¿Qué, acaso todo el mundo tiene que serlo? ¿Hay sentimientos universales? Es posible que la respuesta deba ser afirmativa, que los celos sean como la respiración del amor, un lenguaje básico para poder hablar la lengua de los afectos. Lo cual no quiere decir que deba justificarse toda conducta celosa, al punto de confundir al inmaduro o inseguro con el sujeto capaz de relaciones íntimas gratificantes. Pero todos sabemos que sentir celos es algo horrible, tormentoso, que quita la paz, que enajena, que trastorna, que hace casi imposible ser uno mismo.
• ¿Qué son los celos? Un sentimiento que se desprende del deseo de posesión amorosa. No tiene ningún sentido querer tratar al amor como un tema de derechos humanos. Querer a alguien no quiere decir que uno deba detenerse en los límites de la conveniencia social: hay una posesión en el amor, del hombre a la mujer y de la mujer al hombre. Mi mujer, mi novia, mi esposo, mi novio, mi amante. Los bienpensantes sienten que este pronombre posesivo “mi” delata una variación de la propiedad privada capitalista y que es indebido. Si querés a alguien dejalo libre, decía Sting. Pero el amor nos hace querer poseer al ser amado, que nos quiera a nosotros como a nadie más, que nos quiera de manera completa. Esa posesión no tiene por qué ser excesiva. Puede serlo, muchas veces intenta serlo o incluso lo logra, en el caso de esas personas que no dejan que su pareja haga algo que ellos sienten como peligroso, pero más como un peligro para su presencia en ellos que para el bienestar del otro. El problema en esos casos es claro: ¿es que alguien puede “dejarte” o “no dejarte” hacer algo? Las mujeres que dicen “no trabajo porque mi marido no quiere” o las novias que dicen “no estudio porque mi novio no quiere” ocultan el hecho de que ellas han elegido dejarse limitar, o bien que tantas ganas de trabajar o estudiar no tienen. Vale también para los hombres, con ejemplos similares.
• Los celos no son sólo cosas de las parejas, existen en las relaciones entre padres e hijos, entre hermanos, entre amigos, en las relaciones laborales, en todo tipo de relaciones. Siempre que hay amor, afecto, interés, los celos están como parte del horizonte. Pueden estar dominados, elaborados, trabajados, pero no suelen faltar. Porque los celos son parte de la expresión inmediata e irracional del afecto y tienen que ver con el deseo de ser correspondido por el otro, con ese juego de posesiones y pertenencias y preferencias que está siempre presente en el universo afectivo y que puede muchas veces entenderse pensando más en la palabra “atención” que en la de “amor”. Pero valen como equivalentes: querer atención es querer amor, ya que la atención es cuidado, presencia e interés. Celoso es también aquel que en una reunión siente antipatía por algún otro que acapara el interés de los demás, celoso es el que siente que un competidor en el trabajo obtiene más consideraciones que él, etc.
• Algo más sobre la posesión: poseer al otro es lograr su preferencia. Que el otro nos prefiera a nosotros que a todos los demás. En las relaciones amorosas sexuadas puede lograrse, en las amistades a veces sí, pero es más difícil. En las familias ya hay que compartir mucho más. Poseer no es decidir por el otro, es que el otro quiera tanto de vos como vos de él. Poseer es haber captado el alma del otro, haber logrado una comunicación y una intimidad profunda, estar dentro del otro como el otro está dentro de uno. No se puede poseer sin dejarse poseer al mismo tiempo.
• Quien dice “yo no soy celoso” puede estar diciendo:
a) que nunca siente celos porque no tiene habilitados esos canales de la relación afectiva con los demás (como si fuera una especie de frigidez amorosa, a la que presentan como una virtud pero expresa en realidad una necesidad afectiva tan básica que no se anima a establecer esas relaciones de interdependencia que son las relaciones afectivas por temor a no ser capaz de sobrevivir a una decepción)
b) que tiene un nivel de celos controlable, que trabajó sus celos al punto de que ahora no está torturado por ese sentimiento
c) que en realidad sí es celoso pero no le parece bien serlo, porque está mal o porque lo hace sufrir mucho (o por las dos cosas juntas) y entonces intenta el truco de no ver sus propios celos, de no aceptarlos, de no darles cabida ni siquiera en el pensamiento, para evitar que se desate la tormenta del desierto
• Junto a la idea de que todos somos celosos está la certeza de que los celos son un punto de partida emocional sobre el que es necesario trabajar. Somos todos celosos no quiere decir que debamos ser todos indefensos respecto de ese sentimiento, o que no podamos dominarlo un poco, o convivir con él, o incluso llegar a dominarlo mucho y no padecerlo. La persona que no logra domar sus celos no es capaz de vivir una relación amorosa (ni una amistad) de manera plena y feliz. Domarlos tiene que ver con lograr seguridad personal ( por ejemplo desarrollándose más allá de la relación con la persona querida, teniendo un mundo propio, no sintiendo que uno es sólo en relación con el otro – eso no es amor, es locura-) y también con estar con alguien capaz de entregarse. Uno puede tener sus celos más o menos controlados, pero si te topás en la vida con un histérico o histérica, cuyo juego amoroso es hacerse desear pero no terminar de darse nunca (no aceptar ser poseído nunca, ni ser capaz de poseer) es posible que la espiral de la locura que son los celos vuelva a renacer. Allí lo que hay que preguntarse, lo que hay que observar, es por qué uno acepta ser tratado así. Por qué uno se interesa en alguien que no se da, que no es capaz de entrega y de proyecto común, ¿acaso creemos no merecer el amor, tenemos una culpa básica que expiar, sentimos que no somos lo suficientemente buenos para el otro –al que vemos erróneamente como superior-, o simplemente preferimos sufrir, por nuestra propia incapacidad de darnos, enmascarada en un “es por culpa del otro
• Limitar los celos no es mentir sobre ellos. Educar los celos no tiene que ver con decir que uno no los siente cuando los siente. Primero hay que aceptar la realidad, verla a la cara, y después entender qué es lo que en uno no funciona, de dónde provienen y cuáles son los temores que hacen tan difícil poder lograr la seguridad. No es la voluntad la que hace que los celos desaparezcan. O mejor dicho: no es la voluntad aplicada directamente en la negación del sentimiento sino la voluntad aplicada en el intento de comprenderse, de observarse y lograr crecer.
Conclusión:
Los celos son parte del amor, lo cual no quiere decir que alguien muy celoso quiera más que alguien no celoso. La persona muy celosa todavía no adquirió su consistencia básica, y por eso se derrama en celos. Adquirir consistencia es sentir que uno es más allá del otro, que uno no necesita ser uno con el otro, que uno tiene su proyecto vital más allá del otro. Paradójicamente al lograr eso es que uno se vuelve más capaz de amor. La persona menos celosa, es decir, aquella que logró educar, limitar, sus celos, es la única que puede vivir realmente el amor, porque no se siente amenazado y puede sentir la seguridad de una relación.
Es cierto que el amor es posesión, pero el celoso no puede poseer y por eso siente que el otro se le escapa siempre. El celoso, el celoso extremo, que padece y sufre como todos sabemos que los celos pueden hacer sufrir, es alguien que está en un estado de fragilidad del cual debe responsabilizarse y al cual debe superar. La buena noticia es que se puede.
bienvenidosami.com.ar