Me enteré hace unos días de que este tipo había cambiado de medio ambiente. Cuando lo veo en TV defendiendo al gobierno por unas metas de energías renovables que no se van a alcanzar al parecer, pero que, según decía, igual el gobierno está haciendo un montón, puff
Por la plata baila el mono, aunque esté en peligro de extinción. Para haber pasado de Greenpeace al PRO, o hay algo que no terminó de entender, o que entendía demasiado bien. Como fuera, siempre hay que tener en cuenta la posibilidad de que las causas justas tengan en sus filas a personas que sólo están ahí para hacer algo con su tiempo libre, sin el verdadero interés por las cosas, que hace que una persona se comprometa en serio, enteramente y con la disposición a perder todo lo que sea necesario, todas las veces que sean, en pos de ser digno de una causa.
Los carneros no están en peligro de extinción.
Greenpeace no es santo de mi devoción. Greenpeace me suena a nombre de marca de jabón en polvo. Pero, yo creo que las organizaciones ambientalistas se quedaron estancadas, el movimiento ambientalista en sí, pero sobre todo las organizaciones, y Greenpeace es el modelo de muchas. Nunca abandonaron la etapa de concientización o concienciación, pero están hace tanto tiempo concientizando a la gente, que pasaron de la recepción positiva al hartazgo. Y es porque ya se concientizó a toda la gente que se podía, pasó a formar parte de la cultura global la ecología, al punto de que los problemas ambientales son indiscutibles para el público, por más cosa en contra que digan las autoridades, el objetivo de generar conciencia ya se logró. Los que no tomaron conciencia ya, no van a tomarla, es la gente que no puede ser concientizada, porque sus prejuicios y costumbres son más duros que las ideas. Pero ahora tendrían que haber pasado hace tiempo al siguiente nivel, que no sé cuál sería, pero pienso que está en la legislación, es importante cambiar las leyes, para proteger al planeta, el ambiente, los derechos de los animales. Pero, siguen haciendo actos de presencia como máxima acción, ante la mirada de los concientizados de segunda y tercera generación, que asienten con la cabeza, pero se preguntan qué más después; y de los que nunca van a tomar conciencia, que los ven como a vándalos tratando de llamar la atención.
Pero es tan patética la actitud de los chetos de estas generaciones, que condenan exclusivamente la agresividad de cualquier organización, ambientalista, feminista, de izquierdas, civil en general. Es como si hubieran perdido el training de la vida civil, de la militancia, de la vida del hombre comprometido, o que por lo menos reclama lo que le corresponde, lo que merece como ciudadano, o como consumidor por lo menos. Pero estos jóvenes de la generación milenial son algo más que despreocupados y faltos de compromiso, son fóbicos de cualquier tipo de enojo, de cualquier forma de tensión, y finalmente adoptaron la costumbre de demonizar (expresión muy usada por estos seudojóvenes de hoy, cuando atacan a algún grupo de protesta, defendiendo a multinacionales y poderes corruptos) la agresividad, como si fuera la peor de las desgracias, como si no fuera un atributo que puede encontrarse en muchos de los aspectos de la vida, y que resulta necesario para encarar tantas circunstancias comunes. Y se han convertido, finalmente, en fascistas anti-acción, enemigos declarados de toda forma de actividad radical, de movimiento, de reacción al sistema y sus poderes. El "no pasar por encima de los derechos de los demás" que promulgan, es en realidad, "callate y seguí soportando los abusos que haya, que denunciarlos hace que se vean y nos molesta". Son finalmente vagos ideológicos, vagos como ciudadanos de una democracia, vagos como consumidores, vagos como seres humanos parte de una humanidad. Pero encima son vagos fanáticos, irónicamente, al punto de querer someter a los demás a la inacción absoluta, para que ellos no tengan que notar lo que pasa. Son creyentes fanáticos del dopaje, solo quieren eso, seguir dopados mientras el mundo se muere. Drogados con entretenimiento y confort burgués hasta no saber ni quiénes son. Algo tan denunciado en la primera mitad del siglo veinte, hasta por las bandas de rock, pero que resultó ser otra guerra que perdimos, porque aquella alienación de la que hablaban, hoy continúa existiendo, pero como actitud consciente. Aquella idea en The Matrix, de alguien decidiendo volver a la realidad simulada de la Matriz, después de haber sido desconectado y haber visto lo que era la realidad, se volvió una de las características de las últimas generaciones.
En este ejemplo en particular, que es razón de esta descarga de leche (cerrá la boca cuando lo leas), uno puede encontrarse con la ya vieja forma políticamente correcta disfrazada de supuesta actitud antisistema, consistente en repudiar a Greenpeace, un clásico blanco como ONG internacional, para los carneros universales. Con un boludo que para empezar se jacta, claro, de estar haciendo algo muy "polémico", al putear a Greenpeace. Para pasar después a contar su banal y patético testimonio, sobre cómo se quería meter a Greenpeace para coger con hippies, vaya pelotudo de campeonato logra que le paguen una nota así en una revista, para terminar diciendo que lo malo de la organización ambientalista es que son demasiado agresivos, que son violentos (con los asesinos de ballenas, por ejemplo, pero parece que eso no sería tan malo para este personaje), y pone como ejemplo de lo sufrido en carne propia, el "hostigamiento" de una chica para inscribirlo a Greenpeace en un shopping. Relato que termina cuando el mismo tipo cuenta que salió corriendo del shopping, y uno puede imaginarlo a este pelotudo corriendo con un paso como el de alguno de los personajes de Capusotto, con una chica que lo mira desde el fondo, preguntándose por qué hay tanta gente así de pelotuda en el mundo, mientras se extinguen tantas especies todos los años por los negocios corruptos de las multinacionales.
La acción civil no es más que un grano de arena lanzado como una piedra contra las ventanas más altas de edificios de veinte pisos, pero es lo poco que nos dice que todavía la población de este mundo, regido por los poderosos y afectado por sus intereses, todavía tiene algo parecido a una dignidad de ciudadano. Lo mínimo que puede esperarse es no tener que soportar a estos tarados de vida cómoda protestando porque los molesta ver gente enojada en algún lado, cuando no tienen que ver con su propio entretenimiento.
Agencia Paco Urondo
SOCIEDAD //// 22.11.2013
Un histórico dirigente de Greenpeace será funcionario macrista
Se trata de Juan Carlos Villalonga que estuvo 16 años en la ONG y ahora dirigirá la Agencia de Protección Ambiental de la Ciudad. Se blanquean así los vínculos entre el macrismo y Greenpeace.
Un histórico líder de Greenpeace en Argentina fue designado como titular de la cartera de medioambiente de la ciudad de Buenos Aires. Juan Carlos Villalonga, quien fuera la cara visible más destacada de la multinacional ecologista durante 16 años, es ahora flamante funcionario del PRO. Dirigirá la Agencia de Protección Ambiental de la Ciudad.
El ex-Greenpeace, que se desempeñó como coordinador de la campaña de Clima y Energía, pasando luego por la Dirección Política de la organización y, finalmente, como director de Campañas, había sido durante años muy crítico de la gestión de Macri. Sin embargo, a partir de fines de 2012 comenzaron a cambiar mágicamente...
Unos días antes de la inauguración de la planta de tratamiento de residuos en José León Suarez, en los primeros días de enero de 2013, donde se produjo la famosa foto Macri - Scioli, el hombre vinculado a Greenpeace recorrió el Complejo Norte III del CEAMSE acompañado del presidente de ente estatal, Raúl de Elizalde, y del Secretario General de AGOEC (Gremio del CEAMSE), el diputado provincial Jorge Mancini, hombre fuertemente vinculado a Moyano.
Según se informó entonces, Villalonga participó de la comitiva, por estar interesado en las nuevas plantas de generación de energía y por la planta de MBT que inaugurarían Macri y Scioli conjuntamente, solo días después de la sugestiva visita.
Asimismo, Villalonga se había vinculado anteriormente con el ex-Secretario de Ambiente de la Nación, durante la presidencia de Duhalde, Carlos Merenson, en una organización llamada “Los Verdes”, con la cual habían presentando un documento que intentaba minimizar las culpas de la gestión macrista por el problema de la basura en el CEAMSE, y solicitaba al Congreso Nacional que apruebe la Ley de Residuos Eléctricos y Electrónicos, en línea con una fuerte campaña de la organización Greenpeace en contra del gobierno nacional por este tema.
Villallonga llega a la administración PRO de la mano de un peso pesado macrista, Edgardo Cenzón, quien estuvo a cargo de Compras y Contrataciones y también de la publicidad oficial, y ahora asumirá como Ministro de Ambiente y Espacio Público en reemplazo de Diego Santilli. Será el responsable de manejar el importante contrató de la basura de la ciudad, que podría ascender a 40 millones de pesos para los próximos diez años.
La organización ambientalista Greenpeace lo despedía así en su página web: “Queremos destacar el enorme trabajo que Juan Carlos (Villalonga) ha realizado en estos 16 años. Ingresó en 1994 cuando Greenpeace Argentina era todavía una organización pequeña. Él fue parte sustantiva del equipo que logró darle a Greenpeace un proceso de crecimiento y colocar a la organización en un lugar respetable de la sociedad civil. Queremos agradecerle el magnífico trabajo realizado y su total dedicación a Greenpeace todos estos años. También queremos pedirle que siga formando parte siempre de esta organización que es la suya”, señaló Martín Prieto, director Ejecutivo de Greenpeace Argentina.
La gestión Macrista blanquea así sus vínculos con Greenpeace. Es auspicioso, al menos, que Villalonga ahora tendrá que dejarse de palabreríos y deberá pasar a la acción para resolver el problema que implican las 6000 toneladas diarias que se envían al CEAMSE y deberá cumplir el acuerdo firmado con la provincia de Buenos Aires por el cual debe reducir el 78% de la basura que se entierra para fines del año próximo. Es una situación que requiere un cambio urgente antes de que estalle una situación socio-ambiental al borde del colapso, que pone en riesgo la salud de 15 millones de personas ¿Se animará Villalonga a denunciar ahora algunos de los múltiples y multimillonarios negocios que existen con la basura?
Por la plata baila el mono, aunque esté en peligro de extinción. Para haber pasado de Greenpeace al PRO, o hay algo que no terminó de entender, o que entendía demasiado bien. Como fuera, siempre hay que tener en cuenta la posibilidad de que las causas justas tengan en sus filas a personas que sólo están ahí para hacer algo con su tiempo libre, sin el verdadero interés por las cosas, que hace que una persona se comprometa en serio, enteramente y con la disposición a perder todo lo que sea necesario, todas las veces que sean, en pos de ser digno de una causa.
Los carneros no están en peligro de extinción.
Greenpeace no es santo de mi devoción. Greenpeace me suena a nombre de marca de jabón en polvo. Pero, yo creo que las organizaciones ambientalistas se quedaron estancadas, el movimiento ambientalista en sí, pero sobre todo las organizaciones, y Greenpeace es el modelo de muchas. Nunca abandonaron la etapa de concientización o concienciación, pero están hace tanto tiempo concientizando a la gente, que pasaron de la recepción positiva al hartazgo. Y es porque ya se concientizó a toda la gente que se podía, pasó a formar parte de la cultura global la ecología, al punto de que los problemas ambientales son indiscutibles para el público, por más cosa en contra que digan las autoridades, el objetivo de generar conciencia ya se logró. Los que no tomaron conciencia ya, no van a tomarla, es la gente que no puede ser concientizada, porque sus prejuicios y costumbres son más duros que las ideas. Pero ahora tendrían que haber pasado hace tiempo al siguiente nivel, que no sé cuál sería, pero pienso que está en la legislación, es importante cambiar las leyes, para proteger al planeta, el ambiente, los derechos de los animales. Pero, siguen haciendo actos de presencia como máxima acción, ante la mirada de los concientizados de segunda y tercera generación, que asienten con la cabeza, pero se preguntan qué más después; y de los que nunca van a tomar conciencia, que los ven como a vándalos tratando de llamar la atención.
Pero es tan patética la actitud de los chetos de estas generaciones, que condenan exclusivamente la agresividad de cualquier organización, ambientalista, feminista, de izquierdas, civil en general. Es como si hubieran perdido el training de la vida civil, de la militancia, de la vida del hombre comprometido, o que por lo menos reclama lo que le corresponde, lo que merece como ciudadano, o como consumidor por lo menos. Pero estos jóvenes de la generación milenial son algo más que despreocupados y faltos de compromiso, son fóbicos de cualquier tipo de enojo, de cualquier forma de tensión, y finalmente adoptaron la costumbre de demonizar (expresión muy usada por estos seudojóvenes de hoy, cuando atacan a algún grupo de protesta, defendiendo a multinacionales y poderes corruptos) la agresividad, como si fuera la peor de las desgracias, como si no fuera un atributo que puede encontrarse en muchos de los aspectos de la vida, y que resulta necesario para encarar tantas circunstancias comunes. Y se han convertido, finalmente, en fascistas anti-acción, enemigos declarados de toda forma de actividad radical, de movimiento, de reacción al sistema y sus poderes. El "no pasar por encima de los derechos de los demás" que promulgan, es en realidad, "callate y seguí soportando los abusos que haya, que denunciarlos hace que se vean y nos molesta". Son finalmente vagos ideológicos, vagos como ciudadanos de una democracia, vagos como consumidores, vagos como seres humanos parte de una humanidad. Pero encima son vagos fanáticos, irónicamente, al punto de querer someter a los demás a la inacción absoluta, para que ellos no tengan que notar lo que pasa. Son creyentes fanáticos del dopaje, solo quieren eso, seguir dopados mientras el mundo se muere. Drogados con entretenimiento y confort burgués hasta no saber ni quiénes son. Algo tan denunciado en la primera mitad del siglo veinte, hasta por las bandas de rock, pero que resultó ser otra guerra que perdimos, porque aquella alienación de la que hablaban, hoy continúa existiendo, pero como actitud consciente. Aquella idea en The Matrix, de alguien decidiendo volver a la realidad simulada de la Matriz, después de haber sido desconectado y haber visto lo que era la realidad, se volvió una de las características de las últimas generaciones.
En este ejemplo en particular, que es razón de esta descarga de leche (cerrá la boca cuando lo leas), uno puede encontrarse con la ya vieja forma políticamente correcta disfrazada de supuesta actitud antisistema, consistente en repudiar a Greenpeace, un clásico blanco como ONG internacional, para los carneros universales. Con un boludo que para empezar se jacta, claro, de estar haciendo algo muy "polémico", al putear a Greenpeace. Para pasar después a contar su banal y patético testimonio, sobre cómo se quería meter a Greenpeace para coger con hippies, vaya pelotudo de campeonato logra que le paguen una nota así en una revista, para terminar diciendo que lo malo de la organización ambientalista es que son demasiado agresivos, que son violentos (con los asesinos de ballenas, por ejemplo, pero parece que eso no sería tan malo para este personaje), y pone como ejemplo de lo sufrido en carne propia, el "hostigamiento" de una chica para inscribirlo a Greenpeace en un shopping. Relato que termina cuando el mismo tipo cuenta que salió corriendo del shopping, y uno puede imaginarlo a este pelotudo corriendo con un paso como el de alguno de los personajes de Capusotto, con una chica que lo mira desde el fondo, preguntándose por qué hay tanta gente así de pelotuda en el mundo, mientras se extinguen tantas especies todos los años por los negocios corruptos de las multinacionales.
La acción civil no es más que un grano de arena lanzado como una piedra contra las ventanas más altas de edificios de veinte pisos, pero es lo poco que nos dice que todavía la población de este mundo, regido por los poderosos y afectado por sus intereses, todavía tiene algo parecido a una dignidad de ciudadano. Lo mínimo que puede esperarse es no tener que soportar a estos tarados de vida cómoda protestando porque los molesta ver gente enojada en algún lado, cuando no tienen que ver con su propio entretenimiento.
Contra Greenpeace, por Rafael Carballo, Soho, Revista Masculina de Colombia.
Aunque puede ser mal visto estar en contra de organizaciones como Greenpeace, el editor de SoHo México arremete en contra de las pequeñas grandes contradicciones de esta ong.
A los 17 años me enamoré de una chica cuyo objetivo en la vida era unirse a Greenpeace. Quería ser activista y surcar los siete mares en alguno de los barcos de la organización para salvar a cuanta ballena pudiera de los malvados pescadores japoneses (o de cualquier otro país, para el caso).
Yo, enamorado (aunque sea lugar común, recuérdese la cita del español Ortega y Gasset al respecto: “El enamoramiento es un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza”), le dije que surcaríamos juntos los siete mares salvando cetáceos y por las noches nos aparearíamos como conejos aburridos en medio del océano. El amor no duró, sin embargo.
De cualquier modo, se me ocurrió acercarme a Greenpeace ya que, pensé, serviría para conquistar chicas con tendencias hippies. Eran finales de los ochenta y alejarse de la imagen yupi que predominaba en la época daba un diferencial importante.
Un fin de semana me encontré a un par de voluntarias de la organización reclutando incautos en un centro comercial. Hice una pregunta y fui víctima de la fuerza grinpicera. La voluntaria me acosó para que firmara y me uniera a Greenpeace. Después de que ignoró mi tercer no me interesa (me sentí hostigado con su insistencia), me di cuenta de que no habría una salida fácil del embrollo. Tuve que salir corriendo del centro comercial para que me dejara en paz.
La aguerrida actitud de la voluntaria contrastaba con el nombre de la organización: Paz Verde.
Tiempo después me di cuenta de que esa voluntaria había sido estratégicamente escogida, precisamente por su voluntariedad. En televisión vi a miembros de Greenpeace amenazando con arpones a cazadores de ballenas en el medio del mar. En pie de guerra y no de manera retórica.
Desde entonces han pasado más de 20 años y consuetudinariamente me encuentro con las imágenes de los miembros de Greenpeace, enardecidos, cortando el paso e injuriando a quienes ellos consideran que le pueden hacer daño al planeta. Bajo ese principio, que por supuesto se oye noble, “salvar el planeta”, la organización se permite utilizar métodos agresivos con la idea de que eso disuadirá a los pescadores, petroleros, cazadores, agroquímicos u otros grupos “malignos que tienen como misión dañar al planeta”, de hacer lo que hacen.
Uno puede tener principios e ideas diversas y luchar por ellas. Sin embargo, la gran paradoja de Greenpeace es que bajo el nombre de la paz, sus miembros le declaran una guerra franca a toda aquella organización que se salga de sus “principios”.
He intentado dialogar con miembros de Greenpeace. Los resultados han sido gritos con pocos o nulos argumentos y, al final, alguno que otro insulto (debo decir que mi madre no tiene la culpa de que ellos no tengan buenos argumentos, y aunque sí la tiene en parte de mi gusto por la confrontación de ideas, no es para que vaya y la chingue).
Últimamente, se han destacado dos compañías que encarnan todo el mal que hay en el mundo, según la Paz Verde: Monsanto y Gazprom. La primera, multinacional fundada en Estados Unidos, quiere promover el uso de semillas alteradas genéticamente para la siembra de productos agrícolas como el maíz. La segunda, rusa, realiza exploraciones para la perforación y extracción petrolera en el Ártico.
Según Greenpeace, en su página web, el consumo de alimentos transgénicos es dañino para la salud del ser humano. Asimismo, la organización asegura que el hambre en el mundo es un “problema de distribución y de falta de recursos”, y no de escasez. Con estos argumentos atacan dos de las razones que se esgrimen como ventajas para la cosecha de alimentos transgénicos, sin embargo, no sustentan las aseveraciones con ningún estudio. Así, por lo menos para mí, es difícil creer en ellos.
Greenpeace propone, en cambio, el desarrollo de la agricultura sustentable, pero lo que no deja de sorprenderme es que las soluciones que proponen siempre son absolutistas. Los alimentos transgénicos son malos y no hay vuelta de hoja. Por qué no proponer soluciones alternas, me pregunto, como el uso de alimentos transgénicos en algunos casos y la promoción de una agricultura sustentable. En todo caso, me pregunto de nuevo, por qué atacar a la empresa y no mejor emplear toda su energía y capacidad humana para proponer y llevar a cabo soluciones en las mismas comunidades afectadas.
Por otro lado, en estos días, Greenpeace está en campaña para salvar a los llamados “30 del Ártico”, un grupo de activistas que fueron detenidos por las autoridades rusas bajo el cargo de vandalismo y que al cierre de esta edición ya estaban todos libres bajo fianza, aunque enfrentan acusaciones que podrían encerrarlos en prisión hasta por siete años (según la organización).
Los 30 del Ártico son 28 activistas de Greenpeace y dos periodistas independientes que fueron detenidos por las autoridades rusas a bordo del navío Arctic Sunrise (uno de los cuatro barcos grandes que tiene la organización y que, por cierto, se mueven mediante el consumo de diésel), un día después de que realizaron una protesta en contra de Gazprom por su intención de perforar en el Ártico. Los cargos originales incluían piratería, pero ahora solo quedó en vandalismo.
Y vuelvo a preguntarme (esta mala costumbre), ¿qué diferencia hay entre un activista y un terrorista? Es decir, si un grupo de personas tripulando un barco, ferozmente armado con arpones, cortara el viaje de un buque de guerra estadounidense, bien podría ser considerado una amenaza terrorista o al menos pirata. ¿No sería lo mismo si lo hacen contra un buque petrolero ruso?
Greenpeace dice que acusar a sus activistas de vandalismo es “un insulto y un ultraje”. Pero si un grupo de personas se plantan afuera de un edificio y tiran basura o hacen pintas, ¿no incurrirían en vandalismo? ¿Hay alguna diferencia si los actos vandálicos los cometen personas disfrazadas de ositos polares (así se uniforman los miembros de Greenpeace en sus plantones afuera de las oficinas de Gazprom)?
Greenpeace es una organización canadiense que realizó su primera acción concreta en 1971. Una protesta hecha en contra de pruebas nucleares estadounidenses en el Pacífico norte encabezada por los fundadores del grupo Irving Stowe, abogado; Paul Cote, estudiante de Derecho, y Jim Bohlen, un científico forestal. Luego fueron al Pacífico sur, al Atolón de Mururoa. Después empezaron a salvar ballenas y focas, luego siguieron en contra de las petroleras, y de ahí se desprende un largo etcétera.
A final de cuentas, pienso que es necesario que todos asumamos una mayor conciencia ecológica, pero lo que no puedo tolerar de Greenpeace es que se escondan bajo una bandera pacifista (en su propio nombre) para mantener una guerra perpetua en contra de ciertos grupos que ellos satanizan.
En la actualidad, no importa cuán profunda sea mi miseria mental, ni qué tan estrecha, pobre o paralizada esté mi conciencia a causa del enamoramiento por una mujer, si se pronuncia a favor de la Paz Verde empezará una discusión que derivará, casi sin remedio, en una ruptura.
Ya ni el amor puede salvar a Greenpeace de mi condena.