Mujeres y ciencia
Rita Levi: su trabajo con Stanley Cohen sirvió para descubrir que las células comienzan a reproducirse cuando reciben la orden de hacerlo por parte de los factores de crecimiento
Hasta hace bien poco, la jueza era tan solo la mujer del juez —incluso para la Real Academia de la Lengua, que sigue manteniendo esta definición como segunda acepción—. Y si buscamos un significado al vocablo científica, encontraremos un espacio vacío.
No tiene entidad propia, va indefectiblemente ligado al masculino y, a lo largo de la historia, sobre todo en el periodo negro que se inicia con la Edad Media y llega hasta los albores del pasado siglo, la mujer en este campo ha estado sumida en el más absoluto ostracismo, salvo honrosas excepciones.
El panorama, no obstante, está cambiando, aunque tampoco hay que tirar cohetes, sobre todo en España, donde a pesar del aumento del número de investigadoras en las tres últimas décadas, estamos lejos de alcanzar una proporción paritaria entre hombres y mujeres dedicados a la ciencia en todos sus niveles (apenas hay 14 catedráticas de cada cien).
Más optimistas son las conclusiones del último informe del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Mujeres investigadoras 2010, donde se refleja que este organismo avanza hacia la paridad a buen ritmo. Así, destacan “la presencia del 49% de mujeres en los tribunales de 2009 cuando en 2001 era del 21,4%”. Aunque, por otro lado, reconoce que durante el año anterior solo una de 14 mujeres presentadas consiguieron la plaza, por uno de de cada diez hombres. Y eso a pesar de que “el 61,76% de las becas predoctorales y el 52,5% de las postdoctorales las obtienen mujeres”.
El telón, para el mundo del conocimiento en general y para la participación de la mujer en él en particular, definitivamente cayó en la Edad Media. Si buscamos una fecha, un punto de inflexión, lo encontramos en el año 415 de nuestra era. Antes tampoco se podía afirmar que la mujer tuviera un lugar de privilegio; seguía siendo una ciudadana de segunda, con acceso limitado a la educación, pero ciudadana y no sierva. Es decir, con ciertos o limitados derechos que permitían sus incursiones en ciencia.
Los siguientes 1.400 años transcurrieron en un patético inmovilismo. Las privilegiadas pudieron ocuparse en el oficio de reina, santa o cortesana y el resto, simplemente, conformarse con ser la sombra de su señor, sea cual fuere el dominio de este. Bueno, alguna afortunada alcanzó la categoría de maga o bruja y, con suerte, pudo escapar de la tea de churruscar las herejías.
Hipatia es la primera mujer matemática de la que se tiene un conocimiento seguro y detallado. Escribió sobre geometría, álgebra y astronomía, mejoró el diseño de los primitivos astrolabios e inventó un densímetro
Una exaltada turba dirigida por el arzobispo Cirilo detuvo en Alejandría un carruaje. Sacaron violentamente a su ocupante, la desnudaron, vejaron y torturaron hasta morir desollada viva. Arrancaron sus carnes con conchas marinas. Luego quemaron sus restos.
La multitud, eufórica tras el asesinato, dirigió sus pasos hacia la biblioteca —el mayor tesoro científico y cultural de la antigüedad— y la incendiaron. Medio millón de obras científicas y literarias fueron pasto de las llamas y, con ellas, más de mil años de las civilizaciones clásicas.
De las 123 obras de Sófocles, sólo se conservaron siete. El fuego también se llevó los diseños de las máquinas de vapor de Herón de Alejandría y la máquina de Anticitera, la primera calculadora. La humanidad dio un espectacular salto hacia atrás de más de un milenio. En cambio, a Cirilo lo proclamaron santo.
La desventurada que sufrió las iras del populacho se llamaba Hipatia. Acababa de cumplir los 45 y se trataba de la más reputada científica de su tiempo. Había escrito 44 libros, inventado el astrolabio plano, el idómetro, el planisferio y el destilador de agua. Además, impartía clases de Matemáticas, Astronomía y Física, y dirigía la escuela Neoplatónica de Filosofía. Era la representación del racionalismo científico, y ello, encarnado en un cuerpo de mujer.
Razón y ciencia se convirtieron en lo más reprobable para el emergente poder de la Iglesia Católica, que apenas hacía un suspiro había abandonado las catacumbas para acomodarse junto al cetro de los poderosos.
Se abría paso una corriente de pensamiento que se devanó los sesos en discernir si ese ser inferior —la mujer— poseía alma, mientras intentaba entender cómo Dios había sido capaz de crear un animal tan imperfecto.
Un manto de olvido cubrió descubrimientos como el de los tornillos de agua, realizado por la institución que dirigía Hipatia, por medio del cual se regaban los campos. Dios prevalecía en las mentes de los hombres y la hambruna, en sus estómagos.
Hipatia es ese símbolo que acabó convirtiéndose en mártir y ejemplo de obstinación —y también de destino fatal— para aquellas mujeres que intentaron romper el status quo de la dominación del macho. Historias de valor e inteligencia que se enfrentaron a los prejuicios y al fanatismo.
Aunque resulta absurdo pensar que si Hipatia no hubiera sido asesinada, la Edad Media no hubiera sobrevenido, no lo es tanto afirmar que relegar a las mujeres de la vida intelectual, algo que se hizo patente en ese periodo, fue una de las causas del estancamiento de la humanidad a lo largo de esta época oscura.
En esa cultura dominante, machista y absurda, mujeres como Madame Chatelet fueron sólo brotes aislados y siempre vinculadas a alguno de los genios del género opuesto. Chatelet, amante de Voltaire, a los 42 años afrontó una obra magna: traducir al francés los Principia de Newton, uno de los escritos científicos más relevantes jamás escrito.
Chatelet, además de la traducción, dejó la siguiente reflexión: “Juzgadme por mis propios méritos o falta de ellos, pero no me consideréis un mero apéndice. Soy yo misma una persona completa, responsable sólo ante mí por todo cuanto soy, por todo lo que digo, todo cuanto hago. Puede ser que haya filósofos cuyo saber sea mayor que el mío, aunque no los he conocido. Sin embargo, ellos no son más que débiles seres humanos y tienen sus defectos. Así que, cuando sumo el total de mis gracias, confieso que no soy inferior a nadie”.
Marie Curie ganó el Premio Nobel de Física en 1903, "en reconocimiento de los extraordinarios servicios rendidos en sus investigaciones conjuntas sobre los fenómenos de radiación descubierta por Henri Becquerel"
Hace poco hemos terminado un trabajo muy importante que hará mundialmente famoso a mi marido”.
Aquel trabajo fue conocido como Teoría de la Relatividad y la frase es de la mujer de Albert Einstein. El uso del singular pone de manifiesto la posición que ocupaba la mujer en los albores del siglo XX. Aun así, la mujer salía del túnel de la Edad Media, 1.500 años después del asesinato de Hipatia en Alejandría.
Los colegas de Einstein comentaban que Mileva resultaba desconcertante por lo buena matemática que era y afirmaban que “le resolvía [a su marido] todos sus problemas matemáticos, en especial los de la Relatividad”. Sin embargo, Mileva es una perfecta desconocida, abandonada por Einstein unos años antes de obtener el Nobel.
Mejor suerte corrió su contemporánea Marie Skłodowska-Curie, a quien se le reconoció su valía, dedicación y conocimiento con dos premios Nobel. Sin embargo, sufrió rechazo social por su relación personal con el físico Paul Langevin y jamás fue admitida en la Academia de las Ciencias Francesas.
Afortunadamente, el siglo XX amplió la lista de científicas. La mentalidad varonil se agrietaba y la valía de otras mujeres fue reconocida. Williamina Fleming, emigrante escocesa y madre separada de 24 años, fue contratada por Edward Pickering, director del Harward College Observatory. A lo largo de 30 años, esta astrónoma descubrió más del 20% de las novas conocidas, así como la Supernova Cen. Ahora bien, el 12 de marzo de 1900 se plantó en el despacho del director del Observatory y le preguntó que por qué cobraba 1.500 dólares al año, la mitad que sus colegas varones. Recibió como respuesta que no debía quejarse, que tenía un excelente sueldo para lo que habitualmente cobraba una mujer.
Otras mujeres jamás tuvieron problemas. J. Stuart Barry se graduó en la Escuela de Medicina de Edimburgo, se hizo cirujano militar y llegó a desempeñar el cargo de inspector general de los hospitales canadienses. Eso sí, vivió permanentemente con un secreto: su éxito fue posible porque vivió disfrazada de varón y se hizo llamar James. Al morir se conoció su verdadero sexo.
Todavía hoy, en las aulas se escuchan comentarios de algunos profesores a sus alumnas para que destinen sus fondos a comprar vestidos y no libros. O los de aquellos bienintencionados que intentan convencer a sus discípulas de que opten por una investigación experimental y se alejen de las teóricas, pues sus manos resultan excelentes para el laboratorio, pero sus mentes son poco adecuadas para el razonamiento abstracto.
Existen evidencias de que el enfermo mejora. Gracias a la mayoría de alumnas que pueblan las aulas, se ha llegado al 22% del número de profesoras y al 32% de investigadoras, hay más becarias y las profesionales científicas están encuadradas en la franja de edad de entre los 26 y 45 años.
En el siglo XXI, la investigación científica ha crecido exponencialmente gracias a que el número de científicos vivos hoy en día supera con creces al número de científicos fallecidos en el transcurso de los últimos 5.000 años.
Por razones sociopolíticas, económicas y demográficas, el crecimiento exponencial del número de científicos —hombres— ha tocado a su fin —simplemente es cuestión de aplicar el método científico—. La última esperanza es la incorporación real de las mujeres a la ciencia. Eso sí, a ser posible, con todos los derechos y todas las obligaciones.
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