Capítulo “El loco Garmendia” de mi novela “Nepo, un mal necesario”.
Ezequiel Garmendia es dueño de una armería llamada El Caudillo, la que vende mercadería de manera legal —como cualquier otra— y también artículos de contrabando.
La logia Nido de la Patria, liderada por Nepo, periódicamente acude a lo de Garmendia para hacerse de armas “flojas de papeles”. El motivo del abastecimiento ilegal se debe a que casi ninguno de los miembros de tal logia posee la documentación obligatoria para comprar armas y, si la tuvieran, de todos modos no querrían quedar registrados en tan sospechosas compras.
Por la alta complejidad de algunos trabajos, constantemente adquiríamos equipamiento sofisticado en El Caudillo. En una de las acostumbradas visitas comerciales a la armería, Garmendia —al ver la Estanciera tuning— le preguntó a Walter si quería ver el Peugeot 206 modificado en el que correría un cuarto de milla el sábado siguiente. Mi amigo le respondió que sí, por supuesto.
Curiosos, el resto acompañamos a los tuercas al garaje limítrofe con el negocio. Ezequiel dijo que el coche había sido preparado en el taller de un primo; le habían realizado ajustes para que prácticamente volara.
Era una hermosa pieza pegada al suelo, color rojo vivo, con los vidrios tornasolados y una musculosa liebre rabiosa a la que le salía espuma por la boca, pintada en el capó con aerógrafo negro para que resaltara. El carro poseía faldones, alerones, difusor trasero y demás piezas, cuya principal función era la de mejorar la estabilidad y la aerodinámica, aunque también mejoraban la estética y le añadían carácter.
El nombre era “La Liebre Escarlata II” y hacía alusión a la alta velocidad, al pequeño tamaño y a la forma redondeada del animal, características compartidas con el 206. El dueño explicó que la primera Liebre había ardido tras un duro vuelco. Walter casi tuvo un orgasmo al ver la máquina.
El chabón nos invitó al evento de picadas que se realizaría de manera legal en el Picódromo Artigas, recientemente construido por Manuel Artigas. Construyó el predio a modo de penalización para salvar de la cárcel a su hijo Guillermo, quien corriendo en una calle común había atropellado y matado a una piba.
Manuel movió los hilos para que el Gobierno de la Ciudad aceptara la millonaria donación a cambio de que absolvieran a Guillermo. Arguyó la conveniencia de una pista debidamente acondicionada para el cuarto de milla y alejada de la urbe: los jóvenes como su irresponsable hijo ya no pondrían en peligro a nadie, por lo que esa tragedia sería la última.
El sábado, Panzer, Marina, Walter, Lara y yo caímos en el picódromo. La verdad yo no conocía el predio. Era un buen cacho pavimentado, pues el gobierno había exigido un largo tramo adicional a la pista para que los autos pudieran frenar con seguridad. También se había requerido asfaltar un amplio margen al costado de los carriles.
Además de la cimentación de la pista propiamente dicha, se habían montado unas confortables gradas desde donde apreciar el espectáculo —ubicadas a una separación razonable del peligro— y existía un muro de contención para atajar cualquier despiste; de todos modos, estas medidas no le impedían al público sentirse parte de la acción.
La obligatoria presencia de los bomberos y del personal médico corría por cuenta de Manuel. Todo estaba calculado, ya que ninguno de los responsables —mucho menos los Artigas— quería comerse un juicio por irregularidades; se notaba que le habían puesto mucha plata.
Como la entrada a las masas era gratuita, la recaudación provenía exclusivamente de una módica suma abonada por los pilotos.
Garmendia nos presentó a su supuesta novia. Clarisa estaba algo pálida y flaquita, pero era linda y sobre todo simpática.
El guachín dijo que su turno era el último, nada menos que contra Guillermo Artigas. Aguardamos viendo las demás carreras, algunas entre monstruos y otras entre porquerías. Comíamos de lo que le comprábamos al gordito ruliento que llevaba la cantina ambulante, muy amable por cierto. Cuando la naturaleza nos llamaba, íbamos a los baños higienizados permanentemente.
A las nueve de la noche, un bramido ensordecedor anunció la presencia de Guillermo en un Citroën C5 que parecía escapado del mitológico Tártaro. Ezequiel nos pidió que le deseáramos suerte, a lo que Walter acotó que no era suerte lo que necesitaba sino un milagro. Mi amigo le afirmó que no tenía la más mínima posibilidad de ganar: si bien su Peugeot ostentaba polenta, era muy inferior al automóvil del segmento D de Guillermo, que evidentemente estaba tocado hasta las muelas. Ezequiel le retrucó que se quedara tranquilo, pues guardaba un as bajo la manga.
Pregunté cuál era el premio y el dueño de La Liebre Escarlata II me contestó que correrían por una noche con la novia del perdedor. Sin darme tiempo a nada, Garmendia se bajó de la tribuna para arrimar su auto a la línea de salida. Ya sin él presente, le pregunté a Clarisa si estaba de acuerdo en entregarse a otro hombre, casi con total seguridad a menos que el as del que hablaba su novio fuera la instalación a último momento de óxido nitroso. La mina me respondió que apoyaba a su pareja.
Los pilotos aceleraban y calentaban los motores. Las revoluciones al taco “quemaban llanta” en el lugar con la finalidad de que los neumáticos tuvieran una óptima tracción en la superficie. En una carrera tan corta no se puede dar ventaja y cada detalle cuenta; no hay tiempo para contrarrestar ningún error.
El humo invadía el ambiente y el olor a caucho derretido llegaba hasta las gradas. Apestábamos a piquetero quemando cubiertas.
El semáforo se puso en verde y largaron. El arrancón duró un abrir y cerrar de ojos con una holgada victoria de Artigas. La sensación de decepción pasó a ser moneda común entre nosotros, salvo para Walter que nunca se hizo ilusiones; ya nos había cantado cuál sería el resultado.
Si bien Garmendia concibió una buena performance, claramente los coches no estaban en la misma categoría. Siempre se cronometraba a cada competidor para emparejar los enfrentamientos, ya que no sería justo que un dragster aplastara a un fitito. Esta vez había sido la excepción.
Ya terminada la jornada, Garmendia esperó a que el público se dispersara antes de hacer efectivo el pago de la derrota. El pacto entre los corredores implicaba que los transeúntes no vieran a la novia del perdedor subirse al auto del ganador; esto para no dar indicios de la turbia movida de usar a mujeres como premio.
Clarisa besó a su supuesto novio, miró hacia los costados y consumó la transacción como si fuera lo más común del mundo. La frutilla del infame postre era que en el Citroën también iba Estefanía, la novia de Guillermo. Entretanto Artigas fanfarroneaba rugiendo el laureado motor, Estefanía se burlaba de Ezequiel insinuando que gozaría de unas jugosas “tijeras” con Clarisa. La guarra exhibía una obscena seña por la ventanilla: con el dedo índice y el mayor imitaba un par de piernas y lamía la unión (lugar que ocuparía la vagina), luego hacía lo mismo con la otra mano y finalmente cruzaba ambos pares de “piernas” en reticencia a la pose lésbica llamada tijeras.
Mientras el ganador se alejaba del predio, Garmendia nos pidió que volteáramos en dirección contraria, subiéramos a la Estanciera y lo siguiéramos sin detenernos pasara lo que pasara. De repente, en un episodio imprevisto, el Citroën —que se hallaba a poco más de una cuadra— estalló y se convirtió en una bola de fuego gigante; la onda expansiva nos calentó la cara y una rueda rebotadora partió la vidriera de un comercio, que por suerte estaba cerrado.
El julepe que nos llevamos por el inefable suceso fue continuado por una desorientación absoluta. Por las dudas, antes de que cayera la policía y nos citara como testigos, obedecimos a Garmendia —a quien parecía no importarle nada— y nos tomamos el palo. Escoltamos a La Liebre II sin mirar atrás.
Llegados a El Caudillo, Lara increpó a Ezequiel. Enfurecida, lo puteó como yo nunca había escuchado a alguien putear, con palabras que ni siquiera sabía que existían. Su bronca se basaba en que, además de haber regalado a Clarisa, a Ezequiel no le afectaba que ella hubiera volado en pedazos. Lara se sentó en el cordón de la calle, se sujetó la cabeza y empezó a balancearse tirándose de los pelos en señal de no entender qué carajos ocurría.
Ahí fue cuando Garmendia nos explicó el macabro plan tras los acontecimientos. Resulta que Clarisa no era su novia, sino una devota compradora en su armería. El estallido del auto había sido causado por una buena cantidad de explosivo plástico detonado en la cartera de la falsa novia de Ezequiel. Todo había sido una operación tramada para asesinar a Artigas.
Clarisa era la hermana mayor de aquella chica a la que Guillermo había atropellado.
Por la confianza adquirida durante años de clientela en El Caudillo, la flaca encargó a Ezequiel la venganza. Garmendia tenía los medios para desempeñar el encargue de manera sencilla, pero, al ser tan inteligente en igual medida que trastornado, armó una puesta en escena rebuscada y espectacular: se las ingenió para poner a Clarisa dentro del auto de Guillermo, atrás y del lado del tanque de combustible para que se diera el gusto de ser ella misma la que con un botón lo reventara.
Según el plan, la explosión seguida de incendio pulverizaría toda prueba de una detonación intencional. Si las cosas se dieran según lo esperado, las posteriores investigaciones deducirían una falla en el recién exigido auto. Tales pericias —erróneamente— encontrarían explicación a semejante desastre en la violenta combustión de las naftas de altísimo octanaje para competición.
Incluso sería difícil identificar a Clarisa por la incineración del cadáver hasta casi la cremación.
Ezequiel, muy vivo, había convencido de antemano a Guillermo de que se mantuviera en secreto lo apostado con la excusa de preservar la ética. Eso significaba que, además de Garmendia, sólo nosotros sabíamos que ella iba en el Citroën. El loco celebró que por suerte Estefanía también estaba en el auto, así no quedaban cabos sueltos.
Sin salir del shock, Lara preguntó cuál era la necesidad de sacrificar a Clarisa. El tipo contestó que era una paciente terminal y ya no quería prolongar la espera. Estaba tan bien maquillada que uno jamás se habría dado cuenta de la gravedad de su padecer.
Mi novia, ya impresionada por la genialidad del plan, volvió a cuestionar. Preguntó qué habría pasado si hipotéticamente él hubiera ganado la carrera. Garmendia supuso que en ese caso habría disfrutado de Estefanía y luego habría asesinado a Guillermo de un tiro. Por último, Lara le reprochó que hubiera debido pegarle un tiro como primera opción y haber dejado vivir a Estefanía. Ezequiel le recordó que buscaba una puesta en escena espectacular y añadió que no hay nada de espectacular en un tiro.
Yo sentí algo de pena por la novia de Artigas, pero me consolé al saber que la mina deseaba abusar de Clarisa.
Teníamos que reconocer que el plan era magistral y había funcionado sin daños colaterales. Habiendo transcurrido un buen rato desde el fin de la jornada automovilística hasta la explosión, ningún inocente salió perjudicado. Hay que tener en cuenta que el tránsito era casi nulo en esa zona de la Capital.
Con una simple mirada de mi parte, Panzer comprendió lo que pasaba por mi mente y me dio su aprobación con la cabeza. Entonces, le ofrecí a Ezequiel unirse a nuestra sociedad de ajusticiamiento.
Cuando me propuse a contarle de qué se trataba, Garmendia me interrumpió diciendo que ya sabía quiénes éramos. Argumentó que de lo contrario jamás nos habría confesado el asesinato de Artigas. Profundizó señalando que no era idiota y notaba que nuestras habituales compras en El Caudillo eran compatibles con las actividades de Nido de la Patria, la famosa logia de la que todos hablaban.
En fin, el loquito comentó que le sería un honor unirse a las filas.
Spot de la novela.
Canción de uno de los personajes, compuesta y grabada por mí.
Sinopsis.
Trailer. La pista se llama "Oscura seducción" y la compuse yo.
Gracias por pasar!!!!
Ezequiel Garmendia es dueño de una armería llamada El Caudillo, la que vende mercadería de manera legal —como cualquier otra— y también artículos de contrabando.
La logia Nido de la Patria, liderada por Nepo, periódicamente acude a lo de Garmendia para hacerse de armas “flojas de papeles”. El motivo del abastecimiento ilegal se debe a que casi ninguno de los miembros de tal logia posee la documentación obligatoria para comprar armas y, si la tuvieran, de todos modos no querrían quedar registrados en tan sospechosas compras.
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Por la alta complejidad de algunos trabajos, constantemente adquiríamos equipamiento sofisticado en El Caudillo. En una de las acostumbradas visitas comerciales a la armería, Garmendia —al ver la Estanciera tuning— le preguntó a Walter si quería ver el Peugeot 206 modificado en el que correría un cuarto de milla el sábado siguiente. Mi amigo le respondió que sí, por supuesto.
Curiosos, el resto acompañamos a los tuercas al garaje limítrofe con el negocio. Ezequiel dijo que el coche había sido preparado en el taller de un primo; le habían realizado ajustes para que prácticamente volara.
Era una hermosa pieza pegada al suelo, color rojo vivo, con los vidrios tornasolados y una musculosa liebre rabiosa a la que le salía espuma por la boca, pintada en el capó con aerógrafo negro para que resaltara. El carro poseía faldones, alerones, difusor trasero y demás piezas, cuya principal función era la de mejorar la estabilidad y la aerodinámica, aunque también mejoraban la estética y le añadían carácter.
El nombre era “La Liebre Escarlata II” y hacía alusión a la alta velocidad, al pequeño tamaño y a la forma redondeada del animal, características compartidas con el 206. El dueño explicó que la primera Liebre había ardido tras un duro vuelco. Walter casi tuvo un orgasmo al ver la máquina.
El chabón nos invitó al evento de picadas que se realizaría de manera legal en el Picódromo Artigas, recientemente construido por Manuel Artigas. Construyó el predio a modo de penalización para salvar de la cárcel a su hijo Guillermo, quien corriendo en una calle común había atropellado y matado a una piba.
Manuel movió los hilos para que el Gobierno de la Ciudad aceptara la millonaria donación a cambio de que absolvieran a Guillermo. Arguyó la conveniencia de una pista debidamente acondicionada para el cuarto de milla y alejada de la urbe: los jóvenes como su irresponsable hijo ya no pondrían en peligro a nadie, por lo que esa tragedia sería la última.
El sábado, Panzer, Marina, Walter, Lara y yo caímos en el picódromo. La verdad yo no conocía el predio. Era un buen cacho pavimentado, pues el gobierno había exigido un largo tramo adicional a la pista para que los autos pudieran frenar con seguridad. También se había requerido asfaltar un amplio margen al costado de los carriles.
Además de la cimentación de la pista propiamente dicha, se habían montado unas confortables gradas desde donde apreciar el espectáculo —ubicadas a una separación razonable del peligro— y existía un muro de contención para atajar cualquier despiste; de todos modos, estas medidas no le impedían al público sentirse parte de la acción.
La obligatoria presencia de los bomberos y del personal médico corría por cuenta de Manuel. Todo estaba calculado, ya que ninguno de los responsables —mucho menos los Artigas— quería comerse un juicio por irregularidades; se notaba que le habían puesto mucha plata.
Como la entrada a las masas era gratuita, la recaudación provenía exclusivamente de una módica suma abonada por los pilotos.
Garmendia nos presentó a su supuesta novia. Clarisa estaba algo pálida y flaquita, pero era linda y sobre todo simpática.
El guachín dijo que su turno era el último, nada menos que contra Guillermo Artigas. Aguardamos viendo las demás carreras, algunas entre monstruos y otras entre porquerías. Comíamos de lo que le comprábamos al gordito ruliento que llevaba la cantina ambulante, muy amable por cierto. Cuando la naturaleza nos llamaba, íbamos a los baños higienizados permanentemente.
A las nueve de la noche, un bramido ensordecedor anunció la presencia de Guillermo en un Citroën C5 que parecía escapado del mitológico Tártaro. Ezequiel nos pidió que le deseáramos suerte, a lo que Walter acotó que no era suerte lo que necesitaba sino un milagro. Mi amigo le afirmó que no tenía la más mínima posibilidad de ganar: si bien su Peugeot ostentaba polenta, era muy inferior al automóvil del segmento D de Guillermo, que evidentemente estaba tocado hasta las muelas. Ezequiel le retrucó que se quedara tranquilo, pues guardaba un as bajo la manga.
Pregunté cuál era el premio y el dueño de La Liebre Escarlata II me contestó que correrían por una noche con la novia del perdedor. Sin darme tiempo a nada, Garmendia se bajó de la tribuna para arrimar su auto a la línea de salida. Ya sin él presente, le pregunté a Clarisa si estaba de acuerdo en entregarse a otro hombre, casi con total seguridad a menos que el as del que hablaba su novio fuera la instalación a último momento de óxido nitroso. La mina me respondió que apoyaba a su pareja.
Los pilotos aceleraban y calentaban los motores. Las revoluciones al taco “quemaban llanta” en el lugar con la finalidad de que los neumáticos tuvieran una óptima tracción en la superficie. En una carrera tan corta no se puede dar ventaja y cada detalle cuenta; no hay tiempo para contrarrestar ningún error.
El humo invadía el ambiente y el olor a caucho derretido llegaba hasta las gradas. Apestábamos a piquetero quemando cubiertas.
El semáforo se puso en verde y largaron. El arrancón duró un abrir y cerrar de ojos con una holgada victoria de Artigas. La sensación de decepción pasó a ser moneda común entre nosotros, salvo para Walter que nunca se hizo ilusiones; ya nos había cantado cuál sería el resultado.
Si bien Garmendia concibió una buena performance, claramente los coches no estaban en la misma categoría. Siempre se cronometraba a cada competidor para emparejar los enfrentamientos, ya que no sería justo que un dragster aplastara a un fitito. Esta vez había sido la excepción.
Ya terminada la jornada, Garmendia esperó a que el público se dispersara antes de hacer efectivo el pago de la derrota. El pacto entre los corredores implicaba que los transeúntes no vieran a la novia del perdedor subirse al auto del ganador; esto para no dar indicios de la turbia movida de usar a mujeres como premio.
Clarisa besó a su supuesto novio, miró hacia los costados y consumó la transacción como si fuera lo más común del mundo. La frutilla del infame postre era que en el Citroën también iba Estefanía, la novia de Guillermo. Entretanto Artigas fanfarroneaba rugiendo el laureado motor, Estefanía se burlaba de Ezequiel insinuando que gozaría de unas jugosas “tijeras” con Clarisa. La guarra exhibía una obscena seña por la ventanilla: con el dedo índice y el mayor imitaba un par de piernas y lamía la unión (lugar que ocuparía la vagina), luego hacía lo mismo con la otra mano y finalmente cruzaba ambos pares de “piernas” en reticencia a la pose lésbica llamada tijeras.
Mientras el ganador se alejaba del predio, Garmendia nos pidió que volteáramos en dirección contraria, subiéramos a la Estanciera y lo siguiéramos sin detenernos pasara lo que pasara. De repente, en un episodio imprevisto, el Citroën —que se hallaba a poco más de una cuadra— estalló y se convirtió en una bola de fuego gigante; la onda expansiva nos calentó la cara y una rueda rebotadora partió la vidriera de un comercio, que por suerte estaba cerrado.
El julepe que nos llevamos por el inefable suceso fue continuado por una desorientación absoluta. Por las dudas, antes de que cayera la policía y nos citara como testigos, obedecimos a Garmendia —a quien parecía no importarle nada— y nos tomamos el palo. Escoltamos a La Liebre II sin mirar atrás.
Llegados a El Caudillo, Lara increpó a Ezequiel. Enfurecida, lo puteó como yo nunca había escuchado a alguien putear, con palabras que ni siquiera sabía que existían. Su bronca se basaba en que, además de haber regalado a Clarisa, a Ezequiel no le afectaba que ella hubiera volado en pedazos. Lara se sentó en el cordón de la calle, se sujetó la cabeza y empezó a balancearse tirándose de los pelos en señal de no entender qué carajos ocurría.
Ahí fue cuando Garmendia nos explicó el macabro plan tras los acontecimientos. Resulta que Clarisa no era su novia, sino una devota compradora en su armería. El estallido del auto había sido causado por una buena cantidad de explosivo plástico detonado en la cartera de la falsa novia de Ezequiel. Todo había sido una operación tramada para asesinar a Artigas.
Clarisa era la hermana mayor de aquella chica a la que Guillermo había atropellado.
Por la confianza adquirida durante años de clientela en El Caudillo, la flaca encargó a Ezequiel la venganza. Garmendia tenía los medios para desempeñar el encargue de manera sencilla, pero, al ser tan inteligente en igual medida que trastornado, armó una puesta en escena rebuscada y espectacular: se las ingenió para poner a Clarisa dentro del auto de Guillermo, atrás y del lado del tanque de combustible para que se diera el gusto de ser ella misma la que con un botón lo reventara.
Según el plan, la explosión seguida de incendio pulverizaría toda prueba de una detonación intencional. Si las cosas se dieran según lo esperado, las posteriores investigaciones deducirían una falla en el recién exigido auto. Tales pericias —erróneamente— encontrarían explicación a semejante desastre en la violenta combustión de las naftas de altísimo octanaje para competición.
Incluso sería difícil identificar a Clarisa por la incineración del cadáver hasta casi la cremación.
Ezequiel, muy vivo, había convencido de antemano a Guillermo de que se mantuviera en secreto lo apostado con la excusa de preservar la ética. Eso significaba que, además de Garmendia, sólo nosotros sabíamos que ella iba en el Citroën. El loco celebró que por suerte Estefanía también estaba en el auto, así no quedaban cabos sueltos.
Sin salir del shock, Lara preguntó cuál era la necesidad de sacrificar a Clarisa. El tipo contestó que era una paciente terminal y ya no quería prolongar la espera. Estaba tan bien maquillada que uno jamás se habría dado cuenta de la gravedad de su padecer.
Mi novia, ya impresionada por la genialidad del plan, volvió a cuestionar. Preguntó qué habría pasado si hipotéticamente él hubiera ganado la carrera. Garmendia supuso que en ese caso habría disfrutado de Estefanía y luego habría asesinado a Guillermo de un tiro. Por último, Lara le reprochó que hubiera debido pegarle un tiro como primera opción y haber dejado vivir a Estefanía. Ezequiel le recordó que buscaba una puesta en escena espectacular y añadió que no hay nada de espectacular en un tiro.
Yo sentí algo de pena por la novia de Artigas, pero me consolé al saber que la mina deseaba abusar de Clarisa.
Teníamos que reconocer que el plan era magistral y había funcionado sin daños colaterales. Habiendo transcurrido un buen rato desde el fin de la jornada automovilística hasta la explosión, ningún inocente salió perjudicado. Hay que tener en cuenta que el tránsito era casi nulo en esa zona de la Capital.
Con una simple mirada de mi parte, Panzer comprendió lo que pasaba por mi mente y me dio su aprobación con la cabeza. Entonces, le ofrecí a Ezequiel unirse a nuestra sociedad de ajusticiamiento.
Cuando me propuse a contarle de qué se trataba, Garmendia me interrumpió diciendo que ya sabía quiénes éramos. Argumentó que de lo contrario jamás nos habría confesado el asesinato de Artigas. Profundizó señalando que no era idiota y notaba que nuestras habituales compras en El Caudillo eran compatibles con las actividades de Nido de la Patria, la famosa logia de la que todos hablaban.
En fin, el loquito comentó que le sería un honor unirse a las filas.
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Spot de la novela.
Canción de uno de los personajes, compuesta y grabada por mí.
Sinopsis.
Trailer. La pista se llama "Oscura seducción" y la compuse yo.
Gracias por pasar!!!!