InicioOfftopicHistorias de Terror/Miedo/Como quieran llamarle: Parte 2.

Historias de Terror/Miedo/Como quieran llamarle: Parte 2.

Offtopic7/21/2010
Hola amigos de T! Les traigo la segunda edición de esta colección de historias de terror! Algunas de las historias me han pasado a mi o a mis amigos, o simplemente me las han contado, y algunas solo las leí de un sitio. La mayoria son verdad y para mí, ninguna leyenda urbana. Gracias por visitar y espero que dejen algunos puntillos de paso, si es que les gusto mi trabajo! Son cinco en cada edición. Y perdón por las faltas ortográficas.




1. La Peor Imagen: Esta la escribí el día siguiente que me la conto mi primo, cuando fuimos a su finca.


Asi me la relató, por eso le puse en primera persona.

-Esto me sucedió hace mucho tiempo cuando tenía 11 años de edad en el campo de mis padres, y mas que un hecho es una imagen que la recordare por el resto de mi vida. Mi familia y yo habíamos salido como de costumbre a vacacionar al campo. Una típica finca, una casa, con unos pocos muebles y las camas para dormir, pero nos gustaba ir porque siempre fuimos amantes de la naturaleza y ese tipo cosas, además de que hay un rio muy bueno.

-Pero como campo al fin ustedes saben que el agua hay que buscarla en el rio y como muchacho que era en ese entonces nunca hacemos las cosas cuando nos dicen. El asunto fue que entre tanto juego y brincadera se me olvido y me llego la noche, cuando mami fue a buscar el agua del tanque vio que estaba vació, me llamo súper molesta y me dijo que fuera con Julio (el señor que cuida la casa en el campo) a buscar el agua, con tal de que mi papa no se enterara y me diera un buen boche, le dije rápidamente… “si yo voy, no hay problema”.

-El río quedaba a un poco mas de medio kilómetro, no muy lejos en realidad pero con el miedo que tenia a salir de noche y mas en un campo, sabia que iba hacer la caminata mas larga de mi vida. Bueno partimos yo con dos galones y Julio con una lata de esas de aceite casi mas grade que él. Empezamos a caminar con pasos apresurados para terminar pronto nuestra tarea, soplaba una brisa leve y ni un grillo cantaba, era noche de luna, y la claridad de esta pasaba a través de las hojas, por lo que no estaba muy oscura la noche, pero eso hacia el ambiente mas tenebroso, parecía una típica escena de una película te terror, de pronto Julio me empezó a buscar conversación, quizás porque noto en mi, la cara de miedo, me pregunto que quería estudiar, que de que equipo de pelota era y de cómo andaba la temporada, después de cruzar unas cuantas palabras y caminar un poco, vimos un grupo de señoras vestidas de negros, eran cuatro, en ese momento me pare de golpe ya dispuesto a correr, Julio me miro enojado y me dijo muchacho tan pendejo, esas señoras viven mas arriba todos los días pasan por aquí, porque vienen de vender sus cosas en el mercado, vienen solas y a pies desde tan lejos.

-Bueno ella estaban de frente a nosotros y poco a poco se acercaban mas, cuando por fin nos cruzamos, nos miraron y con un tono agradable dijeron, “buenas noches”, después de eso me alivie un poco, al fin después de caminar un rato y para no hacer mi historia muy larga, llegamos al rio, llenamos los galones y lata rápidamente y empezamos a caminar otra vez. En nuestro regreso ya no soplaba aquella brisa leve, ahora era un poco mas fuerte y fría como cuando va llover, pero no estaba nublado tampoco, yo caminaba y miraba de un lado a otro aquellos montes como esperando ver algo que saliera de ahí, para echarme a correr. De pronto Julio se paro de golpe y al princio no entendí bien lo que pasaba y cuando mire hacia al frente se veía una anciana a lo lejos que venia cojeando y con un vestido blanco que le llegaba hasta los pies, apenas se veía estaba muy lejos aun. Julio rápidamente me dijo vamonos por aquí, otro camino que le daba la vuelta a la propiedad por atrás pero había mucha grama y era un poco mas lejos, yo con tal de que aquella anciana no llegara donde nosotros no me importa que el camino fuera el triple de largo.

-Nos fuimos por el nuevo camino pero esta vez casi corríamos ya yo casi tenia lágrimas en los ojos y estaba a punto de empezar a gritar, sentía esa sensación que muchos de ustedes han sentido de que los miran, además veía mucha desesperación en Julio. Muchas veces cuando somos jóvenes y estamos con un adulto si este esta sereno eso nos tranquiliza, pero al yo ver la desesperación de aquel señor que en un momento atrás me estaba ayudando a no tener miedo. Me asuste como nunca y mis ojos se llenaron de lagrimas.

-Aquello para mi era una persecución aunque no puedo asegurar si en eso momento venia alguien detrás de nosotros, tenia esa sensación y por nada del mundo me atrevía a mirar atrás.

-Luego de pocos minutos de casi correr se veía a los lejos las velas encendidas de mi casa pero aun faltaba un buen poco, no se como aguante las ganas de vocear. Cuando en ese momento mire a Julio, vi que estaba con los ojos llenos de asombro, y su rostro uno de desesperación como ningún otro al que he visto. En ese momento iba abrir la boca para dar un grito que se oyera a kilómetros, cuando de repente… vi, la misma anciana que habíamos visto, estaba al frente de nosotros a pocos menos de 10 mts mas o menos, recostada de una mata grande, y con las dos manos en la espalda con la vista fija en nosotros en ese momento todo se detuvo para mi y aunque quizás lo mas normal hubiese sido correr, no corrimos, caminamos, creo que el miedo era tal que nos congelo, cuando por fin estábamos pasando por su lado, vi la imagen mas horrible que creo que una persona puede ver la anciana tenia de rostro, la cara de un chivo, con unos ojos negros y bastante grandes, y su mirada fija en mi como diciendo… “¡¿te doy mucho miedo verdad?!” esos fueron tan solo unos segundos pero para mi pareció una eternidad, fue lo peor que he visto en mi vida, hoy en dia soy adulto y cuando pienso en eso me da un terrible miedo.

-Nunca pensé que algo así pudiera pasar en la vida real, pero si, y yo estaba ahí, un ser humano como todos ustedes, mirándolo y paralizado por el mas profundo miedo, mirando aquello sin poder creerlo, caminando pero sin apartar la vista de eso, como esperando a que hiciera algún movimiento, pero muertos de miedo, cuando dimos algunos pasos mas, que para mi eran aun mas lentos que en cámara lenta por el miedo que tenia, y ya no podíamos seguir observándola porque ya le comenzábamos a dar la espalda; Nos echamos a correr sin voltear atrás, fue como algo natural, ya que al mismo tiempo lo hicimos, yo empecé a vocear y a llorar como un niño de 1 año. Llegamos por fin a la casa y mis padres salieron rápidamente para ver que pasaba mi mama me abrazo y me pregunto que pasaba, yo no podía hablar eran tantas mis lagrimas y mi miedo que tomaba a mis padres de la mano y hacia fuerza como para que entraran a la casa. Mi padre le pregunto a Julio que había pasado y él con las dos manos en la cabeza respondió “un demonio que nos salio”, mis padres nunca han creído en esas cosas pero en ese momentos al vernos con todo ese miedo y desesperación cerraron la casa, Julio durmió en la sala y yo a los 11 años dormí en la cama de mis padres. Mis padres empezaron a orar y así pasaron las horas. Nadie pudo durmió esa noche.

-Al día siguiente cuando salio el sol nos fuimos muy temprano, con la experiencia mas mala de mi vida, les suplique a mis padres que no volviéramos mas nunca al campo y francamente duramos casi un año sin ir, hoy en dia aun continuamos yendo pero nunca, nunca, pasamos la noche en el campo. A julio mi papa le permitió que se fuera del trabajo, ya que así lo deseaba, se negó a seguir trabajando alla, además de ser un señor mayor en ese entonces, francamente creo que nadie seguiría trabajando en un lugar luego de haber tenido una experiencia tan horrible como esa, hoy en dia ya tengo 23 años y esa imagen me sigue siempre y aun me da tanto miedo como aquella vez, no quisiera que nunca, pero nunca tener que repetir algo así en mi vida. Durante mi adolescencia nunca volví a desobedecer a mi madre después de aquel dia, quizás si hubiese buscado el agua cuando ella me lo pidió no tendría que vivir con esto.

-Actualmente es aun mas difícil para mi vivir con ese recuerdo porque a veces hablaba con Julio sobre esa noche, y nos poníamos a conversar sobre las cosas sobrenaturales que hay en esta vida y ese tipo de cosas, pero el murió hace 3 años, dejándome solo con ese recuerdo.


-Bueno esta fue mi historia y de cómo una noche cambio mi vida por siempre, espero que si algo bueno pueden sacar de mi experiencia, lo hagan, siembren siempre el bien para que cosas malignas como esas no pasen.

-Cuídense mucho.


historias


2.Verónica: esta es una historia, leyenda mejor dicho, clásica del país de mi padre, espero que les guste.


-Esta es una historia maldita, una historia que, durante mucho tiempo, pasó por leyenda y se fue contando generación tras generación. Una leyenda cuyas consecuencias son a veces imprevisibles y macabras y que desgraciadamente, se repiten una y otra vez. Siempre hay alguien dispuesto a tentar a la suerte, alguien incrédulo, alguien temerario, alguien falto de corazón, que cae nuevamente en el error. Lo que aquí se cuenta es real, triste y peligroso…aunque no es de este mundo.

-La leyenda se remonta a hace unos cuarenta años. Ana, era una joven de Galicia que estudiaba Económicas en Madrid. Junto con otras dos chicas del campus alquiló un piso en la calle Valencia, para que los gastos fueran menores.

-Durante el tercer curso, Ana suspendió dos asignaturas y sus padres la enviaron durante el mes de agosto de vuelta a Madrid para estudiar. Una noche de verano, en la que estaba sola, tres golpes secos sonaron en su puerta. Ana creyó que se trataba de algún amigo con el que salir a tomarse unas copas, pero no, se trataba de una niña de alrededor de siete años que la miraba angustiada desde el marco de su puerta.
La niña, de hermosos tirabuzones rubios y grandes ojos castaños miró a Ana y le dijo llorosa que se había perdido. Ana, sorprendida y preocupada por la criatura, pensó en llamar a la policía pero, al decirle la niña que estaba en un orfanato y que estaba muerta de hambre decidió esperar hasta después de darle de cenar. Ana la dejó entrar, le preparó la cena y un vaso de leche y le dijo que después iban a ir a la policía. Verónica le rogó que no lo hiciera esa noche pues tenía mucho sueño y quería dormir en su casa; que odiaba el orfanato. A Ana le dio mucha pena la niña y accedió preparándole la cama.

-Por la mañana temprano, cuando Ana iba a llevarla a la policía, entró en el cuarto y vio que la niña, llamada Verónica, no estaba ya en la cama. Pensó apenada que la niña habría huido al no querer volver al orfanato. Primero, pensó en acudir a la policía pero luego, al darse cuenta que no tenía ninguna información de la niña, desistió ya que, sólo iba a meterse en problemas.

-Un año después, en idéntica situación, la niña volvió a aparecer. Parecía que no había crecido nada y a Ana le extrañó muchísimo que la escena volviera a repetirse de forma idéntica. Ana aprovechó la cena para recavar más información a cerca de la criatura. Después de cenar Ana condujo a la niña a la cama y estaba vez la avisó de que no volviese hacer lo de la vez pasada; desaparecer de aquel modo. Al día siguiente, Verónica volvió a desaparecer sin dejar rastro. Ana fue entonces a la policía y dio todos los datos de la chiquilla por si había alguna denuncia de desaparición que cuadrara con Verónica, pero nadie había reclamado la desaparición de aquella niña.

-Tras darle muchas vueltas al tema en su cabeza, Ana trató de recordar todo lo que la niña le había contado acerca del orfanato y buscando por la zona llegó al Hospital de San Prudencio. El Hospital de San Prudencio era un hospicio para niños y niñas huérfanos. Allí la madre Sonsoles, le explicó que no tenían ninguna niña desaparecida, ni ninguna huérfana que se ajustara a la descripción que Ana hacia de la niña. Ana se sintió triste y desconcertada. Dándose ya por vencida Ana se dirigió a la salida cuando otra monja del lugar llegó corriendo con una foto y la documentación de dos cursos atrás. Allí estaba la foto de Verónica, tal y como Ana la había visto.

- Sí ¡es ella! – gritó Ana.
Las dos monjas se miraron extrañadas
– Es imposible que viese a Verónica; murió hace dos años. Respondió la madre Sonsoles.
Entonces, Ana pidió a las monjas que le explicaran la historia de la niña. Por lo visto, Verónica había escapado una noche de verano y se perdió. La encontraron al cabo de unos días muerta en la calle por inanición; nadie quiso darle cobijo o de comer.
Aquella noche, Ana estaba triste recodando la historia de Verónica cuando cuatro golpes secos sonaron nuevamente en su puerta. La muchacha asustada observó por la mirilla de la puerta. Allí estaba de nuevo Verónica, con los brazos cruzados y cara muy enfadada.
- Has tardado mucho en abrirme, tengo hambre y sueño - Dijo la niña.

-Ana aterrada preparó toda la cena y luego la acostó sin atreverse a preguntarle nada. Tras acostar a Verónica no pudo soportar el terror y la incertidumbre y entró despacio a su habitación. La niña estaba totalmente arropada. Ana retiró entonces la sábana y bajo ella, como un espejismo el cuerpo de Verónica se desvaneció en una nube. Sobre la almohada, con letra infantil y varias faltas de ortografía había una nota "Gracias por la cena, la leche y los dulces, ahora tengo que irme a llevar al infierno a las otras tres chicas que no me dejaron entrar a sus casas."

-La leyenda dice que si llaman a la puerta de tu casa con tres golpes secos y encuentras a una niña, dale de cenar y déjala dormir contigo esa noche. De lo contrario, te llevará con ella al infierno.




3. Samuel: Esta le paso a mi prima ya que ella ahora es algo asi como una persona que investiga sobre fantasmas y casas embrujadas.


Desde muy pequeña he tenido visiones, quizás por ello nunca me dieron miedo. Para mí era algo normal. A veces, veía sucesos futuros y otras, las más frecuentes, intuía o veía a gente que ya no estaba viva. Una de esas “personas” era un niño llamado Samuel con el que solía jugar. Mi amigo el fantasma, que es como mis padres y yo bautizamos a aquel ser, dejó de ser mi supuesto amigo invisible sobre los nueve años. Con el tiempo, esas visiones fueron remitiendo y, aunque siempre he seguido vinculada de un modo u otro a esos fenómenos, mi interés por ellos pasó a ser residual.

Era hora de acostar a los niños, a la mañana siguiente tenían que ir al cole. Las vacaciones habían terminado y había que volver a la rutina de madrugar. Mientras Miguel lavaba los dientes a Álvaro, me senté en la cama de Alba y repasamos juntas todo lo que debía llevar al día siguiente a clase. Con Álvaro era fácil, en P3 el material es mínimo y se lo dan en clase, pero en segundo de primaria ya tienen que llevar libros, carpeta, estuche...
Acostamos al peque y les dimos un beso de buenas noche a los dos.

Debían ser las cinco de la mañana cuando un chillido ensordecedor nos despertó. Era Alba. Una madre reconoce el timbre de la voz de sus hijos hasta dormida. Me acerqué a su cama y le pregunté qué ocurría.

- ¡Dile que se vaya mamá!, ¡Me asusta! Dijo con voz entrecortada y llorosa señalando a la pared de enfrente de su cama.
- ¿Quién ha de irse?
- ¡El señor de la pared!

Tranquilicé a Alba y volvimos a la cama. Las pesadillas nocturnas son típicas de esta edad, pensé. No le di mayor importancia.

A la mañana siguiente me disponía a vestir a Álvaro cuando un comentario de Alba llamó mi atención.

- Te he dicho que no quiero jugar contigo. ¡Vete¡

La miré pensando que le hablaba a su hermano pero no era así. Nuevamente sus ojos estaban clavados en la pared.

- Alba, ¿Con quién hablas?
- Con el señor de ayer. No me deja en paz.

Miguel me miró fijamente desde el marco de la puerta.

- ¿Tu....ves algo? Me preguntó Miguel no sin un cierto miedo a mi respuesta.
- ¿Lo dices por mis antecedentes, no?
- Sí.
- No veo nada, pero eso tampoco prueba gran cosa. No todo se manifiesta delante de todo el mundo. Podría ocurrir que ella viera...y yo no.

Aquel episodio pasó y durante algunos meses nos olvidamos por completo de lo sucedido.

Faltaba ya muy poco para Navidad y en casa ya habíamos empezado a sacar toda la decoración para esas fechas. El árbol, decorado con mariposas de tela y purpurina rojas y doradas, lucía precioso al lado de la cristalera del salón. Aquella nochebuena prometía ser muy especial.

Eran casi las doce y los niños, cerrados en su cuatro de juegos, apenas podían contener la emoción de saber que, en aquel preciso instante, Papá Nöel estaba dejando los regalos en el salón. Abrimos como siempre la puerta del cuatro y salieron los dos disparados hacía el árbol. Era todo un ritual. Mientras Álvaro y Alba abrían sus regalos, padres y abuelos fuimos intercalando los nuestros.

-¡Mamá!, Samuel me pregunta si no hay nada para él. Exclamó Alba apoyada en la cristalera.

Me quedé congelada, sin palabras. ¿Era aquello posible? Miguel miró a Alba con miedo, el mismo miedo que yo había visto reflejado en los ojos de mis padres años atrás. Mis padres se miraron si dar crédito a lo que estaba pasando.

Aquella semana fue muy extraña. Mis padres no pararon de llamarme a todas horas interesándose por la niña. Ahora era Alba la que habla con Samuel que, lejos de ser el niño con el que yo jugaba, se había convertido en un hombre de mi misma edad.
¿Tienen edad los fantasmas? ¿Pueden envejecer? Y lo que más me preocupaba de todo ¿qué quería un hombre de casi cuarenta años de una niña de ocho?

Pasaron los días y aquello fue empeorando. Samuel monopolizaba casi toda la vida de Alba. Alba empezó a ir mal en la escuela, a no hablar con sus amigos, a encerrarse en su cuarto toda la tarde. Si al menos pudiese hablar con él. Entonces me di cuenta de que sí podía hacerlo, aunque fuese a través de Alba.

- Alba, ¿puedes preguntarle a Samuel por qué ha vuelto?
- No hace falta, el te oye. Puedes preguntarle tu misma.
- Bien, pues... ¿Por qué has vuelto Samuel?
- Dice que nunca se fue, que parte de él sigue ahí, donde siempre estuvo. Dijo Alba señalando el costado izquierdo de mi abdomen.
- ¿Perdón?
- Dice que si nunca te preguntaste de que era la cicatriz que tienes en el costado.
- ¿La...cicatriz? Me operaron del riñón al poco de nacer.
- Se está riendo mamá. Dice que eres una ingenua.

Aquella conversación empezó a angustiarme. Sentí que algo se me escapaba de las manos. ¿A qué se refería con lo de ingenua? Decidí no seguir con aquella conversación por el momento, temía que la confusión ya existente en Alba se agravase. Pero, no era yo quien controlaba el tiempo o el momento, ahora lo controlaba Samuel.

- Mamá pregunta Samuel si los abuelos no te hablaron alguna vez de él.
- ¿Qué?...¡Basta!...¿Qué pretendes?
- Dice que no pretende nada, que es difícil alejarse de ti cuando aún llevas parte de el dentro de tu cuerpo.

Empecé a sudar y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Cogí el teléfono y llamé a mis padres.

- Verás cariño, no queríamos causarte un trauma. El nació muerto y el médico lo extirpó de tu costado, y se supone que no quedó ningún resto o señal salvo la cicatriz y, ...pensamos que lo mejor...Su voz se perdió entre lágrimas y sollozos.

Hoy entro en quirófano, debo desprenderme de lo único que aún tengo de él si quiero que la paz regrese a mi vida y a la de mi hija. La operación es delicada porque el resto de su cuerpo que aún reside en mi está soldado a mi corazón. Quizás la medicina extirpe de mi corazón ese resto de lo que fue mi hermano; el dolor que siento en el alma, ese, no lo extirpa ni Dios.



terror


4. Ocho: Esta me la contaron en un campamento.


Era verano y como siempre la vida normal se ve alterada. Muchos seguimos trabajando pese a ser agosto y nos dejamos algunos días de vacaciones para el invierno y durante esos días de trabajo nos vamos a las afueras de las grandes ciudades y recorremos cada mañana y cada tarde grandes distancias para ir a trabajar. Aunque todavía trabajamos el estar ya en la casa de la playa nos da la sensación de vacaciones y el esfuerzo, aparentemente, nos compensa. Fue una de esas tardes en que todos volvíamos del trabajo en la que todo cambió para siempre. Recuerdo como si fuese ayer aquella maldita noche. Dudo que jamás en mi vida consiga olvidarla.

Eran las ocho y cuatro de la tarde aproximadamente. Me dirigía a la casa de la playa algo más temprano que cada tarde ya que era mi santo y quería salir a cenar con Alex, aunque aquel día me sentía más cansada de lo normal. Me costaba mantener los ojos abiertos así que encendí la radio y puse el aire acondicionado a la máxima potencia. El tráfico era fluido y salvo por el reflejo del rojizo sol del atardecer sobre el salpicadero del coche, conducir por aquella autopista era un placer. De pronto, un extraño estado de angustia me invadió. Algo no iba bien y me puse en estado de alerta. Fue entonces, al coger la curva más cerrada del recorrido que un ataque de pánico hizo presa en mí. Frené en seco, el coche derrapó en la curva y me quedé con el vehículo cruzado en la mitad de la autopista. Por suerte no había nadie cerca. Miré a un lado, miré al otro y llevé el coche hasta el arcén. ¿Qué había pasado? No había nada, ni ningún motivo para aquella reacción. Tomé aire y me senté sobre el capó del coche. Mire el reloj. Eran las ocho y media. Después de pasear un rato y tratar de tranquilizarme reemprendí la marcha y no tardé demasiado en llegar a casa.

Nueve y media de la noche. Suena el teléfono.

− ¿María?

− Si, soy yo. ¿Quién llama?

− María soy papá. Ha habido un accidente de coche y Enrique...se ha matado.

− ¿Qué?, Pero... ¿Cómo...?, ¿Qué ha pasado?, ¿Y Ana?, ¿Y los niños?

− Iba sólo. Ana y tus primos están en Salou. María lo siento pero tengo que dejarte. Tu madre está deshecha y hemos de ir donde tus abuelos que aún no saben nada. Te llamo luego.

Me senté en el sofá sin saber bien bien que hacer. Era incapaz de llorar porque imagino que no podía creer lo que acaba de ocurrir. Entonces me acordé de Alex, debía estar a punto de llegar. Efectivamente, a los diez minutos sonó el timbre de la puerta. Va a ser una noche muy larga pensé, así que más vale que después de abrir la puerta prepare una cafetera. Alex entró por la puerta y sólo ver mi cara supo que algo horrible había pasado. Le conté lo sucedido y por primera vez desde la llamada de mi padre una lágrima se deslizó por mi mejilla. Las malas noticias son así, no te dejan indiferente y aunque al principio te cueste reaccionar al final el dolor acaba por aflorar de un modo u otro. Al final se hizo tarde y Alex durmió en casa y sobretodo trató que yo durmiera algo. Sin embargo, pasé gran parte de la noche pendiente del teléfono y dándole vueltas a la cabeza. Al día siguiente nos levantamos temprano y fuimos a casa de mis padres y de ahí al tanatorio.

Son sumamente curiosas las conversaciones que la gente mantiene en esos lugares. A veces son intranscendentales, otras inclusos cómicas − como si necesitaran liberar la tensión de alguna forma − y en muchos casos tienen algo de morbosas ya que se recrean en la muerte del difunto, en las circunstancias, en el dolor... Fue a raíz de una de esas conversaciones que se despertó en mí la voz de alarma. Era como si los datos que iba conociendo sobre la muerte de Enrique siguiesen algún tipo de extraño patrón, un patrón numérico casi perfecto.

- ¡Enrique murió en la autopista A-18, a las 8: 35 de la tarde, con 38 años, en el kilómetro 38 y medio, el día 18 del 8 de 1998! Exclamé. -¡Dios! ¿Cómo pueden darse tantas casualidades? ¿Es que nadie más se ha dado cuenta?

Todos me miraron boquiabiertos. No reaccionaban. No sé si porque en su fuero interno pensaban algo así como "ya está esta cría con sus tonterías" o porque el miedo a lo desconocido e inexplicable había bloqueado sus mentes.
De pronto recordé algo más; mi reacción en la autopista. ¿A que hora me pasó aquello?...mmm… ¡recuerda María, recuerda!....Cuando miré el reloj en el arcén eran las 8:30 de la tarde. ¡Dios! ¿Había sido aquello una premonición?

Pasé varios días pensando en todo aquello. No podían ser meras casualidades. Recordé entonces que hacía cuatro años gracias a la loca de Sofía había conocido a un personaje un tanto curioso que decía ser experto en numerología. A Sofía le apasionaba todo lo relacionado con la parapsicología y claro, alguna que otra vez acababa pagando para que algún supuesto médium o vidente le leyese el futuro. Quizás aquel hombre que me presentó Sofía podría aclararme algo, pensé. Removí todos los viejos papeles del carpesano del mueble de la entrada buscando la tarjeta que aquel hombre me había dado. Sí, allí estaba; Eugenio Ribalta psicólogo y especialista en numerología y feng shuí. ¿Porqué estos personajes ponían siempre en sus tarjetas psicólogo? Era como intentar revestir de ciencia o de algo serio a las artes esotéricas.
Cogí el teléfono y le llamé.

− Yo no creo en las coincidencias. De hecho, el exceso de coincidencias recibe el nombre de sincronicidad. Dijo Eugenio tras escuchar atentamente el caso.
− ¿Entonces? Pregunté yo
− Soy de la opinión que cuando en una muerte o hecho traumático existen semejantes coincidencias es porque alguien “del otro lado” intenta comunicar algo y no suele ser nada bueno. Dime, ¿para ti el número ocho posee algún significado especial? ¿Lo tenía para el difunto?
− Que yo sepa no.
− En esoterismo el ocho simboliza el infinito, el principio y el fin de las cosas. También representa al hombre, la tierra y lo terrenal. A su vez el ocho se forma a base de dos ceros superpuestos. Por otra parte también podríamos sumar todos los dígitos y ver que ocurre. Es decir, 18 + 8 + 1998 + 18 + 38 + 38, 50 y respecto a la hora...mmmm...ocho y media podría ser 8,5 o 8,30 o 20,5 o 20, 30...probaremos todas las opciones y veremos si alguna tiene sentido. Las primeras cifras suman 2118,5. Así que la primera opción daría 2127, la segunda 2126,8, la tercera 2139 y la cuarta 2138,8. En principio suenan mejor la primera y la tercera, son números enteros, sin decimales. Si en ambos casos sumamos las cifras con el fin de reducirlo a un número tenemos 2+1+2+7= 12 que sumado nuevamente es 3 y en el segundo 2+1+3+9= 15 que sumado da 6. ¿Te suenan familiares esos números?
− Nuevamente la respuesta es no pero...mientras hacías esos cálculos me ha venido a la cabeza que ese tipo de juegos numéricos parecían los típicos resultados de un juego de azar, o una combinación de algo.
− Me temo que el resto deberás averiguarlo tú. Piensa en el ocho, en los ceros superpuestos, en las sumas y pregunta a la familia, en el entorno...a veces la información más inverosímil puede llevar a la clave.
− Muchas gracias Eugenio. Si tengo más dudas ¿puedo llamarte?
− No puedes, debes. Es más, si solucionas el enigma no te olvides de contármelo.
− De acuerdo. Gracias de nuevo y hasta otra
− Adiós

Me tumbé en el sofá y repasé todos los datos. Los ochos, los ceros, todas las cifras daban vueltas en mi cabeza pero ninguna tenía sentido.
A la mañana siguiente decidí ir a casa de mi tía. Quizás hablando con ella vea o recuerde algo que me dé una pista. Así que sobre las once de aquel domingo me encaminé al magnifico ático que tenían en la parte alta de la ciudad. Ana era una mujer muy agradable y cariñosa. Desde que la conocí supe que haríamos buenas migas bien fuese por la proximidad de edades, o por que teníamos muchas aficiones en común. Pasé toda la mañana recordando cosas, consolándola y tratando de no preguntar de forma demasiado directa acerca de los números, creo que no lo hubiese entendido. Fue entonces cuando a raíz de la conversación Ana insistió en enseñarme el último regalo que Enrique iba a hacerle y que nunca le llegó a hacer.

- El joyero de toda la vida vino ayer a casa y me lo dio en persona. Por lo visto tenía pensado recogerlo al día siguiente del accidente y claro, nunca fue. Imagino que su intención era regalármelo por mi cumpleaños en noviembre.

En ese momento algo llamó mi atención. Ana se levantó del sofá y se fue hacia uno de los cuadros que tenían colgados en la pared del fondo. Lo levantó y pude ver la caja fuerte y como ella giraba las dos ruedas posicionando los dígitos...2...1...3...9 y ahora la rueda pequeña al revés...6!!!

− ¡La leche! Exclamé

Ana me miró y frunció el entrecejo preguntándome con la mirada a qué venía semejante exclamación.

− ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?
− Sí, si. Es que me he dado un golpe con el canto de la mesa, no es nada.

No sé porque extraño motivo preferí no decirle nada. Era como si mi sexto sentido me aconsejase ser cauta. ¿De quién podía fiarme y de quién no? ¿Qué se podía ocultar tras la clave de esa caja fuerte? Mientras Ana se acercó con una caja en la mano.

− Mira que pulsera más bonita. ¿No te parece preciosa? Decía entre lágrimas y apretando los labios.

− Es muy bonita, francamente espectacular.

Entonces empecé a pensar que algo no cuadraba. ¿Noviembre? ¿Quién compraba un regalo 4 meses antes? Me parecía un poco temprano. Quizás estaría bien hablar con el joyero, pensé. Me despedí de Ana y como era tarde me fui directa a casa. Aquella noche me costó mucho dormirme. Era como tener las piezas de un rompecabezas y no saber cuál era la imagen final que formaban.
A la mañana siguiente después de salir de la oficina me fui directa a ver al joyero. Carlos había sido el joyero de la familia desde que yo tenía uso de razón. Empezó siendo el joyero de mi abuela y el resto lo fuimos adoptando por comodidad y confianza.

− Buenas tardes Carlos.
− Hola guapa, cuanto tiempo sin verte. Por cierto, siento horrores lo de Enrique. Ya sabes que le conocía desde niño y es como si se hubiese muerto un sobrino o algo así. Desgraciadamente no pude venir al entierro porque me pilló fuera de la ciudad pero esta tarde miraré de acercarme donde Ana para darle el pésame.
− ¿El pésame? Pero... ¿ayer no fuiste a verla?
− ¿Yo? No. La última vez que la vi fue dos días antes del accidente. Vino a dejarme una sortija a la que se le había desprendido una piedra y yo aproveché para darle una pulsera que Enrique había encargado. Eran ganas de que Enrique tuviese que pasarse estando ella aquí.

Mi pulso se aceleró, me faltaba el aire. ¿Por qué iba Ana a mentirme? ¿Qué se ocultaba tras esa mentira? ¿Qué se ocultaba tras la pulsera? Tenía que volver a casa de Ana y abrir aquella caja fuerte. Estaba convencida que la solución estaría allí pero ¿Cómo iba a hacerlo? Miré el reloj. Eran casi las ocho de la tarde. Saqué el móvil del bolso y llamé a Ana.

− ¿Ana? Hola ¿cómo estáis todos? Ya, ya imagino. No es fácil y supongo que tendréis días y momentos mejores y peores. Pues verás, te llamaba porque estaba por el barrio y he pensado que si los niños están en casa y no te va mal me encantaría subir y verles un rato. Así te hecho una mano con los baños y la cena. Perfecto, estoy ahí en cinco minutos.

Todavía no sabía como me las iba a ingeniar pero algo se me ocurriría. Una vez allí y tras bañar a los peques ayudé a Ana a hacer la cena. De pronto lo vi claro. Me acerqué a la nevera y cogí un vaso de agua y al volver simulé que tropezaba y vertí toda el agua sobre la tortilla de patatas.

− ¡María! ¡Me cagüen.....joder!
− Lo siento Ana yo... ¿Quieres que te haga yo algo? No sé...
− Deja. Anda vete a jugar un rato con tus primos y ya soluciono yo esto.

Ya había conseguido la oportunidad perfecta. Ahora tenía que ser rápida...2…1…3…9 y ahora la rueda pequeña al revés...6. La caja se abrió. Di un vistazo rápido. Papeles, cajas con joyas, talonarios... ¿Qué estaba buscando? Empecé a mover los papeles con sumo cuidado. La mayoría parecían escrituras, documentos legales, resguardos o facturas...nada que me llamase la atención. Seguí removiendo las cosas pero con la inquietud de que Ana se asomase o los niños saliesen del cuatro de juegos. Entonces vi algo distinto. En una esquina de la caja había un pequeño sobre, de esos en los que solemos poner una tarjeta de agradecimiento o una nota. Lo cogí con cuidado, lo abrí y lo leí. “Con esta pulsera quiero decirte que jamás en mi vida he sido tan feliz como lo soy contigo. Ya falta menos para estar juntos. Te quiero. Enrique”
Dejé caer la nota sobre la alfombra del salón desconcertada y asustada. Las piezas empezaban a tomar forma y la foto final no parecía demasiado apacible. Esa pulsera no era para Ana y si Ana la recogió antes del accidente... ¿Qué debió ocurrir aquel día en esta casa? ¿Leyó Ana la nota antes del accidente o se enteró después? Empecé a recoger todos los papeles con la máxima celeridad pero me di cuenta que si aquello era lo que parecía tan sólo aquel papel podría demostrar que lo que yo sabía era cierto. Tenía que hacer una fotocopia o algo así. Cerré la caja, deje el sobre para no llamar la atención pero me puse la tarjeta en el bolso.

A la mañana siguiente me fui a hacer una fotocopia compulsada de la nota. ¿Cómo iba a devolverla? Las cosas se estaban complicando mucho y si mis sospechas eran fundadas, lo que empezó como un juego se estaba convirtiendo en algo peligroso. Ahora el tema era intentar averiguar quién era ella y eso no iba a ser fácil. Me pregunté que suele hacer la gente cuando tiene un amante. ¿Lo guarda completamente en secreto? ¿Tiene algún amigo confidente? ¿Suele frecuentar siempre los mismos locales, hoteles? No tenía ni idea de por dónde empezar. Hubiese pedido ayuda a Alex pero la posibilidad de que Ana hubiese tenido algo que ver en al muerte de Enrique me hizo desistir de compartir aquello con nadie, al menos hasta que pudiese borrar a Ana de la lista de sospechosos.

Jesús había sido desde niño el mejor amigo de Enrique. Si alguien sabía algo de aquello era Jesús. Pero ¿Cómo iba a preguntarle sin levantar sospechas o sin contarle la razón real? Si yo fuera Jesús y supiera algo no soltaría prenda a menos que supiese que hay una buena razón para hablar. Otra posibilidad era Carmen, la secretaria de Enrique. Al menos en las películas las secretarias se enteran de todo y suelen ser las que llevan las agendas del jefe. Además, me parecía más fácil embaucar a Carmen que a Jesús. Cuando llegué a casa descolgué el teléfono y llamé a Carmen a la oficina.

− ¿Está Carmen?
− Si soy yo. ¿Eres María?
− Si, la misma. Verás, te llamaba porque me haría mucha ilusión guardar la agenda de mi tío. Bueno, si no la quiere Ana, claro está.
− Tu tía me dio órdenes de vaciar los cajones y tirarlo todo salvo lo personal así que, tuya es.
− Perfecto. ¿Puedo pasar mañana a por ella?
− Mejor te la mando por mensajero a la ofi y te ahorro un viaje.
− Muchas gracias Carmen. Si no nos vemos cuídate mucho
− Igualmente princesa

Princesa...sólo Enrique solía llamarme así y claro, Carmen de tanto oírlo lo había adoptado. Pero aquel princesa me sonó lleno de tristeza. Supongo que después de seis años Carmen había cogido cariño a Enrique y claro, tampoco ella era de hielo. De pronto sentí unas ganas enormes de llorar. Enrique no iba a volverme a llamar princesa nunca más. Aquella tarde acabé con todas las existencias de kleenex que había en casa. Fue entonces cuando supe que no le iba a volver a ver.
Repasé una y otra vez las notas, las citas, los escritos del margen de la agenda. Tiene que haber algo, Enrique era muy descuidado. No era capaz de ver nada extraño pero...porque había de ser algo extraño. Es decir, en muchos casos los amantes no son algo nuevo en la vida de alguien sino algo conocido que se transforma de “amiga, compañera, conocida a amante”. Si era así nada fuera de la rutina iba a sorprenderme. A ver, ¿qué sitios frecuentaba? El restaurante Casa Juana, El bar de la esquina de abajo,...como mucho el estanco de la calle de detrás de la oficina. Algo dentro de mí me decía que iba por mal camino. ¿Y si en vez de pensar sitios pienso en personas cercanas? ¿Pero quién? Adela seguro que no (Adela era la socia cincuentona y algo rellenita de Enrique). ¿Las administrativas? Demasiado jóvenes. Si fuese por dinero puede pero Enrique no era millonario y tampoco un hombre irresistible. ¿Y Carmen...?
¡Dios! ¿Y si fuera Carmen? Tenía cuatro años menos que Enrique y llevaba 6 años con él. Era una mujer muy atractiva, francamente encantadora y se había divorciado hacía tres años. Mi cabeza iba a mil por hora. Empecé a ver cosas que nunca había pensado. Ahora comprendía que en los últimos dos años siendo Enrique un auténtico despiste recordara todos los cumpleaños de la familia, que Carmen me llamara princesa o que Enrique se quedase algún sábado trabajando. Aquello al menos tenía lógica. ¿Pero como podía comprobar aquello? Y en cualquier caso, aunque eso fuera así, Ana continuaba encabezando la lista de sospechosos de… ¿de qué? ¿Por qué estaba asumiendo que tras la muerte de Enrique había algo más que un accidente? Se había realizado una autopsia y ninguna cosa indicaba nada parecido. Y si no había habido ningún asesinato o similar ¿qué sentido tenían las cifras y las casualidades? ¿Por qué mentía Ana?

Pasé toda noche dando vueltas en la cama sin saber por donde seguir pero a la mañana siguiente una idea se instaló en mi cabeza. Si no hay asesinato y la única cosa que no cuadra son las mentiras de Ana, ¿Porqué no le preguntaba abiertamente a ella que razón tenía para mentir? Era algo arriesgado pero también era lo más sencillo. Esa misma tarde sin dudarlo ni un minuto llamé a Ana y me acerqué a su casa. Aunque sabía casi a ciencia cierta que no debía temer por mi integridad y que la idea del asesinato era ridícula prefería decirle a Alex donde iba a estar y pedirle que me pasase a recoger a última hora.

− Hola Ana. ¿Cómo estás?
− Mejor, aunque es muy jodido el tener que poner en cajas las cosas de Enrique. Es como estar recordando episodios de una vida que nunca más va a volver y por otro lado el hecho de guardar en cajas las cosas me hace sentir mal. Te parecerá una tontería pero me siento como si estuviese apartando sus recuerdos y destinándolos al desván del olvido.
− Me imagino que esas sensaciones son normales. No debe ser fácil. ¿Y los peques cómo lo llevan?
− Andrea lo lleva francamente mal. Con seis años no es fácil entender el concepto muerte. En su cabeza no deja de pensar que papá tiene que volver tarde o temprano. Guillermo es distinto. Me temo que con tres años salvo echarle ahora de menos, el recuerdo que tendrá de su padre será casi nulo. Y bueno, ¿qué te trae hoy por aquí?
− Pues verás Ana, no voy a andarme con rodeos. Como sabes nunca he tenido pelos en la lengua. El otro día algo llamó poderosamente mi atención.
− Dime
− Esa pulsera que me mostraste… ¿No era para ti verdad?
− ¿Qué?
− Sabes perfectamente de lo que hablo. Fui a ver a Carlos y sé que te la dio antes del accidente y también sé lo de la nota.
− ¿Quién…Cómo sabes…?
− Ana, no importa el cómo o el quién, simplemente lo sé y lo que es más importante necesito tu ayuda porque hay algo pendiente y no sé que es.
− Carlos me dio la caja dos días antes del accidente. Al Principio pensando que sería un regalo para mi no la abrí y pensé en dársela a Enrique pero luego cuando el llegó a casa a la hora de comer y le dije que había estado donde Carlos se alteró muchísimo y enseguida me intentó sonsacar si Carlos me había preguntado por él o algo similar. Su expresión no era la de un marido que teme que le fastidien una sorpresa, su expresión era una mezcla entre el miedo y la ansiedad. Así que preferí tener paciencia y ver que hacía y desgraciadamente su reacción no se hizo esperar. Se encerró en el despacho y llamó por teléfono a Carlos. No me hizo falta oír demasiado para percatarme de que la caja no era para mí. Fue entonces cuando la abrí y leí la tarjeta; “Con esta pulsera quiero decirte que jamás en mi vida he sido tan feliz como lo soy contigo. Ya falta menos para estar juntos. Te quiero. Enrique”
− ¿Qué ocurrió entonces?
− Que salió del despacho y me vio con la caja y la tarjeta en la mano. Al menos no intentó mentirme. Se limitó a decirme que lo sentía pero que hacía tiempo que lo nuestro estaba muerto y que aunque el no lo había buscado estas cosas pasan. Y por lo que se refiere a mentirte siento haberlo hecho pero reconocer públicamente que tu difunto marido te ponía los cuernos es…

Ana se echó a llorar mientras que sus palabras se ahogaban en sus labios y su garganta.

− Lo siento Ana, no te lo merecías. Y también siento hacerte pasar por esto ahora pero hay algo que debes saber…

Le expliqué a Ana todo respecto a los números, al experto en numerología y a la combinación de la caja. Ana estaba completamente alucinada.

− ¿No tienes ni idea de quién puede ser la otra? Le pregunté esperando averiguar algún dato que pudiese ayudarnos.
− Ni idea María. Te juro por mis hijos que hasta la maldita pulsera no tuve ninguna duda de él. Y después con lo del accidente es como que preferí borrar aquella tarde de mi mente y hacer como que la pulsera era para mí.
− Normal.

En aquel instante sonó el timbre de la entrada. Miré el reloj extrañada. Era temprano para que fuera Alex. Entonces Ana exclamó:

− Ya no me acordaba. Le dije a Carmen que hoy iba a estar en casa. Lleva un par de días insistiendo para que le diga cuando puede acercarse para llevarme los efectos personales que Enrique tenía en la oficina. Imagino que será ella.

Ana se levantó y fue a abrir la puerta. Allí estaba Carmen con una caja entre los brazos que abultaba tanto como ella.

− Hola Ana. ¡María!...no esperaba encontrarte aquí.
− Hola Carmen.
− Pasa y siéntate un rato con nosotras. ¿Quieres tomar algo? Le preguntó Ana mientras Carmen dejaba la caja sobre la mesa del salón.
− Bueno, pero cinco minutos que hoy tengo muchas cosas por hacer en casa.

En ese preciso instante, al dejar la caja, Carmen se incorporó dejando ver el collar que colgaba de su largo y esbelto cuello. Tenía la forma de un ocho o mejor aún, del símbolo de infinito.

− Carmen, ese collar…
− ¿Te gusta? Me lo regaló Enrique hace dos años por mi cumpleaños. Tu tío era muy generoso y detallista.

Ana y yo nos miramos desconcertadas y sin saber que hacer.

− ¿Qué pasa? Ni que hubiese pasado un ángel. ¿Qué he dicho?
− Carmen,… ¿Si te pregunto algo muy personal serás sincera? Necesito que lo seas. Le dije a Carmen temiendo que negara todo.
− ¿Sincera María? ¿Acaso te he mentido alguna vez? ¿Que está ocurriendo aquí?

Ana se retiró a la cocina con el fin de que Carmen no se sintiera excesivamente violenta con su presencia.

− Carmen, ¿Enrique y tú erais amantes verdad?
− ¿Qué? ¿Cómo piensas…?
− Carmen, sabemos que Enrique tenía una amante y hay otras cosas que voy a contarte que nos llevan directamente hacía ti. Te pido por favor que no me mientas porque sólo si sé la verdad podré descifrar el jeroglífico que dejó tras su muerte.
− ¿Jeroglífico? ¿De qué coño estás hablando?

Los siguientes minutos los pasé relatando nuevamente toda la historia. Carmen me miraba absorta, nerviosa y algo incrédula en un inicio pero cuando acabé de contarle todo una lágrima que no pudo contener rodó hasta la comisura de sus labios.

− Lo siento Princesa, lo siento. Yo jamás pretendí romper ningún hogar, jamás quise hacer daño a nadie. ¿Ana? Ana por favor ven. Quiero que sepas que yo no quería hacerte daño, que siempre te he apreciado pero las cosas a veces pasan. Intenté dejarlo en un par de ocasiones pero no tuve fuerza. Lo siento tantísimo, yo…

Carmen rompió a llorar desconsolada.

En aquel instante Ana abrió la caja fuerte y en un acto de incomprensible bondad se acercó a Carmen y le dijo:

− Esto era para ti. No podría ponérmela sabiendo que iba destinada a otra mujer.

Entonces recordé que yo tenía todavía en mi poder la tarjeta que iba en el sobre. Abrí mi bolso y se la di a Ana.

− ¿Cómo…? Preguntó Ana si entender cómo había ido la tarjeta a parar a mi bolso.
− Es igual Ana, es una larga historia.

Ana le dio la caja y la tarjeta a Carmen y mirándola a los ojos le dijo:

− Quisiera odiarte, quizás así sería más fácil. Pero no soy capaz. Mi matrimonio hacia tiempo que no funcionaba y tampoco hice nada para solucionarlo. Y en cualquier caso si tengo que culpar a alguien lo culpo a él. Dos no se lían si uno no quiere y tu eres libre, el casado era él.

Carmen leyó la tarjeta y abrió la caja. Nuevamente las lágrimas afloraron de sus ya enrojecidos ojos.

− Gracias Ana. No sé si yo en tu misma situación hubiera actuado así. Lo cierto es que no sé que decirte. No te imaginas lo que esta nota significa para mí.

− No digas nada. Sólo desaparece de mi vida. Lo único que deseo por mi bien y por el de mis hijos es olvidar cuanto antes este episodio y recordar a Enrique antes de enterarme de todo esto.
− Comprendo. Ya me voy. Gracias Ana y nuevamente perdóname, lo siento de veras.

Carmen se levantó y sin cruzar ni media palabra más abandonó la casa.

− Tu comportamiento ha sido increíble. Le dije a Ana sin salir de mi asombro.
− Hazme sólo un favor, no vuelvas a mencionar a Carmen ni nada de esto nunca más. No quiero que mis hijos sepan nada de esto. Es mejor así. Enrique ya no está y el daño está hecho. Removerlo no va a solucionarlo, sólo puede empeorar las cosas.
− Lo prometo Ana.

Miré el reloj y vi que era tarde. Alex debía estar al llegar. Me despedí de Ana y bajé a la entrada a esperarle. Era obvio que Ana quería estar sola. Salí a la calle para que me diese un poco el aire y miré calle abajo para ver si Alex llegaba. De pronto, un coche pasó por delante de la portería y para mi sorpresa algo llamó poderosamente mi atención. Su matrícula era B- 8888 –EN. Nuevamente el número ocho y esta vez acompañado de dos letras EN (Enrique). ¿Sería aquello una señal?

Nueve años más tarde quiero pensar que aquello era un guiño. La forma más extraña en que alguien me ha dado jamás las gracias.




horror


5. La autostopista: esta si que es uan de las historias clásicas que todos conocen, también en mi pais actual, "La chica de la Recoleta".


Cogieron los camiones como cada semana hacia Zaragoza. Si salían de Barcelona sobre las ocho de la tarde se plantaban allí a las diez y media. Solían parar a cenar algo sobre las nueve y media, en una de las áreas del camino y así, al llegar al motel se metían en la cama directamente. El camino era ciertamente tranquilo y poder cenar acompañado de otro camionero lo hacía más ameno.

Llegaron a la altura de los Monegros cuando Carlos avisó por radio a Miguel.

- ¿Miguel, me copias?
- Te copio alto y claro.
- ¿Paramos en la próxima área?
- Ya te dije que te revisaras la próstata antes de viajar...ajajaja
- Jajajaj. So cabrón, la próstata está en perfecto estado, el que protesta es el estómago.
- De acuerdo, salimos en la siguiente.

Tardaron apenas diez minutos en tomar el desvío y una media hora en tomarse un par de bocadillos y unas cervezas. Era preferible llegar temprano al motel, a la mañana siguiente había que madrugar y tenían bastante curro. Acabaron de comerse los bocadillos y volvieron a ponerse en marcha. Aquella noche, algo iba a cambiar sus vidas para siempre.

- ¿Charlie, estás ahí?
- Dime Miguel.
- ¿Ves lo que yo veo?
- ¿El qué?
- Esa rubia en el arcén haciendo autostop
- No jodas Miguel, no te metas en líos.
- Claro, tu como tienes chorba fija…
- Sabes que tenemos prohibido subir a nadie.
- ¿Lo vas a contar?
- Sabes que no, pero yo sigo. Paso de follones.
- Okey, nos vemos mañana.
- Vete con ojo, ¿vale?

Miguel paró el camión en el arcén y recogió a aquella muchacha. Mientras, Carlos siguió rumbo a Zaragoza.

Siete de la mañana. Carlos se levanta, se ducha y baja a desayunar. A las ocho y media tienen que estar descargando y volviendo a cargar el remolque en la fábrica de acero. Llega al bar del motel y no ve a Miguel.

- Seguro que tras la juerga de ayer hoy se levanta más tarde. Piensa mientras se sirve unas tostadas con mermelada.

Ocho de la mañana, Miguel sigue sin aparecer y Carlos se impacienta y pide a la recepcionista que avise a su compañero.

- ¿Miguel Arroyo?
- Sí, Miguel Arroyo. Llegó ayer por la noche.
- Lo siento pero, salvo usted, ayer por la noche no hubo ningún otro registro.
- ¿Está usted segura?
- Y tanto. Lo lamento pero aquí no hay nadie registrado con ese nombre.

Carlos se quedó atónito y bastante preocupado. La única alternativa era que después del ajetreo, se acabase durmiendo en el camión. Así que, sin dudarlo, fue a su camión con el fin de llamarle por radio.

- ¿Miguel copias?

No hubo ninguna respuesta.

- ¡Miguel joder!, que se nos va a caer el pelo, macho.

Nadie contestaba, sólo el silencio. Carlos no sabía que hacer. Decidió entonces dirigirse el sólo a la fábrica. Si al menos llegaba uno de los dos, la bronca no sería tan sonada, pensó. Además, igual Miguel había ido directamente y tenía la radio desconectada. Cuando Carlos llegó a la fábrica vio par de coches de policía aparcados justo en frente y al gerente hablando con ellos. Se acercó y aparcó el camión en la zona de descarga como cada vez. Ni rastro de Miguel, pensó. Bajó del camión y el gerente de la fábrica, acompañado de los policías, fue hasta donde estaba él.

- ¿Carlos Huarte? Preguntó uno de los agentes
- Sí, soy yo.
- ¿Cuándo vio al señor Miguel Arroyo por última vez?
- ¿A Miguel?
- Sí
- ¿Qué ocurre?
- Han encontrado al señor Arroyo muerto en un área de descanso de la autopista.
- ¿Qué?

Carlos no daba crédito a sus oídos. Miguel asesinado. Eso era lo último que hubiese pasado por su cabeza.

- ¿Cuándo vio al señor Miguel Arroyo por última vez? Repitió el policía
- Ayer después de cenar en un área de los Monegros. Yo seguí hasta Zaragoza y el paró a recoger a una autostopista.
- ¿La podría describir?

Carlos estaba en estado de shock.

Habían pasado dos meses tras la muerte de Miguel. La policía continuaba sin ningún tipo de pistas. Ni rastro sobre la supuesta autostopista. Por lo que Carlos pudo averiguar, encontraron a su amigo sobre el asiento delantero, con los pantalones bajados y lleno de sangre. Al examinar el cadáver pudieron ver que sus extremidades habían sido seccionadas y tiradas a unos metros del camión. Miguel murió desangrado. Desde entonces, Carlos no había vuelto a hacer la ruta de Zaragoza, había tratado de evitarla. Pero, aquella tarde, no le quedó más remedio. Se pasó todo el camino con la extraña sensación de que, en cualquier instante, oiría la voz de Miguel por la radio. Paró como siempre a cenar a la altura de Los Monegros, aunque esta vez, una gran sensación de vacío y de tristeza hizo mella en él. Acabó su bocadillo, tomo un trago de cerveza y reemprendió la marcha. No había avanzado ni 300 metros cuando a lo lejos, en el arcén vio a una mujer rubia.

- ¡Dios es ella! Exclamó sobresaltado.

Agarró el micrófono de la radio y trató de avisar a la policía. Nadie contestaba. En su cabeza las ideas se agolpaban sin saber que debía hacer. Finalmente, decidió parar. Iba a ser el mismo quien la llevase hasta la comisaría más cercana, pensó. Mientras se acercaba al arcén, agarró el bate de béisbol que solía llevar siempre por seguridad y lo puso a su vera.

- ¿A dónde se dirige?
- A Zaragoza.
- Suba, yo la llevo.
- Gracias.

Carlos no le quitaba ojo de encima. La chica apenas hablaba y se limitaba a mirar por la ventanilla. Al cabo de unos kilómetros, justo cuando acababa de pasar el área de descanso donde Miguel fue asesinado, la chica miró a Carlos y dijo:

- Tú no eres como todos ellos.
- ¿Perdón?
- A mi me violaron y me asesinaron hace diez años.
- ¿Cómo?
- Yo estaba haciendo autostop cuando un caminero me recogió. Cuando llegamos a esta área de descanso paró su camión, me violó y luego me mató.
- Pero… ¿Qué coño de historia me estás contando?, ¡tu mataste a Miguel!
- Sí, a Miguel y a otros muchos que, como el, trataron de abusar de mi.
- ¿Qué?
- Ahora tan sólo busco venganza…

De repente, como si de un truco de magia se tratase, la chica se desvaneció ante los ojos de Carlos.

Cuentan los ancianos del lugar que todos los camioneros de esa zona conocen perfectamente esta leyenda y que por eso, jamás recogen a las muchachas que hacen autostop. Pero siempre hay algún camionero de fuera, que desconoce esta vieja leyenda, dispuesto a socorrer a una joven y guapa muchacha en apuros.


Esto es todo y lo que mas espero es..
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