HUMOR POLÍTICO
Una noche en el sanatorio
Por: Alejandro Borensztein
Arquitecto y productor de TV
Don Alberto es el papá de Daniel, mi mejor amigo desde los 9 años. En noviembre, Don Alberto, de 86 años, intentó cruzar la avenida Collins en Miami. Un auto se lo llevó puesto y lo dejó con fracturas en ambas piernas, cadera, brazos, manos, costillas, mandíbula, cráneo, además de derrames en el hígado, riñones, estómago y cerebro. Los médicos norteamericanos le sugirieron a mi amigo Daniel que lo mejor era desenchufarlo y dejarlo morir, pero él se negó a firmar y, contra todos los pronósticos, Don Alberto sobrevivió. Como había peligro de infección, le quisieron amputar las piernas, pero mi amigo tampoco lo autorizó y Don Alberto salvó sus piernas. Un mes y medio después, Daniel se cargó al viejo en un avión sanitario y lo trajo de vuelta a la Argentina. No sano, pero sí salvo. ¿Dónde cree Usted que internaron a Don Alberto? Exactamente en el mismo lugar en el que, un par de semanas después, internaron a Néstor Kirchner.
Desde entonces, nos turnamos para visitarlo. Si bien clínicamente se está recuperando, todavía tiene un pequeño problemita: no sabe ni quién es él, ni quién es Daniel, ni quiénes somos nosotros. Cuando abre los ojos, suele pedir que cerremos la ventana para que no entre la locomotora y, mirando hacia arriba, pide que le corran los bombones que flotan en el aire.
El martes pasado lo dejamos dormido y nos fuimos en medio de un alboroto de custodios, funcionarios y ministros que pululaban por los pasillos del cuarto piso del sanatorio. El mismo piso en el que descansaban Don Alberto y Néstor.
El miércoles, Don Alberto nos recibió como siempre. Miró el techo, corrió algunos bombones y, después de pedir que cerremos la ventana para que no se meta un tren, nos contó que la noche anterior no había podido dormir. Que había mucho ruido en el pasillo y que, entonces, decidió subirse a la silla de ruedas y salir a ver qué pasaba. Se acercó a una habitación donde se amontonaba la mayor cantidad de gente. Nadie le impidió la entrada porque, según él, todos estaban pendientes de cualquier cosa, menos de los otros enfermos del sanatorio. Al entrar con su silla de ruedas encontró a un hombre solo (ahora sabemos que era Kirchner), descansando y conectado a una pantalla que mostraba una rayita que subía y bajaba mientras se escuchaba el sonido de un bip, bip. Don Alberto lo despertó para avisarle que le estaba sonando el celular, pero el ex presidente lo miró y siguió durmiendo, seguramente bajo los efectos de la medicación. Aburrido y sin sueño, Don Alberto encontró el control remoto y prendió la tele. Pasaban Palabras más, palabras menos por TN. Parece ser que el ex presidente se despertó por el ruido, le empezó a gritar, agarró el control remoto y cambió de canal.
Don Alberto vio que alrededor de la cama había diarios y revistas con la cara de ese mismo señor que yacía a su lado. Mirando los titulares, le llamó la atención uno que hablaba de una compra de dólares. Hay temas de los cuales Don Alberto no se acuerda nada, y otros de los que sigue siendo un especialista. Lo volvió a zamarrear al ex presidente para preguntarle a cuánto había comprado los dólares. Kirchner, entre bostezos, le contó. Don Alberto quedó maravillado. Estaba frente a alguien que había conseguido un precio que él jamás hubiera logrado. Supuso entonces que se trataba de alguien muy importante. Le pidió que la próxima vez que decidiera comprar dólares le avisara, así él también compraba. El ex presidente, semidormido, le contestó que le deje el teléfono y que, cualquier cosa, él lo llamaba (suponemos que para sacárselo de encima). Don Alberto tomó una birome y como no tenía un papel a mano, escribió el número de su celular en el antebrazo del Dr. Kirchner. Éste se dio vuelta y trató de dormir, pero Don Alberto quería seguir hablando. Le preguntó qué había hecho con los dólares y el ex presidente le mostró una revista con la foto de un hotel. A Don Alberto ahora le esté fallando el embrague, pero es un ingeniero conocedor del negocio inmobiliario. Miró la foto y calculó. Sumó las 18 ventanas de la planta baja y las multiplicó por 2 porque se avivó que el frente era similar al contrafrente. Concluyó que el hotel tendría alrededor de 30 habitaciones por piso. Y, como en la foto se veían 3 pisos, rápidamente entendió que era un hotel de unas 100 habitaciones. Además calculó que 18 habitaciones, a un mínimo de 4 metros de ancho más el lobby, le daba un edificio de no menos de 80 metros de frente. Multiplicado por unos 20 metros de fondo, andaba en los 1.500 metros cuadrados por planta, en 3 plantas, le daban 4.500 m2 aproximadamente. A 800 dólares el m2, la obra gruesa debió costar casi 4 palos verdes. A eso le sumó el equipamiento (camas, aire acondicionado, decoración, televisores, etc, etc.) y pensó que no serían menos de 400 dólares extras por m2. O sea, 2 palos más. Suponiendo que el terreno algo vale, y calculando algún subsuelo, jardines y espacios exteriores, Don Alberto estimó que el hotelito no bajaba de 7 palos. Se quedó pensando en los 2 palos que había pagado aquel hombre y volvió a sentir admiración. Luego, se distrajo mirando unos bombones de mazapán que cruzaban la habitación y clavó su mirada en el televisor. La Presidenta explicaba que la carne aumentó por la lluvia. Don Alberto pensó que por lo que vale la carne, debe haber llegado el diluvio universal. El papá de mi amigo ve bombones que vuelan, pero no es ningún boludo y decidió despertar al ex presidente. Le hizo una oferta bastante generosa: "Si Usted pagó 2 palos por este hotel, yo le ofrezco 4. Es buena guita". Don Alberto insistió: "Con 4 palos se compra un buen campo, espera que termine este gobierno de locos, cría ganado tranquilo y después se llena de guita".
El ex presidente no le contestó, y trató de seguir durmiendo. Don Alberto se volvió a distraer con una bandada de bombones de licor, envueltos en papeles plateados. Luego su mirada se plantó en la tele. Un señor decía que el abuelo de otro señor había sido un usurero. Don Alberto, que también es abuelo, pensó que hay que ser muy basura para meterse con el abuelo de otro.
Súbitamente, un sacerdote entró a la habitación. Se presentó como el presbítero Juan Torrela, y dijo que lo había mandado el Cardenal Bergoglio para dar la extremaunción. Mientras Kirchner se despertaba, Don Alberto le explicó que él no necesitaba nada de eso, que era judío, que tenía su rabino de cabecera, que muchas gracias y que, en todo caso, cualquier problemita, lo llamaba. Kirchner, alterado, se sentó en la cama y le gritó al sacerdote que se fuera, que no hacía falta ninguna extremaunción. Indignado, redobló la apuesta diciendo que además, él también era judío, y mostrándole su antebrazo marcado con el número del celular de Don Alberto, le dijo que era sobreviviente de Treblinka. El sacerdote salió corriendo. Según Don Alberto, el ex presidente le guiñó el ojo y chocaron los cinco. Entraron en confianza y empezaron a hablar de bombones perdidos y negocios hasta altas horas de la madrugada.
Al día siguiente, Don Alberto nos contó la historia, mientras en el televisor pasaban las imágenes del INDEC y la inflación, las patoteadas de D'Elía, las truchadas de De Narváez, el stalinismo de Diana Conti, la irresponsabilidad de Cobos, la prepotencia oficial, la pobreza opositora, el choreo de las reservas y todas esas cosas. Don Alberto nos habló con los ojos perdidos: "Lástima que tipos como el de anoche no manejen el país. Era una luz. Yo para estas cosas tengo buen ojo". Pensé en decirle que si tuviera buen ojo hubiera visto venir el auto por la Collins, pero me guardé el bocadillo.
Luego nos pidió que bajáramos la persiana y cerráramos la puerta así no entraban ni trenes ni bombones, y se fue a dormir. La historia de Don Alberto es absolutamente cierta. Su relato, en cambio, nadie lo sabe. Todos esperamos que algún día, Don Alberto, recupere la memoria. Así sabremos la verdad.
Una noche en el sanatorio
Por: Alejandro Borensztein
Arquitecto y productor de TV
Don Alberto es el papá de Daniel, mi mejor amigo desde los 9 años. En noviembre, Don Alberto, de 86 años, intentó cruzar la avenida Collins en Miami. Un auto se lo llevó puesto y lo dejó con fracturas en ambas piernas, cadera, brazos, manos, costillas, mandíbula, cráneo, además de derrames en el hígado, riñones, estómago y cerebro. Los médicos norteamericanos le sugirieron a mi amigo Daniel que lo mejor era desenchufarlo y dejarlo morir, pero él se negó a firmar y, contra todos los pronósticos, Don Alberto sobrevivió. Como había peligro de infección, le quisieron amputar las piernas, pero mi amigo tampoco lo autorizó y Don Alberto salvó sus piernas. Un mes y medio después, Daniel se cargó al viejo en un avión sanitario y lo trajo de vuelta a la Argentina. No sano, pero sí salvo. ¿Dónde cree Usted que internaron a Don Alberto? Exactamente en el mismo lugar en el que, un par de semanas después, internaron a Néstor Kirchner.
Desde entonces, nos turnamos para visitarlo. Si bien clínicamente se está recuperando, todavía tiene un pequeño problemita: no sabe ni quién es él, ni quién es Daniel, ni quiénes somos nosotros. Cuando abre los ojos, suele pedir que cerremos la ventana para que no entre la locomotora y, mirando hacia arriba, pide que le corran los bombones que flotan en el aire.
El martes pasado lo dejamos dormido y nos fuimos en medio de un alboroto de custodios, funcionarios y ministros que pululaban por los pasillos del cuarto piso del sanatorio. El mismo piso en el que descansaban Don Alberto y Néstor.
El miércoles, Don Alberto nos recibió como siempre. Miró el techo, corrió algunos bombones y, después de pedir que cerremos la ventana para que no se meta un tren, nos contó que la noche anterior no había podido dormir. Que había mucho ruido en el pasillo y que, entonces, decidió subirse a la silla de ruedas y salir a ver qué pasaba. Se acercó a una habitación donde se amontonaba la mayor cantidad de gente. Nadie le impidió la entrada porque, según él, todos estaban pendientes de cualquier cosa, menos de los otros enfermos del sanatorio. Al entrar con su silla de ruedas encontró a un hombre solo (ahora sabemos que era Kirchner), descansando y conectado a una pantalla que mostraba una rayita que subía y bajaba mientras se escuchaba el sonido de un bip, bip. Don Alberto lo despertó para avisarle que le estaba sonando el celular, pero el ex presidente lo miró y siguió durmiendo, seguramente bajo los efectos de la medicación. Aburrido y sin sueño, Don Alberto encontró el control remoto y prendió la tele. Pasaban Palabras más, palabras menos por TN. Parece ser que el ex presidente se despertó por el ruido, le empezó a gritar, agarró el control remoto y cambió de canal.
Don Alberto vio que alrededor de la cama había diarios y revistas con la cara de ese mismo señor que yacía a su lado. Mirando los titulares, le llamó la atención uno que hablaba de una compra de dólares. Hay temas de los cuales Don Alberto no se acuerda nada, y otros de los que sigue siendo un especialista. Lo volvió a zamarrear al ex presidente para preguntarle a cuánto había comprado los dólares. Kirchner, entre bostezos, le contó. Don Alberto quedó maravillado. Estaba frente a alguien que había conseguido un precio que él jamás hubiera logrado. Supuso entonces que se trataba de alguien muy importante. Le pidió que la próxima vez que decidiera comprar dólares le avisara, así él también compraba. El ex presidente, semidormido, le contestó que le deje el teléfono y que, cualquier cosa, él lo llamaba (suponemos que para sacárselo de encima). Don Alberto tomó una birome y como no tenía un papel a mano, escribió el número de su celular en el antebrazo del Dr. Kirchner. Éste se dio vuelta y trató de dormir, pero Don Alberto quería seguir hablando. Le preguntó qué había hecho con los dólares y el ex presidente le mostró una revista con la foto de un hotel. A Don Alberto ahora le esté fallando el embrague, pero es un ingeniero conocedor del negocio inmobiliario. Miró la foto y calculó. Sumó las 18 ventanas de la planta baja y las multiplicó por 2 porque se avivó que el frente era similar al contrafrente. Concluyó que el hotel tendría alrededor de 30 habitaciones por piso. Y, como en la foto se veían 3 pisos, rápidamente entendió que era un hotel de unas 100 habitaciones. Además calculó que 18 habitaciones, a un mínimo de 4 metros de ancho más el lobby, le daba un edificio de no menos de 80 metros de frente. Multiplicado por unos 20 metros de fondo, andaba en los 1.500 metros cuadrados por planta, en 3 plantas, le daban 4.500 m2 aproximadamente. A 800 dólares el m2, la obra gruesa debió costar casi 4 palos verdes. A eso le sumó el equipamiento (camas, aire acondicionado, decoración, televisores, etc, etc.) y pensó que no serían menos de 400 dólares extras por m2. O sea, 2 palos más. Suponiendo que el terreno algo vale, y calculando algún subsuelo, jardines y espacios exteriores, Don Alberto estimó que el hotelito no bajaba de 7 palos. Se quedó pensando en los 2 palos que había pagado aquel hombre y volvió a sentir admiración. Luego, se distrajo mirando unos bombones de mazapán que cruzaban la habitación y clavó su mirada en el televisor. La Presidenta explicaba que la carne aumentó por la lluvia. Don Alberto pensó que por lo que vale la carne, debe haber llegado el diluvio universal. El papá de mi amigo ve bombones que vuelan, pero no es ningún boludo y decidió despertar al ex presidente. Le hizo una oferta bastante generosa: "Si Usted pagó 2 palos por este hotel, yo le ofrezco 4. Es buena guita". Don Alberto insistió: "Con 4 palos se compra un buen campo, espera que termine este gobierno de locos, cría ganado tranquilo y después se llena de guita".
El ex presidente no le contestó, y trató de seguir durmiendo. Don Alberto se volvió a distraer con una bandada de bombones de licor, envueltos en papeles plateados. Luego su mirada se plantó en la tele. Un señor decía que el abuelo de otro señor había sido un usurero. Don Alberto, que también es abuelo, pensó que hay que ser muy basura para meterse con el abuelo de otro.
Súbitamente, un sacerdote entró a la habitación. Se presentó como el presbítero Juan Torrela, y dijo que lo había mandado el Cardenal Bergoglio para dar la extremaunción. Mientras Kirchner se despertaba, Don Alberto le explicó que él no necesitaba nada de eso, que era judío, que tenía su rabino de cabecera, que muchas gracias y que, en todo caso, cualquier problemita, lo llamaba. Kirchner, alterado, se sentó en la cama y le gritó al sacerdote que se fuera, que no hacía falta ninguna extremaunción. Indignado, redobló la apuesta diciendo que además, él también era judío, y mostrándole su antebrazo marcado con el número del celular de Don Alberto, le dijo que era sobreviviente de Treblinka. El sacerdote salió corriendo. Según Don Alberto, el ex presidente le guiñó el ojo y chocaron los cinco. Entraron en confianza y empezaron a hablar de bombones perdidos y negocios hasta altas horas de la madrugada.
Al día siguiente, Don Alberto nos contó la historia, mientras en el televisor pasaban las imágenes del INDEC y la inflación, las patoteadas de D'Elía, las truchadas de De Narváez, el stalinismo de Diana Conti, la irresponsabilidad de Cobos, la prepotencia oficial, la pobreza opositora, el choreo de las reservas y todas esas cosas. Don Alberto nos habló con los ojos perdidos: "Lástima que tipos como el de anoche no manejen el país. Era una luz. Yo para estas cosas tengo buen ojo". Pensé en decirle que si tuviera buen ojo hubiera visto venir el auto por la Collins, pero me guardé el bocadillo.
Luego nos pidió que bajáramos la persiana y cerráramos la puerta así no entraban ni trenes ni bombones, y se fue a dormir. La historia de Don Alberto es absolutamente cierta. Su relato, en cambio, nadie lo sabe. Todos esperamos que algún día, Don Alberto, recupere la memoria. Así sabremos la verdad.