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_Capaneo_

Usuario (Argentina)

Primer post: 25 ene 2011Último post: 26 ene 2011
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Yo que incansable corro tras la hija ardiente de una visión
OfftopicporAnónimo1/26/2011

El otro día cayó en mis manos una vez más las “Rimas” de Bécquer. Las leí varias veces, pero esta vez me sorprendí por algunos de sus poemas. Sus versos son simples y claros, además, se pueden guardar algunos en el bolsillo para sorprender a alguna chica desprevenida con un piropo refinado como este: Si al mecer las azules campanillas de tu balcón, Crees que suspirando pasa el viento murmurador, Sabe que oculto entre las verdes hojas Suspiro yo. (XVI, 1-5) Una vez que ya la chica se alejó, porque la poesía de Bécquer no acarreó ningún beneficio práctico, podemos entrar en poemas más serios. Un primer factor que aparece al leer las “Rimas” es la falta de certeza que envuelve la existencia del hombre. El libro, de hecho, se abre con una definición de lo que es el hombre: Saeta que voladora cruza arrojada al azar, y que no sabe dónde temblando se clavará; hoja que del árbol seca arrebata el vendaval, sin que nadie acierte el surco donde al polvo volverá; gigante ola que el viento riza y empuja en el mar, y rueda y pasa, y se ignora qué playa buscando va; luz que en cercos temblorosos brilla próxima a expirar y que no se sabe de ellos cuál el último será; eso soy yo que al acaso cruzo el mundo sin pensar de dónde vengo ni adónde mis pasos me llevarán. (II) “Ese soy yo que al acaso cruzo el mundo sin pensar”, este tema se repite en otras poesías. Hay una en la que el tema sufre una vuelta de tuerca peculiar, porque Bécquer introduce un nuevo factor a la hora de definir qué es el hombre. Transcribo la poesía: Cuando miro el azul horizonte perderse a lo lejos, al través de una gasa de polvo dorado e inquieto; me parece posible arrancarme del mísero suelo y flotar con la niebla dorada en átomos leves cual ella deshecho! Cuando miro de noche en el fondo oscuro del cielo las estrellas temblar como ardientes pupilas de fuego; me parece posible a do brillan subir en un vuelo, y anegarme en su luz, y con ellas en lumbre encendido fundirme en un beso. En el mar en la duda en que bogo ni aún sé lo que creo; sin embargo estas ansias me dicen que yo llevo algo divino aquí dentro. Esta vez hay algo diferente: no comienza por la duda, sino por la maravilla que le provoca contemplar la naturaleza. Maravilla que se vuelve un deseo de aferrar el cielo entero, en esa medida amplia e imposible con la que se presenta a nuestros ojos. Este deseo desmesurado, como el horizonte azul o como la noche oscura, se transforma casi inmediatamente es una certeza que atraviesa incluso “el mar de duda en que bogo”. Tan tenaz es el sentir que presiente, intuye que está hecho por Otro, por algo divino, inconmensurable, infinito. Este es el segundo factor que me interesa señalar: Bécquer reconoce, afirma y quiere poseer la medida inconmensurable que la naturaleza despierta en él, amplitud que vence incluso la duda e incertidumbre en la que vive. Este deseo de algo imposible, infinito, inmenso se ve afirmado vehementemente en otra poesía suya. Aquí va: —Yo soy ardiente, yo soy morena, yo soy el símbolo de la pasión, de ansia de goces mi alma está llena. ¿A mí me buscas? —No es a ti, no. —Mi frente es pálida, mis trenzas de oro, puedo brindarte dichas sin fin. Yo de ternura guardo un tesoro. ¿A mí me llamas? —No, no es a ti. —Yo soy un sueño, un imposible, vano fantasma de niebla y luz. Soy incorpórea, soy intangible, no puedo amarte. —¡Oh ven, ven tú! (XI) Ni el placer, ni la gloria pueden satisfacerlo, él necesita otra cosa: “un imposible, vano fantasma de niebla y luz”. La percepción del Ideal es aguda, porque se percibe que lo que se ama es algo que está fuera de la capacidad del hombre. Pero este reconocimiento está rodeado de una lejanía, de una extrañeza, de “una niebla”: “Soy incorpórea, soy intangible, no puedo amarte”, aquí está la lejanía más dura, porque para Bécquer lo que necesita, lo que anhela es algo de lo que no puede o podrá hacer experiencia. Sin embargo, no deja de reconocer la anhelo que determina su ser: “—¡Oh ven, ven tú!”. Transcribimos otra poesía en donde concibe todo su ser como relación con un tú, pero no cualquier tú, sino el Misterio que hace las cosas: Cendal flotante de leve bruma, rizada cinta de blanca espuma, rumor sonoro de arpa de oro, beso del aura, onda de luz, eso eres tú. ¡Tú, sombra aérea que cuantas veces voy a tocarte te desvaneces como la llama, como el sonido, como la niebla, como un gemido del lago azul! En mar sin playas onda sonante, en el vacío cometa errante, largo lamento del ronco viento, ansia perpetua de algo mejor, eso soy yo. ¡Yo, que a tus ojos en mi agonía los ojos vuelvo de noche y día; yo, que incansable corro y demente tras una sombra, tras la hija ardiente de una visión! (XV) Este tú es una belleza que huye, que está siempre más allá de sus intentos, “cuando voy a tocarte, te desvaneces”, y él es deseo de ella, “ansia perpetua de algo mejor”. Este tú acapara toda la atención del poeta (“Yo, que a tus ojos…los ojos vuelo de noche y día”), ya no es una mujer, sino la Mujer, “la hija ardiente de una visión”. Pero esta vertiginosa intuición dura poco y pronto se vuelve amargura. Parece que el primer factor, la duda, retoma su protagonismo perdido: Hoy como ayer, mañana como hoy, ¡y siempre igual! Un cielo gris, un horizonte eterno y andar... andar. Moviéndose a compás como una estúpida máquina el corazón: la torpe inteligencia del cerebro dormida en un rincón. El alma, que ambiciona un paraíso, buscándole sin fe; fatiga sin objeto, ola que rueda ignorando por qué. Voz que incesante con el mismo tono canta el mismo cantar, gota de agua monótona que cae, y cae sin cesar. (…) (LVI) Ya no es la falta de certeza sobre la existencia, sino la afirmación del fracaso del hombre: “El alma, que ambiciona un paraíso (…) fatiga sin objeto”. La insatisfacción constante se vuelve amargura y monotonía: “(…) La Gloria y el Amor tras que corremos sombras de un sueño son que perseguimos; ¡despertar es morir! (LXIX) Fuente: http://www.capaneo.com.ar/Capaneo/PoetriaMaior/PoetriaMaior.html

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Él quería decir: es demasiado bello
Apuntes Y MonografiasporAnónimo1/25/2011

Con el M. Bernard, esta clase era constantemente interesante por la simple razón que él amaba apasionadamente su oficio. Fuera, el sol podía gritar sobre los muros leonados mientras que el calor crepitaba dentro de la misma sala, aun estando hundida en la sombra de persianas con gruesas líneas amarillas y blancas. Bien podía caer la lluvia como lo hace en Argelia, en cataratas interminables, haciendo de la calle una canaleta sombría y húmeda, pero la clase se distraía apenas. Sólo los mosquitos en los tiempos de tormenta volvían a veces la atención de los niños. (…) Pero el método de M. Bernard, que consistía en no ceder nada a la conducta y volver, por el contrario, viva y divertida su enseñanza, triunfaba aun sobre los mosquitos. (…) Sólo la escuela les daba a Jacques y Pierre estas alegrías. Y sin duda aquello que ellos amaban tan apasionadamente en ella era aquello que no encontraban en ellos, donde la pobreza y la ignorancia volvía la vida más dura, más apagada, como cerrada sobre sí misma; la miseria es una fortaleza sin puente levadizo. (…) No, la escuela no les proveía solamente una evasión de la vida de familia. En la clase de M. Bernard al menos, ella alimentaba en ellos un hambre más esencial aún para el niño que para el hombre y que es el hambre del descubrimiento. En las otras clases, aprendíamos sin duda muchas cosas, pero un poco como se ceban los gansos. Se les presenta un alimento ya hecho, rogándoles que lo traguen. En la clase de M. Germain, por la primera vez ellos sentían que existían y que eran el objeto de la más alta consideración: se los juzgaba dignos de descubrir el mundo. Y, más aún, su maestro no se abocaba sólo a enseñarles aquello que se le pagaba para que les enseñara, él los acogía con simplicidad dentro de su vida personal, la vivía con ellos, les contaba de su infancia y de la historia de los niños que él había conocido, les exponía sus puntos de vista, no sus ideas (…). Al fin de cada trimestre, antes de mandarlos de vuelta a las vacaciones, y de tiempo en tiempo, cuando el empleo del tiempo se lo permitía, él había tomado el hábito de leerles largos extractos de Las cruces de madera de Dorgelès. (…) Jacques escuchaba solamente con todo su corazón una historia que su maestro leía con todo su corazón y que le hablaba de nuevo de la nieve y de su querido invierno, pero también de hombres singulares (…). Él y Pierre atendían cada lectura con una impaciencia cada vez mayor. (…) Y el día, al final del año, donde, llegados al fin del libro, M. Bernard leyó con una voz más sorda la muerte de D., mientras que cerraba el libro en silencio, confrontado con su emoción y sus recuerdos, para levantar luego los ojos sobre su clase inmersa en el estupor y el silencio, vio a Jacques en la primer fila que lo miraba fijamente, el rostro cubierto de lágrimas, acompañadas de sollozos interminables, que parecían no deber detenerse jamás. “Vamos, pequeño, vamos pequeño”, dice M. Bernard con una voz apenas perceptible y se levantó para ir a acomodar su libro en el armario, de espaldas a la clase.(…) “Espera, pequeño”, dice M. Bernard. (…) “Toma, dice él, es para ti.” Jacques recibió un libro cubierto de papel marrón de almacén y sin inscripciones sobre la tapa. Aun antes de abrirlo, él sabía que era Las cruces de madera, el mismo ejemplar sobre el cual M. Bernard hacía la lectura en clase. “No, no, dice él, es…” Él quería decir: es demasiado bello. No encontraba las palabras. M. Bernard sacudió su vieja cabeza. “Tú lloraste el último día, ¿te recuerdas? Desde ese día, este libro te pertenece.” Y él se volvió para esconder sus ojos de súbito enrojecidos. (…) El niño lo miraba, sin una lágrima (y toda su vida fue la bondad y el amor quienes le hicieron llorar, jamás el mal o la persecución que reforzaron su corazón y su decisión contraria) y ganó de nuevo su banco. EL PRIMER HOMBRE, CAPÍTULO 6BIS Le premier homme, Gallimard, 1994 (pág. 161 y ss.) Fuente original: http://www.capaneo.com.ar/Capaneo/Camus.html

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