El otro día cayó en mis manos una vez más las “Rimas” de Bécquer. Las leí varias veces, pero esta vez me sorprendí por algunos de sus poemas. Sus versos son simples y claros, además, se pueden guardar algunos en el bolsillo para sorprender a alguna chica desprevenida con un piropo refinado como este:
Si al mecer las azules campanillas
de tu balcón,
Crees que suspirando pasa el viento
murmurador,
Sabe que oculto entre las verdes hojas
Suspiro yo. (XVI, 1-5)
Una vez que ya la chica se alejó, porque la poesía de Bécquer no acarreó ningún beneficio práctico, podemos entrar en poemas más serios.
Un primer factor que aparece al leer las “Rimas” es la falta de certeza que envuelve la existencia del hombre. El libro, de hecho, se abre con una definición de lo que es el hombre:
Saeta que voladora
cruza arrojada al azar,
y que no sabe dónde
temblando se clavará;
hoja que del árbol seca
arrebata el vendaval,
sin que nadie acierte el surco
donde al polvo volverá;
gigante ola que el viento
riza y empuja en el mar,
y rueda y pasa, y se ignora
qué playa buscando va;
luz que en cercos temblorosos
brilla próxima a expirar
y que no se sabe de ellos
cuál el último será;
eso soy yo que al acaso
cruzo el mundo sin pensar
de dónde vengo ni adónde
mis pasos me llevarán. (II)
“Ese soy yo que al acaso cruzo el mundo sin pensar”, este tema se repite en otras poesías. Hay una en la que el tema sufre una vuelta de tuerca peculiar, porque Bécquer introduce un nuevo factor a la hora de definir qué es el hombre. Transcribo la poesía:
Cuando miro el azul horizonte
perderse a lo lejos,
al través de una gasa de polvo
dorado e inquieto;
me parece posible arrancarme
del mísero suelo
y flotar con la niebla dorada
en átomos leves
cual ella deshecho!
Cuando miro de noche en el fondo
oscuro del cielo
las estrellas temblar como ardientes
pupilas de fuego;
me parece posible a do brillan
subir en un vuelo,
y anegarme en su luz, y con ellas
en lumbre encendido
fundirme en un beso.
En el mar en la duda en que bogo
ni aún sé lo que creo;
sin embargo estas ansias me dicen
que yo llevo algo
divino aquí dentro.
Esta vez hay algo diferente: no comienza por la duda, sino por la maravilla que le provoca contemplar la naturaleza. Maravilla que se vuelve un deseo de aferrar el cielo entero, en esa medida amplia e imposible con la que se presenta a nuestros ojos. Este deseo desmesurado, como el horizonte azul o como la noche oscura, se transforma casi inmediatamente es una certeza que atraviesa incluso “el mar de duda en que bogo”. Tan tenaz es el sentir que presiente, intuye que está hecho por Otro, por algo divino, inconmensurable, infinito.
Este es el segundo factor que me interesa señalar: Bécquer reconoce, afirma y quiere poseer la medida inconmensurable que la naturaleza despierta en él, amplitud que vence incluso la duda e incertidumbre en la que vive.
Este deseo de algo imposible, infinito, inmenso se ve afirmado vehementemente en otra poesía suya. Aquí va:
—Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
—No es a ti, no.
—Mi frente es pálida, mis trenzas de oro,
puedo brindarte dichas sin fin.
Yo de ternura guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
—No, no es a ti.
—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz.
Soy incorpórea, soy intangible,
no puedo amarte.
—¡Oh ven, ven tú! (XI)
Ni el placer, ni la gloria pueden satisfacerlo, él necesita otra cosa: “un imposible, vano fantasma de niebla y luz”. La percepción del Ideal es aguda, porque se percibe que lo que se ama es algo que está fuera de la capacidad del hombre. Pero este reconocimiento está rodeado de una lejanía, de una extrañeza, de “una niebla”: “Soy incorpórea, soy intangible, no puedo amarte”, aquí está la lejanía más dura, porque para Bécquer lo que necesita, lo que anhela es algo de lo que no puede o podrá hacer experiencia. Sin embargo, no deja de reconocer la anhelo que determina su ser: “—¡Oh ven, ven tú!”. Transcribimos otra poesía en donde concibe todo su ser como relación con un tú, pero no cualquier tú, sino el Misterio que hace las cosas:
Cendal flotante de leve bruma,
rizada cinta de blanca espuma,
rumor sonoro
de arpa de oro,
beso del aura, onda de luz,
eso eres tú.
¡Tú, sombra aérea que cuantas veces
voy a tocarte te desvaneces
como la llama, como el sonido,
como la niebla, como un gemido
del lago azul!
En mar sin playas onda sonante,
en el vacío cometa errante,
largo lamento
del ronco viento,
ansia perpetua de algo mejor,
eso soy yo.
¡Yo, que a tus ojos en mi agonía
los ojos vuelvo de noche y día;
yo, que incansable corro y demente
tras una sombra, tras la hija ardiente
de una visión! (XV)
Este tú es una belleza que huye, que está siempre más allá de sus intentos, “cuando voy a tocarte, te desvaneces”, y él es deseo de ella, “ansia perpetua de algo mejor”. Este tú acapara toda la atención del poeta (“Yo, que a tus ojos…los ojos vuelo de noche y día”), ya no es una mujer, sino la Mujer, “la hija ardiente de una visión”.
Pero esta vertiginosa intuición dura poco y pronto se vuelve amargura. Parece que el primer factor, la duda, retoma su protagonismo perdido:
Hoy como ayer, mañana como hoy,
¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno
y andar... andar.
Moviéndose a compás como una estúpida
máquina el corazón:
la torpe inteligencia del cerebro
dormida en un rincón.
El alma, que ambiciona un paraíso,
buscándole sin fe;
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.
Voz que incesante con el mismo tono
canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae,
y cae sin cesar.
(…) (LVI)
Ya no es la falta de certeza sobre la existencia, sino la afirmación del fracaso del hombre: “El alma, que ambiciona un paraíso (…) fatiga sin objeto”. La insatisfacción constante se vuelve amargura y monotonía:
“(…) La Gloria y el Amor tras que corremos
sombras de un sueño son que perseguimos;
¡despertar es morir! (LXIX)