Si bien en estos párrafos habla del aspecto consumista de la sociedad estadounidense de la época, y de sus efectos sobre las relaciones humanas, es innegable que parte de los elementos que analiza pueden encontrarse en nuestra querida y pútrida sociedad contemporánea.
Las imágenes son a modo ilustrativo y pueden no coincidir con el producto
elartedeamar dijo:El capitalismo moderno necesita hombres que cooperen mansamente
y en gran número; que quieran consumir cada vez más; y cuyos
gustos estén estandarizados y puedan modificarse y anticiparse
fácilmente. Necesita hombres que se sientan libres e independientes,
no sometidos a ninguna autoridad, principio o conciencia moral -
dispuestos, empero, a que los manejen, a hacer lo que se espera de
ellos, a encajar sin dificultades en la maquinaria social-; a los que se
pueda guiar sin recurrir a la fuerza, conducir, sin líderes, impulsar sin
finalidad alguna -excepto la de cumplir, apresurarse, funcionar, seguir
adelante-.
¿Cuál es el resultado? El hombre moderno está enajenado de sí
mismo, de sus semejantes y de la naturaleza. Se ha transformado en un
articulo, experimenta sus fuerzas vitales como una inversión que
debe producirle el máximo de beneficios posible en las condiciones
imperantes en el mercado. Las relaciones humanas son
esencialmente las de autómatas enajenados, en las que cada uno
basa su seguridad en mantenerse cerca del rebaño y en no diferir en
el pensamiento, el sentimiento o la acción. Al mismo tiempo que
todos tratan de estar tan cerca de los demás como sea posible, todos
permanecen tremendamente solos, invadidos por el profundo
sentimiento de inseguridad, de angustia y de culpa que surge siempre
que es imposible superar la separatidad humana.
Nuestra civilización ofrece muchos paliativos que ayudan a la gente a ignorar
conscientemente esa soledad: en primer término, la estricta rutina del
trabajo burocratizado y mecánico, que ayuda a la gente a no tomar
conciencia de sus deseos humanos más fundamentales, del anhelo
de trascendencia y unidad. En la medida en que la rutina sola no
basta para lograr ese fin, el hombre se sobrepone a su desesperación
inconsciente por medio de la rutina de la diversión, la consumición
pasiva de sonidos y visiones que ofrece la industria del
entretenimiento; y, además, por medio de la satisfacción de comprar
siempre cosas nuevas y cambiarlas inmediatamente por otras.
El hombre moderno está actualmente muy cerca de la imagen que
Huxley describe en Un mundo feliz: bien alimentado, bien vestido,
sexualmente satisfecho, y no obstante sin yo, sin contacto alguno,
salvo el más superficial, con sus semejantes, guiado por los lemas
que Huxley formula tan sucintamente, tales como: «Cuando el
individuo siente, la comunidad tambalea»; o «Nunca dejes para
mañana la diversión que puedes conseguir hoy», o, como afirmación
final: «Todo el mundo es feliz hoy en día.» La felicidad del hombre
moderno consiste en «divertirse». Divertirse significa la satisfacción
de consumir y asimilar artículos, espectáculos, comida, bebidas,
cigarrillos, gente, conferencias, libros, películas; todo se consume, se
traga. El mundo es un enorme objeto de nuestro apetito, una gran
manzana, una gran botella, un enorme pecho; todos succionamos,
los eternamente expectantes, los esperanzados -y los eternamente
desilusionados-. Nuestro carácter está equipado para intercambiar y
recibir, para traficar y consumir; todo, tanto los objetos materiales,
como los espirituales, se convierten en objeto de intercambio y de
consumo.
[...] la diferencia entre los individuos se reduce a un elemento común: su precio en el mercado. Su individualidad, aquello que le es peculiar y único, es algo carente de valor y hecho un lastre. El sentido que ha llegado a tener la palabra peculiar expresa claramente esta actitud. En vez de denotar el mayor triunfo del hombre - el de haber desarrollado su individualidad - es actualmente casi sinónimo de raro. También el término igualdad ha cambiado de significado. La idea de que todos los hombres fueron creados iguales implica que todos los hombres tienen el mismo derecho fundamental a ser considerados como fines en sí mismos y no como medios. Hoy día, igualdad ha llegado a ser equivalente de intercambiabilidad y es la negación misma de la individualidad. La igualdad, en vez de ser la condición para el desarrollo de las características peculiares de cada hombre, significa la extinción de la individualidad. Igualdad iba conjunta a "diferencia", pero ha llegado a ser sinónimo de "in-diferencia", y es ciertamente la indiferencia lo que caracteriza la relación del hombre moderno consigo mismo y con sus semejantes.
elartedeamar dijo:
También en la sociedad occidental contemporánea la unión con el
grupo es la forma predominante de superar el estado de separación.
Se trata de una unión en la que el ser individual desaparece en gran
medida, y cuya finalidad es la pertenencia al rebaño. Si soy como
todos los demás, si no tengo sentimientos o pensamientos que me
hagan diferente, si me adapto en las costumbres, las ropas, las ideas,
al patrón del grupo, estoy salvado; salvado de la temible experiencia
de la soledad. Los sistemas dictatoriales utilizan amenazas y el terror
para inducir esta conformidad; los países democráticos, la sugestión y
la propaganda. Indudablemente, hay una gran diferencia entre los
dos sistemas. En las democracias, la no conformidad es posible, y en
realidad, no está totalmente ausente; en los sistemas totalitarios,
sólo unos pocos héroes y mártires insólitos se niegan a obedecer.
Pero, a pesar de esa diferencia, las sociedades democráticas muestran
un abrumador grado de conformidad. La razón radica en el hecho de
que debe existir una respuesta a la búsqueda de unión, y, a falta de
una distinta o mejor, la conformidad con el rebaño se convierte en la
forma predominante. El poder del miedo a ser diferente, a estar solo
unos pocos pasos alejado del rebaño, resulta evidente si se piensa
cuán profunda es la necesidad de no estar separado. A veces el temor
a la no conformidad se racionaliza como miedo a los peligros prácticos
que podrían amenazar al rebelde. Pero en realidad la gente quiere
someterse en un grado mucho más alto de lo que está obligada a
hacerlo, por lo menos en las democracias occidentales.
La mayoría de las gentes ni siquiera tienen conciencia de su necesidad
de conformismo. Viven con la ilusión de que son individualistas, de
que han llegado a determinadas conclusiones como resultado de sus
propios pensamientos -y que simplemente sucede que sus ideas son
iguales que las de la mayoría-. El consenso de todos sirve como prueba
de la corrección de «sus» ideas. Puesto que aún tienen necesidad de
sentir alguna individualidad, tal necesidad se satisface en lo relativo a
diferencias menores; las iniciales en la cartera o en la camisa, la afiliación
al partido Demócrata en lugar del Republicano, a los Elks en vez de los
Shriners, se convierte en la expresión de las diferencias individuales.
El lema publicitario «es distinto» nos demuestra esa patética necesidad
de diferencia, cuando, en realidad, casi no existe ninguna.
[…]
En la sociedad capitalista contemporánea, el significado del término igualdad
se ha transformado. Por él se entiende la igualdad de los autómatas, de
hombres que han perdido su individualidad. Hoy en día, igualdad significa
«identidad» antes que «unidad». Es la identidad de las abstracciones, de
los hombres que trabajan en los mismos empleos, que tienen idénticas
diversiones, que leen los mismos periódicos, que tienen idénticos
pensamientos e ideas.
Hombres y mujeres son idénticos, no iguales como polos opuestos.
La sociedad contemporánea predica el ideal de la igualdad no
individualizada, porque necesita átomos humanos, todos idénticos,
para hacerlos funcionar en masa, suavemente, sin fricción; todos
obedecen las mismas órdenes, y no obstante, todos están
convencidos de que siguen sus propios deseos. Así como la
moderna producción en masa requiere la estandarización de los
productos, así el proceso social requiere la estandarización del
hombre, y esa estandarización es llamada «igualdad».
El individuo es introducido en el patrón de conformidad a la
edad de tres o cuatro años, y a partir de ese momento, nunca pierde
el contacto con el rebaño. Aun su funeral, que él anticipa como su
última actividad social importante, está estrictamente de acuerdo con
el patrón.
(este video no trata sobre consumismo sino sobre conformidad, es interesante lo fuerte que puede llegar a ser la tendencia a apegarse a la mayoría)
Además de la conformidad como forma de aliviar la angustia que
surge de la separatidad, debemos considerar otro factor de la vida
contemporánea: el papel de la rutina en el trabajo y en el placer. El
hombre se convierte en «ocho horas de trabajo», forma parte de la
fuerza laboral, de la fuerza burocrática de empleados y empresarios.
Tiene muy poca iniciativa, sus tareas están prescritas por la
organización del trabajo; incluso hay muy poca diferencia entre los
que están en los peldaños inferiores de la escala y los que han
llegado más arriba. Aun los sentimientos están prescritos: alegría,
tolerancia, responsabilidad, ambición y habilidad para llevarse bien
con todo el mundo sin inconvenientes.
Las diversiones están rutinizadas en forma similar, aunque no tan
drástica. Los clubs del libro seleccionan el material de lectura; los
dueños de cinematógrafos y salas de espectáculos, las películas,
y pagan, además, la propaganda respectiva; el resto también es
uniforme: el paseo en auto del domingo, la sesión de televisión, la
partida de naipes, las reuniones sociales. Desde el nacimiento hasta
la muerte, de lunes a lunes, de la mañana a la noche: todas las
actividades están rutinizadas y prefabricadas. ¿Cómo puede un
hombre preso en esa red de actividades rutinarias recordar que es
un hombre, un individuo único, al que sólo le ha sido otorgada una
única oportunidad de vivir,con esperanzas y desilusiones, con dolor
y temor, con el anhelo de amar y el miedo a la nada y a la separatidad?