¿Qué relación existe entre ambos conceptos? ¿Pueden ser contrapuestos? ¿Por qué se da algunas veces una cierta paradoja entre el discurso político y el plan económico? Estas son algunas preguntas que se pueden hacer. Contestar que no existe relación, con rotundidad, es aparte de una falsedad histórica, una muestra de desprecio hacia la clase política en su conjunto, a la que se acusaría de carecer de convicciones profundas o adecuarlas, sin más, a los vientos que corren. Afirmar que sí, sin matices, no es creíble de acuerdo con las experiencias más recientes en diversidad de países y, entre ellos, el nuestro. Posiblemente lo que está sucediendo en las últimas décadas es que frente a diferencias ideológicas amplias en otros campos hay una coincidencia creciente en los rasgos básicos de los programas económicos que defienden (o terminan aplicando) los distintos partidos que gobiernan, más a la izquierda o a la derecha, en los países de nuestro entorno más cercano. La globalización, la competencia creciente entre países, la vigilancia de los mercados financieros internacionales y el dinamismo de las acciones tanto económicas como políticas del sector privado como el público, motoriza la conciencia de los dirigentes políticos en un patrón de comportamiento estándar frente a fenómenos similares. Como lo dice el Premio Nóbel de Economía Robert Solow: “El pensamiento único es la teorización de una realidad básicamente, pero no únicamente, económica, fundamentada en la movilidad financiera que se ha denominado “mundialización” y la unanimidad de respuestas que provoca..” Esta teoría merece realmente el nombre que se le ha dado, porque, primero, parece tener una aceptación tácita o explícita universal, no tanto porque se considere buena, sino porque pese a las protestas que suscita, nadie hasta ahora ha sido capaz de construir otra teoría que la rebata. La consecuencia es que, hoy las normas impuestas por esta teoría son aceptadas como únicas válidas tanto por las organizaciones internacionales como por los gobiernos. La mundialización ha sustituido a la confrontación este-oeste y el pensamiento único ha significado la victoria ideológica del capitalismo en cuanto que sistema económico y social. Pero veamos todo este proceso dentro de una perspectiva histórica más amplia. Por tratarse de una especie en peligro de extinción, vamos a dejar aparte las economías comunistas o de planificación centralizada. Con contadas excepciones, por tanto, pero también con muchos matices, nos referimos a las economías calificadas genéricamente como «capitalistas» según un término acuñado en el siglo XIX, fruto de la Revolución Industrial y del predominio del capital como factor de producción. “Recuérdese que el capitalismo posee dos componentes principales: la propiedad privada de la tierra agrícola y urbana, de las minas y de las fábricas, lo cual es típico que produzca a sus propietarios privados rentas, intereses y beneficios de la renta nacional distribuida en forma muy desigual. Y el sistema de mercado descentralizado, la red nacional de transacciones de compra y venta: parte de esta red comercial está constituida por la multitud de empresas autónomas, todas y cada una de ellas dotadas de capacidad de decisión acerca de su producción, inversión e innovaciones de acuerdo con las expectativas de precios y beneficios. Pero calificar de capitalista a un sistema económico ayuda relativamente poco a definir su funcionamiento, dada la amplia variedad de matices que admite. Históricamente, es muy diferente el capitalismo inicial de la Inglaterra del siglo XIX (a veces denominado “capitalismo manchesteriano”) del capitalismo del Estado de Bienestar que nace tras la crisis del 29. Por el nivel de desarrollo alcanzado, es bien distinto hoy día el capitalismo de los países de reciente industrialización (p.ej. Corea), el de los países en vías de desarrollo (p.ej. Perú) y el de los países industrializados (todos los de la OCDE). Refiriéndonos ya, en exclusiva, a los países industrializados, los distintos partidos políticos en diferentes países y épocas históricas, presentan opciones económicas alternativas cuya línea argumental básica está en la mayor o menor intervención del Estado, con múltiples variantes, distorsiones y matices. En un extremo estaría la doctrina económica liberal a ultranza, conocida por su expresión francesa “laissez-faire”. En el otro, el socialismo beligerante que trataría de aumentar permanentemente el peso económico del Estado, transfiriéndole nuevas funciones y nacionalizando empresas o sectores económicos completos. La creencia en el laissez-faire era como la fe en la castidad prematrimonial, una convicción acerca de lo que debería ser, más que un conocimiento efectivo de lo que en realidad unos hombres hacen a otros en la vida cotidiana. Los economistas proporcionaron la lógica subyacente para la castidad gubernamental, para la continencia de sus intervenciones y gastos en el mercado. Pero ya no podemos pedir que la mano invisible haga nuestro sucio trabajo por nosotros. Lo que ahora se esperaba del Estado era una actividad positiva y continua: una especie de ingeniería social y económica. El Siglo XX ha sustituido la doctrina de la armonía natural de los intereses por el culto del fuerte Estado intervencionista. En el momento actual, es difícil encontrar en cualquier país un ejemplar “puro” de liberal a ultranza o de socialista beligerante. En todos los países que siguieron a Gran Bretaña al crear la nueva sociedad capitalista industrial de fábricas, mercados y ciudades masivas se han registrado las mismas intervenciones gubernamentales y los nuevos servicios sociales, defendidos por personas y gobiernos de muy diferente ideología política.. A su vez, los socialistas democráticos han tenido que abandonar la idea de la nacionalización de la industria como medida principal para crear un socialismo en las democracias parlamentarias. Una vez eliminados, prácticamente, los extremos del binomio liberalismo/socialismo, caben múltiples combinados, algunos con sorprendentes mezclas de sabores. Porque entre liberalismo progresista y socialismo democrático, las divergencias son principalmente cuantitativas (talla del sector público, volumen de las transferencias de renta), aunque el primero mire al individuo respetando la sociedad y el segundo a la sociedad respetando al individuo; aunque el primero tenga como extremismo el lassez-faire y el segundo la autogestión y la supresión de la propiedad privada. Conviven y se alternan en la orientación de las sociedades industriales avanzadas, se sitúan dentro del paradigma científico interaccionista, analizan la sociedad como un conjunto de fuerzas libres en interacción, movidas por intereses individuales, con un Estado democráticamente representativo encargado de corregir los efectos negativos para el conjunto social de la acción de esas fuerzas. En este movimiento de las ideas que algunos ven como tendencial y otro más bien como pendular, lo cierto es que el predominio de las últimas décadas va hacia todo lo que significa libertad económica frente a intervensionismo estatal. Eso sí, con su propio éxito están presentes las críticas; unas, desde posiciones ideológicas opuestas, y otras, desde dentro, tratando de mantener reformando. No puede terminarse este rápido repaso de posiciones ideológicas de base sin mencionar algunas ideas de futuro. Para algunos pensadores, se ha llegado al fin de la historia con la «victoria terminal del liberalismo» (Francis Fukuyama). Para otros, el futuro está más en una confrontación de civilizaciones y culturas que en el debate ideológico liberalismo/socialismo (Samuel Huntington). Incluso hay quien piensa que el debate de la estrategia fundamental de la transformación social se ha reabierto ahora entre los movimientos antisistema: verdes, feministas y otras “minorías” en los países occidentales; organizaciones extra-partido en los antiguos países del bloque de economías planificadas; movimientos de liberación nacional, movimientos indigenistas y religiosos en el tercer mundo (Immanuel Wallerstein). Al menos con una perspectiva histórica amplia nos cabe la duda de que las ideas hoy día predominante vengan a mantener su liderazgo. Algunos ya lo niegan de forma categórica: “El siglo XXI no será el siglo de la vuelta al liberalismo; es el nuestro el que conocerá en sus últimos años las grandes borrascas finales de la tormenta liberal. El siglo XXI será posliberal, quizá incluso antiliberal, igual que, tras el siglo XIX victoriano, la primera mitad del siglo XX asistió al ascenso de ideologías, movimientos sociales y políticas económicas cada vez más radicalmente antiliberales. Pero sean razones de sensibilidad u oportunismo político, las que llevan a los partidos a transformar sus mensajes políticos en cuanto a temas económicos, parece razonable, para un buen funcionamiento democrático, que los electores puedan interpretar y juzgar los programas o medidas propuestas. Es preciso: • Evitar que las propuestas se limiten a definir objetivos instrumentales de carácter tecnocrático, en lugar de abordar los objetivos últimos (p.ej. la tasa de variación de la M3 en lugar de la generación de empleo). • Exigir que se definan objetivos claros, fechados y consensuados, cuyo cumplimiento pueda ser posteriormente verificado. • Propiciar el debate social con planteamientos y valoraciones alternativas, no sólo de los partidos políticos, sino de la más amplia variedad de instituciones. Fuente: Texto extraido de www.econolandia.es
El programa económico y la ideología política
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