InicioOfftopicEl gallo ciego


Aquellos que hayan cometido la aventura de ser niños, recordarán un célebre juego de mozalbetes: el Gallito Ciego.
Si alguno no sabe de que se trataba dicho ejercicio lúdico, aquí no encontrará respuesta. Le sugiero que abandone este post y continúe sus estudios de derecho, economía o agrimensura.

Yo tenía once años, estaba en un cumpleaños y a alguien se le ocurrió una variante del juego. Para ser más precisos, le agregó un elemento picaresco: En una habitación estarían todas las chicas. Uno a uno, los chicos entrarían vendados y corretearían a las mujeres, tratando de capturarlas. La primera que fuese atrapada, tendría que darle un beso.
El cumpleañero (que, ahora recuerdo, tuvo la idea de la modificación erótica), haciendo uso de su potestad, eligió sólo a las chicas que le interesaban, las encerró en el cuarto y se vendó los ojos, a sabiendas que, cualquiera fuese la niña que cayera en sus brazos, sería de su agrado. Lo que se dice jugar fácil y seguro.

Como toda idea original, el plagio sobre ella cundió como la peste y, a partir de ahí, en todos los cumpleaños sucesivos practicábamos esta nueva versión del Gallito Ciego. Cabe decir que los anfitriones copiaron también el mecanismo del inventor original, permitiendo pasar al cuarto solamente a las chicas que les gustaban.

Pero algo sucedió en el cumpleaños del gordito Domeniani. Como su apodo lo indica, era el gordo del curso. Y si bien supo evitar las gastadas típicas hacia este tipo de individuos y ganarse el respeto de sus compañeros atajando hasta el viento en los partidos de los recreos (el gordito siempre va al arco, ya saben), seguía siendo bastante impopular entre las mujeres.
Yo, como la mayoría, supuse que en su fiesta aprovecharía finalmente su ventaja de cumpleañero y encerraría a las chicas que le interesaban. Sobre todo porque era de mi conocimiento que le gustaba desde tercer grado Samantha, la pecosa.
Pero no. El gordito Domeniani hizo pasar a todas y cada una de las chicas del curso, fueran o no de su interés. Luego del correteo (las chicas se esmeraron más de lo acostumbrado en evitar ser atrapadas, hay que decirlo) finalmente atrapó a Pamela, la larguirucha de anteojos, que lo besó rápida y desapasionadamente.

Ninguno comprendió la actitud del gordo. Los infaltables aficionados a la mofa dijeron entre risas que Domeniani estaba tan desesperado que se arreglaba con cualquiera y se olvidaron del asunto cuando fue su turno de perseguir a ciegas a las muchachas.

Pero yo sabía que no era así. Estaba seguro de que Domeniani quería con toda su alma atrapar a Samantha.
Aproveché la ocasión, mientras todos se dedicaban a bailar con el casette de Jazzy Mel, y me acerqué a él. Estaba en un rincón, tomando una Coca.

- ¿Que pasó, Ale? ¿Y Samantha? ¿Por qué no aprovechaste? Pensé que te gustaba
- Me gusta, Nathan. Me gusta muchísimo.
- ¿Y entonces?
- Y bueno, por eso... no me pareció bien. Lo lindo de perseguir a la chica que te gusta está, también, en que puede ser que no la atrapes nunca.

En ese momento no lo entendí, pero a sus once años el gordito Domeniani había comprendido (y me había enseñado) el secreto de la atracción. Es el miedo a la posibilidad de ser rechazado lo que aporta la emoción a la hora de aventurarse a conquistar a la mujer amada. Sin ese margen de error, sin esa chance de que las cosas no salgan como queremos, la ilusión no sería tal.
Mientras todos los chicos del grado adoptaron una actitud similar a hacer trampa al solitario, el gordito Domeniani jugó como se debe, arriesgó y perdió. Perdió esa partida, pero maduró mucho antes que todos los demás. Demostró ser un valiente.

No he vuelto a saber de él ni de ninguno de mis compañeros de primaria. Hasta donde yo sé, Samantha nunca le dio bola.

Sin embargo, recuerdo al gordito Domeniani en los instantes de dolor, luego de que la venda que me enceguece en cada momento de pasión cae y me doy cuenta que la persona que tengo entre mis brazos no es quien yo creía o deseaba.

Tal vez estemos destinados a jugar, sin saberlo, a esta versión del gallito ciego, durante el resto de nuestras vidas.


NATHAN ADLER
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