Llovía el día en que lo secuestraron. Hacía un frío de los mil demonios y una bruma gris vomitaba fatalidades sobre las ciudades, los suburbios, las campiñas. Pero nada de esto importaba, porque se lo habían llevado. HBO había desaparecido. Al igual que secuestraron a 30.000 argentinos y a 30.000 goles de fútbol, de pronto HBO ya no estaba más entre nosotros. No quedó mucho por hacer. Las marchas, los escraches, las comisiones permanentes por los DDTT (Derechos Televisivos). Nada sirvió. HBO había sido secuestrado, había desaparecido del paquete básico del cable. Para peor de males, en la volteada también habían secuestrado a Cinemax. Nunca más los volvimos a ver.
Muchos años pasaron desde ese fatídico día. Pero no bajamos los brazos. No olvidamos ni perdonamos. Adonde vayan los iremos a buscar.
Y así.
La desafortunada soflama de la Sra. Presidente Cristina Fernández de Kirchner del jueves pasado, cuando se firmó el contrato entre el Estado Nacional y la Asociación de Fútbol Argentino para transmitir partidos de Primera División por canales abiertos, abrió una puerta inesperada en el discurso público. Permitió decir cosas que hasta ese momento no habían sido dichas. Cosas que uno no creía que podían decirse.
“Te secuestran los goles hasta el domingo ―señaló la Sra. Presidente, ante la mirada atenta de Diego Maradona y Julio Grondona―, como te secuestran las imágenes y las palabras. Como secuestraron a 30.000 argentinos. Yo no quiero más una sociedad de secuestros”.
Las críticas no se hicieron esperar. Políticos, activistas, periodistas, premios Nobel y figurones, todos manifestaron su malestar por la desafortunada comparación entre goles de fútbol y muertos por la violencia de Estado. No fue una observación feliz. Sin embargo, lo de veras interesante estuvo en una brecha en el discurso público que la intervención de la Sra. Presidente entreabrió, y al mismo tiempo, legitimó. Acaso el mejor ejemplo haya sido un oyente de FM Rock and Pop, en un programa matutino, que dejó el siguiente mensaje:
―¡Aparición con vida de los goles de “El Ogro” Fabiani!
Risas, de un lado y del otro del micrófono.
De pronto una expresión que parecía intocable, como “aparición con vida de...”, se convertía en parte de un chascarrillo, en parte de una broma que podía extenderse por el espacio público a caballo de una recién ganada sanción social.
Expresiones como “Aparición con vida de los goles de ‘El Ogro’ Fabiani” (o de HBO) deben tomarse como enunciaciones de tercer orden o tercer grado (por así decirlo). No remedan el discurso institucionalizado del activismo de derechos humanos relacionado con la desaparición forzada de personas durante la dictadura; remedan más bien el lenguaje reapropiado por la administración kirchnerista. El tipo que llamó a la radio para exigir la aparición con vida de los goles de Fabiani no estaba pensando en los muertos de la dictadura, sino en el discurso de la Sra. Presidente; por eso funciona, porque se reubica dentro de lo decible y de lo tolerable.
En estos años, la administración kirchnerista utilizó la figura de los “30.000 desaparecidos” para justificar, impulsar o imponer las acciones más ajenas a cualquier causa o tema vinculado con la desaparición forzada de personas: límites a la libertad de prensa, proclama de candidaturas, aumento de impuestos, rescisión o concesión de contratos, reparto de fondos, etc. Casi cualquier acción estatal o paraestatal del kirchnerismo estuvo salpicada por un uso muchas veces gratuito de la retórica de derechos humanos. La muletilla “Están en contra de nuestra política de derechos humanos” humedeció, y ensució, los temas más diversos, más inadecuados.
Pero la expresión del jueves de la Sra. Presidente fue tan absurda (Alfred Jarry está gritando: “¡Merdre, merdre, merdre!”) que permitió una caricatura que, de otra manera, jamás habría tenido lugar. Si durante la última campaña electoral se discutió el papel de las imitaciones televisivas, su influencia en el electorado y su capacidad de instaurar determinadas imágenes de los funcionarios públicos, hubo una dimensión que no se discutió, pues su representación en clave paródica estaba más allá de todo lenguaje: la figura de los 30.000 desaparecidos en el discurso oficial. Se ha parodiado a la Sra. Presidente a la voz de “¡Te lo juro por Louis Vuitton!”, pero nunca, hasta ahora, por voces como: “¡Te lo juro por los 30.000 desaparecidos!”. Se trataba ―se sigue tratando― de una voz que permanece por fuera del espacio de lo decible, de lo que es posible afirmar mediante el lenguaje compartido por el grueso de la sociedad.
Ahora bien, la parodia de las grandes tragedias de una sociedad no es un hecho tan anómalo como podría llegar a pensarse. Guerras, asesinatos, persecuciones, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, todo fue tomado en clave humorística, sarcástica, caricaturesca, por el cine, el teatro, la literatura, la pintura, el comic, la música. Se lo ha hecho con mejores o peores intenciones, con mejores o peores resultados, pero se lo ha hecho. El nazismo, las explosiones atómicas, el racismo, las persecuciones políticas o religiosas, el narcotráfico, el sistema carcelario, todo esto se parodió sin poner demasiados reparos en las víctimas o en sus deudos. La figura de los 30.000 desaparecidos, en cambio, no se prestó a este tipo de uso paródico. O al menos no de manera abierta.
La intervención de la Sra. Presidente con sus “goles secuestrados” llevó a un nivel tan alto de absurdo este uso de los derechos humanos como fuente de legitimación política que cualquier forma de parodia quedó derogada. Fue como si se hubiese roto una barrera que separaba lo insoportable de lo inimaginable: ni siquiera el más escéptico podría haberse imaginado que alguien diría, en serio, que “se secuestran los goles como antes secuestraron 30.000 argentinos”. De haberse escuchado la expresión en boca de un imitador o un humorista, sólo habría producido enojos y críticas; en este caso, produjo enojos, críticas y una dispensa: la posibilidad de parodiar un lenguaje que parecía intocable.
Esto no significa que de ahora en más los humoristas, en los cafés concert, empezarán sus rutinas con la pregunta: “¿Sabés qué le dijo un desaparecido a otro?”. Significa, más bien, que “la frase más insensible y frívola sobre los desaparecidos que se haya dicho en 25 años” (como escribió ayer el periodista Joaquín Morales Solá) permitió en las horas posteriores, y permitirá en los años venideros, utilizar determinados giros del lenguaje que hasta unos días antes resultaban impensados.
Que el máximo representante del Estado Nacional ensaye una cara seria y dramatice la existencia de “goles secuestrados”, que se compare la falta de televisación de un gol de Martín Palermo con el asesinato sistemático de personas, quiere decir que la puerta está entreabierta y que la dispensa para usarla está concedida.
Y una puerta entreabierta, más una dispensa para atravesarla, pueden llevar a... bueno, a cualquier parte.
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