Títulos alternativos: Este Jesús me gusta más; Creo que en el fondo lo sospechábamos; No modifica lo que pienso; y así… ________________________________________________________________________________________________________________ Lo que sigue es un resumen que hice de “Vacas, Cerdos, Guerras y Brujas: Los Enigmas de la Cultura” de Marvin Harris. Es una investigación antropológica que abarca muchos temas, entre ellos el mesianismo: ahí habla de Jesús. Me gustó porque responde a algunas preguntas que, los que algo sabemos del cristianismo, nos hemos preguntado alguna vez. Del capítulo El Príncipe de paz … Jesús no era tan pacífico como se suele creer, y sus verdaderas enseñanzas no representaban una ruptura fundamental con la tradición del mesianismo militar judío. … Es probable que la ruptura decisiva con la tradición mesiánica judía se produjera sólo después de la caída de Jerusalén, cuando los cristianos judíos que vivían en Roma y en otras ciudades del imperio se desprendieron de los componentes político-militares originales de las doctrinas de Jesús como respuesta adaptativa a la victoria romana. … Al principio Jesús realizó la mayor parte de su predicación en el interior del país, realizando milagros y atrayendo grandes multitudes. Probablemente siempre se adelantaba a la policía… Jesús emprendió una serie de enfrentamientos que sólo podían acabar con su detención o con una insurrección cataclísmica. La lógica de su creciente popularidad condujo a Jesús a hazañas cada vez más peligrosas. Muy pronto, él y sus discípulos iniciaron la actividad misionera en Jerusalén, la capital prometida del futuro Sacro Imperio Judío. Invocando deliberadamente el simbolismo mesiánico del Libro de Zacarías (libro del Antiguo Testamento en la Biblia y de la Tanaj judía, atribuido al profeta). Jesús cruzó las puertas montado en un asno (o posiblemente en una jaca). Los catequistas afirman que hizo esto porque significaba la intención de “hablar de la paz a los paganos”. Esto es ignorar el significado tremendamente militar-mesiánico de los vaticinios de Zacarías. Pues tras de aparecer el mesías de Zacarías, humildemente y montado en un asno, los hijos de Sión “devoran y someten”... y “serán en el combate como valientes que pisotean a sus enemigos en el lodo de las calles... porque el Señor está con ellos y serán confundidos quienes cabalgan caballos.” La figura humilde sobre el asno no era un mesías pacífico. Era el mesías de una pequeña nación y su príncipe de la guerra aparentemente inofensivo, un descendiente de David, quien también se alzó de la aparente debilidad para confundir y someter a los jinetes y aurigas enemigos. Los paganos tendrían la paz, pero sería la paz del largamente esperado Sacro Imperio Judío. Así es al menos cómo las muchedumbres que se alineaban en el camino interpretaron lo que estaba sucediendo, ya que gritaban al pasar Jesús: “¡Hossana! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino, que viene de nuestro Padre David!” No había nada especialmente pacífico en lo que Jesús y sus discípulos realizaron después de haber entrado en la ciudad. Al elegir invadir Jerusalén justo antes del inicio de la Pascua, se aseguraban la protección de los millares de peregrinos que llegaban del campo y de todo el Mediterráneo durante las fiestas. Bandidos-zelotes, campesinos, jornaleros, mendigos y otros grupos potencialmente volubles, todos confluían en masa al mismo tiempo en la ciudad. Durante el día Jesús estaba rodeado en todas partes, por muchedumbres tumultuosas y extáticas. Al atardecer se retiraba a las casas de sus amigos, ocultando su paradero a todos salvo al núcleo íntimo de los discípulos. Jesús y sus discípulos nada hicieron para diferenciarse de los miembros de un movimiento militar-mesiánico incipiente. Incluso provocaron al menos una confrontación violenta. Asaltaron violentamente el patio del gran templo y atacaron físicamente a los mercaderes autorizados que cambiaban dinero de modo que los peregrinos extranjeros pudieran comprar animales sacrificiales. El mismo Jesús utilizó un látigo durante este incidente. Los evangelios relatan cómo Caifás, el Sumo Sacerdote, “acordó” prender a Jesús. Dado que Caifás había sido testigo del ataque violento contra los cambistas, no podía tener duda alguna sobre la legalidad de encarcelar a Jesús. Lo que Caifás tenía que planear era cómo detener a Jesús sin provocar a toda la gente que creía que él era el mesías. … Así, Caifás dio órdenes a la policía para que prendieran a Jesús, pero “no durante la fiesta, no sea que se arme un alboroto en el pueblo”. Ciertamente, la muchedumbre que rodeaba a Jesús no había tenido tiempo de adoptar un estilo de vida no violento. Incluso sus discípulos más íntimos evidentemente no estaban preparados para “poner la otra mejilla”. Al menos dos de ellos tenían apodos que sugieren su vinculación con activistas combatientes. Uno era Simón, llamado “El Zelote”, y el otro era Judas, llamado “Iscariote”. Hay una curiosa semajanza entre Iscariote y sicarri, la palabra que utiliza Josefo para identificar a los homicidas hombres del puñal. Y en algunos manuscritos del latín clásico Judas se llama en realidad Zelotes. Otros dos discípulos tenían apodos militares: Santiago y Juan, los hijos del Zebedeo. Se llamaban “Boanergés”, que Marcos traduce del arameo como “hijos del Trueno” y que también podía significar “los feroces”, “los coléricos”. Los hijos de Zebedeo merecían su reputación. En un momento de la narración evangélica quieren destruir una aldea samaritana entera porque la gente no había acogido a Jesús. Los evangelios también indican que algunos discípulos llevaban espadas y estaban dispuestos a oponer resistencia a la detención. Justo antes de ser detenido, Jesús dijo, “el que no tenga espada, que venda su manto y se compre una”. Esto movió a los discípulos a mostrarle dos espadas, lo que indica que al menos dos de ellos no sólo estaban armados habitualmente, sino que habían ocultado sus espadas bajo las ropas... como los hombres del puñal. Los cuatro evangelios registran el hecho de que los discípulos opusieron resistencia armada en el momento del prendimiento de Jesús. Después de la cena de Pascua, Jesús y su círculo íntimo se retiró a un huerto en Getsemaní donde se dispuso a pasar la noche. El sumo Sacerdote y sus hombres, conducidos por Judas Iscariote se abalanzaron sobre ellos mientras Jesús rezaba y el resto dormía. Los discípulos sacaron sus espadas y se produjo una breve lucha en al que uno de los policías del templo perdió una oreja. Tan pronto como la policía prendió a Jesús, los discípulos dejaron de combatir y huyeron en la noche. … ¿Por qué huyeron todos los discípulos, y por qué Simón Pedro negó tres veces a Jesús antes de que amaneciera? Porque como judíos compartían con Caifás la conciencia de estilo de vida de sus antepasados y entendían que el mesías tenía que ser un príncipe militar invencible y capaz de realizar prodigios. Todo esto lleva a una conclusión: la conciencia de estilo de vida compartida por Jesús y su círculo íntimo de discípulos no era la de un mesías pacífico. Aunque los evangelios pretenden negar claramente la capacidad de Jesús de realizar actos políticos violentos, conservan lo que parece ser una corriente subyacente de dichos y hechos contradictorios que vinculan a Juan el Bautista y a Jesús con la tradición militar-mesiánica y los implican en la guerra de guerrillas. La razón de esto está en que en el tiempo en que se escribió el primer evangelio, los dichos y hechos no pacíficos que los testigos oculares y las fuentes apostólicas irrecusables habían atribuido a Jesús eran muy conocidos entre los fieles. Los escritores de los evangelios cambiaron el equilibrio de la conciencia de estilo de vida del culto a Jesús en la dirección de un mesías pacífico, pero no podían borrar del todo la tradición militar-mesiánica. A este respecto la ambigüedad de los evangelios se demuestra mejor disponiendo algunos de los enunciados más pacíficos de Jesús en una columna y las negaciones inesperadas en otra: (Sepacon con / y diferentes colores, porque no sé poner una tabla) Bienaventurados los que hacen obras de paz. (Mateo 5:9) / No os imaginéis que vine a poner paz sobre la tierra; no vine a poner paz, sino espada. (Mateo 10:34) Si uno te abofetea la mejilla derecha, vuélvele también la otra. (Mateo 5:39) / ¿Pensáis que vine a traer paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino más bien la división. (Lucas 12:51) Todos los que empuñan espada, a espada perecerán. (Mateo 26:52) / Quien no tenga espada, venda su manto y cómprese una. (Lucas 22:36) Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen. (Lucas 6:27) / Y habiendo hecho un azote de cordeles, echoles a todos del templo... y desparramó las monedas de los cambistas y volcó sus mesas. (Juan 2:15) Debo señalar también en este momento la interpretación evidentemente falsa o dada tradicionalmente a lo que Jesús dijo cuando le preguntaron si los judíos debían pagar impuestos a los romanos: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Esto sólo podía significar una cosa para los galileos que habían participado en la rebelión de Judas de Galilea contra los impuestos, a saber: “No pagar”. Pues Judas de Galilea había dicho que todas las cosas en Palestina pertenecían a Dios. Pero los autores de los evangelios y sus lectores probablemente nada sabían de Judas de Galilea, por lo que conservaron la respuesta sumamente provocativa de Jesús en el supuesto erróneo de que mostraba una actitud genuinamente conciliatoria hacia el gobierno romano. Después de haberle capturado, los romanos y sus clientes judíos continuaron tratando a Jesús como si fuera el líder de una rebelión militar-mesiánica real o pretendida. El Sanedrín le procesó por haber dicho profecías blasfemas o falsas. Pronto le encontró culpable y le entrego a Poncio Pilatos para un segundo juicio con acusaciones seculares. La razón de esto parece clara. Como he mostrado en el capítulo sobre el cargo, los mesías populares en contextos coloniales siempre son culpables de un crimen político-religioso, nunca simplemente religioso. A los romanos no les preocupaba en absoluto la violación de los códigos religiosos de los nativos realizada por Jesús pero les inquietaba profundamente su amenaza de destruir el gobierno colonial. Las predicciones de Caifás sobre cómo la muchedumbre reaccionaría una vez que se mostrara a Jesús indefenso se verificaron totalmente. Pilatos exhibió públicamente al hombre condenado y no se alzó ninguna voz en señal de protesta. Pilatos llegó incluso a ofrecer dejar en libertad a Jesús si la turba lo deseaba. Los evangelios afirman que Jesús era inocente, pero debemos recordar que Pilatos era un militar astuto y de mano dura, que siempre tuvo problemas con la turba de Jerusalén. ... Al presentar a Jesús al gentío que hasta ayer mismo le había adorado y protegido, Pilatos se sirvió de la lógica inexorable de la tradición militar-mesiáncia para impresionar a los nativos con su propia estupidez. Ahí estaba su libertador presuntamente divino, Rey del Sacro Imperio Judío, totalmente desvalido frente a unos pocos soldados romanos. La multitud pudo muy bien haber respondido exigiendo la muerte de Jesús como impostor religioso, pero Pilatos no estaba interesado en crucificar a charlatanes religiosos. Para los romanos Jesús era sólo otro personaje subversivo que merecía el mismo destino que todos los demás bandidos y revolucionarios agitadores de masas que seguían saliendo del desierto. Esta es la razón por la que el título sobre la cruz de Jesús rezaba “Rey de los Judíos”. S.G.F. Brandon, antiguo decano de la Escuela de Teología de la Universidad de Manchester, nos recuerda que Jesús no fue crucificado solo; los evangelios relatan que su destino fue compartido por otros dos criminales declarados culpables. ¿Cuál fue el crimen por el que los compañeros de Jesús fueron condenados a muerte? En las versiones en legua inglesa de los evangelios, se dice que eran “ladrones”. Pero el término original del manuscrito griego para ellos era lestai, precisamente el mismo término que Josefo utilizó para aludir a los bandidos-zelotes. Los cuatro evangelios convergen en el espectáculo sombrío del sufrimiento de Jesús en la cruz mientras a los discípulos no se les ve por ninguna parte. Los discípulos no podían creer que un mesías permitiera ser crucificado. Todavía no habían vislumbrado la más pequeña idea de que el culto a Jesús tenía que ser el culto de un salvador pacífico más que vengativo. … Sólo después de la desaparición del cuerpo de Jesús de la tumba se llegó a comprender su aparente falta de poder mesiánico. Algunos discípulos comenzaron a tener visiones, lo que les permitió comprender que la prueba habitual del carácter mesiánico, la victoria, no se aplicaba a Jesús. Inspirados por sus visiones, dieron el paso importante, pero no totalmente sin precedentes, de argüir que la muerte de Jesús no demostraba que era falso mesías; más bien demostraba que Dios había proporcionado a los judíos otra oportunidad crítica de mostrarse dignos de la alianza. Jesús volvería si la gente se arrepentía de sus dudas y pedía el perdón de Dios. … Hay elementos de juicio que respaldan el punto de vista sostenido de modo convincente por el profesor Brandon: la mayor parte de los judíos que esperaban la vuelta de Jesús en el período entre su crucifixión y la caída de Jerusalén, seguían esperando un mesías que derrocaría a Roma y convertiría a Jerusalén en la capital del Sacro Imperio Judío. Al principio de los “Hechos de los Apóstoles”, relato de Lucas sobre lo sucedido tras la muerte de Jesús, el significado político de la vuelta de Jesús predomina en la mente de los apóstoles. La primera cuestión que plantearon al Jesús resucitado es: “Señor, ¿en esta sazón vas a restablecer el reino a Israel?” Otra fuente del Nuevo Testamento, el “Libro del Apocalipsis”, describe la vuelta de Jesús como un jinete con muchas diademas sobre la cabeza, montando en un caballo blanco, que juzga y hace guerra, cuyos ojos son como “llama de fuego”, viste un manto “salpicado de sangre”, y rige a las naciones con “vara de hierro”, y que vuelve a “pisar el lagar del vino del furor de la cólera del Dios omnipotente”. También encontramos elementos de juicio que coinciden sobre este punto en los Manuscritos del Mar Muerto. He dicho hace un momento que la idea de un mesías que resucita de entre los muertos tenía precedentes. Los Manuscritos del Mar Muerto aluden a un “maestro de la justicia” a quien dan muerte sus enemigos pero que vuelve para cumplir la tarea mesiánica. Como los quamranitas (grupo militar-mesiánico que escribe los manuscritos del mar muerto), los primeros cristianos judíos se organizaron en una comuna mientras esperaban la vuelta de su “maestro de la justicia”. … Es de gran interés el hecho de que los Manuscritos del Mar Muerto contengan prescripciones para establecer comunidades de judíos penitentes en las ciudades, que se organizarían siguiendo las mismas directrices comunistas (de comunidad). Esta es una prueba adicional de que los combatientes de Quamran y los cristianos judíos respondían de forma similar a condiciones similares o eran en realidad aspectos o ramas de un mismo movimiento militar-mesiánico. Como he indicado al principio de este capítulo, la imagen de Jesús como el mesías pacifista no se perfeccionó probablemente hasta después de la caída de Jerusalén. Durante el intervalo entre la muerte de Jesús y la redacción del primer evangelio, Pablo sentó las bases para el culto del mesianismo pacífico. Pero aquellos para los que Jesús era principalmente un redentor militar-mesiánico judío, dominaban el movimiento en el período de la actividad guerrillera en expansión que llevó a la confrontación del año 68 d.C. El entrono práctico en el que se escribieron los evangelios, que describen un mesías puramente pacífico y universal, era la consecuencia de la infructuosa guerra judía contra Roma. Un mesías puramente pacífico era una necesidad práctica cuando los generales que acababan de derrotar a los revolucionarios mesiánicos judíos -Vespasiano y Tito- llegaron a ser los gobernantes del imperio romano. Antes de esta derrota, era una necesidad práctica para los cristianos judíos de Jerusalén permanecer fieles al judaísmo. Después de ella, los cristianos judíos de Jerusalén ya no podían dominar a las comunidades cristianas de otras partes del imperio, mucho menos a todos aquellos cristianos que vivían en Roma bajo la tolerancia de Vespasiano y Tito. Como consecuencia de la desafortunada guerra mesiánica, la negación de que el culto cristiano había nacido de la creencia judía en un mesías que iba a derrocar el imperio romano, pronto se convirtió en un imperativo práctico. … Las condiciones adecuadas para la difusión del culto de un mesías pacífico estaban por fin presentes en toda su fuerza. Los cristianos judíos se unieron entonces sin reservas a los conversos gentiles para convencer a los romanos de que su mesías difería de los mesías bandidos-zelotes que habían provocado la guerra y que continuaban creando problemas; los cristianos, a diferencia de los judíos, eran pacifistas inofensivos sin ambiciones seculares. El reino cristiano de Dios no era de este mundo; la salvación cristiana se encontraba en la vida eterna más allá de la sepultura; el mesías cristiano había muerto para traer la vida eterna a toda la humanidad; su enseñanza no planteaba ninguna amenaza a los romanos, sólo a los judíos; los romanos fueron absueltos de toda culpa en la muerte de Jesús; los judíos solos le habían matado; Poncio Pilatos fue un mero espectador que nada pudo hacer para impedirlo. … Comenten sin pelear, por favor. La fuente está, - y estuvo siempre- al principio; les cuento a los distraídos que denunciaron por eso.
Jesús no era tan pacífico como se suele creer
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