En primer lugar quiero aclarar que este post es del lingüista Miguel Rodríguez Mondoñedo, cuyo blog puede ser accedido desde la dirección o enlace que pongo como fuente al final del post. Lo reproduzco acá porque me parece un texto muy interesante y le he agregado el texto de María Elena Walsch. A comienzos de los noventa, las autoridades comerciales de la Unión Europea, presionadas por los fabricantes, decidieron aprobar en toda la extensión de su territorio (que incluye, por supuesto, a España) la venta de tableros de computadora sin la letra ñ. De inmediato, la Real Academia, los intelectuales, los escritores, los políticos, casi todos los hablantes de habla hispana protestaron con horror. Hubo todo tipo de quejas, unas parcas y otras grandilocuentes---María Elena Walsch, compositora y poeta argentina, llegó a preguntarse en un pequeño texto: ¿quieren decirme qué haremos con nuestros sueños? : La culpa es de los gnomos que nunca quisieron ser ñomos. Culpa tienen la nieve, la niebla, los nietos, los atenienses, el unicornio. Todos evasores de la eñe. ¡Señoras, señores, compañeros, amados niños! ¡No nos dejemos arrebatar la eñe! Ya nos han birlado los signos de apertura de interrogación y admiración. Ya nos redujeron hasta la apócope. Ya nos han traducido el pochoclo. Y como éramos pocos, la abuelita informática ha parido un monstruoso # en lugar de la eñe con su gracioso peluquín, el ~. ¿Quieren decirme qué haremos con nuestros sueños? ¿Entre la fauna en peligro de extinción figuran los ñandúes y los ñacurutuces? ¿En los pagos de Añatuya cómo cantarán Añoranzas? ¿A qué pobre barrigón fajaremos al ñudo? ¿Qué será del Año Nuevo, el tiempo de ñaupa, aquel tapado de armiño y la ñata contra el vidrio? ¿Y cómo graficaremos la más dulce consonante de la lengua guaraní? "La ortografía también es gente", escribió Fernando Pessoa. Y, como la gente, sufre variadas discriminaciones. Hay signos y signos, unos blancos, altos y de ojos azules, como la W o la K. Otros, pobres morochos de Hispanoamérica, como la letrita segunda, la eñe, jamás considerada por los monóculos británicos, que está en peligro de pasar al bando de los desocupados después de rendir tantos servicios y no ser precisamente una letra ñoqui. A barrerla, a borrarla, a sustituirla, dicen los perezosos manipuladores de las maquinitas, sólo porque la ñ da un poco de trabajo. Pereza ideológica, hubiéramos dicho en la década del setenta. Una letra española es un defecto más de los hispanos, esa raza impura formateada y escaneada también por pereza y comodidad. Nada de hondureños, salvadoreños, caribeños, panameños. ¡Impronunciables nativos! Sigamos siendo dueños de algo que nos pertenece, esa letra con caperuza, algo muy pequeño, pero menos ñoño de lo que parece. Algo importante, algo gente, algo alma y lengua, algo no descartable, algo propio y compartido porque así nos canta. No faltará quien ofrezca soluciones absurdas: escribir con nuestro inolvidable César Bruto, compinche del maestro Oski. Ninios, suenios, otonio. Fantasía inexplicable que ya fue y preferimos no reanudar, salvo que la Madre Patria retroceda y vuelva a llamarse Hispania. La supervivencia de esta letra nos atañe, sin distinción de sexos, credos ni programas de software. Luchemos para no añadir más leña a la hoguera dónde se debate nuestro discriminado signo. Letra es sinónimo de carácter. ¡Avisémoslo al mundo entero por Internet! La eñe también es gente. Fue para todos evidente que la inocente ñ era el símbolo mismo de la hispanidad. Incluso Gabriel García Márquez, quien años después pediría jubilar la ortografía, se unió a las protestas: Los autores de semejante abuso y de tamaña arrogancia deberían saber que la eñe no es una antigualla arqueológica, sino todo lo contrario: un salto cultural de una lengua romance que dejó atrás a las otras al expresar con una sola letra un sonido que en otras lenguas sigue expresándose con dos. Como no podía ser de otra manera, el Parlamento español aprobó muy rápido las medidas necesarias para prohibir los tableros que no ostentaran orgullosamente nuestra españolísima ñ; y hoy los ciudadanos españoles disfrutan de la conveniencia de tener a la mano esa letra en una sola tecla, sin necesidad de memorizar sus alternativas (por ejemplo, [ALT+164] en los tableros para Windows). ¿Es la ñ un salto cultural? Sí claro, y en un sentido muy peculiar. Es una abreviatura. Aunque el sonido palatal que representa (con el centro de la lengua presionando el paladar mientras el aire sale por la nariz) está presente en muchas otras lenguas, en la mayoría de los otros sistemas de escritura ese sonido se representa con dos letras (gn en francés e italiano, nh en portugués, ny en catalán, etc)---una excepción es el polaco, donde se usa la grafía ń. No siempre fue así, sin embargo. Las representaciones tempranas usaban, entre otras variantes, dos letras n repetidas: nn. En algún momento, algún ahorrativo copista tuvo la brillante idea de poner una sobre otra dos enes; con el tiempo la n de arriba se fue haciendo más y más chiquita, hasta convertirse en un breve y ondulado trazo: había nacido la ñ---imaginamos que, desde el momento inicial de la innovación, no faltarían otros copistas que añorasen la doble nn, que se quejaran porque esa nueva ñ estaba destruyendo el idioma y otras cosas similares. Nótese que la ñ no surgió bajo el decreto de una instancia normativa, sino bajo los condicionamientos que el medio particular de uso imponía a sus usuarios--- por ejemplo, ocupaba menos espacio que nn, lo cual es relevante si tenemos en cuenta que el material para elaborar manuscritos era carísimo (es más, los manuscritos abundan en abreviaturas). De la misma manera, el llamado lenguaje sms, el conjunto de abreviaturas y desviaciones de la norma que los usuarios de celulares y chats (la mayoría jóvenes y adolescentes) inventan para comunicarse, debe someterse también a las limitaciones que estos medios imponen. Es absurdo, como hacen algunos, decir que se trata de un movimiento destinado a destruir el idioma o que refleja ignorancia o descuido por parte de esas personas. De hecho, el lenguaje sms es suficientemente regular como para generar sus propias instancias normativas, pues se pueden elaborar incluso diccionarios; quizá algún García Márquez del futuro lo calificará algún día, con toda justicia, como un salto cultural. Fuente: http://lapenalinguistica.blogspot.com/2006/12/un-salto-cultural.html
La letra eñe, un salto cultural
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