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pacho o donnell - historis argentinas (parte1)

Ciencia Educacion10/31/2010


Capítulo I

De 1492 a 1540

Cuando se cerraron las rutas que llevaban a la India por el Oriente, a raíz de la caída de Constantinopla en manos turcas, se impuso la necesidad de abrir otras vías para el aprovisionamiento de metales preciosos y de especias. La invención de la brújula, el astrolabio y la construcción de naves capaces de enfrentar las tormentas oceánicas, además de la bonanza económica de la España de entonces, hicieron posible que Cristóbal Colón se lanzara hacia el oeste llegando en 1492 a las Antillas, creyendo haber llegado a la India. Como insólita consecuencia de dicho error seguimos llamando a nuestros aborígenes como indios tobas o indios mapuches...
La historia nos enseña que fue la reina Isabel la Católica quien, con sus joyas, financió la expedición colombina. No fue ella sino Juan Santangel, un comerciante judío, en sociedad con los hermanos Pinzón quienes aportaron dos carabelas de su propiedad. Lo de la reina fue una invención que justificaría la delegación que el Papa, supuesto dueño del orbe, hiciera de las nuevas tierras en los soberanos españoles. No en España sino en sus reyes, lo que algunos siglos más tarde explicará algunas estrategias de los revolucionarios de Mayo.
La Corona española era pesimista acerca del resultado de la expedición, lo que justifica la firma de las Capitulaciones de Santa Fe, el 17 de abril de 1492, por las que se concedía a Colón y a sus financistas grandes prerrogativas, como el de ser nombrado almirante, virrey y gobernador de las tierras a descubrir, además del diez por ciento de las riquezas obtenidas, privilegios que a la postre no se cumplieron, obligando a don Cristóbal a un infructuoso peregrinaje para que se cumpliera con lo acordado, empeño en el que lo sorprendió la muerte.


UN FABULADOR INMORTALIZADO

Mientras don Cristóbal atravesaba varias veces de ida y vuelta el océano, un fabulador y mediocre marino florentino, Américo Vespucci, escribía a su compatriota, el poderoso Lorenzo de Médicis, adjudicándose el Descubrimiento e instándolo a financiarle una expedición. A diferencia de los soberanos españoles que tratarían de mantener oculto el acontecimiento para, infructuosamente, no despertar la ambición de otras potencias, el príncipe Médicis publicará la carta y el cartógrafo alemán Waldsemuller la tendrá sobre su escritorio cuando debe bautizar los nuevos territorios. En su ‘Cosmographie Introductio” escribirá: “En el sexto clima, hacia el polo antártico, está situada la parte del globo que, habiendo sido descubierta por Americus, puede ser llamada “tierra de Américus” o “América”

LOS MONTRUOSOS AMERICANOS


Para hacer lo que se hizo fue necesario poner en duda la condición humana de los habitantes del Nuevo Mundo, a quienes se definía como “seres con apariencia de hombres”. A ello contribuyó Colón, quien en su "Diario" se refiere tres veces a seres "de un solo ojo", como el cíclope griego. No termina ahí la cosa pues don Cristóbal en una de sus cartas a Gabriel Sánchez le cuenta que a "la gente con cola" podía encontrársela en la parte poniente de la isla Juana, en la provincia llamada Nuan, "adonde nace esta gente". En su segundo viaje le llegó el conocimiento de que "en Mangi todas las gentes tenían rabo de más de ocho dedos de largo" y que no muy lejos de "La Española", ciudad por él fundada, había seres "con hocico de perros que comían los hombres y que tomando uno lo degollaban y le bebían la sangre y le cortaban su natura".
No se queda atrás Antonio Pigafetta, uno de los escasos sobrevivientes de la expedición magallánica y cronista de la misma, quien cuenta que en una de las tantas islas indianas vivían hombres que tenían las orejas tan largas como todo el cuerpo, de manera que “cuando se acuestan, una les sirve de colchón y otra de frazada”.
A mediados del siglo XVI el “haut americano” es descripto por primera vez en el capítulo LII de “Les Singularités de la France Antarctique” de André Thevet: “Tiene el tamaño de una mona de Africa, el vientre colgante y una cabeza parecida a la de un niño. Cuando se la captura suspira como un niño acongojado (...) Además a esta bestia nunca se la ha visto comer”.
Aún en 1602 “Le Relationi Universali” del abate Giovanni Botero, publicada en Venecia, reproduce la figura del “gastrocéfalo americano”: “Un hombre sin cabeza, que tiene ojos en la nariz y la boca en el pecho, y que va desnudo, menos en sus partes vergonzosas (...) y lleva sombrero ancho sobre sus espaldas, que de tan ardiente calor solar los defiende”. Y, más adelante: “Esto es verdaderamente un milagro de la naturaleza, un aborto o un prodigio, porque no se trata de un solo ser, sino que hay miles por estos lugares”.
El jurista de la Corona, Ginés de Sepúlveda, justificará la “guerra justa”, es decir el exterminio de americanos, porque “siendo por naturaleza siervos los hombres bárbaros, incultos e inhumanos, se niegan a admitir la dominación de los que son más prudentes, poderosos y perfectos que ellos siendo por derecho natural que la materia obedezca a la forma, el cuerpo al alma, el apetito a la razón, la mujer al marido, los hijos al padre, lo imperfecto a lo perfecto para desterrar las torpezas nefandas y portentoso crimen de devorar carne humana y propagar la fe cristiana por todos los rincones del mundo”
Según investigaciones recientes en 1492 en la isla donde Colón fundó “La Española” lo recibieron unos 300.000 nativos. De ellos un tercio murió entre 1494 y 1496. En 1514 fueron censados sólo 26.300. En 1548 escribía el cronista Fernández de Oviedo que “de tres veces cien mil y más personas que había en aquella sola isla, no hay ahora quinientos”

NUESTROS VALIENTES ANTEPASADOS

Nuestros indígenas nunca ocuparon un lugar de privilegio en nuestra historia oficial, que así reproduce su postergación social. Es hora ya de que hagamos justicia a la lucidez y al coraje de nuestros lejanos antepasados.
Las noticias que el extremeño Núñez de Balboa hizo llegar del descubrimiento, el 25 de septiembre de 1513, del "Mar del Sur" (Océano Pacífico), se difundieron por toda España y se supieron también en Portugal. Ello urgió a los reyes de España a enviar una armada para encontrar el canal interoceánico para franquear el nuevo continente y así extender sus dominios por el oeste de las Indias Occidentales. "Habéis de mirar que en esto ha de haber secreto e que ninguno sepa que yo mando dar dinero para ello ni tengo parte en el viaje", escribía el monarca español en sus instrucciones al Piloto Mayor del Reino, Juan Díaz de Solís, quien partiría el 8 de octubre de 1515 desde San Lúcar de Barrameda hacia la América meridional.
La suerte no acompañará a dichos conquistadores europeos pues no les sucederá lo que a Hernán Cortés, a quien el soberano azteca y su corte recibirán con honores convencidos de que eran la encarnación del dios Quetzalcoátl profetizada por los augures. Tampoco la de Pizarro, quien invadirá el imperio incaico y apresará sin dificultades a su soberano Atahualpa, más ocupado en litigar con su hermano Huáscar que en defenderse de los intrusos.
Nuestros querandíes, a quienes nuestra historia divulgada trata de salvajes poco menos que animalizados, deben ser reconocidos como más sagaces que sus hermanos americanos ya que no confundieron a los españoles con dioses y no dudaron de que se trataban de enemigos. No se dejaron impresionar por aquellas naves descomunalmente más imponentes que sus piraguas, por aquellos desconocidos animales que arrojaban humo por sus narices y corrían a la velocidad del rayo, tampoco por aquellas pieles rígidas que sus flechas no atravesaban y que refulgían al sol como la plata que los conquistadores anhelaban.
Los mataron luego de incitarlos al desembarco tentándolos sagazmente desde la orilla con objetos dorados y plateados que destellaban hasta encandilarlos. También con agua, frutas y peces, preciadísimos luego del prolongado y azaroso cruce del océano. El cronista Herrera, integrante de la expedición, relató que "los indios tomando a cuestas a los muertos, y apartándoles de la ribera hasta donde los del navío no los podían ver, cortaban las cabezas, brazos y pies, asaban los cuerpos enteros y se los comían".
Cabe dudar sobre estos relatos sobre canibalismo, que se repetirán a lo largo de toda la Conquista, con escasas confirmaciones, que tenían por objetivo horrorizar a los europeos y así justificar las intervenciones "civilizadoras" que provocaron la casi extinción de los habitantes americanos.
En cambio el cronista alemán Ulrico Schmidl, integrante de la segunda expedición al Río de la Plata capitaneada por Pedro de Mendoza, dará cuenta de canibalismo por parte de los europeos, sitiados y hambreados por los indómitos americanos: "Tres españoles habían hurtado un caballo y se lo comieron. (...) Se los condenó y colgó de una horca. Ni bien se los había ajusticiado y cada cual se fue a su casa, aconteció en la misma noche por parte de otros españoles que ellos han cortado los muslos y unos pedazos de carne del cuerpo y los han llevado a su alojamiento y comido. También ha ocurrido que un español se ha comido a su propio hermano muerto. Esto ha sucedido en el año de 1536 en nuestro día de Corpus Cristi en la sobredicha ciudad de Buenos Aires".
Las versiones de la nefanda suerte de aquellos primeros españoles que se atrevieron a hollar las tierras de lo que hoy es nuestro país han sido siempre expuestas con solidaridad hacia los conquistadores, lo que constituirá el acto inicial del drama de una Argentina siempre pensada desde otros.


LA AMÉRICA “NO DESCUBIERTA”

“Las distintas zonas ambientales que habitaban los grupos indígenas no se corresponden con los actuales límites internacionales ni interprovinciales, ya que éstas sobrepasan las fronteras y atraviesan el territorio argentino en angostas franjas longitudinales, paralelas, que corren de norte a sur. Como los recursos existentes en cada franja ambiental condicionaban las formas de organización de cada pueblo para obtenerlos e implican una necesaria relación de intercambio entre los pueblos de distintas franjas para conseguir todo lo que necesitaban, es preciso definir claramente la ubicación de las mencionadas franjas y sus características.
El noroeste y centro de la Argentina-en los territorios que durante la colonia correspondían a las gobernaciones de Tucumán (provincias de Jujuy, Salta, Tucumán, La Rioja, Catamarca, santiago del Estero y Córdoba) y Cuyo (provincias de Mendoza, San Juan y San Luis )- estaban habitados por los pueblos agricultores con residencias estables en aldeas y que, en consecuencia, necesitaban organizar la forma de acceder a los productos que no había en su zona. Además en ambas gobernaciones, el ambiente cambiaba en cortas distancias y cada franja era muy diferente de la otra vecina.
Comenzando desde el oeste y avanzando hacia el este, la primera franja longitudinal era la costa del océano Pacífico con sus recursos marítimos, la segunda era el desierto chileno con sus minerales, la tercera era la Puna con sus ganados y sales, la cuarta fueron los valles y quebradas con su producción agrícola, seguidos por el pie de monte que conectaba con la llanura, donde finalmente estaban los bosques y selvas con recursos variados como las maderas, mates, calabazas, el cebil (alucinógeno)y las plumas . Esto implica que la forma mas habitual de comunicación entre los distintos pueblos indígenas tenía una orientación este-oeste, totalmente distinta de la orientación norte-sur que luego impondrán los españoles.
Considerando estas franjas ambientales y las características socioculturales de los grupos indígenas que allí se asentaban, desde la arqueología se han definido las siguientes zonas para el centro y noroeste de la Argentina: Puna, valles/quebradas, selvas y chaco, cuyo, mesopotamia santiagueña y sierras centrales o de Córdoba. Al este y sudeste de de la Argentina se encontraban los pueblos que habitan la llanura pampeana y el litoral de los ríos Paraná y Uruguay; estas zonas también tenían sus propios recursos particulares pero sus pueblos eran diferentes de los anteriores en tanto no residían en asentamientos aldeanos estables sino que presentaban una fuerte movilidad espacial”( Silvia Palomeque).

SYPHILO Y EL PALO SANTO


En 1530 Frascator había publicado su libro “Syphilo”, que bautizó a la hasta entonces poco conocida enfermedad. Como muchas obras de medicina de la época, escrita en forma de poema.
“Syphilo”, indio americano, libra una imposible batalla contra la enfermedad y ruega a los dioses por un bálsamo que lo cure. Estos hacen crecer el “guayacán”, árbol milagroso cuya resina bebida en tisana le devuelve la salud perdida.
A don Pedro de Mendoza no le mueve el afán de riquezas, que ya posee y de sobra. Ni el de prestigio, que le sobra a la casa de Mendoza, a la que pertenece también el célebre marqués de Santillana. Tampoco el de gloria, pues ya la ha conquistado durante las guerras de Italia.
El Capitán firma la correspondiente “capitulación” con el rey Carlos V el 21 de mayo de 1534, en el alcázar de Toledo, quedando establecido que la expedición sería solventada por don Pedro “sin que en ningún momento seamos obligados a Vos a pagar ni satisfacer los gastos”. Al año siguiente, el 24 de agosto de 1535, Mendoza se lanzó a través del océano asesino, plagado de borrascas y piratas, al mando de once navíos y 1200 hombres, en busca del “palo santo” o “guayacán” con el que curar su avanzada sífilis. Ese tormento que lo hace arder en fiebre y retorcerse en dolores sobre su jergón, “importada” a Europa, donde se propagó con siniestra vitalidad, por conquistadores que regresaron contagiados de América donde era endémicà y por lo tanto de efectos atenuados. Algunos la calificaron como “la venganza americana”.
Lo que el médico de Mendoza, don Hernando de Zamora, no tuvo en cuenta es que el “guayacán” era una planta tropical, inhallable en los australes dominios de Río de la Plata.
Al desembarcar y fundar, posiblemente donde hoy está el parque Lezama, el fuerte de “Santa María de los Buenos Ayres” así llamado en homenaje a la “Madonna della Buonaria (Senora de los Vientos)”, con ermita en Cerdeña, a quien se habían encomendado durante una prolongada “calma chicha”, sólo encontraron americanos que ya habían dado cuenta de Solís y que estaban decididos a acabar también con los nuevos intrusos.
La decisión de abandonar el emplazamiento antes de que los 600 sobrevivientes también murieran por hambre o por flechazos fue inevitable. Algunos lo hicieron hacia el norte comandados por Juan de Ayolas. Don Pedro, en cambio, decidió regresar a España en el bergantín ‘La Magdalena”. Antes de partir dejó un conmovedor “pliego de mortaja”, como se llamaba a los últimos deseos: “Sabéis que no tengo qué comer en España si no es la hacienda que tengo que vender y toda mi esperanza es en Dios, en vos, por eso mira, pues os dejo por hijo y con cargo tan honrado que no me olvidéis pues me voy con seis o siete llagas en el cuerpo, cuatro en la cabeza y otra en la mano que no me deja escribir ni aún firmar (…) Y si Dios os diera alguna joya o alguna piedra no dejéis de enviármela por que tenga algún remedio de mis trabajos y de mis llagas”.
Pero Mendoza morirá a bordo el 23 de junio de 1537, maldiciendo su suerte y a Buenos Aires.


EL FRAILE ESCLAVISTA


El humanitarismo de Fray Bartolomé de las Casas ha sido instrumentado por la versión hispánica de la Conquista (pundonorosamente llamada “Descubrimiento”) para contrarrestar la “leyenda negra”del genocidio de americanos en manos de los conquistadores. Pero lo cierto es que su prédica, aunque bienintencionada, fue estéril y algunas de sus actitudes reprobables.
En mayo de 1540 el fraile había logrado entrevistarse con el rey Carlos V, a quien convence de los abusos cometidos en América por sus súbditos y le arranca la promesa de una legislación que protegiese a los indígenas. El monarca cumple y dos años más tarde se conocen las “Nuevas Leyes” que suprimen las encomiendas abusivas, prohíben nuevos repartos y ordenan que los vacantes pasen a la Corona. Más tarde se completan con la prohibición de nuevas conquistas.
Tal despacho ocasionó, según un tal Jerónimo López, cronista de entonces, “espanto tan grande que (los vecinos) parecían salir de su juicio”. Fue “gran desconsuelo tan gran crueldad y castigo que Vuestra Majestad a todos nos hace, sin haber hecho a Vuestra Majestad algún deservicio por donde se mereciese”. Todos esperaban, continuaba, que se les concediera la perpetuidad de las encomiendas “que se pide y desea así por los españoles como por los naturales”; en cambio fueron expedidas leyes tan gravosas para “una tierra donde hay para cada español mil indios, por lo menos”. La reacción contra el fraile hizo que se viese obligado a abandonar el obispado de Chiapas porque su vida corría serio peligro.
No pasó mucho tiempo antes de que Carlos V volviese atrás en su humanitarismo y revocara las “Nuevas Leyes”, justificando que el permiso de emprender nuevas conquistas serviría para “desaguar” el Perú donde el conflicto entre los conquistadores Pizarro y Almagro, y entre los seguidores de ambos, había sido sangriento y prolongado. Además las instrucciones ordenaban que, si después de ser requeridos los indios para que buenamente se entregasen a los cristianos, no lo hicieran, “los dichos religiosos y españoles podrán entrar en la dicha tierra y provincia por mano armada y oprimir a los que los resistieren, y sujetarlos, y traerlos a nuestra obediencia”.
La obstinación de Fray Las Casas para liberar a los indígenas de la cruel dominación de los europeos lo llevó a propugnar su reemplazo por esclavos traídos de Africa, como si éstos no fueran seres humanos, lo que fomentaría el tráfico negrero al darle sustento ideológico y religioso. En cierta ocasión recomendará “que en lugar de los indios que había de tener en dichas comunidades, sustente Su Alteza en cada una veinte negros o otros esclavos de las minas y les de comida la que hubieren menester. Y será muy mayor servicio para Su Alteza y ganancia porque se cogerá mucho más oro que se cogería teniendo doblados indios de los que había de tener en ellas”.
El fraile con fama de humanitario no sólo promulgó el tráfico de esclavos negros sino que en 1544 mandó pasar en su nombre a varios de ellos:”(…) e den las cartas de pago que convengan e otros para que puedan en nuestro nombre pasar e pasen a las dichas Yndias quatro esclavos negros de que tenemos merçed e liçençia de Su Majestad “.
Fray Bartolomé de las Casas vivirá hasta los noventa y dos años. En la etapa final el sentimiento de culpa por su trato con los africanos lo llevará a atormentarse con el convencimiento de que el infierno lo esperaba.


LA POSTERGACIÓN FEMENINA

Una flagrante postergación de nuestra historia, que reproduce la que hasta hoy tiene lugar en los distintos ámbitos de nuestra sociedad, es la de la mujer. Sólo en los tiempos modernos, y todavía con retaceo, ha habido reconocimiento hacia algunas de ellas como Julieta Lanteri, Alicia Moreau de Justo y, sobre todo, Eva Perón.
Es tiempo ya de resaltar la acción de la mujer en nuestras guerras de la Independencia, como Juana Azurduy, Manuela Pedraza, Macacha Guemes y otras, como así también su participación en las vicisitudes de la Conquista.
La postergación era, justamente, el tema del reclamo de Isabel de Guevara, integrante de la expedición de Mendoza, a la reina de España, a quien escribe veinte años después de la fracasada expedición:
“A esta provincia del Río de la Plata, con el primer gobernador de ella, Don Pedro de Mendoza, hemos venido ciertas mujeres entre las cuales ha querido mi ventura que fuese yo la una. Y como la armada llegase al puerto de Buenos Aires con mil e quinientos hombres y les faltase el bastimento, fue tamaña el hambre, que a cabo de tres meses murieron los mil (...) Vinieron los hombres en tanta flaqueza que todos los trabajos cargaban a las pobres mujeres, así en lavarse las ropas como en curarles, hacerles de comer lo poco que tenían, a limpiarlos, hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas cuando algunas veces los indios les venían a dar guerra, poner fuego a los versos y a levantar los soldados, los que estaban para ello, dar alarma por el campo a voces, sargenteando y poniendo en orden los soldados. Porque en este tiempo, como las mujeres nos sustentamos con poca comida, no habíamos caído en tanta flaqueza como los hombres. (…) He querido escribir esto y traer a la memoria de Vuestra Alteza para hacerle saber la ingratitud que conmigo se ha usado en esta tierra, porque al presente se repartió por la mayor parte de lo que hay en ella, así entre los antiguos como entre los modernos, sin que de mí y de mis trabajos se tuviesen ninguna memoria, y me dejaron de fuera sin me dar indios ni ningún género de servicios".


LA “PACIFICACIÓN” POR LA FUERZA


Las ordenanzas reales prefirieron el término "pacificación" al de"conquista": "E mandamos q. estos asientos no se den con título e nombres de conquistas, pues aviendose de hazer con tanta paz e caridad como deseamos, no queremos q. el nombre dé ocasión ni color para q. se pueda hazer fuerza ni agravio a los indios" (J. Solorzano Pereira).
La “pacificación” empezaba con un discurso dirigido a los indios. El Capitán de la entrada o expedición, o quien él designara, debía requerirles que en paz aceptaran el señorío del Rey, dueño de aquellas tierras por gracia y donación del Papa. Juan de Oviedo, veedor de minas y fundiciones de oro en la expedición de Pedrarias Dávila, dejó una versión completa del documento que debió leer en su propia lengua castellana a los indios de Santa Marta. Es de imaginar lo que habrán comprendido...
"De parte del muy alto e muy poderoso e muy católico defensor de la Iglesia, siempre vencedor y nunca vencido el Grand Rey Don Fernando (quinto de tal nombre), Rey de la España, de las dos Secilias e de Hierusalem, e de las Indias, Islas y Tierra-Firme del Mar Océano, etc., domador de las gentes barbaras; e de la muy alta e muy poderosa señora la Reyna Doña Johana, su muy cara e muy amada hija, nuestros señores: Yo, Pedrarias Dávila, su criado, mensagero e capitan vos notifico e hago saber, como mejor puedo, que Dios, Nuestro Señor, uno e trino crió el cielo e la tierra, e un hombre e una muger, de quien vosotros e nosotros e todos los hombres del mundo fueron e son descendientes e procreados, e todos los que después de nos han de venir..."
El amonestador sigue "explicando" a los indios el origen de la autoridad del Papa y de cómo éste le hizo donación al Rey de España de las nuevas tierras descubiertas por Colón. Les ruega y requiere que apresten su pacífica obediencia a la Iglesia, al Papa y a ellos, comprometiéndoles, en cambio, todos los beneficios de su buena voluntad. Pero si la sumisión exigida no fuese la respuesta el documento no ahorraba ásperas amenazas de guerra y esclavitud, que inevitable y fatalmente eran lo que seguía a la lectura. Cuando la misma llegaba a realizarse.
Fray Las Casas cuenta que cuando los españoles querían asaltar un pueblo indígena marchaban calladamente hasta llegar a muy corta distancia. "Y allí aquella noche entre sí mismos, en susurros, se apregonaban o leían el dicho requerimiento diciendo: `Caciques y indios de esta tierra firme, de tal pueblo, hacemos os saber que hay un Dios, y un Papa, y un Rey de Castilla, que es señor de estas tierras, venid luego a le dar obediencia, etc., y si no, sabed que os haremos guerra y mataremos y captivaremos..."'
Si, excepcionalmente, los intérpretes facilitaban la comprensión a los indios, éstos, según el citado Oviedo, solían responder con amenazas y a veces con burlas: "Respondiéronme: que en lo que decía que no había sino un Dios y que este gobernaba el cielo e la tierra y que era señor de todo, que les parecía bien y que así debía ser, pero en lo que decía que el Papa era Señor de todo el universo en lugar de Dios, y que el había hecho merced de aquella tierra al Rey de Castilla, dijeron que el Papa debiera estar borracho cuando lo hizo, pues daba lo que no era suyo; y que el Rey que pedía y tomaba tal merced, debía ser algún loco, pues pedía lo que era de otros". Hubo otras respuestas altivas, como la consignada por fray Las Casas por parte del cacique Hathuci, condenado a ser quemado en la hoguera, quien cuando un sacerdote le propuso convertirse “para que pudiera ir al cielo donde reinaba la paz y la alegría”, respondió: “Si los españoles van al cielo, prefiero ir al infierno”.


NUESTRA PRIMERA CIUDAD

El 21 de mayo de 1534 el rey Carlos V dividió prolijamente la América del Sur española en cinco franjas de doscientas leguas cada una: concede la primera a Pizarro, la segunda a Almagro, la siguiente a Pedro de Mendoza. La zona más austral, la quinta, que correspondería al estrecho de Magallanes, queda reservada para el obispo de Plasencia, Gutiérrez Vargas de Carvajal.
La franja patagónica, cuarta en la serie, corresponderá a Simón de Alcazaba, nacido en Portugal pero al servicio como cosmógrafo de la Corona española, quien había pagado una importante suma de dinero por ello. Las conquistas americanas eran operaciones comerciales y lo de “adelantados” tenía su origen en que adelantaban el dinero que la Corona no tenía o no deseaba invertir y que luego recuperarían en caso de que la expedición fuese redituable.
Muchas ilusiones se hizo don Simón, quien bien sabía lo que era enriquecerse en tierras extrañas pues de joven, y sin aprovecharlo, había participado en la conquista portuguesa de las Molucas y de la China. Durante años, esperando la decisión real, había crecido su ambición escuchando relatos sobre Méjico y sobre Perú, y siendo testigo del regreso triunfal de algunos conquistadores, ricos, ufanos y hasta no faltaron los que acreditaron un título nobiliario.
Si las cosas no anduvieron bien en el río de la Plata, se convencía don Simón, era porque don Mendoza, tan enfermo y descomedido, no había procedido como se debía para acumular el oro y la plata y las piedras preciosas que también, estaba seguro, abundarían en la Patagonia, de la que nada se sabía.
Ya en viaje su ánimo exaltado de esperanza le permite sobrellevar la sed que tortura a sus capitanes y marineros. Encuentra la solución. Se reemplazará el agua por el vino que carga en sus toneles. “Los gatos e perro bebían vino puro”, confirmará el cronista Fernández de Oviedo.
El desconocimiento lo hará concebir una idea extravagante: iniciará la conquista de su reino por el lado del Pacífico. Para ello deberá cruzar el estrecho de Magallanes, una empresa imposible por los salvajes vientos y oleajes que lo azotan y que impiden su navegación a vela. Un huracán arranca las velas “e parecería que se quería llevar las naos por el aire” obligando a Alcazaba a retroceder y buscar refugio en una caleta en el paralelo 45° a la que llamará ostentosamente “Puerto de los Leones”, donde funda la fortaleza y capital del adelantazgo con el nombre de “Nueva León”.
Pero pronto es evidente que el sitio es inhabitable, azotado por el helado viento patagónico, carente de vegetación y animales, y con indios mansos pero escasos e inútiles para el trabajo. Don Simón, dueño de un entusiasmo que no desfallecía, el 9 de marzo de 1535 decidió marchar hacia el oeste en busca de las riquezas que hasta entonces le habían sido esquivas pero que le leyenda ubicaba en una imaginaria ciudad de los Césares, descripta por otros conquistadores que se habían perdido por la zona. Pero la expedición se transformaría en un calvario por lo inhóspito y gélido de una región que los condenaba al desamparo, el frío, el hambre y la sed, torturados por un obstinado viento en tromba.
Hasta que el infortunio hace crecer el descontento y entonces se rebelan y matan a los capitanes y a los leales a Alcazaba, quien había regresado enfermo a “Nueva León”. Allí van a buscarlo y lo asesinan junto a quienes osan defenderlo. La rebelión tiene dos caudillos: el más exaltado, Juan Arias, quiere que “los leones” se hagan piratas y roben a las naves que se aventuran por la zona; el otro, Juan de Mori, a la postre triunfador, insiste en volver a España y poner fin a esa aventura delirante que ya se ha cobrado la vida de más de la mitad de los que partieron del Viejo Continente.
La ciudad de “Nueva León”, de corta existencia, nacida el 9 de mayo de 1535 del delirante proyecto de imaginar a la Patagonia como un Adelantazgo rico y poblado, fue la primera “ciudad” establecida formalmente en nuestro territorio actual. La Buenos Aires de Mendoza solo había sido un “fuerte” o “real”, y Santiago del Estero fue fundada con posterioridad.


EL SUDOR DEL SAPO

Las ponzoñas americanas eran violentas y eficientes, nacidas de la exhuberancia. Rápidas y crueles, bastaba el roce de una flecha para una muerte torturada por fiebres y dolores insoportables hasta la locura. Lo refieren las crónicas: “Y es cosa dolorosa oír del arte que morían aquellos tristes, e con la pena que sus ánimas salían de los trabajados cuerpos. No se piense que las heridas eran muy grandes, mas como la contagiosa yerba fuese de la calidad que ya hemos dicho, no era menester más que las flechas oliesen la sangre e picando solamente con las puntas sacasen una gota de ella, cuando luego el furor de la ponzoña subía al corazón, e los tocados con grandes bascas mordían sus propias manos, e aborreciendo el vivir deseaban la muerte, e tan encendidos estaban en aquella llama ponzoñosa que les abrasaba las entrañas e hacía tanta impresión que los espíritus vitales les desamparaban”.
La preparación no era simple: “En un vaso o tinajuela echan las culebras ponzoñosas que pueden haber y muy gran cantidad de unas hormigas bermejas que por su ponzoñosa picada son llamadas caribes, y muchos alacranes y gusanos ponzoñosos de lo arriba referidos, y todas las arañas que pueden haber de un género que hay, que son tan grandes como huevos y muy vellosas y bien ponzoñosas, y si tienen algunos compañones de hombres los echan allí con la sangre que a las mujeres les baja en tiempos acostumbrados, y todo junto lo tienen en aquel vaso hasta que lo vivo se muere y todo junto se pudre y corrompe, y después de esto toman algunos sapos y tiénenlos ciertos días encerrados en alguna vasija sin que coman encima de una cazuela o tiesto, atado con cuatro cordeles, de cada pierna el suyo, tirantes a cuatro estacas, de suerte que el sapo quede en medio de la cazuela tirante sin que se pueda menear de una parte a otra, y allí una vieja le azota con unas varillas hasta que le hace sudar, de suerte que el sudor caiga en la cazuela, y por esta orden van pasando todos los sapos que para este efecto tienen recogidos, y desde que se ha recogido el sudor de los sapos que les pareció bastantes, júntanlo o échanlo en el vaso, donde están ya podridas las culebras y las demás sabandijas, y allí le echan la leche de unas ceibas o árboles que hay espinosos, que llevan cierta frutilla de purgar, y lo revuelven y menean todo junto, y con esta liga untan las flechas y puyas causadoras de tanto daño. Y cuando por el discurso del tiempo acierta esta yerba a estar feble, échanle un poco de la leche de ceibas o de manzanillas, y con aquesta solamente cobra su fuerza y vigor.
“El oficio de hacer esta yerba siempre es dado a mujeres muy viejas y que están hartas de vivir, porque a las más de las que la hacen les consume la vida el humo y vapor que de este ponzoñoso betún sale”.
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