Antony Sutton / Edición Electrónica 2007 / Capítulo I: Los actores sobre el escenario de la Revolución
Estimado Sr. Presidente: Simpatizo con la forma de gobierno soviética como la mejor adaptada al pueblo ruso... (Carta al presidente Woodrow Wilson (17 de Octubre de 1918) de William Lawrence Saunders; presidente de la Corporación Ingersoll-Rand; director de la Corporación American International; y director delegado en el Banco de la Reserva Federal de Nueva York.)
La portada de este libro fue dibujada por el caricaturista Robert Minor en 1911 para el St. Louis Post-Dispatch. Minor fue un talentoso artista y escritor quien también supo desempeñarse como revolucionario bolchevique. Fue arrestado en Rusia – en 1915 – por supuesta subversión y, más tarde, terminó al servicio de prominentes financistas de Wall Street. En la caricatura, Minor retrata a un Carlos Marx barbudo y satisfecho, con Socialismo bajo el brazo, y aceptando las felicitaciones de luminarias financieras como J.P.Morgan, su socio George W.Perkins, un exultante John D. Rockefeller, John D. Ryan del National City Bank y, en el fondo, Teddy Roosevelt – prominentemente identificado por sus famosos dientes. La muchedumbre que vitorea y los sombreros volando por el aire sugieren que Carlos Marx debe haber sido una clase de sujeto bastante popular en el distrito financiero de Nueva York.
¿Estaba soñando Robert Minor? Todo lo contrario; no tardaremos en ver que estaba pisando terreno firme representando a la entusiasta alianza entre Wall Street y el socialismo marxista. Los personajes en la caricatura de Minor – Carlos Marx (simbolizando a los rebolucionarios posteriores Lenin y Trtotsky), J.P.Morgan, John D. Reockefeller y por cierto que Robert Minor mismo – son también personajes destacados de este libro.
Las contradicciones sugeridas por la caricatura de Minor han sido barridas bajo la alfombra porque no se ajustan al espectro conceptual de la izquierda y de la derecha políticas. Oficialmente, los bolcheviques se hallan sobre el extremo izquierdo del espectro político y los financistas de Wal Street están sobre el extremo derecho; por lo tanto – razonamos implícitamente – los dos grupos no poseen nada en común y cualquier alianza entre ambos es absurda. Los factores que contradicen este arreglo conceptual generalmente resultan rechazados como observaciones exageradas o errores desafortunados. La Historia moderna posee esta clase de dualidad incorporada y, por cierto, cuando se rechazan y se barren bajo la alfombra demasiados hechos incómodos, esta Historia se convierte en una Historia falseada.
Por el otro lado, se puede observar que ambos – tanto la extrema derecha como la extrema izquierda del espectro político convencional – son absolutamente colectivistas. Tanto los nacional socialistas (por ejemplo, los fascistas) como los socialistas internacionales (por ejemplo, los comunistas) recomiendan sistemas político-económicos totalitarios basados sobre un poder político desnudo e irrestricto y sobre la coerción individual. Ambos requieren el control monopólico de la sociedad. Mientras el control monopólico de las industrias supo ser el objetivo de J.P.Morgan y de J.D.Rockefeller hacia fines del Siglo XIX, los santuarios internos de Wall Street comprendieron que la manera más eficiente de conquistar un monopolio sin competidores era “volverse políticos” y hacer que la sociedad trabaje para los monopolistas – bajo la advocación del bien público y del interés público. Esta estrategia quedó expuesta en 1906 por Frederick C. Howe en sus Confessions of a Monopolist {[1]}. Howe, dicho sea de paso, también es un personaje en la historia de la Revolución Bolchevique.
Por lo tanto, un etiquetamiento alternativo de las ideas políticas y de los sistemas político-económicos consistiría en ordenarlos de acuerdo con el grado de libertad individual versus el grado de control político centralizado. Bajo un ordenamiento semejante, el Estado corporativo de bienestar y el socialismo se encuentran en el mismo extremo del espectro. De allí podemos ver que los intentos de un control monopólico de la sociedad pueden tener distintas etiquetas manteniendo sin embargo características comunes.
Consecuentemente, una de las barreras que impide la comprensión madura de la Historia reciente es la noción de que todos los capitalistas serían obcecada e irreductiblemente enemigos de todos los marxistas y socialistas. Está equivocada idea tiene su origen en Carlos Marx e, indudablemente, resultó útil a sus propósitos. De hecho, sin embargo, la idea es una ridiculez. Ha existido una continua, aunque disimulada, alianza entre los capitalistas políticos internacionales y los revolucionarios socialistas internacionales – en beneficio mutuo. Esta alianza ha pasado desapercibida en gran medida porque los historiadores – con algunas notables excepciones – poseen una inclinación marxista inconciente y, de este modo, se encapsulan en la imposibilidad de la existencia de dicha alianza. El lector de mente abierta debería retener dos claves: los capitalistas monopólicos son enemigos acérrimos de los empresarios del tipo laissez-faire y, dadas las debilidades de la planificación centralizada socialista, el Estado socialista totalitario es un mercado cautivo perfecto para los capitalistas monopólicos siempre que se pueda establecer una alianza con los operadores del poder político socialista. Supongamos – y esto es tan sólo una hipótesis a esta altura – que capitalistas monopólicos norteamericanos fuesen capaces de reducir una Rusia socialista planificada a la condición de una colonia tecnológicamente cautiva. ¿No sería esto, en el Siglo XX, la extensión lógica de los monopolios ferroviarios de Morgan y del trust petrolero de Rockefeller de fines del Siglo XIX?
Aparte de Gabriel Kolko, Murray Rothbard y los revisionistas, los historiadores no han estado alerta para descubrir una combinación de sucesos semejante. El relato histórico, con raras excepciones, ha sido embretado en una dicotomía de capitalistas versus socialistas. El monumental y ameno estudio de George Kennan sobre la Revolución Rusa mantiene consistentemente esta ficción de la dicotomía entre Wall Street y los bolcheviques. {[2]} “Russia Leaves the War” (Rusia Abandona la Guerra) tiene una sola y casual referencia a la firma J.P.Morgan y ninguna en absoluto a la Guaranty Trust Company. Sin embargo, ambas están profusamente mencionadas en los archivos del Departamento de Estado, a los cuales se hará frecuente referencia en este libro, y ambas entidades son parte del núcleo central de la evidencia que aquí se presenta. Kennan no menciona a Olof Aschberg – el “banquero bolchevique” (según su propia definición) – ni tampoco al Nya Banken en Estocolmo, aun cuando ambos jugaron un papel central en el financiamiento bolchevique. Más aún, en circunstancias menores pero cruciales – al menos cruciales para nuestro argumento – Kennan se equivoca de hecho. Por ejemplo, menciona al director del Banco de la Reserva Federal, William Boyce Thompson, como abandonando Rusia el 27 de Noviembre de 1917. Esta fecha de partida haría imposible que Thompson estuviese en Petrogrado el 2 de Diciembre de 1917 para transmitir un cable solicitando un millón de dólares a Morgan en Nueva York. Thompson, de hecho, abandonó Petrogrado el 4 de Diciembre de 1918, dos días después de enviar el cable a Nueva York. Después, y nuevamente, Kennan afirma que el 30 de Noviembre de 1917 Trotsky pronunció un discurso ante el Soviet de Petrogrado en el cual observó: “Hoy he tenido aquí en el Instituto Smolny a dos americanos estrechamente conectados con elementos capitalistas americanos”. De acuerdo con Kennan, resulta “díficil de imaginar” quienes “pudieron haber sido estos americanos, excepto Robins y Gumberg”. Pero, de hecho, Gumberg era ruso y no norteamericano. Más allá de ello, puesto que Thompson todavía estaba en Rusia el 30 de Noviembre de 1917, los dos norteamericanos que visitaron a Trotsky fueron más que probablemente Raymond Robins, un promotor minero devenido en benefactor, y Thompson del Banco de la Reserva Federal de Nueva York.
La bolcheviquización de Wall Street fue algo conocido en círculos bien informados ya en una fecha tan temprana como 1919. El periodista financiero Barron registró una conversación con el magnate petrolero E.H.Doheny en 1919 y nombró específicamente a tres prominentes financistas, William Boyce Thompson, Thomas Lamont and Charles R. Crane: A bordo del S.S. Aquitania, por la tarde del 1 de Febrero de 1919 Pasé la tarde con los Doheny en su suite. El Sr. Doheny dijo: Si usted cree en la democracia, no puede creer en el socialismo. El socialismo es el veneno que destruye la democracia. La democracia significa oportunidad para todos. El socialismo alimenta la esperanza de que un hombre puede dejar de trabajar y pasarla mejor. El bolcheviquismo es un auténtico fruto del socialismo y si usted lee el interesante testimonio ante el Comité del Senado de aproximadamente mediados de Enero que desenmascaró a todos esos pacifistas y campeones de la paz como simpatizantes de Alemania, socialistas y bolcheviques, verá usted que una mayoría de los profesores universitarios en los Estados Unidos están enseñando socialismo y bolcheviquismo y que cincuenta y dos profesores universitarios han estado en los autodenominados comités por la paz en 1914. El presidente Elliot de Harvard está enseñando bolcheviquismo. Los peores bolcheviques en los Estados Unidos no son solamente profesores universitarios, siendo el presidente Wilson uno de ellos, sino capitalistas y esposas de capitalistas y ninguno de ellos parece saber de qué está hablando. William Boyce Thompson está enseñando bolcheviquismo y hasta puede convertir a Lamont de J.P.Morgan y Cía. Vanderlip es un bolchevique, como lo es también Charles R. Crane. Muchas mujeres se están uniendo al movimiento y ni ellas, ni sus maridos, saben en qué consiste ni a qué conduce. Henry Ford es otro de ellos y del mismo modo lo son esos cien historiadores que Wilson se llevó con él con la estúpida idea de que la Historia le puede enseñar a la juventud las demarcaciones geográficas adecuadas de razas, pueblos y naciones. {[3]}
En resumen, este libro es una historia de la Revolución Bolchevique y sus postrimerías, pero es una historia que se aparta del enfoque que utiliza la usual camisa de fuerza conceptual de capitalistas versus comunistas. Nuestra historia postula una relación societaria entre el capitalismo monopólico internacional y el socialismo revolucionario internacional para mutuo beneficio de ambos. El costo humano final de esta alianza ha caído sobre los hombros del ruso individual y del norteamericano individual. El empresariado ha visto destruido su prestigio y el mundo ha sido impulsado hacia la ineficiente planificación socialista como resultado de estas maniobras monopólicas en el ámbito de la política y la revolución.
Esta es también la historia de la traición a la Revolución Rusa. Los zares y su sistema político corrupto fueron expulsados sólo para ser reemplazados por los nuevos operadores políticos de otro sistema político corrupto. Allí dónde los Estados Unidos hubieran podido ejercer su dominante influencia para lograr una Rusia libre, se doblegaron ante las ambiciones de un puñado de financistas de Wall Street quienes, para sus propios propósitos, podían aceptar una Rusia zarista centralizada o una Rusia marxista centralizada pero no una Rusia libre descentralizada. Y las razones para estas afirmaciones se irán desplegando a medida en que desarrollemos la historia subyacente, y hasta ahora no relatada, de la Revolución Rusa y sus secuelas. {[4]}