad. En el 2005 Jorge metió el pie derecho en un torno y se lo tuvieron que amputar. No tenía ART ni obra social. Don Carlos le llamó un remisse y lo mandó al Hospital San Martín para que se hiciera atender. Perdió mucha sangre pero salvó su vida. Tres días después Jorge volvió a trabajar porque su patrón, en un bellísimo gesto, le compró una silla para que pudiera seguir soldando caños sentado mientras se recuperaba de la operación, y así no tener que descontarle los días no trabajados por estar convaleciente hasta su recuperación. 3. Don Carlos continúa su discurso con un “Lo que les vengo a decir…” La cámara enfoca la cara de Arturo Fernández, que mira a su patrón con desconfianza y piensa: “A ver con qué nos la pone esta vez, todavía tengo los pagarés que nos dio por el aguinaldo y las horas extras del 2001, cuando las cosas estaban complicadas y había que salvar el boliche. Al año siguiente cambió la 4x4 por un Audi 0km porque decía que en dólares el precio había bajado un 200%, pero los pagarés que nos dio para cobrar en 2011 eran en pesos y sin intereses.” 4. El patrón comunica la gran noticia: “Es que desde hace cinco minutos están todos en blanco”. Aparece en imagen la cara feliz de Roberto Rodríguez. Tiene 34 años y vive con sus padres en Paternal. Abandonó el colegio a los 13 para dedicarse al fútbol. A los 16 lo echaron de Racing por patadura. Cree que a partir de que lo blanquean en su trabajo va a poder ganar más minas porque ostenta Obra Social. Gasta sus pocos ingresos en seguir al equipo de sus amores. El agravante es que es fanático de Unión de Santa Fe. 5. La cámara enfoca a Juan González, que efusivamente expresa su conformidad con lo sucedido a través de un “¡Bien, Don Carlos!”. González, hace tres años inició fuego accidentalmente y quemó la fábrica. Don Carlos no lo despidió, le hizo el favor de mantenerlo en negro descontándole el 60% del sueldo hasta que pagara los daños ocasionados, valuados en $105.300. Juan piensa que con el blanqueo, Don Carlos le perdonará la deuda, pero lo que no sabe es que ahora, además del embargo de sueldo por el siniestro, su patrón le descontará los aportes y contribuciones, cobrando en mano tan solo un 25% del sueldo legal. Por otra parte, Don Carlos está por ganar un juicio por el incendio del 2006 a su compañía de seguros, con intereses cobrará $200.000, pero no piensa avisarle a Juan, porque cree que es un pelotudo que le cagó dos meses de producción mientras reparaban los daños del incendio. 6. Plano abierto de Mario, “Rulo” y “el fiambre”. Los tres muchachos se estaban tomando una birrita antes de que llegara Don Carlos, según se infiere al ver que en el fondo de la imagen aparece una botella de cerveza medio llena. Si toman alcohol mientras trabajan, se entiende que son pobres. Y como el kiosco de la esquina donde compran la cerveza es de la cuñada de Don Carlos, el patrón los deja consumir todo el alcohol que deseen, porque lo leyó en “Las venas abiertas de Latinoamérica”, y porque si a la cuñada le va bien con el kiosco, Don Carlos evitará tener que pasarle unos mangos para útiles escolares y la ropa de sus sobrinos, como todos los años. 7. Don Carlos pronuncia su ya célebre frase: “A partir de ahora… tudo bom, tudo legal” Primer plano a Aldo Gomez, quien nació en el interior y nunca recibió educación formal. Aldo intenta interpretar el significado de “tutu ben, tutu legal”. Finamente comprende las palabras de la siguiente manera: 'tutu' = auto; 'ben' = ven, entonces “auto… ven” 'tutu' = auto; 'legal' = legal, entonces “auto… legal” Interpretación final “ven mi auto, mi auto tiene papeles” en contraposición al auto de Mario, el único empleado de la fábrica que posee vehículo, pero sin patente ni papeles. 8. Paneo de un grupo de empleados, a la izquierda de la imagen se encuentra José Rivarola, y viste una remera de La Renga, eso indica claramente que "es pobre". Don Carlos aclara que no podía tener a todos en blanco porque “había que salvar el boliche”. Y también pagar las dieciocho cuotas de sus vacaciones anuales en Brasil. 9. Aparece en imagen Tito Subiría, quien cierra el puño y baja la cabeza, luego la levanta y sonríe. Tito es un laburante y sindicalista de toda la vida, en 2003 quedó cesante de una fábrica de autopartes y Don Carlos le dio una mano al incluirlo en su plantilla de trabajadores en negro, “pero nada de delegados ni sindicatos en este boliche, tudo mal”, le dijo el patrón. Tito había perdido toda esperanza de jubilarse, aunque le faltaban sólo cinco meses de aportes. Pensaba que iba a tener que trabajar hasta el día de su muerte en la fábrica, y si llegaban a despedirlo por viejo e inservible, iba a tener que cartonear por Villa Ballester y zonas aledañas para poder comer. Ahora cree que tiene futuro. Se muestra a continuación un primer plano de Don Carlos sonriendo, que dice “Estamos contentos”, hablando por él y sus empleados, ricos y pobres contentos con el blanqueo laboral, una auténtica conciliación de clases. 10. Cierre del aviso. Placa blanca con el mapa de la República Argentina y un cártel que reza “Blanqueo de personal”. No aparecen las Islas Malvinas en el mapa, y no se muestra el slogan que la AFIP venía utilizando en todas sus publicidades “por una nueva cultura tributaria”. ¿Casualidad? Fuente
Hace un año, sentado en la mesada -porque en los momentos claves de la vida, los que te marcan, las costumbres se rompen: uno adquiere posturas extrañas- dije: "La puta madre que te re parió. No". Algunos se sientan en el piso, a veces, y lloran. Frena el auto en un parque y mira el arroyo. O se para y mira por la ventana, y casi siempre está oscuro. Yo me senté en la mesada y apagué la luz, y puse la televisión muy, muy bajita. Los que fuman prenden un cigarrilo porque quieren compañía. Cuando tenga un nieto o alguien a quien contarle, le voy a decir: "tu abuelo era un boludo, pero no un boludo cualquiera: tu abuelo era de los boludos que nunca se la veían venir. Tu abuelo no subió a tomar un café en el World Trade Center el 11 de septiembre, simplemente porque estaba lejos de Nueva York y no conocía a nadie. Sino ahí hubiese estado". No voy a mentir. Hasta que el tipo no dijo que no, yo pensé que decía que sí. Hasta cuando dudaba. Cuando dudaba, yo pensaba: "el tipo no quiere responsabilidades, va a hacer toda la cháchara, va a votar con el Gobierno y después se va". Es que me había ido a jugar a la pelota, hacía unas horas. Me perdí toda la rosca, porque un partido de fútbol es un partido de fútbol. Y las cervezas posteriores, ah, las cervezas posteriores. Las cervezas que acompañaron a mi amigo diciendo: "para mí que si hay desempate, Cobos vota en contra". Y algunos dijimos que no, y estábamos convencidos. Hacía frío, en Olavarría, hacía mucho frío, de ese frío que acompaña a la helada. Voy a contar, cuando sea un viejo y nadie me escuche, que todavía fingíamos la seriedad de un país: que nunca nos juntamos a ver la definición, un poco por confianza. Pero otro poco para fingir que un país que quiere ser serio -¿queremos ser serios?, ¿por? -no puede juntarse a palpitar una final en cada votación de una herramienta de política económica. Teníamos un poco de bronca, también. Queríamos que el Intendente convoque, que la gente se junte, en Olavarría, en la plaza central. Porque siempre hay que estar con otros, y sobre todo en las malas. Acaso no sabíamos que íbamos a estar en las malas. Y a pesar de que dije laputamadrequetereparió y después dije que no, enfáticamente, ahora pienso que el momento más cinematográfico fue de Pichetto. Todavía recuerdo los gestos, los de él y los míos. Todavía pienso en cómo me equivoqué, en cuánto insulté al primer Cobos que no quería votar, que pedía un receso. ¿Hubiese votado igual, después? Seguramente. Era una demostración de kirchnerismo: cabalgatas sin esperar hasta que aclare. Con todos los -je- pros y con todos los contras que eso implica. Pero yo estaba mirando una película y quería saber el final por el simple hecho de saberlo, por una ansiedad infantil que cargo como estigma. Hacía más frío que antes, estaba más oscuro que antes, y en cuatro horas tenía que levantarme a trabajar. Nunca iba a dormir, pero todavía no lo sabía. Pensaba en un breve momento de felicidad, en el sueño corto y reparador del alpinista que sigue subiendo, y en la mañana siguiente, en la que iba a comprar el diario y los bizcochos, y esperaba sentado que se calentara el agua. Y no pasó nada de eso. Primero Pichetto dijo que lo que haya que hacer hagámoslo rápido, y nunca me reí tanto estando solo. No importa por qué, pero la referencia a Judas la tenía, la había leído hacía poco. Me hizo gracia, solamente (y sigo comprobando: que soy de los boludos que nunca, nunca, la ven venir). Entonces la cámara vuelve con Cobos, y la escena es perfecta. Entonces el tipo dice que no y yo, sentado en la mesada, lo insulto a él, pero también al aire. Y la cámara se va con los festejos, y angustiosamente los veo todos. Afuera hace frío y está más oscuro que antes. Faltan dos horas para trabajar. Estoy solo. Y todos estamos un poco más solos. Publicado por Tomás
dijo:¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico. Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sebastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pinto o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda; entonces yo lo arrollé lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril, y desde allá lo tiré con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de césped mojado mientras vos proferías un grito donde vagamente creí reconocer una imprecación de walkiria. Y en el fondo del barranco se hundió como un barco que sucumbe al agua verde, al agua verde y procelosa, a la mer qui est plus félonesse en été qu'en hiver, a la ola pérfida, Maga, según enumeraciones que detallamos largo rato, enamorados de Joinville y del parque, abrazados y semejantes a árboles mojados o a actores de cine de alguna pésima película húngara. Y quedó entre el pasto, mínimo y negro, como un insecto pisoteado. Y no se movió, ninguno de sus resortes se estiraba como antes. Terminado. Se acabó. Oh Maga, y no estábamos contentos. ¿Qué venía yo a hacer al Pont des Arts? Me parece que ese jueves de diciembre tenía pensado cruzar a la villa derecha y beber vino en el cafecito de la rue des Lombards donde madame Leonie me mira la palma de la mano y me anuncia viajes y sorpresas. Nunca te llevé a que madame Leonie te mirara la palma de la mano, a lo mejor tuve miedo de que leyera en tu mano alguna verdad sobre mí, porque fuiste siempre un espejo terrible, una espantosa máquina de repeticiones, y lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano, y vos sostenías dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro. De manera que nunca te llevé a que madame Leonie, Maga; y sí, porque me lo dijiste, que a vos no te gustaba que yo te viese entrar en la pequeña librería de la rue de Verneuil, donde un anciano agobiado haca miles de fichas y sabe todo lo que puede saberse sobre historiografía. Ibas allá a jugar con un gato, y el viejo te dejaba entrar y no te hacía preguntas, contento de que a veces le alcanzaras algún libro de los estantes más altos. Y te calentabas en su estufa de gran caño negro y no te gustaba que yo supiera que ibas a ponerte al lado de esa estufa. Pero todo esto había que decirlo en su momento, solo que era difícil precisar el momento de una cosa, y aun ahora, acodado en el puente, viendo pasar una pinaza color borra vino, hermosísima como una gran cucaracha reluciente de limpieza, con una mujer de delantal blanco que colgaba ropa en un alambre de la proa, mirando sus ventanillas pintadas de verde con cortinas Hansel y Gretel, aun ahora, Maga, me preguntaba si este rodeo tenía sentido, ya que para llegar a la rue des Lombards me hubiera convenido más cruzar el Pont Saint-Michel y el Pont au Change. Pero si hubieras estado ahí esa noche, como tantas otras veces, yo habría sabido que el rodeo tenía un sentido, y ahora en cambio envilecía mi fracaso llamándolo rodeo. Era cuestión, después de subirme el cuello de la canadiense, de seguir por los muelles hasta entrar en esa zona de grandes tiendas que se acaba en el Chatelet, pasar bajo la sombra violeta de la Tour Saint-Jacques y subir por mi calle pensando en que no te había encontrado y en madame Leonie. Sé que un día llegué a París, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo lo que otros ven. Sé que salías de un café de la rue du Cherche-Midi y que nos hablamos. Esa tarde todo anduvo mal, porque mis costumbres argentinas me prohibían cruzar continuamente de una vereda a otra para mirar las cosas más insignificantes en las vitrinas apenas iluminadas de unas calles que ya no recuerdo. Entonces te seguía de mala gana, encontrándote petulante y malcriada, hasta que te cansaste de no estar cansada y nos metíamos en un café del Boul Mich y de golpe, entre dos medialunas, me contaste un gran pedazo de tu vida. Cómo podía yo sospechar que aquello que parecía tan mentira era verdadero, un Figari con violetas de anochecer, con caras lívidas, con hambre y golpes en los rincones. Más tarde te creí, más tarde hubo razones, hubo madame Leonie que mirándome la mano que había dormido con tus senos me repitió casi tus mismas palabras. "Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts." (Una pinaza color borra vino, Maga, y por qué no nos habremos ido en ella cuando todavía era tiempo.) Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente. Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos, y entonces primero cosas como estrellas amarillas (moviéndose en una jalea de terciopelo), luego saltos rojos del humor y de las horas, ingreso paulatino en un mundo - Maga que era la torpeza y la confusión pero también helechos con la firma de la arena Klee, el circo Miró, los espejos de ceniza Vieira da Silva, un mundo donde te movías como un caballo de ajedrez que se moviera como una torre que se moviera como un alfil. Y entonces en esos días íbamos a los cine-clubs a ver películas mudas, porque yo con mi cultura, no es cierto, y vos pobrecita no entendías absolutamente nada de esa estridencia amarilla convulsa previa a tu nacimiento, esa emulsión estriada donde corrían los muertos; pero de repente pasaba por ahí Harold Lloyd y entonces te sacudías el agua del sueño y al final te convencías de que todo había estado muy bien, y que Pabst y que Fritz Lang. Me hartabas un poco con tu manía de perfección, con tus zapatos rotos, con tu negativa a aceptar lo aceptable. Comíamos hamburgers en el Carrefour de l'Odeon, y nos íbamos en bicicleta a Montparnasse, a cualquier hotel a cualquier almohada. Pero otras veces seguíamos hasta la Porte d'Orleans, conocíamos cada vez mejor la zona de terrenos baldíos que hay más allá del Boulevard Jourdan, donde a veces a medianoche se reunían los del club de la Serpiente pare hablar con un vidente ciego, paradoja estimulante. Dejábamos las bicicletas en la calle y nos internábamos de a poco, parándonos a mirar el cielo porque esa es una de las pocas zonas de París donde el cielo vale más que la sierra. Sentados en un montón de basuras fumábamos un rato, y la Maga me acariciaba el pelo o canturreaba melodías ni siquiera inventadas, melopeyas absurdas cortadas por suspiros o recuerdos. Yo aprovechaba para pensar en cosas inútiles, método que había empezado a practicar años atrás en un hospital y que cada vez me parecía más fecundo y necesario. Con un enorme esfuerzo, reuniendo imágenes auxiliares, pensando en olores y caras, conseguía extraer de la nada un par de zapatos marrones que había usado en Olavarría en 1940. Tenían tacos de goma, suelas muy fines, y cuando llovía me entraba el agua hasta el alma. Con ese par de zapatos en la mano del recuerdo, el resto venía solo: la cara de doña Manuela, por ejemplo, o el poeta Ernesto Morroni. Pero los rechazaba porque el juego consistía en recobrar tan solo lo insignificante, lo in ostentoso, lo perecido. Temblando de no ser capaz de acordarme, atacado por la polilla que propone la prórroga, imbécil a fuerza de besar el tiempo, terminaba por ver al lado de los zapatos una latita de Té Sol que mi madre me había dado en Buenos Aires. Y la cucharita pare el té, cuchara-ratonera donde las lauchitas negras se quemaban vivas en la taza de agua lanzando burbujas chirriantes. Convencido de que el recuerdo lo guarda todo y no solamente a las Albertinas y a las grandes efemérides del corazón y los rincones, me obstinaba en reconstruir el contenido de mi mesa de trabajo en Floresta, la cara de una muchacha irrecordable llamada Gekrepten, la cantidad de plumas cucharita que había en mi caja de útiles de quinto grado, y acababa temblando de tal manera y desesperándome (porque nunca he podido acordarme de esas plumas cucharita, sé que estaban en la caja de útiles, en un compartimiento especial, pero no me acuerdo de cuántas eran ni puedo precisar el momento justo en que debieron ser dos o seis), hasta que la Maga, besándome y echándome en la cara el humo del cigarrillo y su aliento caliente, me recobraba y nos reíamos, empezábamos a andar de nuevo entre los montones de basura en busca de los del club. Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújulas. Con la Maga hablábamos de pata física hasta cansarnos, porque a ella también le ocurría (y nuestro encuentro era eso, y tantas cosas oscuras como el fósforo) caer de continuo en las excepciones, verse metida en casillas que no eran las de la gente, y esto sin despreciar a nadie, sin creernos Maldorores en liquidación ni Melmoths privilegiadamente errantes. No me parece que la luciérnaga extraiga mayor suficiencia del hecho incontrovertible de que es una de las maravillas más fenomenales de este circo, y sin embargo baste suponerle una conciencia para comprender que cada vez que se le encandila la barriguita el bicho de luz debe sentir como una cosquilla de privilegio. De la misma manera a la Maga le encantaban los líos inverosímiles en que andaba metida siempre por causa del fracaso de las leyes en su vida. Era de las que rompen los puentes con solo cruzarlos, o se acuerdan llorando a gritos de haber visto en una vitrina el décimo de lotería que acaba de ganar cinco millones. Por mi parte ya me había acostumbrado a que me pasaran cosas modestamente excepcionales, y no encontraba demasiado horrible que al entrar en un cuarto a oscuras para recoger un álbum de discos, sintiera bullir en la palma de la mano el cuerpo vivo de un ciempiés gigante que había elegido dormir en el lomo del álbum. Eso, y encontrar grandes pelusas grises o verdes dentro de un paquete de cigarrillos, u oír el silbato de una locomotora exactamente en el momento y el tono necesarios pare incorporarse ex oficio a un pasaje de una sinfonía de Ludwig Van, o entrar a una pissottière de la rue de Medicis y ver a un hombre que orinaba aplicadamente hasta el momento en que, apartándose de su comportamiento, giraba hacia mí y me mostraba, sosteniéndolo en la palma de la mano como un objeto litúrgico y precioso, un miembro de dimensiones y colores increíbles, y en el mismo instante darme cuenta de que ese hombre era exactamente igual a otro (aunque no era el otro) que veinticuatro horas antes, en la Salle de Géographie, había disertado sobre tótems y tabúes, y había mostrado público, sosteniéndolos preciosamente en la palma de la mano, bastoncillos de marfil, plumas de pájaro lira, monedas rituales, fósiles mágicos, estrellas de mar, pescados secos, fotografías de concubinas reales, ofrendas de cazadores, enormes escarabajos embalsamados que hacían temblar de asustada delicia a las infaltables señoras. En fin, no es fácil hablar de la Maga que a esta hora anda seguramente por Belleville o Pantin, mirando aplicadamente el suelo hasta encontrar un pedazo de género rojo. Si no lo encuentra seguirá así toda la noche, revolverá en los tachos de basura, los ojos vidriosos, convencida de que algo horrible le va a ocurrir si no encuentra esa prenda de rescate, la señal del perdón o del aplazamiento. Sé lo que es eso porque también obedezco a esas señales, también hay veces en que me toca encontrar trapo rojo. Desde la infancia apenas se me cae algo al suelo tengo que levantarlo, sea lo que sea, porque si no lo hago va a ocurrir una desgracia, no a mí sino a alguien a quien amo y cuyo nombre empieza con la inicial del objeto caído. Lo peor es que nada puede contenerme cuando algo se me cae al suelo, ni tampoco vale que lo levante otro porque el maleficio obraría igual. He pasado muchas veces por loco a causa de esto y la verdad es que estoy loco cuando lo hago, cuando me precipito a juntar un lápiz o un trocito de papel que se me han ido de la mano, como la noche del terrón de azúcar en el restaurante de la rue Scribe, un restaurante bacán con montones de gerentes, putas de zorros plateados y matrimonios bien organizados. Estábamos con Ronald y Etienne, y a mí se me cayó un terrón de azúcar que fue a parar abajo de una mesa bastante lejos de la nuestra. Lo primero que me llamó la atención fue la forma en que el terrón se había alejado, porque en general los terrones de azúcar se plantan apenas tocan el suelo por razones paralelepípedas evidentes. Pero este se conducía como si fuera una bola de naftalina, lo cual aumentó mi aprensión, y llegué a creer que realmente me lo habían arrancado de la mano. Ronald, que me conoce, miró hacia donde había ido a parar el terrón y se empezó a reír. Eso me dio todavía más miedo, mezclado con rabia. Un mozo se acercó pensando que se me había caído algo precioso, una Parker o una dentadura postiza, y en realidad lo único que hacía era molestarme, entonces sin pedir permiso me tiré al suelo y empecé a buscar el terrón entre los zapatos de la gente que estaba llena de curiosidad creyendo (y con razón) que se trataba de algo importante. En la mesa había una gorda pelirroja, otra menos gorda pero igualmente putona, y dos gerentes o algo así. Lo primero que hice fue darme cuenta de que el terrón no estaba a la vista y eso que lo había visto saltar hasta los zapatos (que se movían inquietos como gallinas). Para peor el piso tenía alfombra, y aunque estaba asquerosa de usada el terrón se había escondido entre los pelos y no podía encontrarlo. El mozo se tiró del otro lado de la mesa y ya éramos dos cuadrúpedos moviéndonos entre los zapatos-gallina que allá arriba empezaban a cacarear como locas. El mozo seguía convencido de la Parker o el Luis de oro, y cuando estábamos bien metidos debajo de la mesa, en una especie de gran intimidad y penumbra y él me preguntó y yo le dije, puso una cara que era como para pulverizarla con un fijador, pero yo no tenía ganas de reír, el miedo me hacía una doble llave en la boca del estómago y al final me dio una verdadera desesperación (el mozo se había levantado furioso) y empecé a agarrar los zapatos de las mujeres y a mirar si debajo del arco de la suela no estaría agazapado el azúcar, y las gallinas cacareaban, los gallos gerentes me picoteaban el lomo, oía las carcajadas de Ronald y de Etienne mientras me movía de una mesa a otra hasta encontrar el azúcar escondido detrás de una pata Segundo Imperio. Y todo el mundo enfurecido, hasta yo con el azúcar apretado en la palma de la mano y sintiendo como se mezclaba con el sudor de la piel, como asquerosamente se deshacía en una especie de venganza pegajosa, esa clase de episodios todos los días. Fuente

Temor a revelar la intimidad, miedo al dolor o simplemente no saber cómo hacerlo. Hacer el amor por primera vez puede ser una fuente de angustias. Descubre nuestros consejos para un comienzo dulce. ¿A qué edad? La diferencia de edad de la primera relación sexual entre chicos y chicas ha disminuido. Sin embargo, a diferencia de lo que se cree, los jóvenes no son cada vez más precoces. En España, la media se sitúa entre 17 y 18 años. Sin mirar a las estadísticas, lo esencial es no precipitarse y esperar al buen momento. Para que tu primera vez vaya bien, es imprescindible que quieras hacerlo. No te presiones, el estrés no te ayudará a relajarte. Tus músculos se contraerán y la penetración será difícil. ¿Cómo actuar? Hay relación sexual cuando hay penetración. El sexo en erección se anida en la vagina lubricada y efectúa movimientos de ida y venida para alcanzar la eyaculación. Parece técnico pero no te inquietes, ¡todo es muy natural! ¿Qué son los preliminares? Sobre todo, no te saltes la etapa de los preliminares. Estas caricias os harán descubrir la sensualidad del cuerpo del otro y aumentará la complicidad entre los dos. Sumergíos al corazón de las sensaciones todavía desconocidas para determinar qué es lo que os da placer. Las caricias íntimas, besos suaves o masajes eróticos favorecen la excitación sexual que necesitas para pasar al acto. El sexo masculino está en erección y tu vagina se lubrica de forma natural. Una lubricación insuficiente provoca una penetración dolorosa. En ese caso, no dudes en humidificar tu vagina con la ayuda de saliva o de un lubricador. ¿En qué posición? ¡Dejad las acrobacias para más adelante! No dudes en decir a tu pareja que reduzca el ritmo si sientes dolor. Tomaos vuestro tiempo. Para la primera vez, el misionero (tú tumbada boca arriba, él encima) es una buena opción. En esta posición, la penetración se hace de manera natural, ya que su pene se encuentra en la dirección de tu vagina. La segunda opción es tú sentada a horcajadas sobre él. De esta manera podrás guiar su sexo como quieras en tu vagina y podrás controlar en movimiento. ¿Qué es el himen? Perder la virginidad supone la ruptura del himen, una membrana que recubre parcialmente el orificio vulvar de la vagina. Es posible introducir un dedo o utilizar tampones antes de la primera relación, ya que el himen tiene una ligera abertura. Durante la penetración, el himen se desgarra y puede provocar una pequeña hemorragia o dolor. También es posible sangrar un poco la segunda vez. La práctica de un deporte con regularidad, principalmente la danza o la equitación, ceden el himen. En estos casos, la primera penetración se realiza con más suavidad. ¿Decepcionada con tu primera vez? Es poco frecuente que alcances el séptimo cielo durante tu primera relación. Entran en juego mucho factores: miedo a hacerlo mal, estrés, etc. El sexo es como todo: hay que practicar para ser bueno. Como la vagina no es una zona dotada de múltiples captadores de placer, lleva su tiempo. Está en ti dejar atrás ese mal sabor de boca. Te darás cuenta de que cada vez es mejor y que la penetración no es la única fuente de placer. Precauciones No porque sea tu primera vez puedes olvidarte de protegerte. Siempre con preservativo para evitar cualquier enfermedad de transmisión sexual. No dudes en hablarlo con tu pareja. También puedes pensar métodos anticonceptivos. Coge cita con tu médico de cabecera quien, después de un chequeo completo, sabrá prescribirte la píldora anticonceptiva que más te convenga. F! a ver gilada si aprenden a ver....

Por qué a las mujeres les gustan los Chicos Malos y Patanes Si estas leyendo esto y eres mujer, debes de estar diciendo, "hmmmm". Sabes que no debes, pero no resistes. Hay algo en estos tipos de hombres que te atraen aunque tu cabeza te diga que corras muy lejos! Entonces, cual es la atracción exactamente? No creo que necesariamente sea que son más atractivos, más inteligentes o hayan triunfado más que los chicos buenos. Al contrario, muchas veces no tienen las cualidades que tienen uno de estos ultimos, te tratan mal y por esa misma razón son más irresistible. Conchita... y malo ¿Que es? ¿Que tienen estos hombres? ¿Algunos de estos comportamientos te parecen familiar? 1. Te llaman a las 10 PM un sábado en la noche para invitarte a salir. 2. Después de hacer planes contigo no aparecen y ni siquiera llaman para pedirte disculpas. 3. Nunca tienen dinero cuando salen juntos 4. Pelean contigo cuando viene una ocasión como tu cumpleaños o aniversario para no tener que comprarte un regalo. 5. Coquetean descaradamente con cualquier mujer sin importar que tu estés presente 6. Llaman a la primera chica que se les viene en mente a la 1:00 am, luego de haber salido con otra. Ahora, mi pregunta no es que es lo que tienen estos hombres sino que es lo que tienen las mujeres que no los pueden sacar de sus cabezas. Como mujer te puedes decir que nunca te aburres con el. Que siempre es divertido. Que no es la culpa de el, solo esta tratando de mejorarse. Es que siento tanta pasión. Me necesita. Todas excusas!!!! Amo, señor y golpeador Si una mujer se siente bien con ella misma, ella va escoger un hombre con cual ella pueda comunicarse, y con alguien que la trate con respeto. Cuando una mujer sabe lo que quiere, nunca deja que un hombre la subestime pues esta segura de su habilidad de mantener una relación saludable y de acciones reciprocas. Al contrario de la mujer que no esta segura de si misma, la cual siempre terminara escogiendo un hombre que lo único que hará es resaltar sus sentimientos negativos y fortalecer su sentido de inferioridad. Afortunadamente, la mayoría de las mujeres cae en una categoría promedio en cuanto a este tema. La tarea es entonces, auto-evaluarte en cada aspecto aquí mencionado y decidir que acción deberás tomar, la cual te ayudara a escoger el "chico adecuado",el cual te alborote los sentidos y a la vez, supla las necesidades reales de una relación. Una vez que sepas que es lo mas importante para ti y te convenzas de lo que vales y mereces, habrás dado un gran paso para encontrar la pareja perfecta. la venganza será terrible. YIYA en acción Fuente