Razordh
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Y Fukushima no resistió Estado de las unidades 3 y 4 de la central nuclear de Fukushima I el 16/03/2011. Foto: AFP/Público A estas alturas, ya no se puede decir honestamente –y yo lo dije– que la central nuclear de Fukushima I haya aguantado bien el terremoto y el tsunami del pasado viernes. No, es evidente que no lo ha hecho. Todos los sistemas de refrigeración del núcleo, incluso los de emergencia, se fueron al infierno a la vez provocando LOCA instantáneos de la máxima gravedad. Como consecuencia, se ha producido ya un triple meltdown (fusión del núcleo), cuatro explosiones y varios incendios radiológicos que han diseminado una pequeña cantidad de radiación al exterior del perímetro. Se ha informado de al menos un muerto, hay heridos y se pelea a la desesperada para enfriar lo que queda de los reactores con agua de mar. Cuatro accidentes nucleares en uno. Esto no es aguantar bien y decir lo contrario sería mentir. Todas las unidades que estaban trabajando en el momento que llegó la ola cascaron a la vez y a lo largo de las siguientes horas se desparramaron por completo. Buena parte del complejo está perdida sin remisión. Fukushima no resistió. Soldados japoneses se protegen con máscaras para entrar a la zona afectada por los accidentes nucleares de Fukushima. Imagen: Reuters/Público. ¿Qué pasa en Fukushima? Pues qué va a pasar. Que se ha liado parda. Mucho. Recopilemos. Con la información disponible en este momento, aparentemente el tsunami cerró por completo todos los sistemas de refrigeración del núcleo, incluyendo los de emergencia. Como quiera que a una central nuclear no se le puede “cortar el gas”, sino que el combustible ya está dentro y sigue reaccionando por sí solo, este fracaso de los sistemas de refrigeración condujo a la pérdida de control sobre la reacción. La gravedad de esto no puede disculparse ni pasarse por alto. Sí, el terremoto fue terrible y el tsunami más. Pero no es aceptable de ningún modo que todos los sistemas de refrigeración de una central nuclear queden desactivados a la vez, por muy grave que sea la agresión sufrida. En una región conocida por sus terremotos y tsunamis de naturaleza extrema, evidentemente los estudios sísmicos estaban subestimados, como ya pasó en Kashiwazaki-Kariwa y otras instalaciones. Lo peor de todo es que se sabía y fue objeto de editoriales y protestas en Japón a lo largo de años, un debate que nos fue ocultado aquí. El terremoto y sobre todo el tsunami provocaron tres LOCA, pero LOCAzos del todo, con fracaso total de los sistemas de refrigeración de los reactores, pérdida de control sobre la reacción, hidrólisis a gran escala, explosiones de la contención exterior, fusiones del núcleo, incendios radiológicos y el personal luchando ahora mismo para enfriar lo que quede con agua de mar. En total, cuatro accidentes nucleares por el momento, todos y cada uno de ellos ya más graves que Three Mile Island. Parece ser que la Agencia de Seguridad Nuclear e Industrial del Japón sigue aferrándose a la idea de que estamos ante un accidente de nivel INES 4. No tiene sentido a estas alturas. Los franceses de la Autoridad de Seguridad Nuclear llevan más razón cuando dicen que se trata de un sólido INES 6. Esto es mucho más gordo que Three Mile Island, y Three Mile Island fue un 5. Tratar de minimizar semejante desparramo es absurdo y manipulador, quizá bueno para la propaganda pero malo para todo lo demás, desde la seguridad nuclear hasta la correcta educación del público en esta materia. Estamos ante un accidente nuclear múltiple muy severo, relevante e histórico. En román paladino, un cisco del copón de la baraja. Pero tampoco se debe maximizarlo irresponsablemente. Dio tiempo a llevar los reactores a potencia mínima antes de perder el control. De todas las monumentales mentiras que se han escuchado estos días (también) sobre Chernóbyl, sólo hay una cosa que sea cierta: las grandes explosiones radiológicas de Chernóbyl únicamente fueron posibles porque el reactor estaba acelerado a la máxima energía cuando sucedieron sin apenas previo aviso. Los reactores de Fukushima, en principio, deben encontrarse a un nivel mínimo de energía en estos momentos. No descarto que puedan ocurrir más explosiones u otros fenómenos que provoquen diseminación radioactiva al medio ambiente, pues en Fukushima se han caído todos los palos del sombrajo nuclear, pero si fuera el caso no deberían ser tan potentes como las sucedidas en la central soviética. Eso significa menos diseminación de sustancias radioactivas y menos alcance de las mismas. Explosión en la unidad 3 de Fukushima I. Racionalizando el desastre A estas alturas, el lobby nuclear y los “expertos” que se han llenado la boca con garantías que iban desplomándose apenas acababan de pronunciarlas han perdido la credibilidad de la mayoría del público. Y con razón. Me pregunto si el tsunami, además de desactivar los sistemas de refrigeración de Fukushima, les desconectó también el encéfalo superior. O si siempre fueron así, especialitos, sólo que aparentaban muy bien. Hubo un momento en que, de tan absurdos, parecían gafes: bastaba que dijesen que algo no podía ocurrir para que sucediera en las siguientes horas. Hay que ser necio para no pensar que estábamos ante una situación extraordinaria que no se había producido antes, sobre la que no existían antecedentes y que quizás, sólo quizás, algo podía haberse roto a pesar de las primeras declaraciones. Apenas sabían lo mismo que tú y que yo sobre lo que pasaba y sin embargo se dedicaron a engañarse a sí mismos y a los demás una y otra vez hasta que ya nadie les escuchó. Me pregunto dónde quedó su prudencia, su sensatez y su sentido crítico. Si yo fuera el gran archimandrita del lobby nuclear, ahora mismo estarían en la cola del paro. Todos ellos. Y ellas. La energía nuclear no necesita defensores así. No obstante, que el lobby nuclear y los “expertos” de pastel se hayan ahorcado con su propia lengua no es razón para sacar las cosas de quicio. Esto es muy grave pero no el apocalipsis que se podría deducir viendo la portada de algunos medios y las opiniones de algunos antinucleares. Según hablan unos y otros, parece como si Godzilla fuera a salir del mar por Puerto Banús en breves minutos para comerse los higadillos de un señor de Albacete. O, dicho de otra manera, que vamos a empezar a caer todos como chinches en una fritanga radiológica que se extenderá durante generaciones incontables. Y no es así. El alcance de lo peor de Fukushima va a ser, fundamentalmente, japonés y quizá de algunas zonas periféricas; igual que el alcance de lo peor de Chernóbyl fue, fundamentalmente, ruso, bielorruso y ucranio. Hay aquí algunas leyes físicas en juego, y una de ellas afirma que la concentración tiende a disminuir con la distancia. Otra de ellas, que los daños de la radioactividad a la materia –incluyendo la materia viva– son extremadamente dependientes de la dosis y del tiempo de exposición. La pura verdad es que en la historia ha habido enormes diseminaciones de radiación a la atmósfera, como los cientos de pruebas nucleares durante la Guerra Fría, y aquí seguimos. Es más. Aunque ahora mismo no se puede poner la mano en el fuego por nada, las dosis de radiación medidas fuera del perímetro de seguridad hasta el momento son en total tan cancerígenas y teratogénicas como un paquete de cigarrillos. Si la situación actual se mantiene mínimamente, no vamos a ver gente enfermando y muriendo a gran escala. Y que dure. Exploración a una mujer por posible exposición a la radioactividad en Hitachi City. Imagen: Reuters/Público Algunas consideraciones adicionales Es una simpleza decir eso de que “aquí no hay tsunamis ni terremotos así”. Las instalaciones nucleares se construyen según unos estudios sísmicos (entre otros), que varían dependiendo del lugar donde se plantan. No son todas iguales. Los estudios sísmicos o cualesquiera otros también podrían estar subestimados en cualquier otro lugar, para las características de ese lugar. No parece irracional, por tanto, revisarlos. También cabe preguntar sensatamente de qué otras maneras podría producirse una detención simultánea de todos los sistemas de refrigeración, pues ahora resulta evidente que era posible. Pero que los estudios podrían estar subestimados en otros lugares para las características de esos otros lugares no quiere decir que lo estén. Es razonable revisarlos y hacer muchas preguntas al respecto, pero no tanto proponer la clausura inmediata de todas las centrales nucleares del mundo como están haciendo algunos. A fin de cuentas, ha hecho falta un fenómeno de naturaleza muy excepcional para provocar el desastre de Fukushima. El resto de instalaciones del planeta no plantean necesariamente un peligro inminente. Sin duda, en Fukushima se han caído un montón de mitos nucleares. Los sistemas de seguridad pueden fallar por completo y de golpe. Se puede perder el control sobre la reacción. Puede escapar radiación al medio ambiente a pesar de todas las defensas. Pero eso no quiere decir que suceda alegremente. Hay motivos para poner en tela de juicio una montaña de cosas, y para hacer un millón de preguntas incómodas, pero precisamente por eso reitero lo que he dicho mil veces en este blog y en otros lugares: la política energética y el debate nuclear son extremadamente delicados y llenas de matices y puntos de equilibrio, por lo que deben basarse en criterios racionales, no en proclamas propagandísticas de unos y de otros. Debe ser un verdadero debate, donde todas las voces se oigan por igual, no sustentado en campañas publicitarias mediáticas ni tampoco en titulares apocalípticos. Una vez más, digo que esto no es –no debe ser– un partido Madrid-Barça ni una típica diatriba PSOE-PP. La energía nuclear vive siempre en un equilibrio muy delicado. Hay países perfectamente razonables que han optado por renunciar a ella, y otros igualmente razonables que han optado por apostar por ella. Precisamente porque está tan cerca de “fiel de la balanza”, ambas posiciones pueden ser correctas dependiendo de las circunstancias. Del contexto. El contexto es siempre lo más relevante. Es también indudable que va a haber un antes y un después de Fukushima. Que Fukushima ha desplazado y va a seguir desplazando ese “fiel de la balanza”. Esto no se olvidará fácilmente, ni debe hacerse. Quisiera recordar, en todo caso, que por el momento la verdadera catástrofe es la que ha sufrido el pueblo japonés a causa del terremoto y el tsunami. Hay miles de muertos, cientos de miles de desplazados, comarcas enteras borradas del mapa. También quisiera recordar que hay otros pueblos que siguen sufriendo, como Haití. Toda esa gente son hermanos y hermanas nuestros, que han padecido desgracias enormes. Por ello, apelo a vuestra compasión, vuestro humanismo y vuestra solidaridad. Fuente Mis otros post!!! Mario Bunge: Dawkins no es un cientifico La computadora de Anticitera Premio Nobel de Biología: La selección natural nos destruirá Mario Livio: The Golden Ratio La evolucion del ojo (Part-I) Penrose plantea un nuevo modelo cosmológico
La computadora de Anticitera Hace más de dos mil años, alguien creó un objeto absolutamente extraordinario. Pasarían catorce siglos de oscuridad hasta que volviera a verse algo parecido sobre la faz de la Tierra. La costa frente a la que se produjo el naufragio de Anticitera hace unos 2.100 años, en la actualidad. Faltaban unas seis u ocho décadas para el año cero que no fue cuando un buque de tecnología romana y unas trescientas toneladas de desplazamiento se hizo a la mar en el Mediterráneo Oriental. No sabemos realmente quién era su armador, ni el puerto de donde partió, ni a dónde se dirigía, ni en qué fecha exacta lo hizo, ni quiénes navegaban en él. Pero se hundió en la posición 35° 53′ norte 23° 18′ este, a poca distancia de un cabo septentrional de la isla de Anticitera (o Antiquitera), entonces llamada Aigilia u Ogylos y hoy en día parte de la Grecia contemporánea. Esta isla, donde se encuentra el antiguo puerto de Pótamos Aigilii, era por aquel entonces un refugio de piratas a quienes hacía la guerra la Rodas aliada de Roma; quizá el mercante había sido capturado. Otra posibilidad es que simplemente, sobrecargado como iba, se hundiera de viejo: la madera de olmo con que fue construido ha sido datada mediante radiocarbono entre el 177 y el 263 aC, o sea que el barco (o su maderamen, que se solía reutilizar) contaba al menos noventa años de antigüedad y puede que hasta dos siglos. O cualquier otra cosa. Han pasado dos mil y pico años; vete tú a saber qué viento se lo llevó. Restos del naufragio de Anticitera: un fragmento del casco, construido en madera de olmo con tecnología romana, y diversos trozos de cerámica entre los que se distingue el cuello de un ánfora del siglo I a.C. Imagen obtenida a 52 m. de profundidad por miembros del Instituto Egeo, operando desde el barco Calypso del comandante Cousteau, en 1975. Foto: Aegean Institute En octubre de 1900, casi veinte siglos después, un grupo de recolectores de esponjas al mando del capitán Dimitrios Kondos andaba faenando en el lugar mientras esperaban a que se disipara una fuerte tormenta que se interponía en su regreso a casa. Uno de los buceadores, Elías Stadiatos, regresó de su inmersión hablando despavorido sobre cuerpos de hombres y animales pudriéndose en el fondo. Pensando que Elías deliraba por exceso de CO2, el capitán Kondos bajó a comprobarlo. Así hallaron el pecio, o lo que quedaba de él, a unos sesenta metros de profundidad. Contenía ánforas, estatuas de mármol y cobre, cerámica grecorromana y una diversidad de utensilios corrientes en los buques del último siglo antes de nuestra era. Basándose en los restos encontrados, incluyendo algunas monedas pergamenses del 86 – 67 y efesias atribuidas al periodo 70 – 60, los arqueólogos concluyen que el naufragio tuvo que suceder entre el 85 y el 60 aC. Si fuera anterior, estas monedas no deberían estar presentes; si fuera posterior, habría objetos más tardíos con toda probabilidad. Algunos historiadores creen que pudo tratarse de uno de los barcos que transportaban a Roma el botín obtenido por Sila durante la Primera Guerra Mitridática; al parecer hay un texto de Luciano de Samosata, dos siglos y medio posterior, que menciona la pérdida de uno de estos navíos. Obviamente, esto no pasa de ser un tiro lejano. No es sólo el tiempo transcurrido entre el suceso y el comentario de Luciano: es que el Mediterráneo Oriental es uno de los primeros mares de la civilización y el paso entre Citera, Anticitera y Creta ha sido surcado por incontables navíos desde tiempos muy antiguos. Antes de que llegaran las tecnologías de navegación modernas, muchos de ellos naufragaban por mil motivos diferentes; aún sigue ocurriendo de vez en cuando, aunque muchísimo menos. Pero durante milenios, las costas mediterráneas han estado plagadas de viudas espectrales mirando eternamente al mar, a la espera de sus incontables esposos e hijos perdidos que no volvieron jamás. El extraño cargamento Mapa clásico del naufragio de Anticitera, sucedido alrededor del 85 - 60 aC en los pasos entre el mar Crético y el Jónico. Se encuentra en el corazón de las rutas marítimas entre el mundo griego y el romano, muy frecuentadas entonces y ahora. Se supone que el buque, viejo y sobrecargado, podría haber estado haciendo el recorrido de Atenas o Pérgamo a Roma; en realidad, no se sabe a ciencia cierta. La carga del barco hundido estaba fundamentalmente compuesta por copias de estatuas y otras que parecen ser más originales, entre las que se encuentra la cabeza del filósofo, la representación de un niño, el efebo de Anticitera, un lanzador de disco, un Hércules, un toro de mármol y una lira de bronce. Eran artículos probablemente valiosos (también) en su tiempo, por lo que muchos piensan que se trataba de una especie de barco del tesoro; choca entonces que eligieran un navío tan viejuno para el transporte. Otros sugieren que podía tratarse de una carga comercial relativamente corriente en un periodo de gran esplendor, desplazada en uno más de los barcos que surcaban aquellos mares, aunque la carga parece más importante que eso. E incluso un buque capturado por los piratas donde se hubiese reunido el botín obtenido en varios navíos. De nuevo, todo es posible, o cualquier otra cosa; simplemente hace demasiado tiempo y la memoria se ha perdido. Sin embargo, entre los restos sumergidos se encontró también algo distinto. Algo francamente extraño. Estaba tan deteriorado por tanto tiempo bajo el mar que al principio no hizo más que levantar alguna ceja, empezando por la de su descubridor, el arqueólogo Valerios Stais (1902). Lo que Valerios recuperó del fondo, murmurando aquello de “¡qué curioso…!”, era una especie de mecanismo construido en bronce y compuesto por treinta engranajes. El bronce fue el primer gran metal de la civilización, una aleación de cobre con estaño menos dura pero también menos quebradiza que el hierro; al quedar expuesto a la intemperie sólo se oxida en una capa de su superficie y así es capaz de resistir la corrosión (incluyendo la marina) incluso mejor que los aceros sencillos. Si hubiera sido fabricado con hierro, se habría desvanecido en las sombras del Mediterráneo y de la historia mucho tiempo atrás. Esquema de Al-Biruni para un calendario lunisolar de ocho engranajes (996 dC). El mecanismo de Antiquitera, casi once siglos antes, presenta treinta, contaba con al menos 35 y puede que hasta 72. Imagen: Wikimedia Commons. Durante las siguientes décadas, se recuperaron un total de ochenta y tres fragmentos correspondientes a este objeto (82 según otras fuentes). Cabe dividirlos en una pieza central o mecanismo principal, cinco o seis secundarias y el resto terciarias, muchas de ellas poco más que esquirlas. Si quisieras verlo en persona, se conserva actualmente en la Colección del Bronce del Museo Arqueológico Nacional de Atenas. El conjunto mide treinta centímetros de alto, quince de largo y siete y medio de profundidad. Estaba dispuesto originalmente en una caja de madera de unos 34 x 18 x 9 cm, con puertas o tapas delanteras y traseras, así como inscripciones cubriendo la mayor parte del mecanismo. La caja y los paneles anterior y posterior quedaron aplastados por los restos del naufragio que tenían encima, y probablemente el mecanismo en sí se rompió también por este motivo, pero las inserciones calcáreas protegieron los restos durante todo este tiempo. La pieza que suele concentrar todo el interés, lógicamente, es el mecanismo principal que conserva veintisiete de los treinta engranajes; pero todas resultan esenciales para comprenderlo. De manera muy notable, en algunas de las secundarias se hallan inscritos unos tres mil caracteres griegos habitualmente denominados el manual de instrucciones; se estima que en el objeto completo había de diez a veinte mil. En otros fragmentos se observan finísimas marcaciones angulares milimétricas correspondientes a alguna clase de instrumento geométrico. Y todas ellas son testigos enigmáticos de un instante asombroso de la Antigüedad en el que alguien fue capaz de crear una sofisticada máquina cuyo grado de complejidad y perfección mecánica no surgiría otra vez hasta el siglo XIV europeo, mil cuatrocientos puñeteros años después. Su grado de miniaturización es aún más asombroso: pocas veces se vuelve a ver hasta la Edad Moderna. Observa esta belleza y recuerda que estamos hablando de un objeto anterior a nuestra era: Microescalas angulares múltiples en el fragmento C, vista frontal del mecanismo de Anticitera, tal como se encuentra expuesto en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Imagen: Wikimedia Commons. Así, no es extraño –y hasta se me antoja disculpable, aunque sólo sea por una vez– que los magufillos le añadan su dosis habitual de exageraciones y lo consideren un oopart creado por extraterrestres o atlantes o viajeros en el tiempo o cosas así. Nosotros, en cambio, intentaremos una aproximación más científica e histórica: no es preciso irse al mundillo de los enigmas a saldo para valorar en su justa medida un objeto verdaderamente enigmático, verdaderamente asombroso y verdaderamente extraordinario como el mecanismo de Anticitera. En la opinión de este que te escribe, nos encontramos ante el objeto más portentoso de la Antigüedad, una manifestación suprema del conocimiento perdido con la destrucción de las grandes bibliotecas del pasado. Como, por ejemplo, la Biblioteca de Alejandría. Mecanismo de Anticitera, fragmento A (mecanismo principal), vista frontal, tal como se encuentra expuesto en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Imagen:. Wikimedia Commons. La verdad es que visto así y después de tirarse dos mil años bajo el agua, no parece gran cosa. Es raro, ¿verdad? Ahora, vamos a hacerle una radiografía para empezar a comprender lo que se oculta en su interior: Radiografía del fragmento A del mecanismo de Anticitera. © 2005 Antikythera Research Mechanism Project. O mejor aún, un escáner de rayos X: Cuatro "cortes" o "lonchas" del interior del mecanismo de Anticitera (fragmento A) obtenidos mediante tomografía computerizada de rayos X para el ARMP. © 2005 Antikythera Research Mechanism Project. Sí. Es lo que parece: un complejo mecanismo de relojería, creado 1.200 años antes de que se desarrollaran los primeros relojes puramente mecánicos en Al-Ándalus. Sólo hay un pequeño problema: el mecanismo de Anticitera es mucho, muchísimo más que un simple reloj. Vamos allá. El objeto Aunque el mecanismo de Anticitera conserva treinta de sus engranajes (27 en el mecanismo principal del fragmento A y tres en los fragmentos B, C y D), los especialistas coinciden en que para tener sentido mecánico debía contar al menos treinta y cuatro y posiblemente treinta y cinco; los últimos cuatro o cinco se habrían perdido a consecuencia del naufragio y el tiempo. Algunos autores elevan la cifra, proponiendo mecanismos más complejos aún, hasta un máximo de setenta y dos. Están dispuestos en trenes compuestos; durante un tiempo se pensó incluso que podía contener engranajes diferenciales (como en los analizadores diferenciales) para calcular las fases de la luna, aunque parece que esta hipótesis ha sido descartada por innecesaria y actualmente se considera incorrecta. Todos los dientes de los engranajes son triángulos equiláteros. Estructura del mecanismo de Anticitera en vista lateral (sección). Las partes indicadas en color rojo no se han encontrado y son por tanto hipotéticas. © 2008 Tony Freeth, Images First Ltd; Reconstrucción por ordenador, en vista anterior y posterior, del mecanismo de Anticitera.© 2008 Reconstrucción por ordenador, en vista anterior y posterior, del mecanismo de Anticitera completo en su caja, sin las puertas que lo cerraban y sólo con los textos recuperados.© 2008 Tony Freeth, Images First Ltd. El propósito primario del mecanismo era mostrar diversos datos de índole astronómica en una serie de diales circulares o esferas (en el sentido relojero) situadas en la cara frontal y posterior, referidos a una fecha. Esta fecha se indicaba haciendo girar una manivela lateral, hoy perdida; la pieza con el orificio para introducirla se conserva. Había una esfera principal en la parte delantera y dos en la trasera, con otras más pequeñas en su interior. Esquema general del mecanismo de Anticitera en vista superior. © 2008 Tony Freeth, Images First Ltd. La esfera frontal presenta dos escalas concéntricas. La exterior está indicada con los 365 días del calendario egipcio, basado en el ciclo sótico, que podía moverse para compensar el día bisiesto cada cuatro años. Cabe reseñar que el primer calendario grecorromano con años bisiestos, el juliano, no se instituyó hasta el 46 aC (aunque hubo un intento previo en Egipto, con el Decreto de Canopus, en el 238 aC; pero no tuvo éxito). El mecanismo de Anticitera precedería, pues, a este adelanto en varias décadas y puede que hasta un siglo. Dentro de esta primera escala en la esfera frontal, hay otra marcada con los signos griegos del zodíaco clásico y dividida en grados. En esta esfera frontal había al menos tres agujas, una para indicar la fecha seleccionada y otra para indicar la posición del Sol y la Luna respecto a los signos zodiacales helénicos. El indicador lunar está compensado para reflejar las irregularidades conocidas de la órbita de nuestro satélite; se supone que el solar tendría algún sistema parecido, pero si existió, ha desaparecido. En esta misma esfera frontal hay un indicador más para mostrar las fases de la Luna. En las inscripciones en griego se hallan varias referencias sobre Venus y Marte, lo que ha conducido a algunos autores a afirmar que el mecanismo contendría una sección adicional –hoy perdida– para indicar la posición de estos astros e incluso de todos los cinco planetas que conocían los griegos mediante trenes sucesivos hasta un total de 72 engranajes. Conservarse, sólo se conserva un engranaje adicional de utilidad desconocida, desconectado de los demás; por ello, cabe considerar especulativa esta posibilidad. La esfera frontal contiene también un parapegma, precursor de los almanaques modernos, que indicaba la salida y el ocultamiento de varias estrellas específicas indicadas mediante iniciales en griego. Parece haber referencias cruzadas a este respecto en las inscripciones grabadas por toda la máquina. Por la cara posterior tenía dos esferas en vez de una, llamadas “alta” y “baja”. La alta tiene forma de espiral, con 47 marcas en cada vuelta hasta totalizar los 235 meses del ciclo metónico. El ciclo metónico de 6.940 días, que se estudió en Babilonia y constituye la base del posterior calendario hebreo, es una aproximación bastante exacta al múltiplo común de los ciclos del sol y de la luna: equivale más o menos a 19 años tropicales y 235 meses sinódicos a la vez. Metón el Ateniense observó este fenómeno ya en el siglo V aC –de ahí su nombre– e incluso describió una fórmula correcta para corregir la pequeña diferencia entre ambos, con lo que el mecanismo de Anticitera permite esta corrección. Sobre esta base, se pueden crear y ajustar calendarios lunisolares con gran facilidad. Dicho de otra manera: en un tiempo en que la mayoría del mundo aún estaba prácticamente en el Neolítico, con un mecanismo de Anticitera tú podías llegar a cualquier sitio y levantar un calendario en cuestión de horas. Trenes de cálculo lunar de la máquina de Anticitera, vista posterior. Imagen base: © 2005 Antikythera Research Mechanism Project. La esfera posterior baja está también dispuesta en forma espiral, con 223 divisiones para mostrar los meses del ciclo de Saros, originado en la cultura caldea. El ciclo de Saros es excepcionalmente interesante, pues equivale al tiempo transcurrido entre dos momentos en que el Sol y la Luna se encuentran en parecida posición con respecto al Sol, y por tanto entre ocurrencias del mismo eclipse. En combinación con el metónico, permite predecir los eclipses con bastante exactitud. Esta esfera posterior baja contiene además una aguja más pequeña que indica el exeligmos o triple Saros de 54 años, para corregir las imprecisiones del ciclo de Saros, dado que éste no es un número entero exacto sino que consta de 6.585 días y un tercio. Recientemente (2008), se ha descubierto también una esfera menor adicional que parece corresponder al ciclo calípico de 76 años, dividida en cuatro secciones con los nombres de los cuatro juegos panhelénicos (incluida la Olimpiada) más otros dos de menor importancia; uno de ellos permanece sin descifrar. Así, el mecanismo de Anticitera resulta ser un pasmoso computador analógico, un autómata de la Antigüedad, que suma y aplica los conocimientos de toda la media luna donde se originó la civilización occidental (Grecia, Egipto, Levante, Mesopotamia). Esa es la clase de conocimiento desaparecido que se encontraba en lugares como la Biblioteca de Alejandría. Quien llevara consigo un mecanismo de Anticitera, estaba perfectamente ubicado en el tiempo con respecto al Sol, la Luna y las estrellas. Podía predecir las épocas de siembra y cosecha, los eclipses, las estaciones, practicar las formas de adivinación antigua (sí, lo que quieras, pero en aquella época era muy importante), todo. El mecanismo de Anticitera es un instrumento protocientífico avanzado, la herramienta perfecta para un astrólogo, un astrónomo, un astrofísico de la Antigüedad, como no volvió a ser posible hasta milenio y medio después. Con ese nivel de miniaturización, más aún. Y es único en el mundo: no se conoce ninguno más ni nada siquiera parecido. Ciertamente, no resulta nada raro que algunos lo consideren uno de esos oopart. El contexto Pero el mecanismo de Anticitera no es un oopart, por dos motivos. Primero, porque nadie ha encontrado jamás un oopart verdadero (¡ojalá!), y este no es una excepción. El segundo, y más importante, porque cuadra con la ciencia y la tecnología de más alto nivel disponible en el periodo, y además existen escritos de aquella época que se refieren a esta clase de aparatos. Por ejemplo, el contemporáneo Cicerón (106 – 43 aC) habla en su De re publica sobre dos dispositivos creados por por Arquímedes (287 – 212 aC) que parecen alguna especie de planetario de mesa por engranajes capaz de representar posiciones astronómicas y realizar predicciones en base a las mismas. Las máquinas de Ctesibio de Alejandría (285-222 aC) o Filón de Bizancio (280-220 aC) que culminarían en tiempos de Herón de Alejandría (10-70 dC) nos evocan una memoria casi perdida de objetos alimentados por medios mecánicos, neumáticos, hidráulicos e incluso a vapor; sistemas de cálculo analógico basados en el recuento de pasos de engranajes simples y compuestos; y toda una serie de autómatas elementales, entre muchas cosas más. El indicador calípico de fechas para las festividades deportivas, entre ellas las Olimpiadas, identificado en el mecanismo de Anticitera por tomografía de rayos X. Imagen: © 2005 Antikythera Research Mechanism Project. Reconstrucción de las inscripciones en el mecanismo de Anticitera, a partir de las imágenes obtenidas por tomografía de rayos X. Imagen: © 2005 Antikythera Research Mechanism Project. Hizo falta un avanzado nivel teórico para concebir una máquina así. Pero también estaba disponible por aquel entonces, si bien vendría a equivaler al nivel de la física teórica que se encuentra hoy en día detrás de instrumentos como el LHC. Las partes más difíciles y complejas son el ciclo metónico y el calípico que eran bien conocidos en el periodo e incluso antes, procedentes de las culturas mesopotámicas. Se desarrollaron tras los tiempos de Hiparco de Nicea, más de un siglo tras Eratóstenes de Cirene o Aristarco de Samos; y mucho después que Pitágoras y Eudoxo de Cnidos. A principios del siglo I aC, las culturas del Mediterráneo Oriental y la helénica en particular sabían del movimiento cíclico de los astros, incluyendo la precesión de los equinoccios; conocían que era posible calcularlo matemáticamente; y eran capaces de construir mecanismos para hacerlo. Así pues, el mecanismo de Anticitera está contextualizado en su periodo histórico y no contiene nada ni está sustentado en nada que no supieran los griegos antiguos. Por tanto, no estamos ante el habitual misterio barato de pacotilla, sino ante un instrumento científico de muy alta tecnología y extrema precisión, el equivalente clásico a una nave de espacio profundo en un tiempo donde tales preocupaciones eran aún más raras que en la actualidad. De hecho, por el momento no se ha encontrado ninguno más. Existen indicios muy fuertes para pensar que hubo más, aunque sólo sea porque su grado de desarrollo y acabado hace muy difícil pensar que se tratara del primer intento de construir un dispositivo así. Pero, muy lamentablemente, estos otros objetos se han disuelto en el tiempo. Los tristes restos del mecanismo de Anticitera parecen ser el superviviente único de un tiempo perdido, cuya singularidad va a la par con su sofisticación y extrañeza. Parte inferior del reloj-planetario de De'Dondi, en un grabado de la época (ca 1364 dC). Hasta entonces, no había vuelto a aparecer otra máquina computadora tan compleja como el mecanismo de Anticitera. Más de 1.400 años de tinieblas les separan. Alguien, viéndolo, podría decir: “¡pero si es sólo como un reloj viejo!”. Y sí, pero es algo muy parecido a un reloj mecánico moderno creado un milenio y medio antes de que aprendiéramos a hacer relojes mecánicos modernos. Ni el astrolabio mecánico de Al Biruni (aprox. 1000 dC), ni el reloj automático programable de Al Jazarí (también inventor del cigüeñal, aprox. 1200 dC), ni el reloj medieval de Wallingford fueron tan complejos y ni remotamente tan compactos. Hay que irse al reloj de De’Dondi (siglo XIV dC) para encontrar mecanismos tan complejos y prácticamente a la Edad Moderna para que sean al mismo tan pequeños y compactos. Es casi como si detectáramos ahora mismo, en una órbita alrededor del Sol, una nave espacial lanzada por los sinosudistas o alguien así el año en que nació Mahoma. La interpretación La interpretación práctica del mecanismo de Anticitera es extrema, extrema, extremadamente difícil porque, para empezar, ni sabemos de dónde salió, ni quién lo utilizaba, y no existe ninguna otra pieza ni remotamente parecida en el mundo entero para comparar. El hecho de haberlo hallado en un naufragio, perdido en tránsito, complica aún más las cosas porque no permite conocer el lugar en que se usaba habitualmente; a menos que se empleara como parte del equipo de navegación de a bordo (cosa poco probable: difícilmente un marino de su tiempo le habría hallado alguna utilidad inmediata) o fuera tranportado por un pasajero en alguna clase de viaje de investigación (ve y pregunta a qué se dedicaban los ocupantes de un oscuro navío hundido dos mil cien años atrás…). El llamado manual de instrucciones, grabado por todas partes en griego con pintas de koiné, no acaba de aportar luz al respecto. No es un verdadero manual de instrucciones en el sentido actual del término, sino más bien unos apéndices de referencia, dando por sentado que el usuario sabe para qué sirve la máquina y cómo utilizarla. Tiene t0da la lógica: este objeto sólo tiene sentido en manos de un científico que lo entendiera o, como rareza, en el tesoro de un rey. El idioma en el que está escrito, más allá de vincularlo genéricamente a la cultura helénica, tampoco proporciona ningún dato en particular: el griego koiné era el “inglés” de su tiempo, una lingua franca de uso en todo el Mediterráneo, que aparece en objetos tan dispares como la piedra de Rosetta (Egipto, 196 aC) o el Nuevo Testamento (Asia Menor, aprox. 125 – 250 dC). En todo caso, sin duda, se trata de un instumento científico-técnico portátil para la realización de cálculos astronómicos o astrofísicos elementales desarrollado en el contexto de la civilización grecorromana oriental en torno a principios del siglo I aC. Es un autómata, seguramente no-programable de ninguna manera práctica, construido en bronce y madera, con sistemas de cálculo, representación y alimentación basados en la ingeniería mecánica. Incluye tablas de operación y referencia. Entendido como máquina calculadora o computadora, estamos ante un ordenador analógico de la Antigüedad, creado a partir de los conocimientos teóricos más avanzados disponibles en el periodo. Desde las profundidades del tiempo y el mar, silencioso en sus expositores del Museo Arqueológico Nacional de Atenas, el mecanismo de Anticitera aún guarda muchos misterios de los de verdad y un mensaje inquietante para nosotros. Contiene una advertencia. Nos dice que el progreso no está garantizado. Nos recuerda que las sociedades pueden retroceder, como sucedió: mil años largos, oiga, hasta que alguien volviera a hacer algo parecido. Las sociedades que dejan de aspirar a la libertad de pensamiento, que renuncian al avance de la ciencia, de las artes y de las ideas, que se acomodan o refugian en sus valores tradicionales (que a menudo no lo son tanto) y en los cantos de sirena de la superstición… se estancan, retroceden y retrocederán. Entre el mecanismo de Anticitera y el reloj de De’Dondi, su inmediato sucesor, hubo 1.400 años de tinieblas. Si el modelo de civilización que creó esta computadora de la Antigüedad hubiera podido seguir adelante, ¿por dónde andaríamos hoy, ya? Fuente Mis otros post!!! Premio Nobel de Biología: La selección natural nos destruirá Mario Livio: The Golden Ratio La evolucion del ojo (Part-I) Penrose plantea un nuevo modelo cosmológico
Premio Nobel de Biología: La selección natural nos destruirá Hemos evolucionado rasgos que darán lugar a la extinción de la humanidad, por lo que debemos aprender a superarlos. Somos la especie más exitosa del planeta, pero cree que en última instancia, pagaremos el precio de este éxito. ¿Por qué? El costo de nuestro éxito es el agotamiento de los recursos naturales, lo que lleva a las crisis energética, el cambio climático, la contaminación y la destrucción de nuestro hábitat. Si agota los recursos naturales no quedará nada para sus hijos. Si seguimos en la misma dirección, la humanidad se dirige hacia algunas ordalías terribles, si no a la extinción. ¿Crees que la selección natural ha trabajado en contra de nosotros?. ¿Cómo? Debido a que no tiene previsión. La selección natural ha dado lugar a características tales como el egoísmo de grupo que se ha codificado en nuestros genes. Estos eran útiles a nuestros antepasados en las condiciones en que vivían, pero se han convertido en nocivas para nosotros hoy. Lo que nos ayudaría a preservar nuestros recursos naturales son los rasgos genéticos que nos permiten sacrificar el presente por el bien del futuro. Usted necesita la sabiduría de sacrificar algo que es inmediatamente útil o ventajosa para el bien de algo que será importante en el futuro. La selección natural no hace eso, sino que sólo mira lo que está sucediendo hoy en día. No se preocupa por sus nietos o nietos de los nietos. Se llama a esta falta de visión "pecado original". ¿Por qué eligió esta terminología? Creo que los escritores del Génesis había detectado el egoísmo inherente en la naturaleza humana que propongo está en nuestros genes, e inventaron el mito del pecado original para dar cuenta de ello. Es una imagen. Yo no estoy actuando como un exegeta - Yo no interpreto las Escrituras. ¿Cómo puede la humanidad superar este "pecado original"? Tenemos que actuar en contra de la selección natural y oponernos activamente a algunos de los rasgos genéticos claves. Una solución que usted propone es el control de la población, pero ¿no es éticamente dudosa? Es una simple cuestión de cifras. Si desea que este planeta siga siendo habitable para todas las personas que viven aquí, usted tiene que limitar el número de habitantes. Los cazadores lo hacen matando a los animales viejos o enfermos en una manada, pero no creo que eso es una manera muy ética de limitar la población. Entonces, ¿qué queda? control de la natalidad. Tenemos acceso a los métodos de práctica, ética y científicamente de control de la natalidad. Así que creo que es la forma más ética de reducir nuestra población. También aboga por dar más poder a las mujeres. ¿Por qué? Hablando como un biólogo, creo que las mujeres son menos agresivas que los hombres, y desempeñan un papel más importante en la educación temprana de los jóvenes ayudando a superar su herencia genética. ¿Es usted optimista sobre el futuro de la humanidad? Estoy cautelosamente optimista - con mucha cautela. Trato de ser optimista, porque prefiero dar un mensaje de esperanza a los jóvenes, digo: se puede hacer algo al respecto. Pero en el presente, no hay mucha evidencia de que esto está sucediendo. Fuente Mis otros post!!! Mario Livio: The Golden Ratio La evolucion del ojo (Part-I) Penrose plantea un nuevo modelo cosmológico
Conversación con Mario Bunge “Sólo los fanáticos odian a las personas tanto como a las doctrinas” ¿Por qué la filosofía? Pero, ¿por qué si el físico Stephen Hawking dispensa en su último libro sendas necrológicas de la religión y de la filosofía, Bunge, a quien el ateísmo, como el valor en las cartillas militares, se le supone, se niega a dejar de ser filósofo por amor de ser científico? Los filósofos se plantean problemas mucho más generales que los científicos. Por ejemplo, qué es la materia, en lugar de preguntarse sobre las propiedades del agua o de la llamada materia oscura. Y se permiten poner en duda algunas especulaciones de los científicos, tales como las de Hawking sobre el mal llamado origen del universo, que en realidad es el origen de la expansión del universo. Análogamente, los filósofos de la mente se preguntan sobre la naturaleza de los procesos mentales en general, en lugar de averiguar, por ejemplo, cómo interactúa el órgano del conocimiento -la corteza cerebral- con el de la emoción -el llamado sistema límbico. Las pseudociencias son un timo, pero, ¿no suele el “timador” aprovecharse de la avaricia del timado? Los chamanes y psicoanalistas no recurren a la avaricia sino al deseo de comprender la vida sin estudiarla seriamente. Como dijo Borges, los psicoanalistas explotan el narcisismo, en particular el concreto deseo de que alguien ajeno se ocupe de nuestros problemas personales. Cuando escucha la palabra “energía”, ¿echa mano a la pistola? Empiezo por preguntar si se trata de una energía especial, tal como la gravitacional o la química, o del concepto general de energía. Si es lo primero, sugiero que se consulte obras científicas; si lo segundo, observo que el concepto general de energía pertenece a la ontología, donde puede definirse como la capacidad de cambiar. De esto trata un capítulo de mi próximo libro, Filosofías y fobosofías. ¿Y cuando alguien se justifica “es que los Capricornio somos así...”? Tengo la suerte de que rara vez me topo con creyentes en la astrología. Supongo que ésta es una de las ventajas de los que nacimos bajo el signo de Virgo. ¿Que un farmacéutico venda homeopatía es como si un arquitecto edificara sin materiales? Buena analogía. Desgraciadamente, la enorme mayoría de los creyentes en la homeopatía no saben que algunas de las diluciones que les venden como fármacos homeopáticos son del orden de una molécula por galaxia, lo que las hace totalmente ineficaces. En la atiborrada pasarela de las pseudociencias hay estrellas que despuntan. Y no es fácil estar al día de las que más se llevan.“Depende del país. En Argentina todas prosperan por igual. En México, el chamanismo herborístico. Y en los Estados Unidos, la teoría económica estándar”. ¿Y cuál es la pseudociencia más peligrosa? La teoría económica estándar, porque sustenta las políticas económicas de los gobiernos conservadores y reaccionarios, que son enemigos del bienestar de la gente común. ¿Y la más extravagante? La llamada psicología evolutiva, que pretende explicar todo lo social en términos biológicos imaginarios, tales como el deseo de todo hombre de difundir al máximo sus genes. ¿Y la legión de psicoanalistas argentinos no ha pedido la revocación de su nacionalidad? Todavía no, pero no me sorprendería que un día lo hagan. ¿Cómo sobrelleva un escéptico el martirio de pegarse día a día con todo el mundo? Muy bien, sólo los fanáticos odian a las personas tanto como las doctrinas. Uno puede ser intolerante con las teorías falsas, pero tolerante con quienes las sustentan, a condición de que no medren con ellas. Dice usted que una de las pseudociencias con más adeptos hoy -entre científicos como Richard Dawkins- es el determinismo genético. ¿Cuál es su falla? Lo que pasa es que Dawkins no es un científico sino un divulgador. Peor, la genética que difunde no es la científica sino su versión personal de la misma. Además, jamás se tomó la molestia de aprender el Abecé de la psicología, que muestra que nuestros procesos mentales están fuertemente influidos por el entorno social, como señalan los estudios serios sobre gemelos “idénticos” criados en hogares de clases sociales y ocupaciones muy diferentes. Que los fraudes se invistan de ropajes científicos, ¿no rinde un homenaje al poder y legitimidad de la ciencia hoy? Efectivamente. En política sucede algo parecido: suele oprimirse o explotarse a la gente en nombre de la libertad (neoliberalismo) o de la igualdad (comunismo). Ni comunismo ni “neoliberalismo” son teorías científicas de la sociedad. ¿Cuál lo sería? Distingamos teoría política de ideología política. Encontrará bastante de ambas en mi Filosofia política (Gedisa, 2009). En particular, verá que, aunque prefiero la socialdemocracia a sus alternativas, propongo otra, a saber, el socialismo cooperativista, que aún no ha sido ensayado a escala nacional. Pero ya lo entrevieron los dos únicos auténticos socialistas que ha parido España: Louis Blanc (quien floreció en París aunque nació en Madrid) y el jesuita vasco Jose María Arizmendiarreta, cofundador de Mondragón. ¿Por qué la mayoría de los escépticos es de izquierda? ¿No son también, tanto la izquierda como la derecha, supercherías a extinguir? Creo que eso ocurrió entre la Ilustración y la Segunda Guerra Mundial, con la excepción de los marxistas ortodoxos, que eran dogmáticos y se decían de izquierda. Desde 1945, la izquierda europea ha sido infectada por el postmodernismo, que es irracionalista y, en particular, anticientífico. Chesterton decía que cuando dejamos de creer en Dios empezamos a creer en cualquier cosa. ¿No erigió el catolicismo una suerte de defensa contra fraudes new age? Lo dudo, porque las supercherías postmodernas emergieron mucho después de Chesterton. Lo que es cierto es que el catolicismo ortodoxo se opone a las demás supersticiones porque compite con ellas por nuestras “almas”. Pero también combate a las filosofías procientíficas, en particular las materialistas. Muchos filósofos católicos comparten y difunden las ideas de Popper porque éste creía en la mente inmaterial. Señala que la difusión de la superstición es un fenómeno psicosocial que debería ser sometido a investigación científica. ¿Cuál es su diagnóstico? No lo sé. Los expertos en manipulación de la opinión pública -en materia comercial y científica- son más numerosos que los investigadores de los mecanismos psicosociales involucrados en la credulidad. Si las supersticiones infectan las mentes tal que virus, ¿qué nos vacunaría contra ellas? La única vacuna eficaz es una combinación de educación científica con reflexión filosófica. La primera no basta, como lo muestra el caso de eminentes científicos que han creído en la parapsicología, la homeopatía y otras yerbas. Tampoco basta la filosofía, ya que está llena de supersticiones, tales como las del alma inmaterial y el conocimiento intuitivo y a priori. Fuente Mis otros post!!! Mujeres y ciencia La computadora de Anticitera Premio Nobel de Biología: La selección natural nos destruirá Mario Livio: The Golden Ratio La evolucion del ojo (Part-I) Penrose plantea un nuevo modelo cosmológico

Algunos pensamientos de científicos escépticos No importa si tienes fe en los milagros o en otros fenómenos sobrenaturales, no importa que rindas culto a Jesús, a Baal o a Zeus. No importa si eres racionalista, ateo, creyente o agnóstico. Los siguientes pensamientos merecen ser leídos aunque sólo sea porque fueron prohibidos durante siglos de oscurantismo. Son pensamientos acerca de cómo la ciencia erosiona el concepto de fe en lo sobrenatural; y como la única manera de avanzar científicamente es mediante un pensamiento fundamentalmente escéptico. No dudo que algunos de estos pensamientos podrán ofender las ideas de determinadas personas. Pero quizá va siendo hora de que no nos ofendamos por las ideas, porque entonces todo el mundo podría ofenderse por las ideas de los otros y… nunca se podrían publicar ideas nuevas o diferentes. De ningún tipo. En el caso de las creencias religiosas, místicas o psedocientíficas, con más razón, pues como ya dijo Christopher Hitchens: “Lo que puede ser afirmado sin pruebas, también puede ser descartado sin pruebas.” Hechas estas aclaraciones preliminares, empecemos con el padre de la biología moderna, Charles Darwin, que fue progresivamente abandonando sus ideas religiosas a medida que aprendía sobre la evolución por selección natural, como explica en este pasaje de su Autobiografía: charlesdarwin dijo:Reflexionando sobre la necesidad de disponer de evidencias claras como requisito para que cualquier hombre en su sano juicio creyera en los milagros sobre los que está sustentado el cristianismo; y en que cuanto más sabemos acerca de las leyes de la naturaleza más increíbles resultan los milagros; en que los hombres de aquellos tiempos eran ignorantes y crédulos en unos niveles que hoy en día son resultan incomprensibles; en que es imposible demostrar que los Evangelios fueran escritos al mismo tiempo que los acontecimientos que describen; en que difieren en muchos detalles importantes, demasiado importantes a mi entender, como para que dichos detalles sean admitidos como las imprecisiones habituales de los testigos presenciales; a través de reflexiones de este estilo, que enumero no por ser de novedad o tener algún valor, sino porque a mí me influyeron, llegué gradualmente a descreer del cristianismo como revelación divina. Y tuve también en cuenta el hecho de que muchas religiones falsas se hayan extendido como un fango incontrolado sobre grandes regiones de la Tierra. El filósofo Christopher Hitchens lo tiene claro: hoy en día disponemos de explicaciones mejores y más sencillas del origen de las especies y del universo (más sencillas porque son más coherentes y disponen de más evidencia, porque en realidad son infinitamente más complejas que las religiosas.) Por ejemplo: Teniendo en cuenta que como mínimo el 98 por ciento de las especies de este planeta diminuto solo dieron unos cuantos pasos vacilantes antes de sucumbir a la extinción, ¿cómo se justifica el postulado de que toda esta desaparición masiva, salpicada de vez en cuando por grandes explosiones vitales (como la del Cámbrico), también tenía como única finalidad nuestra presencia? A mucha gente Albert Einstein le parecía un hombre tan inteligente que, todo lo que salía por su boca, parecía que fuera una verdad revelada. Por eso muchos creyentes siempre buscaron en sus palabras algún rastro de creencia en lo místico o religioso. Pero Einstein siempre mantuvo que lo milagroso del orden natural era la falta de milagros, y que su funcionamiento se ceñía a unas regularidades asombrosas. Para los que todavía duden de la fe de Einstein, él mismo se dedicó a aclararlo en una carta el 24 de marzo de 1954: alberteinstein dijo:Era mentira, por supuesto, lo que leyó usted sobre mis convicciones religiosas, una mentira que se repite sistemáticamente. Yo no creo en un Dios personal; es algo que no he negado nunca, sino que lo he expresado claramente. Si dentro de mí hay algo que se pueda llamar religioso, es la admiración ilimitada a la estructura del mundo en la medida en que puede revelarla nuestra ciencia. El sabiondo y escéptico Henry Louis Mencken, si bien estaba muy tentado por el eugenismo y el darwinismo social, hizo grandes aportaciones contra los fundamentalistas bíblicos y otros fanáticos cuyo empeño era prohibir el alcohol y la enseñanza del evolucionismo: Pero ¿en qué lugar del mundo hay un hombre que venere hoy a Júpiter? ¿Y qué decir de Huitzilopochtli? En un solo año (y esto sucedió hace apenas cinco siglos) sacrificaron en su honor a cincuenta mil jóvenes y doncellas. Hoy nadie lo recuerda, excepto quizá algún salvaje errabundo perdido en la inmensidad de los bosques mexicanos. Huitzilopochtli, al igual que muchos otros dioses, no tenía un padre humano: su madre era una viuda virtuosa y lo engendró tras un coqueteo aparentemente inocente que mantuvo con el Sol. (…) Damona, y Esus, y Drunemeton y Silvina, y Gannos, y Mogons. Todos ellos dioses poderosos de su época, venerados por millones, llenos de exigencias e imposiciones, capaces de atar y desatar, todos ellos dioses de primera categoría. Los hombres trabajaban durante generaciones para construirles templos gigantescos, templos con piedras grandes como carreteras. El negocio de interpretar sus caprichos ocupaba a miles de sacerdotes, obispos y arzobispos. Dudar de ellos equivalía a morir, generalmente en la pira. ¿Quién no conoce a estas alturas a Carl Sagan? ¿Cuántas personas se vieron transformadas intelectualmente por su libro El mundo y sus demonios, donde demostraba que la superstición se alimentaba de temores primitivos, y contribuía a reforzarlos? CarlSagan dijo:Los dioses velan por nosotros y guían nuestros destinos, enseñan muchas culturas humanas; hay otras entidades, más malévolas, responsables de la existencia del mal. Las dos clases de seres, tanto si se consideran naturales como sobrenaturales, reales o imaginarios, sirven a las necesidades humanas. Aun en el caso de que sean totalmente imaginarios, la gente se siente mejor creyendo en ellos. Así, en una época en que las religiones tradicionales se han visto sometidas al fuego abrasador de la ciencia, ¿no es natural envolver a los antiguos dioses y demonios en un atuendo científico y llamarlos extraterrestres? El brillante filósofo y matemático Bertrand Rusell incluso estuvo en la cárcel por esgrimir tus tenaces ideas sobre la libertad sexual y los riesgos de la guerra y el imperialismo. Su panfleto, Por qué no soy cristiano, se convirtió rápidamente en un clásico del librepensamiento: He visto grandes naciones, que antes estaban a la cabeza de la civilización, extraviadas por predicadores de tonterías rimbombantes. He visto el aumento a saltos de la crueldad, la persecución y la superstición, hasta que hemos llegado al extremo en que alabar la racionalidad se considera propio de un vejestorio reaccionario superviviente de una época pasada. Michael Shermer es un escritor e historiador especializado en temas científicos, fundador de la Skeptics Society, y editor de su revista oficial Skeptic, que está principalmente dedicada a investigar temas pseudocientíficos y sobrenaturales. Lo que sigue es una revisión científica de la historia del Génesis que escribí para dejar de manifiesto lo absurdo que es, en términos lógicos, intentar encajar la pieza cuadrada de la ciencia en el agujero redondo de la religión. No pretende ser sacrilego con la belleza poética del Génesis, sino una mera extensión de lo que ya le han hecho al Génesis los creacionistas con su insistencia en que no se lea como una saga mítica, sino como prosa científica. Otro escritor de cabeza escéptica es Mark Twain, menos conocido por sus escritos acerca de la religión: marktwain dijo:La Biblia del cristianismo es una farmacia. Su contenido es siempre el mismo, pero la práctica médica cambia. Durante mil ochocientos años, tales cambios fueron pequeños, apenas dignos de mención. La práctica fue alopática (alopática en su forma más cruda y descarada). El ignorante y oscuro médico, día y noche, todos los días y todas las noches, atiborraba a su paciente con amplias y odiosas dosis de las drogas más repulsivas que se hallaban en el almacén; le sangraba, le aplicaba ventosas, le purgaba, le daba vomitivos, le desalivaba, jamás concedía al organismo una posibilidad de reanimarse ni a la naturaleza una oportunidad para ayudar. Le mantuvo enfermo de religión durante dieciocho siglos, y en todo este tiempo no le concedió ni un solo día de bienestar. Los productos del almacén se componían aproximadamente de partes iguales de venenos perniciosos y debilitantes y de medicinas confortadoras y curadoras. Pero la práctica del tiempo limitaba al médico al uso de los primeros. En consecuencia, solo podía dañar a su paciente, y esto es lo que hizo. Para quienes todavía dudan de cuán diametralmente opuestas son superstición y ciencia, vale la pena leer la siguiente reflexión del profesor de filosofía y director del Centro de Estudios Cognitivos de la Universidad de Tufts, Daniel C. Dennett, autor de libros tan iluminadores como Romper el hechizo: ¿Venero yo la medicina moderna? ¿La ciencia es mi religión? No en lo absoluto; no hay ningún aspecto de la medicina moderna o de la ciencia que estuviera dispuesto a eximir del más riguroso escrutinio, y puedo identificar fácilmente una gran cantidad de problemas serios que todavía necesitan ser resueltos. Eso es fácil de hacer, por supuesto, pues los mundos de la medicina y la ciencia están ya de lleno involucrados en las más obsesivas, intensivas y humildes autoevaluaciones hasta ahora conocidas para las instituciones humanas, y regularmente hacen públicas el resultado de estos autoexamenes. Mas aun, esta incondicional crítica racional, imperfecta como es, es el secreto del sorprendente éxito de estas empresas humanas. Hay mejoras medibles cada día. Una cosa en particular me sorprendió cuando comparé el mundo médico del cual mi vida ahora dependía con las instituciones religiosas que he estado estudiando tan intensamente en los años recientes. Uno de los temas más dulces y consoladores que se pueden encontrar en cualquier religión (hasta donde yo sé) es la idea de que lo que realmente importa es lo que está en tu corazón: si tienes buenas intenciones, y estas tratando de hacer lo que (Dios dice) es correcto, eso es lo mas que se puede pedir. No es así con la medicina! Si estas mal (especialmente si deberías haber sabido mejor) tus buenas intenciones sirven de casi nada. Y mientras que dar saltos de fe sin mayor escrutinio de las propias opciones es frecuentemente celebrado por las religiones, es considerado un gran pecado por la medicina. Un doctor cuya devota fe en sus revelaciones personales sobre como tratar un aneurismo aórtico lo condujo a hacer pruebas no verificadas en pacientes humanos sería severamente reprendido si no es que expulsado totalmente de la medicina. Hay excepciones, por supuesto. Unos cuantos pioneros aventureros y dispuestos a tomar riesgos son tolerados y (si prueban estar en lo correcto) eventualmente honorados, pero pueden existir solamente como excepciones raras al ideal del investigador metódico que escrupulosamente descarta teorías alternativas antes de poner la suya en practica. La buenas intenciones y la inspiración simplemente no son suficientes. En otras palabras, mientras que quizas muchas religiones sirvan un proposito benefico al dejar que mucha gente se sienta a gusto con el nivel de moralidad que ellos mismos pueden obtener, ninguna religion sujeta a sus miembros a los altos estandares de responsabilidad moral con los que el mundo secular de la ciencia y la medicina se juzga a si mismo! La visión mayoritaria dentro de la escuela atea es que la existencia de dios no se puede demostrar ni refutar, y que por consiguiente la postura teísta cae por su propio peso, puesto que sus defensores deben afirmar que saben más de lo que puede saber nadie (no solo sobre la existencia de un creador, sino sobre lo que piensa del sexo, la alimentación, la guerra y otros temas). Quizás en un exceso de atrevimiento, Victor Stenger plantea el argumento de que ahora ya sabemos lo suficiente para desechar por completo la hipótesis de dios: Sin embargo, la ciencia sabe mucho más de lo que cree la mayoría de la gente. Por mucho que se hable de “revoluciones científicas” y “cambios de paradigma”, las leyes básicas de la física siguen siendo esencialmente las mismas que en la época de Newton. Se han ampliado y revisado, por supuesto, sobre todo con las aportaciones del siglo XX sobre la relatividad y la mecánica cuántica, pero cualquier conocedor de la física moderna deberá reconocer que algunas bases, especialmente los grandes principios de conservación de la energía y el momento, no han cambiado en cuatrocientos años. Los principios de conservación y las leyes del movimiento de Newton siguen presentes en la relatividad y la mecánica cuántica. La ley de la gravedad de Newton todavía se usa para calcular las órbitas de las naves espaciales. La conservación de la energía, y otras leyes básicas, rigen hasta en las más remotas galaxias que se han observado, así como en el fondo cósmico de microondas, de lo cual parece deducirse que han sido válidas durante más de treinta mil millones de años. No cabe duda de que sería razonable calificar de milagro cualquier observación de su incumplimiento durante el insignificante período de existencia del ser humano. Si Dios existe, seguro que tiene la capacidad de repetir milagros, si así lo desea. Los hechos repetibles, sin embargo, dan más información, que tarde o temprano puede conducir a una descripción natural, mientras que un hecho misterioso y no repetido lo más probable es que siga siendo un misterio. Concedámosle a la hipótesis de Dios todo el beneficio la duda, y dejemos abierta la posibilidad de un origen milagroso para hechos inexplicables y coincidencias improbables, examinando uno por uno cualquier de esos acontecimientos. Si no se observa ninguno, ni siquiera con la definición más holgada de milagro, quedará fuertemente respaldada la hipótesis de que no existe un Dios que provoque hechos milagrosos. Diversos estudios demuestran que los científicos, a medida que incrementan sus conocimientos y su excelencia, se apartan de las sendas más trilladas de la fe o directamente se adscriben al ateísmo (o a un deísmo inocuo o a un panespiritualismo incompatible con las religiones tradicionales, como señala el físico Alan Sokal). Entre los miembros de la Academia Nacional de Ciencias, la creencia en Dios se desploma a un 7 %. Un 72 % no cree en Dios. Y un 21 % es agnóstico. Lo que sucede es que públicamente resulta controvertido declararse como ateo (en EEUU, sería impensable, por ejemplo, ateísmo y presidencia de la nación). De manera que los científicos que se ganan la vida con su imagen pública no suelen ser demasiado taxativos en sus opiniones. Pero en encuestas privadas, los datos apuntan algo muy distinto. Para finalizar les dejo este video de Richard Feynman sobre la incertidumbre del conocimiento!!! link: http://www.youtube.com/watch?v=xjGjcNg9GQw Fuente 1 Fuente 2 Fuente 3 Fuente 4 Fuente 5 Fuente 6 Mis otros post!!! Espacio, tiempo y continuum Y Fukushima no resistió Mario Bunge: Dawkins no es un cientifico La computadora de Anticitera Premio Nobel de Biología: La selección natural nos destruirá Mario Livio: The Golden Ratio La evolucion del ojo (Part-I) Penrose plantea un nuevo modelo cosmológico @razordh

Espacio, tiempo y continuum Zenón de Elea profesó una filosofía que cuestiona la realidad del mundo sensorial y desconfía de la posibilidad de cualquier movimiento. ¿Quién no ha oído mencionar la mítica carrera en que el veloz Aquiles trata en vano de alcanzar a su parsimonioso oponente, o la célebre paradoja de la flecha imposible que jamás llega al blanco? Conocemos muy poco de este pensador griego, casi todo a través de Platón, o de las múltiples tentativas de Aristóteles que buscaron refutar los argumentos de los eleáticos en contra del pluralismo ontológico. En su célebre paradoja sobre la dicotomía del continuo, Zenón argumentaba que un móvil que se desplace en línea recta entre dos puntos espaciales A y B debe atravesar el punto medio de su recorrido, m1, antes de alcanzar su objetivo. Luego deberá pasar por m2, punto medio entre m1 y B; y luego por m3, situado en la mitad entre m2 y B, y así sucesivamente, ad infinitum . Esto lo obliga a cruzar un número infinito de puntos en un tiempo finito, un absurdo, según el filósofo griego. Pensemos que el móvil es una flecha que parte de A hacia B. Podemos imaginar que cada vez que la flecha alcanza uno cualquiera de esos puntos medios se enciende una pequeña bombilla roja colocada allí para indicar su posición. La grabación de una cámara de altísima velocidad mostraría un destello que proviene de la bombilla situada en m1, justo en el momento en que la flecha llega a la mitad del trayecto, digamos, un segundo después de haber partido. Transcurrido otro medio segundo, y precisamente cuando la flecha haya recorrido tres cuartas partes del camino, podrá apreciarse que la bombilla en m2 se enciende. Un cuarto de segundo después se observará la luz roja que proviene del punto m3, y así sucesivamente. Es obvio que al detener la grabación, cada vez que una luz se apaga, siempre habrá una escena posterior, aún por ver, en que la próxima bombilla se enciende. En consecuencia, la película jamás termina. Cualquiera que haya tomado un curso de cálculo infinitesimal sabrá cómo “explicar” la aparente paradoja: el tiempo total que demora la flecha en alcanzar B puede calcularse sumando la serie geométrica infinita de razón 1/2, la cual “converge” al valor dos. La película durará entonces dos segundos, y no un tiempo infinito como afirmaba Zenón. El razonamiento, aunque correcto, depende de una hipótesis implícita: tiempo y espacio, el gran telón de fondo de los eventos físicos, no son otra cosa que el continuo matemático. Los físicos profesan una fe casi ciega en este paradigma, común a los modelos deterministas, desde Newton hasta Einstein, imprescindible en la construcción del formalismo matemático de la mecánica cuántica, y fundamental en todas las teorías en las que el espacio-tiempo de Minkowski conforma el substrato fijo. Existen, no obstante, modelos tentativos en los cuales los fenómenos físicos no evolucionan en un espacio-tiempo especificado a priori, aunque la bondad de estas extraordinarias ideas es motivo de interminables controversias. Al modelar el espacio y el tiempo mediante el continuo de los números reales la paradoja desaparece para convertirse en un trivial ejercicio de cálculo. No podemos perder de vista, sin embargo, que esta solución resulta posible solo porque espacio y tiempo se confunden con la misma abstracción matemática que se usa para definirlos. Pero, ¿qué hechos empíricos podrían refutar esta hipótesis, una de las más útiles en todo el arsenal científico? Si ningún experimento imaginable permitiera discernir lapsos temporales más cortos que el llamado “tiempo de Planck” , entonces la pregunta por un tiempo continuo o discreto sería tan vacía como averiguar si la hipótesis propuesta por Bertrand Russell --como simple ejercicio de lógica--, según la cual el mundo fue creado hace escasos minutos, con una humanidad provista del recuerdo de un pasado ilusorio, es realmente cierta. El carácter discreto de los niveles de energía en la teoría atómica sugiere otro camino: la realidad de un espacio-tiempo discreto, como de hecho lo consideró el propio Zenón. En un mundo discreto, la realidad como la percibimos sería un espejismo, y la continuidad del movimiento, algo semejante a la ilusión del cinematógrafo que aprovecha la brevísima persistencia retiniana para lograr que 24 cuadros proyectados cada segundo puedan fundirse en una imagen única. Dicho en forma metafórica, el universo “aparecería y desaparecería” a intervalos temporales, indiscernibles bajo cualquier instrumento de medición. Las paradojas de Zenón recobran sentido al suponer la existencia de una retícula espacial conformada por unidades indivisibles de espacio y tiempo en que los móviles se desplazan a saltos, como quien camina por el lecho de un río, y a cada “tic” de su reloj brinca de manera instantánea de una piedra a otra. La idea proporciona una construcción alternativa de la mecánica clásica, permite deducir la regla de adición de velocidades de la relatividad especial y explica la constancia de la velocidad de la luz. Más difícil es lograr que la teoría sea compatible con el principio de isotropía, es decir, que el modelo no privilegie determinadas direcciones espacio-temporales. Es probable que en el nivel más fundamental, espacio y tiempo sean muy diferentes del continuo matemático, como sugiere la teoría cuántica de la gravitación. Sorprende que después de veinticinco siglos los interrogantes planteados por el más célebre defensor de la filosofía de Parménides , y sin duda, uno de los más grandes pensadores griegos, sigan aún vigentes. Nada más cotidiano, y a la vez más etéreo e inasible que ese abismo inescrutable que denominamos “realidad”. Fuente Mis otros post!!!

Superan un límite cuántico fundamental Científicos europeos, liderados desde el Instituto de Ciencias Fotónicas (ICFO), han detectado por primera vez señales magnéticas ultradébiles por encima del ‘límite de Heisenberg’, una barrera cuántica fundamental e infranqueable hasta ahora. El hallazgo podrá mejorar la sensibilidad de instrumentos como los que se usan en las prospecciones geológicas, la navegación por satélite o el diagnóstico por imagen en medicina. “Hemos demostrado experimentalmente la superación del ‘límite de Heisenberg’, inventando una medida basada en la interacción de partículas”, explica a SINC Mario Napolitano, investigador del Instituto de Ciencias Fotónicas (ICFO, adscrito a la Universidad Politécnica de Cataluña) y autor principal del estudio que publica hoy Nature. Hasta ahora los científicos pensaban que la precisión de cualquier medida estaba delimitada por ese límite. Se trata de una consecuencia del ‘principio de incertidumbre’ planteado por el alemán Werner Heisenberg (indica que si se conoce la ubicación exacta de un objeto tan pequeño como un átomo, no se puede saber hacia dónde se dirige). Ahora, los científicos han detectado por primera vez señales magnéticas ultradébiles por encima del ‘límite de Heisenberg’, “un paso adelante en la comprensión de algo fundamental para la física, además de extender la frontera entre lo que podemos saber a través de una medida y lo que será inaccesible para siempre”, según Napolitano. Para realizar el estudio, los expertos han utilizado un interferómetro (un instrumento que usa la interferencia de las ondas de luz para medir longitudes de onda) con luz láser polarizada y átomos de rubidio. Con este mecanismo han detectado, a tiempo real, los campos magnéticos producidos en el corazón y en el cerebro. El investigador aclara: “El problema nace al aplicar el principio de incertidumbre a un sistema hecho con muchas partículas, el instrumento con el que se hacen las medidas, para establecer el límite de su sensibilidad. Si todas las partículas actúan de forma independiente, la sensibilidad está delimitada por este límite. Si existe interacción, el límite se extiende, y es lo que hemos demostrado con nuestro trabajo”. De la medicina a la astronomía El hallazgo abre un abanico de aplicaciones en campos muy diferentes, basados en la medida de campos magnéticos muy débiles (magnetometría) y la obtención de instrumentos mucho más sensibles. Los autores confían en que el avance tenga buenos resultados en la diagnosis de desórdenes del corazón y sirva para desvelar nuevos datos sobre el comportamiento del cerebro. napolitano dijo:“A largo plazo, el descubrimiento puede mejorar la resonancia magnética en medicina, la búsqueda de ondas gravitaciones en astronomía y la navegación por satélite” napolitano dijo:“Los interferómetros (como los de los relojes atómicos que hacen posible los sistemas GPS y Galileo, o los ópticos -LIGO, VIRGO, GEO- que revelan las ondas gravitacionales) podrían funcionar mejor utilizando las interacción entre partículas, como hemos demostrado” Con instrumentos mucho más sensibles, además, se podrá observar mejor la Tierra y detectar en el subsuelo los cambios que causan los yacimientos minerales o de petróleo. Fuente Mis otros post!!! Algunos pensamientos de científicos escépticos Espacio, tiempo y continuum Y Fukushima no resistió Mario Bunge: Dawkins no es un cientifico La computadora de Anticitera Premio Nobel de Biología: La selección natural nos destruirá Mario Livio: The Golden Ratio La evolucion del ojo (Part-I) Penrose plantea un nuevo modelo cosmológico
Mujeres y ciencia Rita Levi: su trabajo con Stanley Cohen sirvió para descubrir que las células comienzan a reproducirse cuando reciben la orden de hacerlo por parte de los factores de crecimiento Hasta hace bien poco, la jueza era tan solo la mujer del juez —incluso para la Real Academia de la Lengua, que sigue manteniendo esta definición como segunda acepción—. Y si buscamos un significado al vocablo científica, encontraremos un espacio vacío. No tiene entidad propia, va indefectiblemente ligado al masculino y, a lo largo de la historia, sobre todo en el periodo negro que se inicia con la Edad Media y llega hasta los albores del pasado siglo, la mujer en este campo ha estado sumida en el más absoluto ostracismo, salvo honrosas excepciones. El panorama, no obstante, está cambiando, aunque tampoco hay que tirar cohetes, sobre todo en España, donde a pesar del aumento del número de investigadoras en las tres últimas décadas, estamos lejos de alcanzar una proporción paritaria entre hombres y mujeres dedicados a la ciencia en todos sus niveles (apenas hay 14 catedráticas de cada cien). Más optimistas son las conclusiones del último informe del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Mujeres investigadoras 2010, donde se refleja que este organismo avanza hacia la paridad a buen ritmo. Así, destacan “la presencia del 49% de mujeres en los tribunales de 2009 cuando en 2001 era del 21,4%”. Aunque, por otro lado, reconoce que durante el año anterior solo una de 14 mujeres presentadas consiguieron la plaza, por uno de de cada diez hombres. Y eso a pesar de que “el 61,76% de las becas predoctorales y el 52,5% de las postdoctorales las obtienen mujeres”. El telón, para el mundo del conocimiento en general y para la participación de la mujer en él en particular, definitivamente cayó en la Edad Media. Si buscamos una fecha, un punto de inflexión, lo encontramos en el año 415 de nuestra era. Antes tampoco se podía afirmar que la mujer tuviera un lugar de privilegio; seguía siendo una ciudadana de segunda, con acceso limitado a la educación, pero ciudadana y no sierva. Es decir, con ciertos o limitados derechos que permitían sus incursiones en ciencia. Los siguientes 1.400 años transcurrieron en un patético inmovilismo. Las privilegiadas pudieron ocuparse en el oficio de reina, santa o cortesana y el resto, simplemente, conformarse con ser la sombra de su señor, sea cual fuere el dominio de este. Bueno, alguna afortunada alcanzó la categoría de maga o bruja y, con suerte, pudo escapar de la tea de churruscar las herejías. Hipatia es la primera mujer matemática de la que se tiene un conocimiento seguro y detallado. Escribió sobre geometría, álgebra y astronomía, mejoró el diseño de los primitivos astrolabios e inventó un densímetro Una exaltada turba dirigida por el arzobispo Cirilo detuvo en Alejandría un carruaje. Sacaron violentamente a su ocupante, la desnudaron, vejaron y torturaron hasta morir desollada viva. Arrancaron sus carnes con conchas marinas. Luego quemaron sus restos. La multitud, eufórica tras el asesinato, dirigió sus pasos hacia la biblioteca —el mayor tesoro científico y cultural de la antigüedad— y la incendiaron. Medio millón de obras científicas y literarias fueron pasto de las llamas y, con ellas, más de mil años de las civilizaciones clásicas. De las 123 obras de Sófocles, sólo se conservaron siete. El fuego también se llevó los diseños de las máquinas de vapor de Herón de Alejandría y la máquina de Anticitera, la primera calculadora. La humanidad dio un espectacular salto hacia atrás de más de un milenio. En cambio, a Cirilo lo proclamaron santo. La desventurada que sufrió las iras del populacho se llamaba Hipatia. Acababa de cumplir los 45 y se trataba de la más reputada científica de su tiempo. Había escrito 44 libros, inventado el astrolabio plano, el idómetro, el planisferio y el destilador de agua. Además, impartía clases de Matemáticas, Astronomía y Física, y dirigía la escuela Neoplatónica de Filosofía. Era la representación del racionalismo científico, y ello, encarnado en un cuerpo de mujer. Razón y ciencia se convirtieron en lo más reprobable para el emergente poder de la Iglesia Católica, que apenas hacía un suspiro había abandonado las catacumbas para acomodarse junto al cetro de los poderosos. Se abría paso una corriente de pensamiento que se devanó los sesos en discernir si ese ser inferior —la mujer— poseía alma, mientras intentaba entender cómo Dios había sido capaz de crear un animal tan imperfecto. Un manto de olvido cubrió descubrimientos como el de los tornillos de agua, realizado por la institución que dirigía Hipatia, por medio del cual se regaban los campos. Dios prevalecía en las mentes de los hombres y la hambruna, en sus estómagos. Hipatia es ese símbolo que acabó convirtiéndose en mártir y ejemplo de obstinación —y también de destino fatal— para aquellas mujeres que intentaron romper el status quo de la dominación del macho. Historias de valor e inteligencia que se enfrentaron a los prejuicios y al fanatismo. Aunque resulta absurdo pensar que si Hipatia no hubiera sido asesinada, la Edad Media no hubiera sobrevenido, no lo es tanto afirmar que relegar a las mujeres de la vida intelectual, algo que se hizo patente en ese periodo, fue una de las causas del estancamiento de la humanidad a lo largo de esta época oscura. En esa cultura dominante, machista y absurda, mujeres como Madame Chatelet fueron sólo brotes aislados y siempre vinculadas a alguno de los genios del género opuesto. Chatelet, amante de Voltaire, a los 42 años afrontó una obra magna: traducir al francés los Principia de Newton, uno de los escritos científicos más relevantes jamás escrito. Chatelet, además de la traducción, dejó la siguiente reflexión: “Juzgadme por mis propios méritos o falta de ellos, pero no me consideréis un mero apéndice. Soy yo misma una persona completa, responsable sólo ante mí por todo cuanto soy, por todo lo que digo, todo cuanto hago. Puede ser que haya filósofos cuyo saber sea mayor que el mío, aunque no los he conocido. Sin embargo, ellos no son más que débiles seres humanos y tienen sus defectos. Así que, cuando sumo el total de mis gracias, confieso que no soy inferior a nadie”. Marie Curie ganó el Premio Nobel de Física en 1903, "en reconocimiento de los extraordinarios servicios rendidos en sus investigaciones conjuntas sobre los fenómenos de radiación descubierta por Henri Becquerel" Hace poco hemos terminado un trabajo muy importante que hará mundialmente famoso a mi marido”. Aquel trabajo fue conocido como Teoría de la Relatividad y la frase es de la mujer de Albert Einstein. El uso del singular pone de manifiesto la posición que ocupaba la mujer en los albores del siglo XX. Aun así, la mujer salía del túnel de la Edad Media, 1.500 años después del asesinato de Hipatia en Alejandría. Los colegas de Einstein comentaban que Mileva resultaba desconcertante por lo buena matemática que era y afirmaban que “le resolvía [a su marido] todos sus problemas matemáticos, en especial los de la Relatividad”. Sin embargo, Mileva es una perfecta desconocida, abandonada por Einstein unos años antes de obtener el Nobel. Mejor suerte corrió su contemporánea Marie Skłodowska-Curie, a quien se le reconoció su valía, dedicación y conocimiento con dos premios Nobel. Sin embargo, sufrió rechazo social por su relación personal con el físico Paul Langevin y jamás fue admitida en la Academia de las Ciencias Francesas. Afortunadamente, el siglo XX amplió la lista de científicas. La mentalidad varonil se agrietaba y la valía de otras mujeres fue reconocida. Williamina Fleming, emigrante escocesa y madre separada de 24 años, fue contratada por Edward Pickering, director del Harward College Observatory. A lo largo de 30 años, esta astrónoma descubrió más del 20% de las novas conocidas, así como la Supernova Cen. Ahora bien, el 12 de marzo de 1900 se plantó en el despacho del director del Observatory y le preguntó que por qué cobraba 1.500 dólares al año, la mitad que sus colegas varones. Recibió como respuesta que no debía quejarse, que tenía un excelente sueldo para lo que habitualmente cobraba una mujer. Otras mujeres jamás tuvieron problemas. J. Stuart Barry se graduó en la Escuela de Medicina de Edimburgo, se hizo cirujano militar y llegó a desempeñar el cargo de inspector general de los hospitales canadienses. Eso sí, vivió permanentemente con un secreto: su éxito fue posible porque vivió disfrazada de varón y se hizo llamar James. Al morir se conoció su verdadero sexo. Todavía hoy, en las aulas se escuchan comentarios de algunos profesores a sus alumnas para que destinen sus fondos a comprar vestidos y no libros. O los de aquellos bienintencionados que intentan convencer a sus discípulas de que opten por una investigación experimental y se alejen de las teóricas, pues sus manos resultan excelentes para el laboratorio, pero sus mentes son poco adecuadas para el razonamiento abstracto. Existen evidencias de que el enfermo mejora. Gracias a la mayoría de alumnas que pueblan las aulas, se ha llegado al 22% del número de profesoras y al 32% de investigadoras, hay más becarias y las profesionales científicas están encuadradas en la franja de edad de entre los 26 y 45 años. En el siglo XXI, la investigación científica ha crecido exponencialmente gracias a que el número de científicos vivos hoy en día supera con creces al número de científicos fallecidos en el transcurso de los últimos 5.000 años. Por razones sociopolíticas, económicas y demográficas, el crecimiento exponencial del número de científicos —hombres— ha tocado a su fin —simplemente es cuestión de aplicar el método científico—. La última esperanza es la incorporación real de las mujeres a la ciencia. Eso sí, a ser posible, con todos los derechos y todas las obligaciones. Fuente 1 Fuente 2 Fuente 3 Mis otros post!!! La computadora de Anticitera Premio Nobel de Biología: La selección natural nos destruirá Mario Livio: The Golden Ratio La evolucion del ojo (Part-I) Penrose plantea un nuevo modelo cosmológico
![Radioactividad [Fisica Nuclear Basica]](https://storage.posteamelo.com/assets-adonis/assets/2013/08/19/Atomic_resolution_Au100.JPG-BRPQeqivNVR.webp)
Se agradece el TOP, bueno esto es gracias a cada uno de Ustedes y por supuesto a la recomendación de @kuruzka Radioactividad Física nuclear básica: sobre los elementos con numerito, las unidades de medida peculiares y la naturaleza de la radioactividad. link: http://www.youtube.com/watch?v=i71zKQU_oZo Con los accidentes nucleares de Fukushima, que siguen sucediendo, hemos visto surgir de nuevo el temor arcano a la radioactividad y hemos oído hablar de un montón de cosas extrañas. Muy notablemente, de esas unidades de medida raras como los sieverts o los grays y sobre todo de esos elementos aún más raros, aquellos que olvidábamos enseguida en el instituto, seguidos por un numerito para acabar de empeorarlo: yodo-131, cesio-137 y otras cosas que ya sólo sonaban de aquello otro que pasó en Chernóbyl. ¿De qué va todo esto? ¿Por qué y cuándo es peligroso? ¿Qué es, exactamente, la radioactividad? De la naturaleza de las cosas Lámina de oro-100, donde se han resuelto los átomos individuales organizados en su estructura metálica. Imagen obtenida con un microscopio de barrido por efecto túnel cuántico modelo Omicron Low Temperature STM, de RHK Technology electronics. Universidad Tecnológica de Eindhoven (Holanda), 2006. Tú, yo y todo lo que tocan nuestras manos y ven nuestros ojos está compuesto fundamentalmente de materia y energía, que vienen a ser dos caras de la misma moneda. Ninguna de ellas es superior o inferior a la otra, como creen algunos; y, por mucho, la más compleja y estructurada es la materia. Recordarás, seguro, que la materia que conocemos normalmente está organizada en forma de átomos, a menudo combinados en forma de moléculas. La rama de la ciencia que los estudia es la física atómica. Te acordarás también de que un átomo está compuesto por un núcleo de protones y neutrones más un cierto número de electrones en orbitales situados alrededor. Se suele decir que los electrones definen las propiedades químicas de la materia mientras que el núcleo define las propiedades físicas; esto no es exactamente riguroso y habría que hacer unos cuantos matices importantes, pero para hacernos una idea sencilla de lo que estamos hablando ya va bien. El núcleo atómico es un lugar muy interesante; lo estudia la física nuclear. Entre otras cosas importantes, la composición del núcleo atómico define qué son las cosas. Así, como suena. El factor clave es el número de protones, llamado número atómico. Por ejemplo, cuando un átomo tiene seis protones en su núcleo, es carbono y no puede ser ninguna otra cosa. Si gana otro protón, y el número sube a siete, entonces deja de ser carbono por completo y se convierte en nitrógeno, un gas a temperatura ambiente. Si aún consigue otro más, o sea ocho, es oxígeno. Y así sucesivamente. Los átomos de oro, pongamos por caso, presentan 79 protones en su núcleo. Pero si algo tiene 80, entonces es mercurio. Y si fueran 78, sería platino. Se deduce fácilmente que el elemento más básico de todos los posibles es el hidrógeno, cuyo núcleo sólo tiene un protón (si tuviera cero, no habría núcleo y por tanto no habría átomo; algunas veces, a los neutrones libres se les ha llamado el “elemento cero” bajo el nombre neutronio). Por ser el más básico de todos, el núcleo de hidrógeno es el que “más fácilmente aparece”; y debido a esta razón el hidrógeno es también el elemento más abundante del universo. De hecho, fue casi el único que generó el Big Bang –demasiado primario para producir cosas mucho más complejas– antes de que los procesos de nucleosíntesis dieran lugar a todos los demás. Estos procesos de nucleosíntesis que crearon el resto de átomos complejos se dieron –y se siguen dando –, sobre todo, en el corazón de las estrellas. Es, por tanto, rigurosamente cierto aquello tan bonito de que somos polvo de estrellas. Los átomos que nos componen y que definen lo que somos se forjaron en sus hornos termonucleares a partir del hidrógeno primordial, a lo largo de millones de años, mucho antes de que llegaran hasta aquí para formar planetas y se sumaran a nuestros cuerpos y nuestra realidad. Representación simbólica de un átomo de helio, con escala y detalle de su núcleo compuesto por dos protones y dos neutrones. ¿Y los neutrones? Los neutrones son, entre otras cosas, los estabilizadores de los núcleos atómicos. Se da la circunstancia de que los protones –todos los protones, por el hecho de serlo– tienen carga eléctrica positiva (+1). Como cargas iguales se repelen, los protones tienden a repelerse fuertemente entre sí y por sí solos son incapaces de constituir núcleos atómicos. Los neutrones, con su carga eléctrica neutra (cero), estabilizan el núcleo atómico y éste permanece unido mediante la interacción fuerte o cromática, una de las cuatro fuerzas fundamentales en este universo. A la suma de protones y neutrones en un núcleo se le llama número másico. Este número másico es la cifra que estamos viendo estos días detrás del nombre del elemento, como yodo-131 o cesio-137 (también expresado 131I o 137Cs). Resulta que, como te he contado, un elemento tiene que mantener siempre el mismo número de protones para seguir siendo ese elemento; pero el número de neutrones puede variar, dando lugar a números másicos distintos. Estas variaciones en el número de neutrones de un mismo elemento (o sea, de un mismo número de protones) se llaman isótopos. Es decir: para un mismo elemento (mismo número de protones) pueden existir varios de estos isótopos (distinto número de neutrones). ¿Y qué pasa cuando modificamos el número de neutrones? Pues que, como hemos dicho antes, sus propiedades químicas se mantienen porque éstas dependen fundamentalmente de los orbitales electrónicos, que no varían. Es decir, a nivel químico, sigue siendo la misma cosa: carbono, nitrógeno, yodo, cesio, oro, uranio, lo que sea. Pero sus propiedades físicas pueden alterarse radicalmente. Un núcleo atómico estable, tranquilo y buen chico puede transformarse en un monstruo radiológico al cambiar su composición isotópica, o sea su número de neutrones. Por fuera sigue pareciendo lo mismo, pero por dentro ha alterado completamente su manera de interactuar con la realidad. Como en El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Los tres isótopos naturales del carbono: carbono-12 (6 protones y 6 neutrones), carbono-13 (6 protones y 7 neutrones) y carbono-14 (6 protones y 8 neutrones). En los tres casos es carbono, tiene el aspecto de carbono y se comporta químicamente como carbono, por tener seis protones (y forma parte de nuestro organismo, por ejemplo). Sin embargo, sus propiedades físicas varían. Por ejemplo, mientras que el carbono-12 y el carbono-13 son estables, el carbono-14 es inestable y radioactivo: emite radiación beta, uno de sus neutrones "extras" se transforma así en un protón y el núcleo se convierte en nitrógeno-14 (que tiene 7 protones y 7 neutrones), con el aspecto y las propiedades del nitrógeno (por tener 7 protones). Dado que la mitad de la masa del carbono-14 pasa a ser nitrógeno-14 cada 5.730 años aproximadamente (más o menos lo que llevamos de civilización humana), la presencia de este isótopo natural resulta especialmente útil para la datación precisa de objetos históricos. Radioisótopos en las playas del Archipiélago de la Realidad El "Archipiélago de la Realidad". En este universo, sólo son posibles determinadas combinaciones de protones y neutrones para formar núcleos estables (el "Continente de la Estabilidad" e, hipotéticamente, la "Isla de la Estabilidad". Alrededor, un infinito "Mar de la Inestabilidad" donde los núcleos atómicos no pueden existir. Entre unos y otros, las "Playas de la Inestabilidad", donde sólo pueden existir durante un tiempo determinado. Estos últimos son los isótopos radioactivos. combinaciones de protones y neutrones resultan estables. Por ejemplo, un núcleo atómico con diez protones y cien neutrones, o viceversa, no puede llegar a existir. De hecho, sólo unas pocas llegan a constituir núcleos estables por completo, capaces de perdurar indefinidamente: la materia común que conocemos. Los núcleos atómicos muy grandes, con muchos protones y neutrones, nunca llegan a ser verdaderamente estables (aunque algunos pueden llegar a durar mucho tiempo, tanto como muchas veces la edad del universo). Si el núcleo de hidrógeno es el más basico de todos, con su único protón, el último isótopo de este cosmos auténticamente estable es el plomo-208: presenta 82 protones (por eso es plomo) más 126 neutrones. Por encima de él, todos son inestables en mayor o menor medida. (Para más información sobre los elementos extremos, echa un vistazo al post Aquí creamos elementos nuevos) Se dice que todas las infinitas combinaciones de protones y neutrones que no pueden constituir núcleos atómicos de ninguna manera constituyen el Mar de la Inestabilidad. Por el contrario, las combinaciones que dan lugar a núcleos estables o bastante estables conformarían el Continente de la Estabilidad y puede que la Isla de la Estabilidad. O, al menos, así llamó a todo esto Glenn Seaborg. En el límite entre estabilidad total e inestabilidad total se encontrarían las combinaciones inestables. Como si dijéramos, en las playas de este Archipiélago de la Realidad. Estas combinaciones inestables, los isótopos inestables, tienden a liberar materia o energía por varias vías distintas para transformarse en otros que sean más estables o estables por completo. Esto es la radioactividad. Por eso, los núcleos de los isótopos inestables se llaman también radionúclidos. Es decir, núcleos que emiten radiación y así adquieren más estabilidad. Muy a menudo, los isótopos inestables no saltan de golpe a isótopos estables; sino que lo van haciendo en distintos pasos, de isótopo inestable en isótopo inestable hasta que alcanzan la estabilidad. Esto es la cadena de desintegración. Valores de radiación ambiental en España tomados por la Red de Estaciones Automáticas del Consejo de Seguridad Nuclear el 26/03/2011, expresados en μSv/h. Puede observarse que la "radiación de fondo" en un día típico como este oscila entre los 0,08 μSv/h del País Vasco hasta los 0,19 μSv/h de Pontevedra, debido a su diferente configuración geológica. Datos actualizados en http://www.csn.es/index.php?option=com_maps&view=mappoints&Itemid=32〈=es En la naturaleza, en el cosmos, en el planeta Tierra todos los elementos se presentan bajo la forma de distintos isótopos; unos son estables y otros no. Los isótopos inestables que aparecen en la naturaleza emiten radiación, y esta constituye buena parte de la radioactividad natural. El universo entero está lleno de esta radioactividad natural y nuestro planeta no es una excepción. Las estrellas, por ejemplo, son furiosas emisoras radiológicas. Como el Sol. Los planetas y la vida, en cambio, sólo pueden llegar a formarse cuando el nivel de energía es relativamente bajo (y por eso, para empezar, es tan difícil obtener buenas fuentes de energía abundante en la superficie de un planeta como el nuestro). Si el nivel de energía fuera muy alto, el planeta pasaría a estado plasmático y desaparecería; o, incluso con cifras mucho más bajas, toda vida resultaría esterilizada para siempre. En la práctica, los planetas están compuestos muy mayoritariamente por isótopos estables; es decir, no radioactivos. Además, como con el paso del tiempo los isótopos inestables van transformándose en estables, en un planeta determinado cada vez van quedando menos radioisótopos naturales y por tanto se va generando menos radioactividad natural. Entonces viene cuando surge una especie inteligente –más o menos–, descubre todo esto y se le empiezan a ocurrir cosas que hacer. El alquimista atómico Cuentan que el alquimista buscaba la piedra filosofal para, entre otras cosas, transmutar el plomo en oro. Y al final lo consiguió, cuando aprendió física atómica y se hizo ingeniero nuclear. Hoy en día, los alquimistas modernos –físicos e ingenieros nucleares– transmutan habitualmente unos elementos en otros, unos isótopos en otros y hasta crean elementos nuevos. Lo que pasa es que, por ejemplo, convertir plomo en oro cuesta un pastón en forma de energía y al final resultó que no salía a cuenta. El oro nuclear no se diferencia en nada del oro vulgar –si no, no sería oro sino otra cosa distinta– y sale enormemente más caro. Sin embargo, en el proceso descubrió algunas posibilidades enormemente más preciadas que el oro, desde la medicina nuclear hasta las armas nucleares. Los humanos, que somos así. Y otra cosa más, de un valor inmenso, tanto que resulta difícil de describir. En la superficie de un planeta donde la cantidad de energía fácilmente disponible es ya muy baja, por los motivos que comenté más arriba, las ciencias y tecnologías del átomo le permitieron concebir una fuente de energía monumental: la energía nuclear. En la actualidad, producimos grandes cantidades de energía mediante la fisión del núcleo atómico, en las centrales nucleares. Y para el futuro, planeamos utilizar el mismo método que usa el Sol y las demás estrellas: la fusión del núcleo atómico en centrales termonucleares. La central nuclear de Cofrentes, vista desde la lejanía. Tan bueno salió el queso que sus riesgos nos incomodaron. Venga, en serio, resulta difícil discutir las ventajas de la energía nuclear, incluso la más atrasada de fisión. Para empezar es increíblemente potente, capaz de echar gigavatio tras gigavatio sin conocimiento, llueva, truene o haga calor. El combustible es hasta cierto punto difícil de obtener, y caro, pero una vez conseguido se puede regenerar una y otra vez durante miles de años. Proporciona potencia base en estado puro. En condiciones normales no contamina casi nada y sus residuos se pueden manipular en forma sólida, a diferencia del gigantesco desastre ambiental y climático ocasionado cada día más por los combustibles fósiles como el carbón y el petróleo. Se puede instalar sin destrozar por completo grandes parajes naturales. Sus posibilidades de futuro son enormes, por la vía de la fisión y sobre todo por la de la fusión. Y hasta genera un montón de riqueza local y puestos de trabajo cualificados incluso en lugares donde no abundan mucho. Dicen también que sale muy barata, pero yo eso no lo tengo tan claro y las últimas noticias que van llegando de lugares como Olkiluoto o Flamanville (y aquí) no me ayudan a cambiar de opinión. Los posibles costes ocultos, que al final siempre pagamos entre todos, tampoco están claros: hasta el día de hoy, aún estoy por ver un informe público donde se totalicen los costes de una central nuclear desde el día en que a alguien se le ocurre la idea hasta la noche en que ya no queda nada para ver ni allí ni en ningún otro sitio. Para la mayoría de países no proporciona la tan cacareada independencia energética; simplemente, cambia los proveedores tanto de tecnología como de materiales. Su excelente respeto al medio ambiente durante la producción normal queda oscurecido por el problema de los residuos radioactivos. Y luego, claro, está el eterno asunto de la seguridad, ahora mismo en pleno ojo del huracán con lo sucedido en Fukushima. Peligro nuclear No es mentira decir que las centrales nucleares son muy seguras, incluso extremadamente seguras. Pero tampoco lo es afirmar que, cuando sucede lo impensable, los efectos de un accidente nuclear se extienden mucho más en el tiempo y en el espacio que los de la mayoría de siniestros. En estos días, he visto a gente incluso tratando de compararlos con accidentes de tráfico, que sin duda causan muchos más muertos al año. Eso es una falacia: los efectos de un accidente de tráfico no se extienden a lo largo de miles de kilómetros cuadrados y, treinta años después, no quedan contaminantes peligrosos en las tierras agrícolas de los alrededores. Sin embargo, no es falaz comparar los accidentes nucleares con algunos accidentes industriales a gran escala, y notablemente con los que esparcen gran cantidad de contaminantes químicos. Que, por cierto, están compuestos por isótopos estables e intrínsecamente no desaparecen nunca (aunque, si se trata de moléculas compuestas, se pueden degradar con el tiempo). Como lo de Bhopal, que sigue contaminando. También quisiera recordar en este punto a las incontables víctimas de envenenamiento por arsénico en Bangladesh y otros lugares, ocasionadas cuando la población local se vio obligada a cavar miles de pozos más profundos porque el agua potable es cada vez más escasa. Y otros muchos más. No obstante, cuando una central nuclear casca… bien, pues existe un riesgo cierto de que escape al medio ambiente una gran cantidad de contaminantes muy extraños, algunos de los cuales son radioactivos y unos pocos furiosamente radioactivos. Resulta que, en los procesos nucleares mencionados más arriba, se producen gran cantidad de esas transmutaciones del alquimista que dan lugar a toda clase de isótopos raros e inestables. De hecho, toda la energía nuclear es una de estas transmutaciones del alquimista: convertir uranio o plutonio (o deuterio y tritio, cuando se alcance la fusión) en otras cosas, aprovechando la energía liberada en el proceso para producir calor, calentar agua y con ella y mover turbinas eléctricas. (De lo del torio ya hablaremos en otra ocasión, que no es ni con mucho como lo pintan algunos.) Yodo común (mayoritariamente yodo-127 estable) en estado sólido. El yodo-131 es inestable, radioactivo y se considera cancerígeno. Durante un accidente nuclear, suele escapar del reactor en forma gaseosa. Los isótopos más comunes que se generan como consecuencia de estas reacciones nucleares en un reactor típico de uranio (térmico), son los siguientes por orden de abundancia: cesio-134/135 (6,8%), yodo-135/xenón-135 (6,3%), circonio-93 (6,3%), cesio-137 (6,1%), tecnecio-99 (6,1%), estroncio-90 (5,8%), yodo-131 (2,8%), prometio-147 (2,3%) y samario-149 (1,1%); más una retahíla de otras sustancias, ninguna de las cuales alcanza el 1%. La mayor parte de estos productos son venenosos, pero se dispersan demasiado para que su toxicidad química sea muy relevante fuera de la instalación. El principal problema, claro, es que la mayoría son radioactivos. Es decir, radioisótopos inestables que liberan energía potencialmente peligrosa y en caso de accidente nuclear se esparcen por el medio ambiente. De todos ellos, los que más miedo dan son los que son o pueden convertirse en potentes emisores de radiación gamma. ¿Qué es esto de la radiación gamma? Tipos de radioactividad Te conté más arriba que los núcleos inestables tienden a liberar materia o energía por varias vías distintas para transformarse en otros que sean más estables o estables por completo, que esto es la radioactividad y que por eso se llaman radioisótopos o radionúclidos. Estas vías distintas son esencialmente cuatro, llamadas alfa, beta, gamma y neutrónica. La radiación alfa (también llamada desintegración alfa o decaimiento alfa) son grupos de dos protones y dos neutrones que escapan típicamente de los átomos grandes e inestables. Así, no se distinguen en nada del núcleo de un átomo de helio corriente, pero están desprovistos de los dos electrones que este elemento presenta normalmente; es decir, se hallan doblemente ionizados. Tienen una energía típica relativamente alta, del orden de cinco megaelectronvoltios, pero se detienen con facilidad. La piel humana los para e incluso una simple hoja de papel; protecciones sencillas como mascarillas de celulosa, monos de material plástico, gafas de seguridad y guantes de goma bastan para defenderse de ellos. Lo que es una suerte, porque cuando entran dentro del organismo resultan extremadamente peligrosos, mucho más que la radiación beta o gamma que vamos a ver a continuación. Ninguno de los productos que hemos mencionado emite radiación de este tipo, así que para el caso no nos preocupa mucho. Capacidad de penetración en materiales de los distintos tipos de radioactividad. Imagen suministrada por el gobierno japonés a la población durante los accidentes nucleares de Fukushima. La radiación beta (decaimiento beta) son electrones o su partícula de antimateria, los positrones. Ya comentamos cuando hablábamos del Mar de Inestabilidad y el Continente de Estabilidad que los núcleos con una diferencia muy grande entre su número de protones y su número de neutrones son imposibles. De hecho, cuando un núcleo atómico tiene demasiados neutrones (carga 0), uno o varios de ellos se quieren convertir en protones (carga +1) y para ello generan y expulsan uno o varios electrones (carga -1). Y al revés: cuando un núcleo atómico tiene demasiados protones (carga +1), uno o varios de ellos se transforman en neutrones (carga 0) y para ello expulsan uno o varios positrones (esa carga +1 que les sobraba). Así, el núcleo se estabiliza expulsando energía en forma de estas partículas beta (β− o β+). La radiación beta suele ser relativamente menos peligrosa. Es unas cien veces más penetrante que la alfa, pero eso sigue sin ser mucho. Una lámina de papel de aluminio la detiene eficazmente y su capacidad de afectar a la materia viva es entre diez y mil veces menor que la de las partículas alfa, incluso cuando los radioisótopos que la emiten son aspirados o ingeridos. Provoca característicamente quemaduras superficiales e irradiación de la piel u otros tejidos próximos al exterior, dado que sólo puede penetrar unos pocos milímetros en el cuerpo humano. Hace falta una gran cantidad de radiación beta, y muy potente, para causar daños graves a la salud. La radiación gamma, en cambio, es la peste. No es más que radiación electromagnética, o sea fotones, como la luz visible o los ultravioletas; pero a frecuencias muy altas y con una energía pavorosa. A diferencia de las dos anteriores puede atravesar cantidades significativas de materia y por supuesto un cuerpo humano entero. Dependiendo de su energía, hacen falta varios centímetros de materiales densos como el plomo o el hormigón para detenerla. Interacciona con la materia, incluyendo la materia viva, por tres vías distintas: efecto fotoeléctrico, efecto Compton y creación de pares. Cada una de estas interacciones suele provocar a su vez electrones o positrones secundarios que constituyen una dosis adicional de radiación beta en sí mismos. Una protección radiológica sencilla: un "castillo de plomo" montado con bloques de este material en torno a una fuente radiológica de un laboratorio. En las sustancias que nos ocupan, la radiación gamma se origina como efecto secundario de la emisión de radiación beta porque el núcleo resultante suele quedar excitado y necesita aliviarse eyaculando, digo emitiendo radiación gamma hasta alcanzar el estado más estable. Dado que penetra todo el organismo y no está compuesta por partículas con masa, sus efectos son más difusos y hace falta una gran cantidad de radiaciones gamma para provocar quemaduras como las características en el decaimiento alfa o beta. Sin embargo, prácticamente toca todas las células del organismo, acelerando la ruleta del cáncer y otras enfermedades asociadas a la radiación. Los rayos X son una forma de radiación gamma de baja energía. La radiación neutrónica está compuesta, como su nombre indica, por neutrones libres que escapan de los procesos de fisión o fusión del átomo. Los neutrones así producidos tienen una energía cinética muy grande y son capaces de atravesar metros de plomo u hormigón. Hace falta una cantidad significativa de estas sustancias o de agua para que se paren. Cuando los neutrones alcanzan otra materia, como la materia viva por ejemplo, chocan con los núcleos de sus átomos y los desplazan y alteran en cascadas de colisiones. También puede deteriorarla directamente por efecto Wigner. La radiación neutrónica resulta excepcionalmente peligrosa porque tiene la capacidad de convertir otras cosas en radioactivas. Esta especie de contagio se llama activación neutrónica. Vamos, que puede hacer que tus ojos se vuelvan radioactivos, por decir algo, y es francamente malo para la salud ir por la vida con unos ojos radioactivos. Por fortuna, ninguna de las sustancias de las que estamos hablando emiten radiación neutrónica. Para recibirla, tienes que exponerte directamente a un proceso de fisión o fusión nuclear, que es lo que ocurre dentro del reactor (o de una bomba). A menos que el reactor quede abierto al exterior no deberías encontrarte con ella. La radioactividad no es una energía mágica maligna capaz de hacerlo todo, penetrarlo todo y matarlo todo como parecen creer algunos. Es un fenómeno físico sometido a leyes físicas. Específicamente, no puede producirse en ausencia de los radioisótopos que la generan. Por tanto, cuando hablamos de contaminación radioactiva, hablamos fundamentalmente de contaminación de radioisótopos. Aunque las emisiones de algunas formas de radioactividad extremadamente energéticas pueden llegar muy lejos, como en el caso de los brotes cósmicos de rayos gamma, en el nivel terrícola que nos ocupa se puede decir que si no hay radioisótopo no hay radioactividad. ¿Por qué es peligrosa la radioactividad? Pues porque como toda energía puede desarrollar trabajo, y tú no quieres que nada trabaje incontroladamente los átomos que te constituyen. Y los que forman tu ADN, aún menos. La radioactividad provoca quemaduras, daña severamente algunos órganos importantes como la médula espinal, el sistema gástrico o el sistema nervioso, altera el ADN y el sistema reproductivo y puede ocasionar cáncer y malformaciones hereditarias. ¿Cuánta radioactividad es demasiada radioactividad? Un contador Geiger sencillo moderno Los daños ocasionados por la radioactividad al cuerpo humano dependen de varios factores. Por ejemplo, del tipo de radiación –alfa, beta, gamma o neutrónica– y de si se encuentra en el exterior del organismo o ha pasado al interior por ingestión o inhalación. Pero casi siempre decimos que los factores más decisivos (o al menos, los que mejor podemos controlar una vez se ha armado el empastre) son la dosis y el tiempo de exposición. Uno puede recibir grandes cantidades de radioactividad siempre que lo haga durante un periodo de tiempo muy breve, de la misma forma que no te quemas igual si pasas la mano por encima de la llama que si la dejas encima. Por eso, las herramientas más fundamentales del liquidador nuclear son el contador Geiger y el cronómetro. O el dosímetro, que mide cuánta radioactividad vamos absorbiendo. Esto nos conduce a esas unidades de medida tan raras: sieverts, grays, roentgens, rems, rads, becquerels y demás fauna. Algunos creen que están para marear al público, pero la verdad sencilla es que son unidades científicas que miden cosas diferentes difíciles de comparar entre sí. Otras, simplemente, han quedado obsoletas porque ahora sabemos bastante más de todo este asunto que antes. La más básica es el becquerel (Bq), nombrada así por el físico francés Henri Becquerel. El número de becquereles nos dice cuántas desintegraciones nucleares se han producido en un material cada segundo. Es decir, cuántos de esos fenómenos emisores de radiación se han dado en un segundo. Cuantos más sean, más calentita está la cosa en términos absolutos. Cada una de las desintegraciones nucleares detectadas se llama una cuenta, y son esos clics que constituyen el sonido característico de un contador Geiger. Esto da lugar a otra unidad que son las cuentas por minuto (cpm), es decir, cuántas de esas desintegraciones hemos detectado en un minuto. Si las estamos detectando todas, evidentemente, un becquerel es igual a 60 cuentas por minuto. Sin embargo, más que cuánta radioactividad se está emitiendo, nos suele interesar el impacto de esa radioactividad sobre el medio circundante (por ejemplo, nosotros). A efectos prácticos, la exposición. Aquí la cosa se complica un poco más, porque el cálculo ya no es tan directo. La unidad tradicional para medir esto era el roentgen (R). Aunque sólo aplicable en sentido estricto para la radiación gamma / rayos X, su uso se extendió a todos los demás tipos de radioactividad. Un roentgen es la cantidad de radiación necesaria para liberar una unidad electrostática de carga en un centímetro cúbico de aire a temperatura y presión estándar; lo que intuitivamente nos dice bastante poco. En la actualidad el roentgen se considera obsoleto y ha sido sustituido por el culombio/kilo (C/kg). Aún más nos conviene saber la cantidad de radioactividad que ha sido absorbida por el material circundante, como por ejemplo tu cuerpo o el mío. Para esto surgieron dos unidades: el rad y el rem. El rad se define como la dosis de radiación necesaria para que un kilogramo de materia absorba una centésima de julio de energía. Por su parte, rem significa roentgen-equivalent-man; o, más ampliamente, roentgen equivalente a mamífero (todos los mamíferos, incluso las famosas ratas, reaccionamos a la radioactividad de manera muy parecida). El rem se obtiene multiplicando el número de rads por un factor de equivalencia que representa la efectividad de la radiación para ocasionar daños biológicos. Ambas unidades están también obsoletas, sustituidas respectivamente por el gray (Gy) y el sievert (Sv). Que son las que más hemos visto con esto de Fukushima. El gray mide la cantidad de radiación absorbida por cualquier material, y se define como la cantidad necesaria para que un kilogramo de materia absorba un julio de energía. Si te fijas en el párrafo anterior, esto son exactamente cien rads. O sea, que un rad se llama ahora centigray y un gray es igual a cien rads. Con algunas limitaciones, también se puede realizar una conversión a roentgens. Se considera, un poco al bulto, que un gray equivale aproximadamente a 115 roentgens. El mítico contador Geiger soviético DP-5B, el "Kalashnikov de los Geigers". Abajo, iluminado en la oscuridad. Muchos de estos antiguos contadores, protagonistas de "la otra historia nuclear", siguen funcionando perfectamente y lo seguirán haciendo durante muchos años. Y finalmente nos encontramos con el sievert (Sv), que mide la cantidad de radiación absorbida por los tejidos de un cuerpo humano o de cualquier otro mamífero. Este es el que nos interesa para saber cuánto nos está afectando la radiación. Es simplemente el resultado de multiplicar el número de grays por dos factores correctores: uno para el tipo de radiación y otro para el tipo de tejido afectado. Por ejemplo: la radiación beta o gamma tiene un factor multiplicador de 1 y los testículos u ovarios tiene otro de 0,20. Es decir, que si estamos recibiendo un gray de radiación gamma donde tú ya sabes, estamos absorbiendo 0,2 sieverts. Otro ejemplo: la radiación alfa tiene un factor de 20 y el estómago de 0,12, o sea que si nos hemos zampado una fuente de radiación alfa equivalente a un gray, nuestro estómago está absorbiendo 1,67 sieverts (1 x 20 x 0,12). Lógicamente, cuando oímos hablar de sieverts/hora (Sv/h), grays/hora (Gy/h) o roentgens/hora (R/h) se están refiriendo a la cantidad de radiación que se absorbe a cada hora que pasa (y lo mismo para el día, el mes, el año, etcétera). O sea, si nos dicen que en un lugar determinado la dosis es de 200 milisieverts/hora, una persona que permanezca ahí cinco horas habrá absorbido un sievert enterito. Cuando anuncian que el límite de seguridad para los trabajadores de la industria nuclear en la Unión Europea son son 50 mSv/año con un máximo de 100 mSv durante cinco años consecutivos están también hablando de esto. Y cuando el Consejo de Seguridad Nuclear nos cuenta que estamos recibiendo normalmente una media de 0,15 μSv/h (ojo con los milis y los micros…) significa que cada año absorbemos 1,314 mSv por la radiación natural de fondo; es decir, 0,001314 sieverts. En ochenta años de vida, 0,1 sieverts. No hace mucho publiqué en este blog un estudio sobre los extremos que puede resistir un ser vivo, y especialmente los extremos de radioactividad. Resumámoslo diciendo que un ser humano está listo para el ataúd de plomo si absorbe más de 8 o 10 sieverts, especialmente si se los lleva todos de una sola vez. El síndrome radioactivo agudo puede aparecer por encima de 1 sievert. Y entre 0,5 y 1 se observan síntomas inmediatos, como un descenso en la cuenta de glóbulos rojos de la sangre, pero generalmente no causa la muerte de manera directa. Existe disputa sobre los efectos de la radiación sobre la salud humana. Esto se debe a que son de dos tipos, llamados estocásticos y no-estocásticos. O sea: dependientes de la suerte y directos. Cuando hablamos de estas cifras tan exactas, de sídrome radioactivo, de evenenamiento radiológico nos referimos siempre a los efectos directos (no-estocásticos). Vamos, que si recibes veinte sieverts del tirón, te vas para el otro barrio sí o sí y la suerte ya no tiene nada que decir ahí. Pero si recibes cinco, por ejemplo, vas a tener una combinación de efectos estocásticos y no-estocásticos. Los no-estocásticos o directos dicen que se te va a caer el cabello, vas a sufrir hemorragias e infecciones y la cuenta de glóbulos blancos se te va a ir al demonio. También se puede decir no-estocásticamente que tienes entre un cinco y un cincuenta por cien de probabilidades de morir pronto, incluso con asistencia médica. Pero en caso de que sobrevivas, no se puede saber si vas a sufrir un cáncer en el futuro relacionado con esta absorción o no. O si tus hijos van a salir estropeados o no. O cualquier otro de los males comúnmente atribuidos a la radiación. Estos son los efectos estocásticos, o sea azarosos. Y de ellos se sabe bastante menos. Si dentro de diez años te sale un cáncer de hígado, ¿será por la radiación, porque le das al vodka cosa mala o simplemente porque te tocaba? Resulta obvio que esto es mucho más difícil de calcular. Un dato generalmente aceptado es el número de cánceres en exceso. Es decir, cuántos cánceres de más se dan en una población expuesta a la radioactividad sobre la cifra que cabría esperar estadísticamente en una población similar que no ha sufrido exposición significativa. Pero incluso esta cifra es un tanto especulativa, porque puede deberse a este motivo o a cualquier otro. Por ello, existe debate sobre cuáles son los niveles mínimos aceptables de radioactividad. Sabemos que por debajo de 0,5 Sv no suelen manifestarse efectos directos (no-estocásticos), pero muchos disputan que todo incremento de radiación ambiental tenderá a elevar el número de efectos estocásticos, como esos condenados cánceres. Y que, en una población numerosa, por ley de los grandes números, habrá inevitablemente víctimas de la radioactividad incluso a dosis bajas, que no llamarán mucho la atención y se achacarán a otras causas. El símbolo internacional de peligro radiológico (arriba) y el nuevo específico para las radiaciones ionizantes (abajo). Hace muchos años, se hizo un estudio sobre la incidencia del cáncer entre los trabajadores de la antigua Junta de Energía Nuclear. Resultó que era un 29% superior a la media de la población. Estudios más recientes, relativos a instalaciones más modernas, hablan de un escaso 2% de diferencia entre los trabajadores y cero entre la gente que vive cerca de las centrales atómicas. Aparentemente, en algún punto por debajo de los 50 milisieverts al año que estos trabajadores tienen como límite estaría la línea de seguridad total. Es decir, menos de 5,7 μSv/h sostenidos en el tiempo. En algún lugar entre los 0,15 o 0,20 μSv/h de radiación de fondo y los 5,7 μSv/h que constituyen el primer límite de los trabajadores nucleares está esa línea. Pero nadie se atreve a trazarla. Ninguna institución internacional ha osado indicar un punto por debajo del cual la exposición a la radiación se considere completamente inocua. Esto representa un problema grave para los evacuados de los accidentes nucleares, porque rara vez un político se anima a decir “esto ya es seguro otra vez, ya pueden volver a casa”. Eso de la radiación equivalente a un plátano En estos últimos días, se ha oído también hablar mucho de la dosis equivalente a un plátano. Resulta que los plátanos presentan de manera natural una pequeña cantidad de un isótopo radioactivo llamado potasio-40. En cantidades suficientes, a veces disparan los detectores radiológicos de las aduanas. Dicen que si uno se come un plátano todos los días durante un año, absorberá 36,5 μSv. Otros apuntan otras cifras, pero van por un estilo. Se pretende decir así que la radioactividad es más segura de lo que parece: comer plátanos resulta bastante saludable. Como puede suponerse fácilmente esto es una fantochada, por dos razones. La primera es que el potasio-40 emite radiación beta en el 90% de las ocasiones y decae a argón-40 y calcio-40; el primero es estable y el segundo casi estable. O sea que su cadena de desintegración termina ahí, con sólo un 10% de emisión gamma; tal cosa lo hace distinto a los isótopos que nos ocupan y francamente menos peligroso. La segunda razón es que los seres vivos somos extraordinarios gestores del potasio, y la gran mayoría –incluyendo al potasio-40– se elimina rápidamente (la proporción de potasio-40 en el potasio del organismo no varía). En palabras de Geoff Meggitt, médico, antiguo editor del Journal of Radiological Protection y ex miembro de la Autoridad para la Energía Atómica del Reino Unido, la dosis neta de un plátano es cero. Algún otro estudio sugiere una absorción máxima de 0,37 μSv tras un año de consumirlos diariamente. En la práctica, todas las fuentes alimentarias combinadas suman una radioactividad total aproximada de 400 μSv al año, o sea 0,4 mSv. Esto es, menos de la tercera parte que la radiación de fondo, y casi toda ella beta. De la peligrosidad de los isótopos que están sonando Entonces, ¿cómo son de peligrosas esas sustancias de las que hemos oído hablar recientemente? Bueno, veámoslo. En primer lugar, hay que recordar una cosa: un radioisótopo o es muy radioactivo o es muy duradero en su peligrosidad radiológica, pero ambas cosas no puede ser. La razón es sencilla: si emite mucha energía, también la pierde muy deprisa. Si emite poca, dura mucho pero irradia poco. Los sospechosos habituales en caso de accidente nuclear son los mencionados más arriba y especialmente el yodo-131, el cesio-137, el estroncio-90 y el tecnecio-99. Los que se escapan más fácilmente son los dos primeros, porque dentro del reactor permanecen en estado gaseoso y salen al exterior con la primera fisura de la vasija. El estroncio y el tecnecio, en cambio, tienen un punto de ebullición mucho más alto y se mantienen en estado sólido, con lo que sólo pueden escapar en cantidades significativas si la vasija ha reventado. Por el momento, en Fukushima no se está detectando estroncio y tecnecio fuera de la instalación, pero sí yodo y cesio. Eso significaría que las vasijas afectadas mantienen su integridad general, aunque con grietas. El yodo-131 (131I) tiene una semivida cortita, de 8,02 días. Esto de la semivida o periodo de semidesintegración es el tiempo que tarda en decaer la primera mitad de los radionúclidos presentes. Es decir, que a los 8,02 días queda el 50%, a los 16,04 el 25%, a los 24,06 el 12,5% y así sucesivamente. Normalmente se ve expresado como vida media, aunque decirlo así no sea exacto. Al grano. El yodo-131 tiende a acumularse en la glándula tiroides y no se elimina bien biológicamente. Sin embargo, esa semivida tan corta significa que se elimina a sí mismo rápidamente. Si no se producen nuevas emisiones y absorciones, en 80 días quedará menos del uno por mil. El cesio es un metal dúctil que funde a 28,4 ºC. Su isótopo radioactivo cesio-137 es uno de los subproductos característicos de la fisión y uno de los "sospechosos habituales" en los accidentes o explosiones nucleares. Suele permanecer en estado gaseoso dentro de los reactores, por lo que escapa con las primeras grietas. El yodo-131 emite radiación beta y gamma para transmutar en xenón-131, que es estable. La emisión primaria son rayos gamma de 364 kiloelectronvoltios y partículas beta de 190, con un máximo de 606. Ha sido vinculado con el cáncer tiroideo, especialmente en la infancia y adolescencia. La vía de entrada al organismo es típicamente mediante la alimentación, sobre todo con el consumo de leche y verduras contaminadas. El cesio-137 (137Cs) tiene una semivida mucho más larga, de 30,17 años. Es decir, que le cuesta mucho más tiempo desaparecer del medio ambiente. En el 94,6% de las ocasiones, su cadena de desintegración consta de dos pasos. El primero es una partícula beta de 512 kiloelectronvoltios que lo transforma en bario-137m. Esta “m” del final significa que ese bario es un isómero metaestable, o sea que está excitado. Para relajarse, necesita emitir radiación gamma y eso es lo que hace exactamente a continuación: radia un rayo gamma de 662 kiloelectronvoltios y se estabiliza como bario-137 normal. El cesio-137 no se da en la naturaleza: sólo apareció en la Tierra tras las primeras explosiones nucleares humanas. De hecho, a veces se usa para comprobar si un objeto es anterior a 1945. Se da la circunstancia de que es muy soluble en agua y los seres vivos tenemos mucha agua. A diferencia del yodo-131, no tiende a acumularse en un punto del organismo en particular, sino que se distribuye por todas partes; más en los músculos y menos en los huesos. Fue el agente del accidente de Goi"nia en Brasil y el incidente de Acerinox en Cádiz. El cesio-137 entra en el organismo a través del agua, los alimentos y también por inhalación, típicamente al caminar sobre suelo contaminado levantando polvo o manipular objetos contaminados y luego acercarse las manos a la cara. Tiene una semivida biológica de 64 a 110 días; este es el tiempo que el cuerpo necesita para eliminar la mitad por vías naturales. Su comportamiento bioquímico es parecido al del potasio. Las dosis bajas de cesio-137 no se han vinculado a ninguna patología en particular. De los experimentos realizados con animales en el pasado y tras los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki se sabe que a dosis superiores incrementa la mortalidad general y tiene efectos teratogénicos sobre la descendencia. Sin embargo, parece que hacen falta dosis ya en el rango de los efectos no-estocásticos para que estos efectos estocásticos se manifiesten también. El estroncio-90 (90Sr) no ha sido detectado en Fukushima. Es un emisor beta puro y su cadena de desintegración tiene dos pasos: el primero lo convierte en itrio-90 inestable y el segundo en zirconio-90, ya estable. Su semivida asciende a 28,8 años. El estroncio-90 es un “buscahuesos” que se comporta bioquímicamente de manera muy parecida al calcio y por tanto se acumula en los huesos y la médula ósea. Ha sido vinculado con el cáncer óseo, el cáncer de médula ósea, la leucemia y tumores en órganos próximos, pero sólo hay pruebas suficientes de su capacidad para causar estas enfermedades en animales. El estroncio es un metal alcalino con puntos de fusión y ebullición bastante elevados. Por ello, suele permanecer en estado sólido y sólo escapa de modo significativo al medio ambiente cuando la contención radiológica ha resultado severamente comprometida durante un accidente nuclear, en forma de isótopo estroncio-90. Se han detectado minúsculas cantidades de tecnecio-99m (99mTc) en el agua presente en el interior de la central nuclear de Fukushima I, pero por el momento no en el exterior de la instalación. El tecnecio-99m es otro de estos isótopos metaestables excitados que emiten radiación gamma para tranquilizarse. Tiene una semivida de seis horas y decae rápidamente a tecnecio-99. Este tecnecio-99 tiene una semivida de 211.000 años y es un emisor beta muy suave y lento que va transmutando en rutenio-99. En el agua del interior de Fukushima se han encontrado también cantidades significativas de cloro-38, un emisor beta con una semivida de 37 minutos que decae en argón-38 estable; y cerio-144, emisor alfa y beta con semivida de 285 días que decae finalmente (vía praseodimio-144 y neodimio-144) en cerio-140 estable. Naturalmente, si cualquiera de ellos o una combinación de los mismos llega a provocar absorciones superiores al sievert, pues entonces empezamos a freírnos radiológicamente de manera muy no-estocástica. Esto es, que nos vamos a la parte de las quemaduras por radiación, el síndrome radioactivo agudo, el muerto que anda y el ataúd de plomo en cripta de hormigón. Por otra parte, la ley CERCLA de los Estados Unidos considera todos los radionúclidos como inherentemente cancerígenos. Son muy conocidos los problemas de salud provocados por el Thorotrast (dióxido de torio) o el Radithor (radio), los sufridos por las chicas del radio o por supuesto los padecidos por las víctimas de la larga lista de accidentes radiológicos y nucleares que en el mundo han sido. El último ocurrido en España, el de la unidad de radioterapia del Clínico de Zaragoza en 1990, se cargó al menos a once personas. La radioactividad es peligrosa. Pero por debajo del sievert y sobre todo por debajo del medio sievert, los efectos son fundamentalmente estocásticos y nadie sabe cómo son de peligrosos realmente en el medio y largo plazo. La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), dependiente de la Organización Mundial de la Salud, incluye numerosas fuentes radiológicas en el grupo 1 de su clasificación (que viene a querer decir “agentes definitivamente carcinógenos para los seres humanos”). Entre estas se encuentran, al mismo nivel que el asbesto, el arsénico, el benceno o fumar tabaco, las siguientes: *La radiación neutrónica en todas sus formas. * La radiación X y gamma en todas sus formas. * Los radionúclidos emisores de radiación alfa y beta depositados en el interior del organismo. *El plutonio. *Los radioyodos, incluyendo el yodo-131. * El radio (-224, -226 y -228) y los productos de su cadena de desintegración. *El radón-222 y los productos de su cadena de desintegración. *El torio-232 y los productos de su cadena de desintegración. *El fósforo-32, como fosfato. *En general, todas las radiaciones ionizantes. Todos estos productos pueden considerarse, pues, como definitivamente peligrosos para la salud humana. Adicionalmente, los rayos X (radiación gamma de baja energía) fueron el primer mutágeno y genotóxico conocido. En general, se considera a las radiaciones ionizantes teratogénicas en diversos grados. Pero que sean peligrosos no quiere decir que salten a por tu cuello si pasas al lado, ni que te vayan a matar con toda seguridad a partir del mismo instante en que entras en contacto con alguno. Se parece mucho al riesgo de fumar. Depende de lo que fumes, cuánto fumes y durante cuánto tiempo. No corre el mismo riesgo una persona que aspiró humo de cigarrillos años atrás, cuando salía de fiesta, que quien lleva treinta años atizándose tres paquetes de desemboquillados diarios. Tipo de exposición, dosis, tiempo de exposición: esas son las claves. Central nuclear de Cofrentes vista desde el pueblo La propuesta de la energía nuclear Vivir es correr riesgos. Todo lo que hace el ser humano conlleva algunos peligros; sólo los muertos están completamente a salvo, si es que se puede considerar así. La cuestión es cuánto riesgo estamos dispuestos a asumir razonablemente, de manera individual o colectiva, a cambio de qué. La propuesta de la energía nuclear es clara: grandes cantidades de energía, prácticamente ilimitada si continúa su desarrollo, bastante respetuosa con el medio ambiente y dicen que hasta cierto punto económica, al precio de unos residuos peligrosos pero relativamente fáciles de gestionar y un riesgo mínimo pero real de accidentes cuyas consecuencias para la salud colectiva se extienden en el tiempo y en el espacio. Resumiéndolo mucho, así están las cosas. A cada sociedad queda decidir si acepta o rechaza esta propuesta. Hay sociedades muy serias que la aceptan y otras al menos igual de serias que la rechazan. Las alternativas realistas en este momento son: *los combustibles fósiles como el petróleo, el carbón o el gas natural, con un coste ambiental y climático extremo (y también para la salud), que más pronto o más tarde se acabarán o resultarán muy costosos de extraer. * la energía hidroeléctrica, sólo aplicable donde hay grandes ríos con desniveles significativos, con un coste ambiental local significativo. *la energía eólica y solar, sometidas a variaciones y límites de disponibilidad (son un recurso intermitente), con un coste paisajístico y ambiental local moderado o más alto cuando se explotan intensivamente. * los biocombustibles, con un coste ambiental y social notable. *la energía geotérmica, sólo disponible en determinados lugares, con un impacto ambiental local moderado. * la energía mareomotriz y undimotriz, con algunas limitaciones de disponibilidad y un impacto ambiental local moderado. Por mucho que reduzcamos el consumo –lo que es en extremo deseable–, si Nikolai Kardashov tenía algo de razón en sus planteamientos, toda civilización tenderá a ir consumiendo cantidades mayores de energía para seguir evolucionando. Aún sin plantearnos el futuro de la humanidad, en estos mismos momentos a miles de millones de personas en el Tercer Mundo les vendría de lo más bien una fuente de energía económica, fácilmente disponible y razonablemente respetuosa con el medio, con la sociedad y con el clima, pues el desarrollo es inseparable del suministro energético. Y a todos nosotros, en todos los países, una factura de la luz más barata y ecológica. La energía nuclear de fisión y sobre todo la de fusión contienen importantes promesas en este sentido, que cada sociedad debe evaluar sin histerias ni forofismos. Recordando siempre que el progreso no está garantizado, que una civilización que no evoluciona y avanza no sólo se estanca, sino que de inmediato comienza a retroceder. La humanidad futura necesitará inmensas cantidades de energía para dejar de ser un simio de aldehuela planetaria, y la humanidad del presente necesita grandes cantidades ya para contribuir a la superación de incontables miserias e injusticias. Pero no al precio de dejar una herencia envenenada a las generaciones futuras. Eso es lo que está en juego ahora mismo: qué herencia queremos dejar a quienes vendrán detrás. Fuente Mis otros post!!! Algunos pensamientos de científicos escépticos Espacio, tiempo y continuum Y Fukushima no resistió Mario Bunge: Dawkins no es un cientifico La computadora de Anticitera Premio Nobel de Biología: La selección natural nos destruirá Mario Livio: The Golden Ratio La evolucion del ojo (Part-I) Penrose plantea un nuevo modelo cosmológico
Hola Gente: En el día de ayer la comunidad se vio convulsionada por decenas de post sobre unas declaraciones de Stephen Hawking expresadas en el periódico ingles The Guardian básicamente Hawking dijo lo siguiente: Hawking dijo:"Considero el cerebro como un ordenador que dejará de funcionar cuando sus componentes lo hagan" Hawking dijo:"No hay cielo o más allá para computadoras descompuestas; es un cuento de hadas para que la gente tenga miedo de la oscuridad." ¿Pero fueron tan descabelladas sus declaraciones? De mas esta decir que los post se llenaron de argumentos "ad hominem" como es ya costumbre contra la persona de Hawking, lo mas inteligente que pude leer es que las observaciones de Stephen eran solo especulaciones puesto que no puede saber con total certeza que es lo que sucede del otro lado. Considero que Hawking especula pero controladamente ya que sus declaraciones se ajustan a los avances que se vienen dando en el área de la psicología, etología y neurociencias las mismas desde un sustrato ontológico material sostienen que la mente es el conjunto de procesos cerebrales entre los diferentes componentes neurofisiologicos de nuestro cerebro y si no hay cerebro no hay mente independiente de este, pero para ahondar mas en esta linea de pensamiento decidí postear un articulo muy interesante que había leído hace tiempo. Gracias a YURI Sobre la vida y la muerte Símbolo oficial de la Unión Europea para las sustancias venenosas (directiva 67/548/EWG del Departamento Químico Europeo). El cráneo humano, solo o acompañado de otros huesos, ha sido un símbolo de la muerte y el peligro mortal en muchas culturas desde tiempo inmemorial debido a los procesos de esqueletización comunes a todos los cuerpos humanos tras su fallecimiento. Hay una cosa que me llama poderosamente la atención. Con toda probabilidad, el nacimiento, la muerte y las funciones fisiológicas esenciales son las únicas experiencias que vamos a compartir todos los seres humanos que en el mundo somos. Y sin embargo, en las sociedades occidentales de hoy en día parece ser de mal gusto hablar sobre ello. La muerte en particular, casi una obsesión cultural en tiempos antiguos y clave en el pensamiento religioso premoderno, ha desaparecido por completo del discurso público. Parece ser socialmente inadecuado hablar de ella, una cosa macabra, inquietante y de mal rollo. A mí me parece no solo importante, sino algo por completo natural. Hablemos, pues, del morir. Y, necesariamente, del vivir. Una experiencia personal Como ya te habrás dado cuenta, no suelo hablar mucho de mí mismo por este medio. Bueno, la verdad es que –descontando alguna anécdota– no lo hago en absoluto. Tengo varios motivos para ello, entre los que destacaré dos. El primero es que me siento más cómodo, más libre y hasta más seguro escribiendo bajo seudónimo. El segundo es que este blog y este avatar Gagarin quieren señalar frecuentemente a las estrellas y, siguiendo al filósofo, no me gusta dar muchas opciones para que nadie se centre inadvertidamente en el dedo. Los dedos de señalar siempre tienen padrastros, algo de mugre bajo la uña y, sobre todo, son esencialmente irrelevantes para los temas que suelo tratar. No vendría a cuento. Sin embargo, hoy voy a hacer una excepción, precisamente porque sí viene a cuento: tengo una experiencia personal extensa con la muerte. Mi madre murió cuando yo tenía cuatro años, mi padre al poco de que alcanzara la mayoría de edad y el resto de la familia más inmediata donde me crié no llegó a ver este nuevo milenio. También han desaparecido otras personas de gran importancia para mí; prefiero reservarme los detalles sobre esto. Por si no fuera suficiente, he tenido algún trabajo relacionado con la muerte; especialmente, cuando se producen determinadas pérdidas colectivas. Vamos que, más allá del tratamiento científico habitual en este blog, hoy hay también una experiencia personal larga y complicada; te confesaré que, a veces, me siento como si hubiera vivido una guerra de esas duras, donde cae todo el mundo a tu alrededor, un mundo entero desaparece y terminas asombrándote de que tú aún sigas en pie (aunque ciertamente tocado). Sí, la vida es a veces un poco perra, pero ahora no vayas a hacerme la guarrada de darte pena o eso: es lo que hubo, tocó apechugar y hay muchos otros que por el mero hecho de nacer en un lugar o de una manera equivocados lo han tenido mucho peor. Si te da mucha penita, puedes hacer una donación a Cruz Roja o a Médicos sin Fronteras o a la UNICEF o algo. Cuando tienes la ocasión de vértelas tantas veces y tan de cerca con la dama de la guadaña, a la fuerza terminas por aprender algunas lecciones; de las científicas y de las otras. Una de ellas es que la muerte es necesaria de muchas maneras distintas y en muchos órdenes de la realidad diferentes. Hace desaparecer lo viejo y permite que surja lo nuevo. Mantiene el control demográfico y esas cosas. Sobre todo, sin muerte no hay vida. Hasta este universo tendrá que morir alguna vez. Y, Grandes Helores aparte, de la muerte siempre nace nueva vida, nuevas existencias, futuros. De la vida, de la entropía y de la fluctuación El Segundo Principio de la Termodinámica parece sugerir que la entropía debe aumentar constantemente hasta la muerte térmica del universo, lo que impediría el surgimiento de estructuras más complejas y organizadas a partir de otras más simples. Sin embargo, evidentemente esto no sucede en la realidad. Y es que, junto a la entropía, existe la fluctuación. Para entender la muerte, pues, tenemos que entender primero un poco de la vida. La vida es una de esas fluctuaciones que logran violar localmente el –por demás– invencible principio de entropía: la Segunda Ley de la Termodinámica. Ya sabes que en este universo respetamos por fuerza las leyes de la Termodinámica, pero no necesariamente en todos los momentos y lugares a la vez. A mí me gusta visualizar la entropía como una legión infinita de duendecillos bastante bordes cuya única misión en el cosmos consiste en batirlo para empujarnos constantemente hacia el desorden y el caos –es decir: hacia el equilibrio–, sin que se les escape ni el más ínfimo detalle de la realidad. Imagínate una casa. Una casa recién construida, nueva, recién amueblada y limpia como una patena. Incluso aunque no residan en ella fuerzas caóticas como los niños, incluso aunque lleves muchísimo cuidado, incluso aunque no la ocupes, la casa se va a ir ensuciando y deteriorando. Surge polvo y suciedad por todos los rincones. Aparecen pequeñas averías, y luego cada vez mayores. Los muebles se estropean. Se desarrollan grietas. Algunas bombillas dejan misteriosamente de funcionar. En diez años, la casa ya no parece tan bonita ni tan nueva. En cien años, hay que llevar cuidado de no hacerse daño con algo. En mil años es una ruina. En un millón de años, allí sólo queda un bosque. O un desierto. Entonces, tú intentas evitarlo: la limpias, la mantienes, la reparas, la vigilas. Y lo consigues… temporalmente, pero acto seguido todo empieza a deteriorarse otra vez. Incluso aunque aportes constantemente trabajo para mantenerla como nueva (lo que ya de por sí indica que hay una fuerza de alguna clase empeñada en lo contrario), la casa seguirá ajándose. Hay un momento a partir del cual ya no es económico ni merece la pena seguir manteniéndola; entonces, decimos que está vieja y la derribamos para construir otra cosa. O, simplemente, la dejamos decaer. A todo el universo le pasa lo mismo, desde las grandes murallas galácticas hasta las uñas de los pies. Este es el efecto de la entropía. La razón es más o menos sencilla: todo sistema organizado está intrínsecamente en desequilibrio con respecto al medio circundante; y cada uno de sus elementos, con respecto al resto de sus propios componentes. En nuestra casa hay cargas mecánicas desiguales. Y concentraciones de sustancias bastante puras, y duras interfases entre unas sustancias y otras (el cristal, el marco y la pared, por ejemplo). Y la densidad de polvo y otros contaminantes en el interior es radicalmente distinta a la que hay en el exterior, separada por delgadas líneas de transición (paredes, puertas, ventanas, tejados). Hay productos muy distintos en contacto entre sí, que tienden a reaccionar químicamente con el tiempo. Está expuesta al sol, a la lluvia, al viento, a los seísmos, a las alimañas, a la humedad, al hielo, a las plantas, a todo; y ella intenta heroicamente separar el exterior del interior, impedir que entre nada de todo esto, mantener un desequilibrio entre lo de fuera y lo de dentro. Pero los duendes de la entropía empujan y empujan y empujan hacia el equilibrio, y siempre, siempre terminan por vencer. Todo intento de luchar contra ellos es una guerra perdida, no te imaginas hasta qué extremo: al final, su triunfo resulta inevitable; es ley cósmica. Y sin embargo, podemos ganarles batallas locales en determinados momentos del tiempo y del espacio. Eso es, en esencia, la vida. Técnicas de imagen médica como la resonancia magnética nos permiten observar las duras interfases físico-químicas entre los distintos órganos y con el exterior. Este es un desequilibrio radical que la entropía siempre está dispuesta a corregir... dispersándolos y, con ello, matándonos. Pues a un ser vivo le pasa lo mismo. Aunque se podría decir que las cosas vivas están en un cierto equilibrio interno (homeostasis), creo que es más preciso definirlo como un sistema organizado estabilizado dinámicamente y sujeto a constante variación temporal. Desde un punto de vista mecánico, químico o termodinámico, difícilmente se puede decir que la sangre y las células de su alrededor se hallen muy en equilibrio, por ejemplo; ni siquiera todos los órganos se hallan a la misma temperatura. Lo que están es implicados en un sistema complejo que tiende a autoestabilizarse. Pero, a la más mínima (una enfermedad, una lesión, un cambio en el medio, hasta variaciones leves), se desestabilizan rápidamente. Entonces, aparecen una serie de acciones y reacciones cuyo propósito es recuperar la estabilidad, pues tal es la naturaleza de las cosas vivas; todos conocemos las muchas maneras como un organismo vivo se defiende frente a las agresiones y alteraciones del medio (incluso del medio interno: la enfermedad). Cuando la agresión o la alteración del medio es demasiado potente, el sistema agota su capacidad para seguir estabilizándose a sí mismo y la homeostasis fracasa. Entonces, las tenues murallas de vida que mantenían el desequilibrio esencial entre el ser vivo y lo que hay a su alrededor caen y los duendes de la entropía penetran por la brecha en oleada para restablecer el equilibrio termodinámico fundamental. La entropía aumenta rápidamente, los mecanismos de autoestabilización residuales colapsan en cadena también, y el ser vivo pierde por completo su competencia para mantener el interior separado del exterior. Su existencia como sistema organizado más o menos autónomo ha terminado y está ya demasiado deteriorado para poderla recuperar: es la muerte. El equilibrio con el medio circundante se incrementa rápidamente y prosigue de muchas maneras simples y complejas reduciendo cada uno de sus componentes a sus elementos fundamentales, que se equilibrarán también con lo que hay alrededor: es la putrefacción, el decaimiento, la desaparición. Polvo (de estrellas) eras y en polvo (de estrellas) te convertirás. Pero entonces, si estos duendes universales de la entropía son tan invencibles… ¿cómo es que el cosmos, las estrellas, los planetas, la vida pueden llegar a surgir? Frente a un ejército tan potente, ¿por qué pudimos construir nuestra casa o crear un ser vivo completo en nuestro interior? Si hay una fuerza inconmesurablemente poderosa que empuja toda la realidad hacia el máximo equilibrio termodinámico, hacia la homogeneidad final, ¡no debería surgir nada más complejo que lo anterior, jamás! ¿No…? Entonces, ¿cómo es que llegan a formarse las galaxias, los soles, los mundos, nosotros? ¡Lo impide ni más ni menos que el majestuoso Segundo Principio de la Termodinámica, señor de universos enteros! ¡Ley cósmica, oiga! Aquí es donde acecha de entre los lugares que no ven los ojos otra fuerza poderosa a la que podríamos denominar las hadas rebeldes de la fluctuación: enemigas a muerte del ejército de los duendes de la entropía, siervos del Señor Segundo Principio de la Termodinámica, desde el inicio de los tiempos y para siempre jamás. Blandiendo sobre sus cabellos el Teorema de la Fluctuación y al grito de “¡por la Paradoja de Loschmidt, fluctuación cuántica y termodinámica!” merodean constantemente el universo y se buscan con los duendes de la entropía para mantenerse enzarzadas contra ellos en una lucha eterna cuanto a cuanto por el dominio de la realidad. Nebulosa de la Cabeza de Caballo, un criadero de estrellas en la Constelación de Orión. En su base se forman constantemente soles y sistemas solares enteros. Si la tendencia a una mayor entropía no pudiera ser violada localmente, este tipo de fenómenos no podrían darse jamás. Un pelín más técnicamente, la entropía total siempre debe aumentar, pero no tiene por qué hacerlo localmente en todo momento y lugar. De lo contrario, la simetría temporal de las ecuaciones que rigen el movimiento quedaría violada. Por ejemplo: si tú grabas en un video cualquier proceso de estas características que dependa del tiempo, al pasarlo al revés esa imagen “en reversa” no viola las leyes de la mecánica. Se puede decir que para cada “trayectoria hacia adelante” donde aumenta la entropía, existe una “anti-trayectoria hacia atrás” donde ésta se reduce. Esto sería imposible si el Segundo Principio de la Termodinámica se diera necesariamente en todo caso local. El problema de derivar un modelo termodinámico irreversible a partir de leyes universales que funcionan igual de bien hacia adelante o hacia atrás se conoce como la Paradoja de Loschmidt. Pero, paradójico y todo, así funciona el universo que vemos suceder constantemente a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos. En realidad, lo que ocurre es que el Teorema de Fluctuación y el Axioma de Causalidad nos proporcionan una generalización del Segundo Principio de la Termodinámica donde los sistemas pueden revertir localmente su entropía; en ella, el enunciado convencional de este Segundo Principio constituye un caso particular. Además de que nuestros ojos lo ven ocurrir diariamente por todas partes, la demostración del Teorema de Fluctuación sólo requiere que el estado inicial del sistema se pueda describir matemáticamente (como todo en este universo); que posea consistencia ergódica, es decir, que la probabilidad del efecto esté implícita en la existencia de la causa (evidente por sí mismo: un efecto sólo puede ser el resultado de sus causas); y que las leyes físicas que lo rigen sean temporalmente simétricas, o sea, reversibles a lo largo de la flecha del tiempo. Esto de que la entropía de un sistema sea localmente reversible, interpretado en sentido amplio, da lugar a muchos efectos curiosos y al desarrollo de la realidad a la que pertenecemos. Volvamos al ejemplo de la casa. Veíamos que el polvo, por ejemplo, ha empezado a acumularse. Si un día te hartas de limpiarlo, al cabo de un tiempo descubrirás que el polvo ha formado esas bolitas que ruedan por todas partes. Entonces te pica la curiosidad y pones una de tales bolitas al microscopio; y descubres que está constituida por una estructura filamentosa altamente organizada. Lo ha hecho el aire, la electricidad estática, los atractores de los átomos y moléculas que lo componen. Vale. ¡Pero es una violación de la entropía, de la tendencia al máximo desorden! Estás ante una fluctuación. Un tiempo y lugar donde se ha violado localmente la tendencia a una mayor entropía, y en vez de algo más desorganizado, ha surgido algo más organizado. Se debe al propio funcionamiento de las demás leyes de la realidad, que tienden a generar determinadas estructuras y sistemas. Para que se desarrollen estructuras complejas como las moléculas o las estrellas y no te digo ya sistemas tan sofisticados como la vida, tienen que darse estas fluctuaciones. Lo que viene a decir el Manifiesto Rebelde de las Hadas de la Fluctuación es que, aunque la batalla final contra la tiranía entrópica esté irremediablemente perdida dentro de un uno y más de de mil ceros de años, todas y cada una de las batallas hasta entonces se pueden ganar, o cuanto menos empatar. Que hay eones enteros de realidad por los que merece la pena luchar. Del vivir y del morir Casi todas las culturas han personificado de algún modo a la muerte, siendo muy reconocida hoy en día la "dama de la guadaña". En la imagen, vaso griego clásico que representa a los hermanos mellizos Hypnos (Sueño) y Thánatos (Muerte), hijos de Nyx (Noche) y Erebos (Oscuridad), llevándose a Sarpedon del campo de batalla troyano. Museo Británico, pieza Cat. Vases D56. La muerte se produce conforme los persistentes duendes de la entropía vencen a las hadas rebeldes de la fluctuación. No se trata de un instante, sino de un proceso. Me viene aquí ahora una representación sindical de los duendes de la entropía a quejarse, muy dolidos. Dicen que me he pasado siete pueblos con ellos; que ellos sólo son unos buenos currantes acosados constantemente por las iluminadas esas de la Fluctuación. Uno, francamente ofendido, murmura que a buenas horas iba a tener yo metabolismo, bioquímica o incluso existencia si no fuera por su callada labor. Y que como un día de estos se líen la manta a la cabeza y se declaren en huelga, lo vamos a flipar: el universo se quedará paralizado por completo sin remisión alguna. No les falta su parte de razón. Sin entropía o sin fluctuación, nada de lo que conocemos podría existir. Ambas no son sino dos aspectos de la fuerza que empuja al tiempo hacia adelante, y con él al desarrollo y evolución de todo el cosmos. Eso nos incluye, claro, a nosotros. Nuestra vida personal, aunque nos parezca tan importante, no constituye sino una chispita minúscula de los procesos a gran escala que permitieron el desarrollo y evolución del universo. Y esos procesos incluyen numerosas transformaciones entre lo vivo y lo inerte –lo muerto–. Se dice a menudo que, cuando nacemos, comenzamos a morir. Y es verdad. Incluso se puede extender a escalas cósmicas: cuando el universo surgió, comenzó también a morir; y nuestra vida personal es apenas un breve paso en ese proceso inmenso propulsado por la entropía y por la fluctuación. Si me apuras, lo asombroso es que tú y yo y todos los que conocimos alguna vez llegáramos a alentar, a amar, a odiar, a sentir y soñar y pensar; un artefacto tan vistoso de la entropía y las fluctuaciones que empuja a muchos hacia la superstición. Aunque, a decir verdad, sólo parece tan llamativo desde nuestro pequeño punto de vista. En términos cósmicos, por el momento no somos mucho más que un moho raro con muchas ínfulas atrapado en una breve línea de gases tenues entre el abismo y el frío, en un planeta minúsculo de un sol mediocre olvidado en una galaxia cualquiera. Y si cada galaxia del universo costara un céntimo de euro, no habría dinero suficiente en el planeta Tierra para comprarlas todas ni muy de lejos. Quizá cuando logramos hacer algo más que arrastrarnos como un líquen con patas por la superficie de un planetucho perdido podremos comenzar a darnos, con justicia, algo más de pisto. En nuestro descargo cabe decir que, a fin de cuentas, acabamos de empezar como quien dice. La vida y la muerte son, pues, aspectos del mismo proceso. Tú te formaste en el vientre de tu madre a partir de la materia inerte y la energía no-viva que mamá absorbió durante el embarazo mediante la alimentación, el aire, su mera presencia en la superficie de este planeta. Carbono, nitrógeno, oxígeno, hidrógeno, energía variada y un puñado de cosillas más: eso te construyó. La brujería de la vida radica en su habilidad para organizar todo eso en un sistema complejo capaz de estabilizarse, desarrollarse y reproducirse a sí mismo que encima hace cosas y presenta una entropía menor que todas esas sustancias y energías sueltas por ahí: la fluctuación. Sin embargo, ese es un sistema en desequilibrio radical con el medio circundante e incluso entre las distintas partes que lo componen (o de lo contrario estaría termodinámicamente muerto y no haría nada en absoluto). Sólo puede durar un tiempo, porque la entropía presiona eternamente para devolverlo a un estado de mayor equilibrio: el desorden, el caos, la desorganización que a partir de cierto punto ya no permite mantener las funciones biológicas y mentales superiores. Aunque lográramos prolongar la vida indefinidamente con medios tecnológicos, tarde o temprano los duendes de la entropía terminarán imponiéndose –aunque sea, estirándolo mucho, al aproximarnos a la muerte térmica del universo–. Entonces sobreviene lo que llamamos la defunción, el óbito, el fallecimiento, el estirar la pata, vaya. No obstante, determinar este momento exacto es asunto discutible, precisamente porque se trata de un proceso y no de un instante. Los antiguos se asombraban de las similitudes entre el sueño, el coma y la muerte, dando lugar a numerosos mitos y leyendas. En general, aprendimos pronto a reconocer algunos signos y síntomas indicativos de que el proceso es ya irreversible. El favorito fue siempre la parada cardiorrespiratoria: el momento en que el funcionamiento del corazón y los pulmones no puede mantenerse ya estabilizado y queda interrumpido. Hoy en día sabemos que este criterio, aunque acertado en la mayoría de los casos, no resulta infalible y condujo a numerosos errores en el pasado: la función cardiorrespiratoria se puede restablecer, bien de manera natural o mediante técnicas médicas ahora comunes como la resucitación cardiopulmonar avanzada. En el estado actual del conocimiento médico consideramos signo de desorganización irreversible la pérdida sostenida de toda actividad cerebral. En caso de duda, todas las culturas han considerado la evidencia de putrefacción como prueba definitiva de muerte. Y con acierto. Esto de la putrefacción no es más que la continuación de los procesos entrópicos o fluctuantes de la vida, pero desde luego al iniciarse pone en evidencia que no hay posible marcha atrás: el ser vivo está demasiado desestabilizado como para mantener gran parte de sus desequilibrios internos básicos. Perdida por completo la homeostasis, la entropía empuja para terminar de esparcir, desorganizar y consumirlo todo, restableciendo así el equilibrio con el medio circundante. Y para ello se vale también de otras fluctuaciones, en forma de bacterias, gusanos, carroñeros y demás. El ciclo de la vida y de la muerte prosigue así. Pronto, los átomos y moléculas que una vez formaron un ser humano terminarán perteneciendo de nuevo al planeta y a otras plantas y animales, incluyendo otros humanos. Como en el reciclaje. Los mitos de la muerte Sala de urgencias críticas de un hospital moderno. En la actualidad, es posible reanimar y curar a personas que en el pasado se daban por definitivamente muertas. Para incontables personas a lo largo de toda la historia de la Humanidad, esto de la muerte ha constituído siempre el misterio último y el miedo definitivo. Sin duda, tuvo que ser determinante en el surgimiento de los mitos, las leyendas y las religiones. Este que te escribe, que como ya te dije al principio ha vivido alguna cantidad significativa de muerte a su alrededor, no opina que haya ningún misterio especial más allá de los propios –y fascinantes– de la naturaleza, la entropía y el cosmos en su conjunto. Jamás vi nada que me diera algún motivo fehaciente para cambiar de opinión. Las cosas vivas nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos: eso es todo. El miedo, por su parte, es libre; si te interesa mi punto de vista personal, te diré que la muerte en sí no me inspira mucho temor. Supongo que a estas alturas sería como tenerle miedo a volar, después de todo lo que he viajado en avión. Le tengo miedo –eso sí– a algunas formas de morir, que las hay de bastante perras. Y, sobre todo, a lo que pudiera pasarle después a algunas personas que quiero. Pero para mí y a la luz de todo lo expuesto, la muerte es algo tan natural como la vida y debe ocurrir necesariamente. A mí, también. Entropía, fluctuación: ley cósmica. En Mi visión del mundo, Albert Einstein decía lo siguiente, que yo comparto en su gran mayoría: Albert Einstein dijo:La experiencia más hermosa que tenemos a nuestro alcance es el misterio. Es la emocíón fundamental que está en la cuna del verdadero arte y de la verdadera ciencia. El que no la conozca y no pueda ya admirarse, y no pueda ya asombrarse ni maravillarse, está como muerto y tiene los ojos nublados. Fue la experiencia del misterio, aunque mezclada con el miedo, la que engendró la religión. La certeza de que existe algo que no podemos alcanzar, nuestra percepción de la razón más profunda y la belleza más deslumbradora, a las que nuestras mentes sólo pueden acceder en sus formas más toscas… son esta certeza y esta emoción las que constituyen la auténtica religiosidad. En este sentido, y sólo en éste, es en el que soy un hombre profundamente religioso. No puedo imaginar a un dios que recompense y castigue a sus criaturas, o que tenga una voluntad parecida a la que experimentamos dentro de nosotros mismos. Ni puedo ni querría imaginar que el individuo sobreviva a su muerte física; dejemos que las almas débiles, por miedo o por absurdo egoísmo, se complazcan en estas ideas. Yo me doy por satisfecho con el misterio de la etemidad de la vida y con la conciencia de un vislumbre de la estructura maravillosa del mundo real, junto con el esfuerzo decidido por abarcar una parte, aunque sea muy pequeña, de la Razón que se manifiesta en la naturaleza. Más allá de las religiones y leyendas, han surgido algunos mitos de la Edad Contemporánea en torno a la muerte. Uno de ellos es que la existencia de un alma hasta cierto punto material u otra cosa análoga habría quedado demostrada mediante su peso, que sería de 21 gramos. Esta fue la conclusión a la que llegó un cierto doctor Duncan McDougall a principios del siglo XX, pesando a diversas personas y animales a lo largo de su agonía y muerte. Según el Dr. McDougall, un ser humano perdería estos 21 gramos de peso en el momento de morir; los perros, no. Sus observaciones nunca han podido ser validadas independientemente o reproducidas bajo circunstancias controladas, la metodología utilizada por McDougall resulta enormemente controvertida (muestra pequeña, método de pesaje incorrecto) y el mero hecho de hablar de un momento de la muerte y no de un proceso de la muerte ya nos sugiere que el buen doctor no acababa de tener claros algunos conceptos. Hoy en día, las conclusiones de McDougall se consideran generalmente pseudociencia. Curiosamente, la imaginería popular tradicional ha creído siempre que las personas ganamos peso al morir, en vez de perderlo como aseguraba este médico. De ahí viene la expresión peso muerto o pesar como un muerto. Los miembros humanos amputados o anestesiados también parecen pesar mucho. Todo esto no es más que un error de percepción, derivado de que no tenemos mucha costumbre de levantar un cuerpo o un miembro adultos que no coopera en absoluto con su propia fuerza. Entonces, nos olvidamos de que una flaca de cincuenta kilos pesa tanto como un saco grande de cemento; y un tipo de cien, más que algunos motores pequeños de coche. En situaciones de emergencia, además, no es raro tener que manipular un cuerpo aplicando cargas y palancas que aumentan aún más la sensación de peso. "Ascensión al Empíreo" de El Bosco (ca. 1490), parte de la colección de cuatro postigos "Visión del Más Allá". Muchas personas creen reconocer en esta pintura el "túnel de luz" que algunos aseguran ver durante experiencias cercanas a la muerte. Óleo sobre panel, Palacio del Dux, Venecia. Otro de estos mitos modernos generalizados, cómo no, es el del túnel de luz (que algunos extienden a la visualización de seres de luz ydemás). Lo primero que cabe objetar es que esta experiencia, de ser cierta, difícilmente resulta universal: sólo parecen haberlo percibido algunas personas y yo nunca me he encontrado con ninguna. Personalmente, conozco a varias que estuvieron al borde de la muerte o clínicamente muertas; no vieron nada parecido. Una chica que se había dado un fuerte golpe con la moto, teniendo entonces catorce años, me describió que ella sólo había visto como si los cuerpos del personal médico que tenía alrededor en el box de urgencias se estiraran al poco de entrar en parada cardiorrespiratoria aguda, según sus propias palabras, “igual que en un cuadro de El Greco“. Finalmente, “se fue de golpe” y sólo despertó muchas horas después. Un señor de mediana edad que conocí coincidía en esto del “irse de golpe”: entró en varios comas con muerte clínica a consecuencia de un problema cardíaco grave y me contaba que, para él, había una discontinuidad temporal entre el momento de entrar en coma profundo y el de salir del mismo, como cuando te ponen anestesia general: un “clic” instantáneo entre un momento y el otro, sin nada en medio. Doy fe de que a mí me han puesto tres veces anestesia general y, en efecto, tal cual eso fue lo que sentí en todos los casos. Finalmente, un soldado que resultó herido durante una reciente guerra europea me lo contó así: “Estábamos saliendo de un pueblo. Di dos pasos hacia la carretera y al ir a dar el tercero, casi me caigo de la cama del hospital.” Entre una cosa y otra habían pasado tres semanas, un balazo por sorpresa en el cuello disparado desde un bosque cercano y una carrera hasta la puerta de urgencias más próxima a golpe de bolsas de plasma, pinchazos de adrenalina (epinefrina) y desfibrilador militar aplicado de aquella manera. Este efecto de desconexión súbita parece ser común a varias formas de pérdida de conocimiento, coma, anestesia y muerte clínica. No voy a poner en duda el testimonio de las personas que aseguran haber visto el túnel de luz en cuestión, que hasta aparece reflejado en un cuadro de El Bosco. Sí afirmo que no parece ser ni mucho menos una experiencia universal y que, por otra parte, tampoco sería tan raro que algunas personas alucinaran de manera parecida cuando cerebros muy similares (todos los cerebros humanos son muy similares) comienzan a morir de manera semejante por falta de oxígeno y nutrientes. En todo caso, de todas las personas que he visto morir, sólo una me dio la impresión de que estuviera viendo algo; y, por la forma rápida como movía las pupilas, no me pareció que fuera nada fijo en un solo punto. A estas alturas, como dije más arriba, la muerte ya no es el misterio que acostumbraba a ser. Tenemos ya muchos conocimientos sobre las razones por las que vivimos y morimos, algunas de las cuales he comentado a lo largo de este post; y no parece que se trate de ningún suceso extraño o excepcional en el transcurrir del cosmos, la vida, la entropía y la fluctuación. Vivimos y morimos como parte de los fenómenos a gran escala que constituyen este universo; la materia y energía que nos componen va cambiando de estado y situación, permitiendo durante un tiempo el surgimiento de la vida y la mente. Después pasa a otros estados distintos, como cualquier otro proceso físico-químico, y al menos una parte de esa misma materia y energía acaba repartida entre otros seres vivos; o no, según donde caigamos fritos. No veo posible de ninguna manera realista que la conciencia de la propia existencia, resultado de una complejísima organización cerebral extremadamente frágil, pueda mantenerse a lo largo de esos procesos. El resto es ya cosa de la permanencia de la memoria cuántica. En todo caso, sólo lo que está vivo puede morir. Ya que los duendes de la entropía y las hadas de la fluctuación nos han hecho ese regalo, más vale aprovecharlo, porque muy –muy– probablemente no se repetirá. Fuente Mis otros post!!! Un post Complejo Impuesto voluntario a la ignorancia científica Cuando Hahnemann intentó curar la escarlatina. ¿Por qué la grafología es un fraude? 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