PIERRE BROUÉ / 1973 /EL PARTIDO BOLCHEVIQUE: CAPÍTULO 1: RUSIA ANTES DE LA REVOLUCION:
Durante los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, para el pequeño burgués francés, Rusia era el paraíso de los capitales «los empréstitos rusos», garantizados por el poder del autócrata, parecían inversiones tan seguras para los pequeños ahorradores como para los bancos de negocios. En la actualidad, sabemos hasta qué punto se incurría con ello en un grave error de apreciación, que sólo disimulaba parcialmente la posterior denuncia de la «mala fe» de los bolcheviques que, ciertamente, resultaron unos malos pagadores. Por otra parte la historia conformista y la gran prensa se han complacido desde entonces en subrayar episódicamente los vicios y las debilidades de la monarquía zarista: la evocación de la sombra de Rasputin, el pope curandero, el borracho tarado, la «bestia sensual y astuta», sirve así para explicar el derrumbamiento del «coloso de pies de barro» al que siempre suelen referirse los manuales de historia. . Estos puntos de vista tan tradicionalistas como rutinarios reflejan, no obstante, a su manera, el verdadero estado en que se encontraba Rusia antes de la Revolución, así como los rasgos profundamente contradictorios que la caracterizaban: Era un país inmenso, poblado por campesinos primitivos -esos mújiks tan parecidos a los villanos de nuestra Edad Media- pero era también el campo de expansión de un capitalismo moderno y americanizado, que utilizaba un proletariado muy concentrado en las grandes fábricas. En el espacio ruso, las grandes fincas de la nobleza y las comunidades campesinas coexistían con los monopolios industriales y financieros, A este país de analfabetos pertenecía también una intelligentsia abierta a todas las corrientes del pensamiento y que ha dado al mundo algunos de sus más grandes escritores. A principios del siglo XX, Rusia era, por otra parte, el último reducto de la autocracia, convirtiéndose posteriormente en el primer campo de batalla victorioso de una revolución obrera.
Otro lugar común lo constituye la afirmación de que Rusia, intermediaria entre Europa y Asia en el mapa, lo es también por el carácter de todas sus estructuras. De hecho, su doble naturaleza europea y asiática se trasluce no sólo en la historia sino en la propia vida social rusa. La civilización rusa, nacida en las lindes del bosque de la zona templada, ha visto extenderse ante ella tiempos y espacios casi infinitos. Hasta, el siglo XX la clave de su historia parecía ser la lentitud de su evolución: se explica así lo atrasado de su economía, su primitiva estructura social y la mediocridad de su nivel cultural. En el siglo XIX es un mundo inmenso, tan rico en recursos como detenido en el tiempo, el que, durante la guerra de Crimea, se plantea por primera vez el parangón con la civilización occidental: el zar Alejandro II puede entonces, evaluar las debilidades de su imperio y comprender que la mera inercia es incapaz ya de depararle las gloriosas victorias con las que sueña. En este sentido, la evolución de Rusia durante el último siglo apenas difiere de la de los países atrasados, coloniales y semi-coloniales o «sub-desarrollados», como suele llamárseles en la actualidad. A principios de nuestro siglo, se enfrenta al mismo problema que preocupa en nuestros días a la mayoría de los estados africanos, asiáticos o sudamericanos; a saber, que la asimilación por sociedades más avanzadas provoca el desarrollo simultáneo de fenómenos cuya sucesión ha sido constatada anteriormente en diferentes circunstancias históricas y que, por una serie de combinaciones múltiples, suscita un ritmo de desarrollo e interrelaciones altamente originales. Esta es la ley que los marxistas -los únicos en haber dado una explicación científica a este proceso llamaron del «desarrollo combinado», que Trotsky definió como «la combinación de las diferentes etapas del camino, la confusión de distintas fases, la amalgama de las estructuras arcaicas con las más modernas»1[1] y que, en definitiva, constituye la única explicación seria de la Revolución rusa. El antiguo régimen cedió así en pocos meses su lugar a un partido obrero y socialista; este último había sabido encabezar una revolución que, como lo afirma de nuevo Trotsky, asociaba «la guerra campesina, movimiento característico de los albores del desarrollo burgués, y el alzamiento proletario, el movimiento que señala el ocaso de la sociedad burguesa».