Esta es una historia real: cuando trabajaba de mesero en Medellín (mesero, porque mozo en Colombia significa “amante” y teníamos prohibido decir esa palabra al frente de los clientes) me destaqué por una particularidad y aún soy recordado por ella pese a que pronto hará un año que dejé de trabajar allí. Soy demasiado torpe. Un amigo solía decirme que solo tengo el 40% de movilidad en el cuerpo. Siempre estoy pensando en otras cosas y no presto atención al momento presente. Eso me da algunas ventajas, pero es terrible si hay que trabajar en un restaurante. Como toda promesa, tuve un debut auspicioso: la primera vez que rompí algo fue el segundo día de trabajo y a lo grande. Ese día, todo salió bien. Primera vez que trabajaba en gastronomía, el segundo día es más relajado que el primero. Al final de la noche, después de celebrar el cumpleaños de una señora donde toda la familia vino a comer, apagamos la luz para prender las velas y cortar la torta. Todo perfecto, me felicitaron por la atención y me llamaron para prender las velas. Al volver pasé por detrás de todo con la mala fortuna de chocar con un soporte para vinos, tirándolo y rompiendo dos botellas. El piso se llenó de vino y el lugar de olor. Vamos bien, segundo día de trabajo. Después seguí rompiendo cosas: pudo haber sido una copa (rompí como tres o cuatro), vasos (como cinco o seis) o unas “cocas”, que son cuencos pequeños donde van las tortas fritas, el chimichurri, la salsa criolla y las berenjenas. Creo que rompí más de diez, sin contar las que se cayeron al suelo y no se rompieron. "Este chico es tonto", pensarán. Bueno, quizás si. Yo pienso que no presto atención a las cosas que estoy haciendo porque siempre pienso en otra cosa que yo considero más importante, ¿quién tiene tiempo de mirar la vereda para no tropezarse o saber dónde me saqué las medias? Un día se me cayó una jarra con agua sobre una mesa. Otro, rompí unas gaseosas y unos vasos. Ahí prescindí de usar bandeja y comencé a llevar todo con las manos. Una vez se me cayó un bife de chorizo encima de un cliente. Se resbaló de la pinza con la que lo sostenía y rebotó en su camisa, su pantalón y fue a parar el piso. Mi ex jefe se está enterando de esto. Perdón Joel, no lo hacía queriendo. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue cuando rompí veintiocho platos, unas copas y unas jarras. Si, puse bien. Fueron veintiocho platos. Era una mesa de un ochenta centímetros por ochenta, no con una pata en cada vértice sino una sola en el medio. Sobre ella, dos pilas de unos cincuenta platos en total (además de vasos, copas y jarras) esperaban ser rociados con alcohol y secados. En mi apuro por terminar el trabajo antes de que llegaran los clientes, tomé una de las pilas de platos y la puse arriba del mueble más cercano para empezar a guardarlos. Después, me di vuelta y mi cerebro comenzó a transmitir en cámara lenta. La mesa iba por la mitad del recorrido hasta el suelo, vencida por la única pila de platos, que quedó sin contrapeso. Juro que vi esa mesa caer en cámara lenta. El estruendo que hicieron esos veintiocho platos, vasos, jarras, copas y cubiertos al caer me dejaron sordo y mudo. Sólo atiné a mirar con las manos en la cabeza, mientras todos mis compañeros de trabajo corrieron a ver que pasó. Incluso el jefe. Estaba yo parado ahí, con las manos en la cabeza, mirando lo que acababa de pasar. Me descontaron cien mil pesos colombianos en dos cuotas de cincuenta mil. Cobré cincuenta mil menos durante dos semanas. "¿Por qué no me echaban?" Pensé ahora. En realidad, me daban muy buenas propinas, porque atendía bien a los clientes. Además, hablaba inglés y eso era útil. Ayer econtré un texto que escribí en Colombia mientras trabajaba y quise compartirlo. “Jueves 17 de Marzo de 2016. Medellín, Colombia. Voy a contar como es un día normal de trabajo: Ese día llegué al restaurante a las nueve y cincuenta y ocho. Saqué las tapas de la ventana y las guardé en la bodega, al lado del baño. Limpié las mesas cuatro, ocho y nueve, que habían quedado sucias de la noche anterior. Barrí la vereda, el porche y saqué las mesas nueve y diez, con dos sillas para la nueve y cuatro para las diez. Les pasé un trapo, y puse servilletas en cada una. Subí las sillas arriba de las mesas de adentro y trapeé las cuatro partes del salón. Bajé las sillas y lustré las veinte mesas con blem. Me ocupé de que cada una tuviera servilletas de lujo; las comunes eran para la cocina. Puse individuales, cuchillo, tenedor y cuchillo de carne en cada una de las mesas: para cuatro personas en la uno, para dos en la dos, para cuatro en la tres, para tres en la cuatro, para dos en la cinco, para cuatro en la seis, para dos en la siete, para cuatro en la ocho, para tres en la nueve y para cuatro personas en la diez. Las mesas de atrás estaban limpias porque nadie las usó la noche anterior. A veces si las usaban y era más trabajo, pero ese día era jueves y el miércoles estuvo tranquilo. Me puse a pulir la loza: veintiocho platos ovalados, cuarenta y nueve cuadrados, diecisiete de postre, veinticuatro copas de agua y diecinueve copas de vino. Setenta y ocho cuchillos, cincuenta y nueve tenedores, treinta y cuatro cuchillos de carne, veintidós cucharas, cincuenta y cuatro cucharitas, tres cucharones para las berenjenas, el chimichurri y la salsa criolla. Llevé el resto de las cosas que estaban en la cocina y que no se pulían a la barra: veintiún vasos de chopp, treinta y dos vasos de cerveza, veinticinco vasos de gaseosa, seis jarras de sangría con sus respectivas cucharas para revolverla. Limpié la cafetera con agua y jabón y preparé café del bueno, elque era para los clientes. Diez tazas en dos litros de agua. Fumé un cigarrillo en el patio mientras tomaba café. Me lavé los dientes, me puse perfume, me peiné. Enchufé el parlante de afuera: estaban pasando el Chaqueño Palavecino. Escuchábamos el Chaqueño todo el día, porque el pendrive de música argentina que pasan en el restaurante tiene un montón de canciones del Chaqueño. Al principio me alegré por escucharlo en Colombia, después me cansó y después lo odié. Al final volvió a gustarme y todo el mundo tomaba al Chaqueño como motivo de risa. Los colombianos también. Pipe, el encargado de la barra, solía decir que pasó toda su vida escuchando rock n’ roll solo para darse cuenta que lo mejor del universo era el Chaqueño. Otra vez dijimos de donar el salario de una semana para imprimir una gigantografía del Chaqueño que colocaríamos en el restaurante. Nuestro sueño era que el Chaqueño fuera a comer algún día. Amor salvaje. Como a las doce llegaban los clientes. Atendí a dos amigos que comieron una parrillada con papas fritas y tomaron cuatro Club Colombia dorada; a un matrimonio con un bebé que pidieron pastel de papa y bife de lomo medio con puré y limonadas de sandía; a tres amigos que ordenaron un vacío bragyú tres cuartos con puré, una bondiola de cerdo con pura ensalada y un ojo de bife medio con papas fritas, todo con vino tinto de la casa; a dos parejas que almorzaron cuatro menús tres pasos: entrada, plato fuerte y postre, que fueron dos empanas de res, una ensalada de mar y una tarta de berenjenas de entrada; un locro, un churrasco medio con papas fritas y dos pasteles andinos de plato fuerte; un flan, dos echando raíces y una mousse tentación de chocolate como postre. A tres personas que hablaban inglés y parecían estar en una reunión de trabajo que comieron pollo a las brasas con puré, cuadril tres cuartos con papas fritas y salmón a la parrilla con alcaparras, y tomaron naranjada de fresa y Águila light michelada. También pidieron café. Le llevé un menú a la chica del frente que se quedaba con los platos y después los devolvía. Tomé como tres tazas de café, casi hasta la hora del almuerzo, como a la una y media de la tarde. La comida fue fideos con salsa bolognesa. Cocina bien, el cordobés, hay que reconocerlo, hasta el arroz le sale riquísimo. También comí unas papas fritas que sobraron del ojo de bife medio, y el señor de la bondiola no sé en qué estaba pensando cuando dejó ese pedacito, que cosa más rica. El Bacha, que se llama Gregorio pero le decimos bacha porque está en la bacha de lavar los platos se comió el resto del pastel de papas y un pedazo de cuadril. En general tiramos la comida que sobra, salvo lo que viene con buena pinta, eso nos lo comemos. Lo mejor es cuando dejan la milanesa a la napolitana a la mitad o cuando sobran parrillada, desde pedazos de vacío o cuadril, patas de pollos o un pedazo de entraña si tenías mucha suerte. Otro de los trucos era robar una molleja cuando servís mollejas, ¡qué cosa tan espectacular, las mollejas! No entiendo como hay gente a la que no le gusta. La lengua a la vinagreta es una caricia al alma también, y una vez probé unos ñoquis con salsa de cuatro quesos que se me cayeron las lágrimas de pura nostalgia por mi país. Y mis manos temblorosas se quemaron, seducidas por el fuego de tu piel. Seguí atendiendo a clientes y levantando los platos de las mesas que terminaban de comer. Había que quitarles las sobras (y comer lo que se veía bien, pero sin que se entere Joel) y ponerlas en la bacha, para que el Bacha los lave y después nosotros los fajinemos, platos ovalados, cuadrados y de postre, jarras, vasos, copas, cuchillos, tenedores y cucharas, todo de nuevo, a veces hasta tres veces por día. Las copas necesitaban un proceso más sofisticado: se ponía alcohol en una frapera, se le echaba agua caliente y se sumergían las copas allí, para después pasarles una servilleta especial que las dejaba relucientes. Una vez un alemán que no comía ni tomate ni pimiento, y además era celíaco y alérgico a los mariscos y a las cosas rojas en general, se quejó porque dos copas estaban sucias, y tenía razón, porque las copas estaban sucias y fue raro, porque jamás estaban las copas sucias en ese restaurante. Hay que ver lo limpio que era. Seguro fue la chica nueva, la que duró un solo día. “No estoy en una etapa de mi vida en la que pueda sentir presión”, dijo, y se fue. Y nos vio la madrugada con ojeras, desvelados, diciéndonos adiós. Cuando se terminaron de ir los clientes y limpié todo me senté a doblar servilletas. Ahí llegó mi jefe y me dijo que estaba cansado de verme sentado y que a ver si me ponía de una vez a trabajar". Ya no trabajo en ese lugar y ni siquiera vivo en Medellín. Sin embargo un año después, me quedan algunos amigos allá y con frecuencia nos escribimos. El otro día me hablo Fernanda, y me dijo con frecuencia se acuerdan de mí. "Después de que te fuiste, cada vez que algo se rompe, alguien dice que es tu espíritu que anda dando vueltas." En lo personal, me gusta saber que me recuerdan por algo. Aunque sea por ser el mesero al que se le caían las cosas. Como una selva tropical nos incendiamos en un instante, sin saber que no dejamos ni una ramita de ilusión para después. Resumen lvl 5: pegué laburo como mozo en Colombia y como soy un pelotudo rompi un montón de cosas, le tiré un bife a un cliente y una vez rompí 28 platos de una, pero como atendía bien a los clientes, trabajaba como burro y hablaba inglés igual no me echaron.
El mesero al que se le caían las cosas
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