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El 24 de marzo de 2004, el día que Kirchner hizo bajar el cuadro del Colegio Militar
Aquel día el entonces presidente tomó una decisión histórica, cuando le ordenó al titular del Ejército, Roberto Bendini, que bajara de una de las galerías del Colegio Militar los cuadros de Videla y Reynaldo Bignone.
"Proceda", le dijo Kirchner a Bendini durante el acto para recordar los 28 años del golpe de Estado de 1976. En ese acto Kirchner destacó que el retiro de los cuadros marcaba "definitivamente un claro posicionamiento" del país, de las Fuerzas Armadas, del Ejército y de él mismo, en su carácter de presidente y de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, "de terminar con esa etapa lamentable" y de que esté "consolidado el sistema de vida democrático y desterrado el terrorismo de Estado".
Tras saludar a los estudiantes que aguardaban su llegada, Kirchner se trasladó hasta la denominada "galería de directores" del Colegio Militar, donde, luego de darle la escueta orden de "proceda", Bendini, descolgó los cuadros con los rostros de los dictadores Videla y Bignone que nunca, desde el retorno de la democracia, habían dejado de estar exhibidos en el lugar.
En el discurso que pronunció tras el emblemático gesto, Kirchner instó a las Fuerzas Armadas a "nunca más utilizar el terrorismo de Estado y las armas contra el pueblo argentino".
"Nunca más tiene que volver a subvertirse el orden institucional en la Argentina. Es el pueblo argentino por el voto y la decisión de él mismo, quien decide el destino de la Argentina. Definitivamente terminar con las mentes iluminadas y los salvadores mesiánicos, que solo traen dolor y sangre a los argentinos", comenzó Kirchner su discurso.
En una breve alocución, el presidente señaló que "no hubiera querido nunca tener que estar ante esta instancia, porque recordar el 24 de marzo de 1976 es uno de los instantes más dolorosos y más crueles que le ha tocado vivir a la historia argentina en su conjunto".
El mandatario señaló además que "los argentinos todos, civiles, militares, tengamos la responsabilidad que tengamos, tenemos que generar un acto de conciencia y de identidad que nos permita definitivamente entrar a marcar en el ángulo justo de la historia aquel hecho terrible y lamentable".
"Quiero dejar en claro que el terrorismo de Estado es una de las formas más injustificables y sangrientas que le pueden tocar vivir a una sociedad. No hay nada, por lo grave que sea, que esté pasando en un determinado momento de la sociedad argentina o de cualquier sociedad, que habilite el terrorismo de Estado", agregó el entonces presidente.
Télam 17/05/2013
Poema de un desaparecido, leído por un ex presidente argentino:
Publicado el 29 dic. 2014
La CONABIP y las bibliotecas populares recuerdan a Néstor Kirchner
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Joaquín Enrique Areta. Desaparecido el 29/6/78
Joaquín tenía 23 años. Era correntino. Estaba en pareja con Adela Segarra y tenían un hijo, Jorge. Era obrero y poeta. Además era un jefe montonero. Militó en la Ciudad de La Plata, entre otras organizaciones, en la Unión de Estudiantes Secundarios.
Fue secuestrado en la zona del Batallón de Arsenales 101 de Villa Martelli. No tenemos testimonio de su paso por un C.C.D. - pero un provinciano con el apodo "Néstor" de apellido Areta, fue visto en la ESMA en junio de 1978. Néstor era rubio, de ojos celestes, robustos y de estatura mediana. Si alguien puede comprobar o negar que Joaquín era Néstor, por favor escríbannos.
Su poema "Quisiera que me recuerden" fue elegido para un libro de escritos de desaparecidos y leído por el Presidente Néstor Kirchner.
Quisiera que me recuerden:
Quisiera que me recuerden sin llorar
ni lamentarme
quisiera que me recuerden por haber hecho caminos
por haber marcado un rumbo
porque emocioné su alma
porque se sintieron queridos, protegidos y ayudados
porque interpreté sus ansias
porque canalicé su amor.
Quisiera que me recuerden junto a la risa de los felices
la seguridad de los justos
el sufrimiento de los humildes.
Quisiera que me recuerden con piedad por mis errores
con comprensión por mis debilidades
con cariño por mis virtudes,
si no es así, prefiero el olvido,
que será el más duro castigo por no cumplir mi deber de hombre.
Su hermano Iñaki también fue detenido-desaparecido.
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Un tal Jorge Julio López
Inmortalizado en la figura del testigo que declaró contra Miguel Etchecolatz, poco se conoce sobre la historia y la identidad del único ex detenido-desaparecido de la dictadura que volvió a desaparecer en democracia. El pueblo donde creció, los paseos en sulky, el peronismo, la máxima aventura de su vida, la militancia barrial y más.
Jorge Julio López es bandera. Es esténcil y graffiti. Es remera, pancarta y consigna. Es una foto con boina y otra con los ojos cerrados, en blanco y negro. Es el video de su testimonio en el juicio a Miguel Osvaldo Etchecolatz. Es grito, marcha y reclamo. Es el único ex detenido-desaparecido de la última dictadura que sobrevivió y volvió a desaparecer en democracia, hace diez años. Pero, además, ¿quién fue Jorge Julio López?
López fue también El Gallego, Tito, El Viejo. Antes de su segundo secuestro, de hecho, nadie lo llamaba Julio. Fue poco después de su desaparición, el 18 de septiembre de 2006, cuando en el apuro por la confección de un texto urgente reclamando su aparición con vida quedó afuera su primer nombre y se instaló para siempre el segundo.
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El Viejo fue niño en la localidad bonaerense de General Villegas, donde nació el 25 de noviembre de 1929. Creció con cinco hermanas mujeres y le llevaba 20 años a su único hermano varón. Estudió hasta sexto grado y dejó el colegio para ayudar en su casa con las tareas rurales. Ahí donde en 1944 la noticia sobre la aprobación del Estatuto del Peón -que regulaba el trabajo en el campo en beneficio de los trabajadores- fue motivo de festejo. Era una iniciativa de Juan Domingo Perón, por entonces a cargo de la Secretaría de Trabajo y Previsión.
—Cuando entró Perón acá cambió la situación.
—Se transformó.
—Vos antes andabas con un peso en el bolsillo.
—Entonces vino Perón y puso el Estatuto del Peón: 85 pesos, tres veces más de lo que ganaban antes.
—Y después de ahí empezó a cambiar, a cambiar… ¡¿Cómo no te ibas a hacer peronista!?
Así se colaba el tema entre dos viejos amigos de López, reunidos en Villegas para recordarlo, aunque repetían una y otra vez que en aquellos años eran apolíticos. El peronismo ya se había instalado hacía rato en la casa de los López cuando Tito tuvo que dejar General Villegas para cumplir con el servicio militar obligatorio. El destino: Junín de los Andes. Ahí vivió una de sus grandes aventuras. Como solado le tocó participar del llamado Proyecto Huemul, iniciativa de un científico austríaco que prometía generar energía mediante fisión nuclear.
La idea fascinaba a Perón, que alentó la construcción de una central nuclear en la Isla Huemul. Era una misión secreta, que mereció la felicitación en persona y un premio en dinero de Perón y Evita para todos los conscriptos que trabajaron en su construcción, aunque a nivel científico terminó en un fracaso. Era una de esas historias que, cuando López las contaba, generaban incredulidad en sus interlocutores. Pero ahí están los documentos para confirmar que sí: que López participó de esa aventura llamada Proyecto Huemul.
Después de la colimba, los veintipico pasaron en el pueblo de Elordi, en las afueras de General Villegas. Entre el trabajo en el tambo familiar, los bailes en el club, los partidos de fútbol y las salidas a los pueblos vecinos a bordo del sulky tirado por la yegua bautizada “La Machona”. López se prendía en todas. Los amigos le decían “sal gruesa”, porque no faltaba en ningún asado.
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En 1955 cambió el clima. En Elordi, también. “Cuando el lío que lo sacan a Perón me tuve que ir de allá porque andaba una patota de la Federal y se los estaba llevando a todos. Entonces, el comisario me dice: ‘Tomate el piojo por se viene una patota de militares’”, contó el propio López en la entrevista que le hizo el sociólogo Horacio Robles, poco antes de su segunda desaparición. El comisario de Elordi era el padre de su amigo Cacho. El policía también era peronista y ese año se retiró de la fuerza y se mandó a mudar.
En La Plata, López se instaló en la localidad de Los Hornos. Trabajó en la zona de quintas hasta que se dedicó de lleno a la albañilería. De a poco, fue agrandando la casita que pudo comprar para vivir con Irene, su mujer. En esa casa nacieron sus hijos, Ruben y Gustavo. En esa casa, en 140 y 69, vivía cuando la militancia montonera empezó a llegar al barrio.
En 1973, López se acercó a la Unidad Básica Juan Pablo Maestre, a pocas cuadras de su hogar. Ahí conoció a un grupo de universitarios que respondían a Montoneros y comenzaban a hacer trabajo territorial en Los Hornos. López, con cuarenta y pico, los duplicaba en edad. Se convirtió en el experto del grupo en cuestiones prácticas: hacer veredas, reparaciones, arreglos en el barrio.
Trabajador y padre de familia, iba a la unidad básica cuando podía. No era un cuadro montonero, era un militante barrial que colaboraba con esa organización. De esos que no pasaron a la clandestinidad ni se exiliaron después del golpe del 24 de marzo. Por eso, la noche del 27 de octubre de 1976, la patota al mando de Etchecolatz lo sacó de su propia casa. La oleada represiva arrasó esa noche en Los Hornos, llevándose a varios militantes del barrio. Antes de volver a desaparecer en democracia, López era uno de los pocos sobrevivientes que quedaban de la Unidad Básica Juan Pablo Maestre.
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La primera vez que López desapareció, su cautiverio duró dos años y medio. Pasó por un centro clandestino que él identificó como Cuatrerismo, por el Pozo de Arana, por la Comisaría Quinta y la Octava. Finalmente, fue blanqueado y quedó como preso político en la Unidad 9 de La Plata.
Mirando por los agujeros del pulóver con el que le habían tapado la cara y por la mirilla de una puerta, y usando sus otros sentidos y sus dotes de albañil, López logró identificar casi todos los sitios por los que pasó. Por el ruido a avionetas y el olor a chanchos supo que el primer lugar de cautiverio estaba cerca un criadero que conocía. El Pozo lo reconoció porque había hecho algunos arreglos en esa construcción años antes: era la estancia La Armonía, en Arana.
Ahí estaba secuestrado cuando vio que los represores ingresaban con nuevos cautivos: entre ellos estaban Ambrosio de Marco y Patricia Dell’Orto, sus compañeros en la unidad básica. “López, no me fallés. Si salís… el único que puede salir de nosotros sos vos. Andá, buscalos a mi mamá o a mi papá, a mis parientes, a mis hermanos y deciles… y dale un beso a mi hija, de parte mía”, llegó a decirle Patricia antes de ser asesinada. Al rato, López fue testigo del fusilamiento de sus compañeros. Pasarían más de dos décadas hasta que lo pudiera contar públicamente por primera vez.
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El 25 de junio de 1979 López fue liberado de la Unidad 9 de La Plata, donde permanecía como preso político. Unos días más tarde habló con su patrón y volvió a trabajar como albañil. Como si cerrara un paréntesis de dos años y medio, retomó su vida anterior al secuestro y no habló sobre lo que había pasado en el medio. En su casa, al menos, optó por el silencio.
Pero, al mismo tiempo, oficiaba de detective. Con la excusa de llevar a sus pibes de picnic o a cazar pajaritos, recorría las zonas donde había estado cautivo. Cuando iba al banco, identificaba a algunos de los policías que había visto en los centros clandestinos. Preguntaba en el barrio y tomaba nota en el reverso de almanaques viejos o en bolsas de cal, cuando se sentaba a escribir en medio de las obras en construcción.
“Archivo negro de los años en que uno vivía a donde termina la vida y empieza la muerte”, tituló a esos escritos. En total, unas cien hojas, divididas en tres carpetas. Sus hijos las encontraron en los primeros días tras la desaparición y las mantuvieron en reserva. Sólo circularon algunas hojas que López le había dado a un ex compañero de militancia, Jorge Pastor Asuaje, pidiéndole que lo ayudara a “hacer justicia”.
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A fines de los ’90 el silencio se empezó a romper. En La Plata comenzaron los Juicios por la Verdad, que no tenían consecuencias penales pero sí apuntaban a la obtención de información cuando la justicia real no era una posibilidad. A una de esas audiencias se acercó López, solo.
Otros sobrevivientes, Rufino Almeida y Nilda Eloy, fueron los primeros en escucharlo. Hacía veinte años que tenía atragantado su relato. Y claro, salió a borbotones y de forma desordenada. “La historia de Julio era muy confusa, la primera imagen que tuve fue ‘es un viejo loco’. Suele pasar que se acercan y te dicen cualquier cosa. Además su relato era que había estado en varios campos y que conocía varios lugares, todo su discurso era entreverado”, se acuerda Rufino. Pero, con el tiempo y el diálogo con otros sobrevivientes, las partes se fueron hilando.
Además, había datos. Como en aquel recorrido por Arana con otros ex detenidos-desaparecidos, donde el albañil habló sobre un avión que se había caído en la zona. “¿Este viejo no estará fantaseando?”, preguntó uno de los presentes. Hasta que todos se toparon con los restos de una vieja avioneta, arrumbados a un lado del muro perimetral del ex centro clandestino. Una vez más, el viejo tenía razón.
Sin contar nada en su casa, López declaró como testigo en el Juicio por la Verdad en La Plata en 1999. Fue su primer testimonio público. Su familia, de todos modos, se enteró porque salió un recuadrito en un diario local. Pero López no mezclaba las esferas de su vida: su mujer y sus hijos, por un lado, sus compañeros de militancia, por otro.
***
Recién en 2006 estaba empezando a juntar esos dos mundos. Tras la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, se reabrió el camino de los juicios a los represores y el de Etchecolatz fue el primero en comenzar. El 28 de junio de ese año López dio la última declaración judicial de su vida. Pero, a diferencia de la primera, esta vez le había avisado a su familia. De hecho sus hijos estaban ahí. Escucharon y lloraron. Nunca antes habían oído a su padre contar el periplo de su primera desaparición.
Para su cumpleaños número 77, López pensaba terminar de concretar la unión entre las dos esferas de su vida. Quería organizar un festejo que reuniera a su familia y a sus compañeros de militancia y abogados. Ellos le habían propuesto hacer una vaquita para bancar los gastos de la fiesta. La segunda desaparición de López truncó el plan.
El 18 de septiembre de 2006 era el día de los alegatos. López debía estar presente en los tribunales platenses y estaba ansioso por ver en vivo y en directo a Etchecolatz, que no había estado durante su declaración. Acordó con su sobrino Hugo que lo pasaría a buscar temprano por la casa de Los Hornos para ir al centro de La Plata.
Pero, esa mañana, López se esfumó. Alguien lo esfumó. Salió de su casa por voluntad propia –no hay puerta forzada u otro indicio en sentido contrario- y caminó en un radio de pocas cuadras alrededor de su casa en el horario en que ya debía estar llegando al juicio. Cinco vecinos que lo conocían fueron testigos de esa caminada. Adónde iba, convocado por quién y con qué excusa son preguntas sin respuesta, hasta ahora.
La última imagen de López con vida de la que se tenga registro la tuvo un vecino suyo, Abel Horacio Ponce. Esa mañana de la que hoy se cumplen diez años, Ponce vio a López parado en la calle 66, de espaldas a los autos y mirando de frente a las fachadas. “Entre la verdulería y el local de Edelap”, dijo Ponce. Ahí mismo, con los cajones de verdura de un lado y la empresa de servicios eléctricos del otro, vivía una mujer policía que integraba las filas de la Bonaerense y estaba en la agenda de Etchecolatz, para quien había trabajado durante la dictadura.
Esa casa nunca se allanó y no hay quien cuente si el albañil entró allí o cuál fue su destino aquel 18 de septiembre de 2006. Diez años después este texto, como el plan para festejar su cumpleaños número 77, queda trunco. Para que el último capítulo de la historia de Jorge Julio López pueda escribirse, la Justicia debería determinar quiénes y qué hicieron con él.
Por Luciana Rosende.
Políticargentina.com 17.09.2016 / A 10 AÑOS DE LA SEGUNDA DESAPARICIÓN DEL ALBAÑIL
Publicado el 18 sep. 2013
Desaparecer esperando la condena, la historia de Jorge Julio López
Un libro que repasa momentos claves del caso que lleva años de impunidad, en plena democracia.
Para que su caso no desaparezca de la opinión pública, el periodista Miguel Graziano escribió “En el cielo nos vemos”, que refleja momentos claves de la historia de Jorge Julio López.
Este albañil, clave en el juicio contra represores de la provincia de Buenos Aires y que desapareció en plena democracia, es recordado en este libro donde se conocen detalles de los últimos instantes antes del desconocimiento de su paradero.
Graziano se atreve a contarlo, descarnadamente; algo que resulta indispensable en estos tiempos de necesidad de búsqueda de la verdad pero en medio de la incertidumbre que genera esta desaparición, en pleno ciclo democrático.
Aquí, una parte del capítulo “Desaparecer, esperando la condena”.
La boina azul, la campera bordó y los mismos zapatos que usó en cada una de las audiencias del juicio, sin importar si hiciera frío o calor, estaban en el living, preparados sobre una silla. Gustavo pensó que su papá se había quedado dormido y se metió en su habitación. Su lado de la cama estaba abierto. Fue hasta el baño. No estaba ahí. Irene recién se despertaba.
—¿Dónde está el viejo? —preguntó.
—Habrá salido a caminar —dijo Irene, entre dormida.
—Pero se nos hace tarde.
—A mí no me dijo nada. Fijate afuera.
Gustavo salió a la vereda. Miró extrañado a su alrededor. Caminó hasta la carpintería de su hermano y llamó a su papá. Nadie contestó. Volvió a la casa, lo buscó otra vez en el patio, entró de nuevo al dormitorio, abrió la puerta del baño.
—¿Dónde se habrá metido? —insistió.
—Yo no lo vi.
—¡Cómo que no lo viste, mamá!
—¡Recién me despierto! —se justificó Irene—, tal vez salió a caminar.
—Qué pelotudo… vamos a llegar tarde…
—¿Y qué querés que haga? ¡Si yo no quiero que vaya a ningún lado! ¡Yo quiero que se olvide!
***
La de Jorge Julio López es la historia de un albañil que fue secuestrado, encarcelado y torturado. En las tinieblas fue testigo de la muerte de una generación de jóvenes con los que se había comprometido a construir un mundo mejor. Sobrevivió y aprendió a vivir en silencio, a soportar la indiferencia. Fue sabueso de su propia memoria, no para buscar a los asesinos de sus compañeros, que a esos ya los conocía, sino para denunciar lo que hicieron. “Los argentinos tienen que saber”, decía. A los 77 años, cuando había encontrado justicia, después de haber dado testimonio, fue otra vez desaparecido. En la última aventura de su vida, entre la noche del domingo 17 y la madrugada del lunes 18 de septiembre de 2006, le abrió la puerta a la muerte. Se lo llevaron. Su ausencia se investiga como una “presunta desaparición forzada” y es el manual de la perfecta impunidad.
***
El domingo, habló con Nilda.
—¿Estás segura que va a estar?
—Claro, Jorge, tiene que ir.
—¿Segura? Cuando fui a declarar también me dijeron que iba a estar y al final…
—… lo que pasa es que no era obligatorio que estuviera en la sala. Ahora sí. Son los alegatos y tiene que estar presente.
—Al fin le voy a ver la cara. ¿A qué hora nos encontramos?
—Y… antes de las 9 y media, así firmamos las acreditaciones para que tu familia pueda entrar a la sala.
Cuando cortó, llamó a su sobrino Hugo. Quería confirmar que lo pasara a buscar temprano.
—¿A qué hora empieza el juicio? —preguntó Hugo.
—Como a las 10.
—¿Te paso a buscar a las 9?
—Sí. Tenemos que ir un rato antes para que nos den las acreditaciones —dijo López.
—¿Gustavo viene con nosotros?
—Viene Gustavo solo, porque Ruben tiene que ir a Buenos Aires a entregar un trabajo.
Hizo los mandados, regó las plantas y abrió la puerta a sus perritas Lupita y Violeta, para que salieran a la vereda, como siempre. Se tiró a dormir la siesta y estuvo en la carpintería de Ruben, instalada en lo que había sido el patio de su casa. Ruben cargaba la camioneta con los muebles que debía llevar a Buenos Aires para instalar en una casa de Martínez, sobre la avenida Libertador, a dos o tres cuadras del río.
Tomó unos mates con salvia, que le habían recomendado para la gota, y no dijo ni una palabra de lo que pasaba en su casa. Irene no estaba para nada contenta. Tampoco habló sobre el juicio. Cuando terminó su trabajo, Ruben partió cargado hacia su casa en Berisso. Tenía que trabajar. A las siete saldría rumbo a Buenos Aires. Había decidido que no acompañaría a su papá.
Gustavo, el menor, no apareció hasta la noche.
López cenó con su mujer y su hijo. Como era su costumbre desde aquella noche de 1976 en que una patota parapolicial se llevó a su marido y la dejó sola con sus dos pequeños hijos, Irene tomó una pastilla para dormir y se acostó. Gustavo se fue a su habitación. Estaba recién separado y no andaba bien, así que se encerró en su cuarto a escuchar por radio el partido que Gimnasia jugaba de visitante con Banfield en el insólito horario de las 9 de la noche por la séptima fecha del fútbol local.
López se quedó solo, levantado, mirando Fútbol de Primera por televisión. Aquel domingo Boca había empatado 0 a 0 con Godoy Cruz, pero celebraba con una vuelta olímpica la Recopa que acababa de ganarle al San Pablo, en Brasil, y le realizaba un homenaje al nuevo técnico de la Selección Nacional: Alfio Basile. Le gustaba el fútbol y era fanático de Boca. Aunque estaba nervioso por el juicio, se entretenía.
Irene dormía cuando él entró al cuarto, abrió su lado de la cama y se dio cuenta de que le sería difícil pegar un ojo. Quizá durmió un poco.
Es lo último que, aún sin certezas, puede saberse sobre él.
Así relatan sus hijos la segunda desaparición de López. Gustavo se despertó a las 7.30 y pensó que su papá estaba en la cama. Vio que la casa estaba en orden y que la ropa que iba a ponerse permanecía apoyada sobre la misma silla donde la había dejado la noche anterior.
Empezó a preocuparse cuando advirtió que pasaba la hora y no se levantaba. Lo buscó en el dormitorio y recorrió la casa, dio una vuelta manzana y apenas su primo Hugo pasó a buscarlos salieron apurados hasta la Municipalidad de La Plata, donde se desarrollaba el juicio. Se les ocurrió que tal vez hubiera ido por las suyas.
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Gustavo y Hugo se encontraron con Nilda a las nueve y cuarto. La preocupación les marcaba el rostro.
—¿Ya llegó mi papá? —preguntó Gustavo.
—No —se sorprendió Nilda—. Pensé que iba a venir con ustedes.
—Mi papá no está —advirtió.
—¿Cómo que no está?
—No aparece. Pensamos que estaba ansioso y que había venido solo.
—Dejame que me fije adentro.
Sorprendida, Nilda entró a la Municipalidad. López no estaba. Era muy temprano y todavía no había casi nadie. Faltaba más de una hora para que comenzara la audiencia.
Había llegado al final del juicio muy entusiasmado, pero resultaba incomprensible que hubiera decidido ir hasta la sala por las suyas. Faltaba menos de media hora para que empezara la audiencia y era muy puntual. Si tenía una cita, exigía que se cumpliera en tiempo y forma. Su ausencia era inexplicable.
Gustavo repasó la mañana y contó que la ropa que su papá iba a usar, la boina azul, la campera bordó y los mismos zapatos que usó en cada una de las audiencias, sin importar si hiciera frío o calor, habían quedado en el living de su casa, preparados sobre una silla.
—Lo chuparon —dijo Nilda. Era una palabra que no usaba desde la última dictadura militar.
Gustavo y Hugo pidieron un rato para hacer una búsqueda por el barrio, para hablar con los vecinos, saber si lo habían visto, pasar por el hospital, la salita médica. Intercambiaron sus números de teléfono con algunos de los abogados y prometieron llamar para avisar en el preciso momento en que tuvieran novedades.
Los primos salieron a buscar su camioneta para volver a Los Hornos. No estaba. La había dejado mal estacionada y se la habían secuestrado. Volvieron a la sala. El fotógrafo Gerardo Dell’Oro los llevó a hacer la recorrida en su auto y fue el encargado de pasar las novedades a los que estaban en la sala.
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—¿Qué hacemos? —preguntó Verónica.
—¿Cómo vamos a seguir el juicio si chuparon a un compañero? —preguntó Adriana.
—Tal vez se sintió mal, se angustió porque sabía que iba a ver a Etchecolatz —especuló Guadalupe.
—Se lo llevaron —insistió Nilda.
Había que demorar el juicio. Y había que denunciar el hecho. Pero cuál. Con qué certeza. El último paso procesal debía comenzar a las 10 de la mañana, pero López no estaba.
Las abogadas Myriam Bregman, del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos; Guadalupe Godoy, de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre; Liliana Mazzea, de la Fundación Investigación y Defensa Legal Argentina; Liliana Molinari, del Comité para la Defensa de la Salud, la Ética y los Derechos Humanos; Verónica Bogliano, de HIJOS La Plata, y el abogado Fernando Molinas, de Liberpueblo, llevaban adelante una querella unificada bajo el nombre de Justicia Ya! Representaban a López, a Nilda y a la Asociación de Ex detenidos desaparecidos y habían decidido alegar todos juntos. Se trataba de un mismo alegato, dividido en seis partes. El tribunal había limitado la participación de los abogados a dos por cada querellante. Sin López, dos de ellos no iban a poder alegar. Además, como no actuaban con un poder, tampoco podrían pedir condena en su nombre.
—Hay que decir que lo secuestraron —afirmó Adriana.
—Pero no sabemos —advirtió Guadalupe.
—Si nos equivocamos, pedimos disculpas —retrucó—. Queremos que lo busquen en serio, que empapelen la ciudad.
Guadalupe y Adriana se reunieron con el tribunal y pidieron que les dieran un poco de tiempo para encontrarlo.
Los jueces, incrédulos de que una tragedia igual a la que había sufrido treinta años antes pudiera volver a ocurrirle al testigo, demoraron el inicio de la audiencia, pero solo por un rato. Simplemente no contemplaban la posibilidad de que hubiera sido secuestrado.
Guadalupe estaba decepcionada, pero también ella tenía dudas sobre lo que podría haberle pasado a López. Adriana no podía creer que todos a su alrededor se mostraran desconfiados. Para ella, no había dudas.
El horror del pasado se les venía encima, pero la mayoría trataba de encontrar una explicación distinta al suceso. No querían aceptarlo. Solo algunos pocos, a esa hora del día, sostenían que Jorge Julio López había sido secuestrado. Sin embargo, ni siquiera ellos tenían certezas sobre su destino. Tal vez lo asustaron y lo largaron, especulaban. Tal vez lo larguen después de los alegatos, sospechaban. Estarán negociando algo con el Gobierno, decían.
La sala empezaba a llenarse de gente que no sabía lo que ocurría pero entendía que no podía ser algo bueno. Se escuchaba un rumor que se hacía más nervioso con cada minuto que pasaba. Pronto, la noticia sobre la ausencia empezó a correr de boca en boca.
Había que alegar y, al mismo tiempo, salir a buscar a López. No podían descartar ninguna hipótesis. Mientras los abogados preparaban una estrategia para sentarse ante los jueces, los familiares y ex detenidos salieron a recorrer la ciudad.
La mayoría de los abogados había transitado el fin de semana en vela, preparando lo que iba a decir aquel lunes. Estaban agotados y este acontecimiento totalmente inesperado y sorprendente los dejaba con la cabeza en cualquier lado.
A las 11.30, el Tribunal Oral Federal Nº 1, presidido por Carlos Rozanski e integrado por los jueces Norberto Lorenzo y Horacio Insaurralde, estaba listo para iniciar la audiencia.
Clarin.com 18/09/2013
¿Qué pasó con Jorge Julio López?
La desaparición de López sigue siendo un tema tabú. ¿Estuvo metido un grupo de la Policía Bonaerense en el operativo?
Una de las grandes batallas simbólicas supuestamente ganadas por el kirchnerismo fue haber instalado que durante la "década ganada" se levantaron las banderas de los derechos humanos, que, de 1983 al 2003, nunca habían sido levantadas. Pocas voces osaron desmentir la versión oficial. Fue el caso del fallecido fiscal del juicio a las Juntas, Julio Strassera, que no se subió a la idea de que había que pedir, como dijo el ex presidente Néstor Kirchner el 24 de marzo del 2004 en la ex Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), por los olvidos cometidos por la democracia argentina con los derechos humanos. Rafael Flores, ex diputado nacional de Santa Cruz, recuerda la nula militancia de los Kirchner en el sur por denunciar los crímenes cometidos por la última dictadura militar: "Se dedicaron a hacer plata y a rematar casas por la 1050 de José Martínez de Hoz". La persecución política que habrían sufrido los Kirchner durante aquellos sangrientos años es un insulto a la lucha de la militancia política de los setenta y una banalización de la historia.
El 18 de septiembre del 2006, Jorge Julio López desaparecía. Días atrás, había declarado en el juicio contra el represor Miguel Etchecolatz. Su torturador ocupaba el puesto de director de Investigaciones de la Policía Bonaerense durante la dictadura. La sucesión de Néstor Kirchner no estaba definida y las multitudinarias marchas en reclamo de seguridad, encabezadas por un padre que había perdido a su hijo, llenaban plazas. El panorama político parecía incierto. Un pequeño grupo de periodistas y algunos diputados como Elisa Carrió empezaban a denunciar a la corrupción montada desde el Poder Ejecutivo. Y López desapareció en un confuso hecho que tuvo decenas de idas y vueltas investigativas. Se demostró que la puerta de su domicilio, en el barrio policial de Los Hornos, de La Plata, no había sido forzada. "Se fue por voluntad propia, tal vez engañado", decía su hijo Rubén. López tenía 77 años, la familia se demoró en realizar la denuncia y el por entonces gobernador de Buenos Aires, Felipe Solá, anunciaba una recompensa de 200 mil pesos para quien brindase datos sobre el paradero del desaparecido en democracia.
El fiscal Marcelo Martín y la jueza Marcela Garmendia abandonaban la investigación. Los reemplazaban Arnaldo Corazza y, más tarde, el polémico juez electoral Manuel Blanco. Nadie respondía por qué si López era un testigo clave, no lo habían protegido como se debía. ¿Lo era? Hebe de Bonafini dudaba de su testimonio y trató a la víctima de soplón. Habló y se calló repentinamente. Edgardo Binstock, ex subsecretario de Derechos Humanos de la provincia, confesó, en mi libro El negocio de los derechos humanos: "Etchecolatz habría sido juzgado igual" y "lo de López fue importante pero no fundamental".
Luis Alén, número dos de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación de Kirchner, me dijo: "Lo que pasó con López fue impensado". Para el abogado de la familia, Alfredo Gascón, no había voluntad de investigar. ¿Por qué? Pasarían ocho años en Casa Rosada y Cristina Fernández jamás mencionaría el nombre de López, como si estuviese prohibido.
Antes y después de la desaparición de López, los testigos siguieron viviendo en peligro. El Estado se desentendió, como si tuviesen lepra, con excepciones, como Leonardo Fariña en los últimos tiempos. El pacto de silencio se mantuvo durante años. Más aún en las posibles conjeturas relacionadas con la extraña desaparición de Jorge Julio López. Poco después, Néstor Kirchner quiso tapar el tema pidiendo que apareciera otro testigo clave: Luis Gerez. En cadena nacional, apuntó al ex comisario Luis Patti, que había sido electo diputado nacional. Noventa minutos después, dos niñas reconocían a Gerez y alertaban a la policía de Escobar. La historia oficial se reprodujo en los canales de televisión. Pocos se animaron a cuestionarla. Gerez lloraba desconsolado y gritaba: "Le debo la vida, Presidente".
Luego llegaría Juan Puthod, que incluía una aparición todavía más dudosa. Hasta su propia familia me confesó sus dudas: "Juan siempre creyó que lo habían secuestrado desde la propia Secretaría de Derechos Humanos".
La desaparición de López sigue siendo un tema tabú. ¿Estuvo metido un grupo de la Policía Bonaerense en el operativo? ¿Qué intereses se tocaban si se investigaba seriamente la desaparición de López? Su familia y la sociedad argentina aún esperan conocer la verdad.
Infobae OPINIÓN Por Luis Gasulla 18 de septiembre de 2016
Subido el 18 sep. 2010
LA DÉCADA IMPUNE
Seguir preguntando por Julio López en la era macrista
En unos meses se cumplirán diez años de la segunda desaparición del testigo clave en el juicio contra el genocida Miguel Etchecolatz. Las preguntas que no respondió el kirchnerismo siguen aún vigentes.
Seguir preguntando por Julio López en la era macrista.
Hoy no es 18 de septiembre y todavía faltan algunos meses para que se cumplan los diez años de la desaparición de Jorge Julio López. Sin embargo hay quienes seguimos sintiendo en las tripas la ausencia de “el Viejo”, como le decían sus compañeros.
Por eso lo recordamos más allá de los aniversarios y porque si hay alguien que supo de resistencias fue él. López sobrevivió a los campos de exterminio, aguantó silenciar sus recuerdos por años a pesar de que lo atormentaban, hasta que tomó coraje para enfrentar a sus verdugos junto a los demás sobrevivientes, que lo fueron rodeando de la contención necesaria para armar el rompecabezas de datos y detalles que había en su cabeza.
Sin embargo, las bandas de sicarios del terrorismo de Estado aún activas quisieron demostraron su poder, marcar la cancha y, para eso, lo eligieron como blanco, allí en las afueras de La Plata, vulnerable, a pocas horas de la primera sentencia por genocidio en un juicio de lesa humanidad.
No pudieron frenar los procesos que se ponían en marcha para juzgar los delitos cometidos durante la dictadura porque los testigos, abogados y funcionarios no se dejaron intimidar por la ola de amenazas que sobrevino a la desaparición de López. Pero lograron reinstalar la percepción colectiva de que se puede desaparecer en Argentina.
Cuatro desapariciones:
Solía decir su compañera Nilda Eloy que López desapareció cuatro veces: en dictadura, en democracia, en el expediente judicial y por último en los medios, salvo para los aniversarios y cada vez menos.
¿Qué queda entonces de su memoria? Durante esta década, cuando el interés mediático comenzaba a declinar hasta el olvido, López sólo aparecía mencionado ocasionalmente en la revista Barcelona, el diario Página12 y el programa Marca de Radio, además de en algún medio alternativo.
En 2013 fueron publicados dos libros, En el cielo nos vemos, de Miguel Graziano, quien le permitió a esta columnista escribir su prólogo, y Los días sin López, de Werner Pertot y Luciana Rosende. Con enfoques diferentes, ambos contaron la vida, la circunstancias de su desaparición y la vergonzosa investigación judicial.
“Fue víctima de la desaparición forzada, el horror y la cárcel. Sobrevivir fue su primer acto de resistencia”, escribió Graziano. En tanto, la obra de Pertot y Rosende describió la llamada “pista de los penitenciarios”, en referencia a los agentes que López también identificó y acusó en sus testimonios, además del torturador Miguel Osvaldo Etchecolatz. El Servicio Penitenciario Bonaerense casi no había sido tocado desde la dictadura y sus integrantes tenían poder económico y relaciones políticas, según cuenta en el libro la abogada Guadalupe Godoy, quien junto a Myriam Bregman había representado a López en 2006, durante el emblemático juicio contra Etchecolatz.
Más allá del ámbito de la militancia política y de derechos humanos, ¿puede medirse el interés general sobre López? A juzgar por la negativa de sendas editoriales a la hora de lanzar una nueva edición de estos libros podría decirse que escaso o nulo. Sin embargo, los autores se dieron la tarea de tomar en sus manos la difusión de sus investigaciones, con un sentido más social que comercial, y de manera “artesanal”. Charlas, viajes y donaciones de sus libros les reportaron un intercambio rico e inesperado con el público, lo cual puso en evidencia que sí hay un persistente y genuino interés por saber más sobre el testigo desaparecido.
Uno de ellos recuerda que el día de la presentación apenas podía hablar tres minutos, y ahora podría hacerlo durante tres horas, incluso ante audiencias de 500 estudiantes secundarios.
Hubo otros libros, una obra de teatro y desde hace tiempo se está filmando un documental. Su historia sigue siendo elegida para volver a ser contada. Los familiares de López armaron una fundación, Construyendo Conciencia, para crear un sistema de alerta temprana sobre personas desaparecidas. Y La Plata, su ciudad, se prepara con variadas iniciativas callejeras e informáticas para los diez años.
El expediente judicial sigue abierto porque López permanece desaparecido y su caso se volvió emblemático por ser el único que desapareció dos veces. Pero agoniza sin resultados. El abogado querellante Aníbal Hnatiuk solicitó incontables veces la realización de los cruces telefónicos sobre llamadas de sospechosos los días previos y posteriores a la desaparición del testigo y desde hace años los investigadores de la fiscalía donde está la causa no pueden hacer funcionar un programa informático para concretar esta esencial medida de prueba. Se excusan en que dependen “de otros”, tales como la Policía o las compañías telefónicas que no responden e incluso en que el cambio de gobierno modificó un equipo de trabajo que, en realidad, nunca logró nada.
Lecturas:
Los alertas de Google hace tiempo que no arrojan noticias sino menciones en artículos referidos a los desaparecidos en democracia. De pronto, la mirada se detiene al ver su nombre en Clarín. Una carta de lectores recuerda que “ya nadie reclama por Julio López”. Entonces sigue ahí, su causa moviliza cada vez menos en las calles. Pero está en el imaginario colectivo, quizá en ese parnaso de mitos donde figuran las muertes de Alfredo Yabrán, la secretaria de Emir Yoma, el hijo del ex presidente Carlos Menem, donde el denominador común es el misterio.
El lector al que Clarín le publicó la carta el 21 de abril recuerda que “cuando en 2006 condenaron a Etchecolatz por crímenes de lesa humanidad, la seguridad del único y gran testigo, Julio López, quedó a cargo del gobierno de entonces. Al poco tiempo, desapareció”, y se pregunta “¿qué habrá detrás de esta misteriosa desaparición?”. A continuación plantea una serie de interrogantes que bien pueden ser útiles a la hora de pasar revista sobre el caso. Dice el lector que:
- “... Los familiares no reclaman ante las autoridades...”. Pero lo hicieron en su momento, a su manera, fueron recibidos por funcionarios que les prometían abordar el asunto como un “tema de Estado”. Ellos, que le echaban la culpa a “la política” por la segunda desaparición de “Tito”, como lo llamaban en familia, confiaron en los funcionarios. Pero fueron defraudados, el Estado no se hizo cargo. De las últimas conversaciones con su hijo Ruben surge algo de resignación por la falta de respuestas durante diez años.
- “... Las organizaciones de derechos humanos ignoran esta desaparición...”. No todas, las más afines al anterior gobierno sí, incluso Hebe de Bonafini se permitió dudar del testimonio de López. En cambio, son las organizaciones reunidas en el Encuentro Memoria, Verdad y Justicia y Justicia Ya! las que mantienen vivo el reclamo y la movilización por su aparición con vida y el castigo a los culpables, son las que organizan cada marcha del 18 de septiembre, son sus abogados los que siguen querellando en la causa. De hecho, la enorme luchadora que fue Adriana Calvo le respondería al lector de Clarín que lo que sucedió con López fue “una mezcla explosiva de inoperancia, encubrimiento y complicidad” por parte de los funcionarios judiciales y las fuerzas de seguridad que investigaron el caso.
- “... La Justicia nunca investigó este delito imprescriptible...”. Lo hizo pero siempre tarde, mal, dispersando recursos en pistas absurdas y descuidando o ignorando las vinculadas a las bandas de represores, retirados y en actividad, que pudieron haberse complotado para hacerlo desaparecer. La Justicia actuó para terminar encubriendo el caso hasta llevarlo a la actual impunidad.
- “... El Legislativo nunca hizo una mención...”. Casi nunca, pero por estos días la diputada Myriam Bregman (PTS-FIT) presentó un proyecto de apertura de los archivos de inteligencia del Estado relacionados al caso López, que podría ser tratado en breve en la comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados.
- “... Y el actual gobierno ni lo tiene en cuenta...”. Muy cierto, como tampoco lo mencionó jamás la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, no así su marido que lo llamó “compañero López” pero diluyó su responsabilidad al decir que era responsabilidad de todos “encontrarlo”. Néstor Kirchner, en definitiva un animal político, comprendió enseguida el mensaje y acaso por eso ordenó a su tropa no hablar de “desaparecido en democracia”. Ahora bien, el lector le pregunta a Macri si “¿tendrá el coraje, las convicciones y el compromiso para investigar el caso?”
Es una excelente pregunta que podría tomar el fiscal federal Marcelo Molina, a cargo del expediente judicial, para plantear ante los funcionarios del ministerio de Justicia con quienes está a punto de tener un encuentro porque, al parecer, habrían mostrado “interés por la causa”.
Suena por demás inverosímil para un gobierno de este signo político, pero esto no debe frenar el imprescindible ejercicio de seguir preguntando. Y más aún sobre nuestro doble desaparecido, el viejo López.
Adriana Meyer Domingo 1ro de mayo de 2016