Quizás haga falta aclarar algunos conceptos que usa el autor. Según el mismo, un endogrupo es un grupo al cual se pertenece por filiación étnica, racial, nacional, religiosa, parental, ideológica, social, lingüística, etc. Cada persona pertenece a diferentes endogrupos pudiendo no ser consciente de ello. Los grupos a los cuales no se pertenece son llamados exogrupos, y muchas veces se los responsabiliza erróneamente de ciertos problemas sociales, por ejemplo. ("La culpa es de los judíos, de los negros, de los inmigrantes de países limítrofes", etc)
Gordon W. Allport, "El rótulo de 'comunista" dijo:Hasta que no rotulamos a un exogrupo no existe con claridad en nuestra mente. Tomemos la situación curiosamente vaga y frecuente que se produce cuando una persona desea cargar la responsabilidad de algo sobre los hombros de algún exogrupo cuya naturaleza no puede especificar. En tal caso suele emplear la tercera persona del plural en la conjugación de los verbos. “¿Por qué no harán las veredas más anchas?” “Oí decir que van a levantar una fábrica en el pueblo y que van a contratar a muchos extranjeros.” “No pagaré ese impuesto; pueden esperar sentados el dinero.” Si se pregunta “¿quiénes?”, la persona que habla suele turbarse y embrollarse. El uso común de esa forma verbal nos enseña que la gente muchas veces quiere y necesita señalar a exogrupos (por lo común para dar rienda suelta a su hostilidad) aun cuando no tenga una idea muy clara del exogrupo en cuestión. Y en tanto el blanco de la ira permanece indefinido y vago, no puede cristalizar a su alrededor ningún prejuicio específico. Para tener enemigos necesitamos rótulos.
Hasta hace relativamente poco tiempo – aunque parezca extraño - no había ningún símbolo que gozara de consenso general para comunista. La palabra, por supuesto, existía, pero no tenía ninguna connotación emotiva especial, y no designaba a un enemigo público. Aun cuando, después de la Primera Guerra Mundial, comenzó a existir un creciente sentimiento de amenaza económica y social en este país, no había ningún acuerdo en cuanto al origen real de la amenaza.
Un análisis del contenido del Boston Herald durante el año 1920 reveló la siguiente lista de rótulos. Cada uno de ellos era usado en un contexto del que se deducía algún tipo de amenaza. La histeria había invadido el país. Alguien debía ser responsable del malestar de postguerra, del alza de los precios, de la incertidumbre. Tenía que haber un villano. Pero en 1920 el villano era imparcialmente designado por los periodistas y autores de los editoriales con los siguientes símbolos:
Agitador, agitador ruso, anarquista, anarquista de salón, apóstol de bomba y antorcha, bolchevique, comunista, conjurado, conspirador, emisario de falsas promesas, extranjero, extremista, foráneo, incendiario, indeseable, IWW*, laborista-comunista, norteamericano con dos patrias, radical, radical de salón, revolucionario, rojo, sindicalista, socialista, socialista de salón, soviético, traidor.
*(N. de T: IWW: Industrial Workers of the World, sindicato estadounidense)
De ese excitado repertorio podemos deducir que la necesidad de un enemigo (de alguien que sirva como foco para el descontento y el desasosiego) era considerablemente más notable que la identidad precisa del enemigo. De cualquier forma, no había ningún rótulo sobre el que todos estuvieran claramente de acuerdo. Quizás en parte por esta razón, la histeria desapareció. Puesto que no existía ninguna categoría clara de “comunismo”, no hubo ningún foco real para concentrar hostilidad.
Pero al terminar la Segunda Guerra Mundial, esta serie de rótulos vagamente intercambiables redujeron su número y se llegó a cierto grado de común acuerdo al respecto. La amenaza proveniente de exogrupos llegó a ser casi unánimemente designada como roja o comunista. En 1920, la amenaza, carente de un rótulo claro, era vaga; después de 1945, tanto el símbolo como la cosa se hicieron más definidos. No era que las gentes supieran con precisión lo que querían decir con la palabra “comunista”, pero con la ayuda del término fueron por lo menos capaces de señalar de manera congruente algo que les inspiraba miedo. El término adquirió el poder de significar amenaza e hizo que se adoptaran diversas medidas represivas contra cualquier persona a la que se le adjudicara acertada o erróneamente ese rótulo.
Lógicamente, el rótulo debería aplicarse también a atributos definitorios específicos, tales como ser miembro del Partido Comunista, o guardar lealtad al sistema soviético, o ser continuador, en lo histórico, de las ideas de Karl Marx. Pero se le dio al rótulo un uso mucho más extensivo.
Lo que parece haber ocurrido es más o menos lo siguiente. Debido a los sufrimientos padecidos durante el período de guerra y siendo agudamente conscientes de las devastadoras revoluciones que se desarrollaban en otras tierras, es natural que la mayoría de la gente se haya alarmado, temiendo perder sus posesiones, disgustada por los impuestos altos, viendo amenazados los valores morales y religiosos tradicionales, y temiendo que sobrevinieran peores desastres. Buscando una explicación para esta inquietud, trata de hallarse un solo enemigo identificable. No basta con señalar a “Rusia” o a algún otro país distante. Tampoco es satisfactorio acusar a “las condiciones sociales en transformación”. Lo que se necesita es un agente humano accesible: alguien de Washington, alguien que esté en las escuelas, en las fábricas, en nuestro barrio. Si sentimos una amenaza inmediata, tal es nuestro razonamiento, debe existir algún riesgo próximo. Es el comunismo, deducimos, no solo en Rusia, sino también en América, frente a nuestra propia puerta, en nuestro gobierno, en nuestras iglesias, en nuestras universidades, en nuestra vecindad.
¿Equivale esto a decir que la hostilidad hacia el comunismo es prejuicio? No necesariamente. Hay, por cierto, algunos aspectos de la disputa en lo que se ventila un conflicto social real. Los valores norteamericanos y los valores totalitarios están intrínsecamente en conflicto. De uno u otro modo tendrá lugar alguna forma de oposición real. El prejuicio interviene solamente cuando el atributo definitorio de “comunista” se hace impreciso, cuando todo aquel que favorece alguna forma de cambio social es llamado comunista. La gente que teme el cambio social es la que manifiesta una tendencia más acentuada a colgarle el rótulo a todas aquellas personas o prácticas que les parecen amenazadoras.
Para ellos la categoría es indiferenciada. Incluye libros, películas, predicadores, maestros que enuncian pensamientos que a ellos les desagradan. Si ocurre algún daño – quizás incendios de bosques o una explosión en una fábrica – se debe a la acción de saboteadores comunistas. La categoría se hace monopolizadora y abarca casi todo lo que no agrada. En el recinto de la Cámara de Representantes, en 1946, el diputado Rankin llamó a James Roosevelt comunista. El diputado Oultand replicó con agudeza psicológica: “Aparentemente, todo el que disiente con el señor Rankin es comunista”.
Cuando el pensamiento diferenciado se encuentra en un punto bajo – como ocurre en los momentos de crisis social- se da una magnificación de la lógica de dos valores. Las cosas se perciben como dentro o fuera de un orden moral. Lo que está fuera tiende a ser denominado “comunista”. Correlativamente –y aquí está el daño- todo lo que es llamado comunista (aunque sea erróneamente) es puesto inmediatamente fuera del orden moral.
Este mecanismo asociativo coloca un poder enorme en las manos de un demagogo. Durante varios años, el senador McCarthy se las arregló para desacreditar a muchos ciudadanos que pensaban de modo diferente al suyo, mediante el simple recurso de llamarlos comunistas. Pocas personas fueron capaces de reconocer la verdad a través de esta triquiñuela y muchas reputaciones se arruinaron. Pero el famoso senador no tiene el monopolio de la utilización de ese recurso. Tal como informa el Boston Herald del 1° de noviembre de 1946, el diputado Joseph Martin, líder republicano del Congreso, finalizó su campaña contra su oponente demócrata diciendo: “El pueblo elegirá mañana entre el caos, la confusión, la bancarrota, el socialismo o el comunismo de estado; y la preservación de nuestra vida norteamericana, con toda su libertad y sus oportunidades”. Toda esta profusión de rótulos emocionales colocaron a su oponente fuera del orden moral aceptado. Martin fue reelegido.
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Por supuesto, no todo el mundo se deja engañar. La demagogia, cuando va demasiado lejos, cae en el ridículo. El libro de Elizabeth Dilling, The Red Network (“La red roja”) era tan exagerado en su lógica de los valores, que mucha gente lo apartó con una sonrisa. Un lector observó. “Aparentemente, si uno comienza a cruzar la calle con la pierna izquierda es comunista.” Pero en épocas de tensión social y de histeria no es fácil mantener la ecuanimidad y resistirse a la tendencia que tiene un símbolo verbal de fabricar vastas categorías fantásticas de pensamiento prejuicioso.
La naturaleza del prejuicio, Gordon W. Allport, capítulo III "Factores lingüísticos", "El rótulo de 'comunista'"
Eudeba, 1968, 3era edición-.
Encontré este texto de casualidad y me llamó la atención dada la tendencia que hay de contraargumentar algunas críticas al capitalismo con críticas al stalinismo, o con frases del estilo de "si todo fuera de todos nadie trabajaría" o "no quiero darle mi casa a alguien que no trabaja", como si no-capitalismo significara necesariamente eso. Para ver las cosas en forma polarizada no alcanza con tomar dos sistemas, por un lado este "bonito" y "amable" capitalismo, por el otro el "comunismo". A ese polo indeseado se confina un montón de conceptos que no son equivalentes, dicho más informalmente se hace una bolsa de gatos donde entra aquello que no sea capitalismo y que proponga alguna forma de cambio social. Homogeneizar ese polo y darle una valoración negativa dificulta -cuando no imposibilita- cualquier discusión al respecto.
Saludos.