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Apuntes Y Monografias•Fecha desconocida
Registrate y eliminá la publicidad! Zoncera N° 13 ESTE PAÍS DE M... Al tilingo la m... no se le cae de la boca ante la menor dificultad o desagrado que les causa el país como es. Pero hay que tener cierta comprensión para ese tilingo, porque es el fruto de una educación en cuya base está la autodenigración como zoncera sistematizada. Así, cuando algo no ocurre según sus aspiraciones reacciona, conforme a las zonceras que le han enseñado, con esta zoncera también peyorativa. La autodenigración se vale frecuentemente de una tabla comparativa referida al resto del mundo y en la cual cada cotejo se hace con relación a lo mejor que se ha visto o leído de otro lado, y descartando lo peor. Jorge Sábato me cuenta que en Nueva York, recibido por un grupo de norteamericanos a quienes acompañaba un argentino, le faltó tiempo a éste para preguntarle como primera noticia de su Patria: —"¿Buenos Aires siempre lleno de baches?" Jorge le dijo: —"Si, hay muchos y te podés romper una pierna. Pero si aquí te metés en el subterráneo después de las cinco de la tarde es casi seguro que te rompen algo... ¡Bueno, todo va en gustos! Yo prefiero romperme una pierna... y en un bache". Pudo agregarle que si se metía en Harlem podría ser víctima de la discriminación racial del poder negro, como podría serlo del poder blanco un "negro" argentino que se metiera en Little Rock. Sin embargo, lo que pasa en el subterráneo de Nueva York, en ciertos barrios de Chicago o en Detroit entre negros y blancos, no nos autoriza, ni a los norteamericanos ni a nosotros, a suponer que eso solo —y los demás aspectos desagradables— den la imagen total de los Estados Unidos. Y mucho menos a un norteamericano, que de ninguna manera dirá que su patria es un país de m... Seguramente pensará a la inversa. Tampoco le ocurrirá al francés, al alemán, al suizo, al inglés o al chino; no excluyo que haya zonzos en todos estos países, pero no en la cantidad que aquí y en posiciones dirigentes. Seguramente estarán más cerca de nuestro guarango, aquel que mide por el tamaño del bife la significación de lo nuestro. Ya lo veremos a éste, el que canta con Gardel "Mi Buenos Aires querido...". Y aquí viene otra zoncera, que es la de afirmar que Buenos Aires está mal nominado porque tiene un clima intolerable. Lo cierto es que Buenos Aires sólo tiene 50 días, a lo sumo, de calores fuertes y no alcanzan a 60 días los fríos o lluviosos, a los que opone una temperatura media, una abundancia de días luminosos, de cielos increíblemente azules y de noches maravillosamente estrelladas, como creo que hay en pocas ciudades en el mundo. Pero el tipo, en cuanto transpira un poquito y no puede estar en Mar del Plata o en Punta del Este, sólo atina a decir: "¡Esta ciudad de m...!". En otros libros he hablado de estas dos actitudes opuestas entre el detractor y el guarango sobrador. La de este último es constructiva y no se apoya sobre una derrota previa. La fanfarronería —más porteña que argentina— es susceptible de corrección. ¿Pero cómo corregir al tilingo que es el fruto buscado de una formación mental a base de zonceras peyorativas que con el respaldo de próceres al caso, ha afirmado nuestra inferioridad como punto de partida inseparable de su "civilización"? El técnico que se evade con contrato afuera, de preferencia en dólares, es uno de los que más emplea la expresión. Y también el que la justifica. Se comprende al primero pues tiene la mala conciencia de saber que se va del país sin devolverle lo que éste le ha dado. (Nuestro estudiante universitario cree que su papá, o él mismo, si la trabaja de self made man, son los que le han pagado la carrera cuando en realidad no han contribuido sino con una alícuota ínfima porque aquí la enseñanza universitaria es un servicio público. Así en lugar de creerse deudor cuando se gradúa, se cree acreedor). Lo mismo que el evadido pontifican los que lo defienden desde la prensa. No es sólo la Argentina sino el mundo entero quien proporciona técnicos al país de más recursos y de técnica más adelantada. Dicho sea en favor de los mejores de éstos que muchas veces van a perfeccionar sus conocimientos para luego retornar. Pero los justificadores de los evadidos para hacerlo apelan también a la denigración. Ahora somos un país de m... porque no los retenemos. Hace 25 años para la misma gente, cuando los técnicos se importaban porque no los había, éramos un país de m... por la razón inversa. Pero en realidad se trata siempre del juego de la mentalidad colonial. Después de la guerra los técnicos de los países vencidos se propusieron trasladarse en gran cantidad a la Argentina que se encontró, en razón de su neutralidad durante el conflicto, con la posibilidad de adquirir gran parte de la técnica alemana. En cuanto comenzaron a venir, algunos, los Santander y demás yerbas imputaron nazismo al gobierno que posibilitaba su venida e hicieron una campaña de difamación destinada a impedir que la Argentina adquiera ese capital. Entre tanto los rusos y los norteamericanos se los disputaban técnico por técnico valiéndose desde el soborno hasta el secuestro, y grande ha sido su contribución, tanto en los Estados Unidos como en la Unión Soviética, para el desarrollo tecnológico de los mismos. Después de la revolución de 1955 los pocos técnicos germanos que vinieron tuvieron que huir. ¿Adónde? A Rusia o a Estados Unidos. Y esto contó con el apoyo de la prensa que ahora se aflige por la evasión de técnicos. Como se ve, en este caso más bien que de un complejo de inferioridad se trata de una clara actitud de agentes provocadores. ¡Este país de m... que da refugio a los técnicos nazis! ¡Este país de m... que permite la evasión de sus técnicos! Palos porque bogas y palos porque no bogas. En este momento se está renovando la cañería de gas de la calle Esmeralda, donde vivo. Y los mismos vecinos que protestaban porque escaseaba el combustible protestan ahora porque se están haciendo las obras que lo darán en abundancia. ¡Y siempre este país de m...! Lo dice el vecino y lo dice el conductor de vehículos que tiene que desviarse y el pasajero del colectivo. Ningún órgano de opinión se preocupa de explicarle a la población que las constantes aperturas de calles —por el gas, la electricidad, las obras sanitarias, etc.— tienen su causa lógica en que Buenos Aires se modernizó justamente a principios de siglo y de un solo golpe en la parte céntrica, por lo cual también al mismo tiempo termina la vida útil de las instalaciones dentro del radio céntrico. No así en los barrios cuya urbanización se escalonó en el tiempo. Con un poco de amor al país todos los órganos de publicidad debían dar esta explicación pero no lo hacen porque subconsciente o conscientemente piensan que este es un país de m... y hay que provocar lamentos y no afirmaciones optimistas. En la misma página o en la siguiente nos informan que París se está blanqueando íntegramente, o de cualquier obra de progreso que se realiza en otro lugar del mundo, con los mismos inconvenientes transitorios para los pobladores... Pero cuando se trata de lo que ocurre en el exterior no se trata de un país de m... sino todo lo contrario. No pretendo, caso por caso, señalar el empleo de esta amable, si que escatológica imagen del país, pero interesa a través de lo referido señalar cómo hay una natural predisposición denigratoria que no es otra que el producto de una formación intelectual dirigida a la detractación de lo nuestro. El lector no tiene más que hacer memoria, y verificar en él mismo, el continuo uso que hacemos de la expresión. Porque también, yo pecador, empecé de niño fenómeno: En el cielo las estrellas, en el campo las espinas, etc., etc. Y ya crecidito más de una vez salí con lo de este país de m... Zoncera N° 14 LA INFERIORIDAD DEL NATIVO del ritmo monocorde y lento de las hachas santiagueñas sobre el tronco de los quebrachos, se fue a Buenos Aires y reclutó una cuadrilla de italianos recién llegados, en el Hotel de Inmigrantes. Todo cambió. La música de las hachas aceleró su ritmo y el quebrachal se estremeció ante el empuje avasallador de Europa, que multiplicaba el golpe y llenaba de redobles el eco de la selva... Pero a los pocos días la cuadrilla se había disuelto y unas cuantas verdulerías más, multiplicaban el comercio minorista de Añatuya, hasta entonces dominio exclusivo de los siriolibaneses. Volvió la selva a la música hachera de los santiagueños, que lenta pero seguramente, la iban aboliendo, para que los rieles importados estiraran su sueño de distancia sobre el sueño de quebracho de los durmientes. (Se me ocurre un símbolo de cómo debió ser y no fue: asentar lo nuevo sobre lo viejo y fuerte). Los piamonteses y napolitanos del Hotel de Inmigrantes aprendieron pronto lo que los "turcos" de Santiago habían aprendido antes y se dedicaron al comercio, al menudeo para conciliar clima con sus técnicas, hasta que paulatinamente fueron adquiriendo las costumbres y modos santiagueños, y terminaron por serlo, y más sus hijos, y más sus nietos. Como había ocurrido con los conquistadores españoles, que también lo aprendieron. Vaya usted y vea las cuadrillas de santiagueños en la junta de maíz, en el más benigno clima del Litoral, y ni piamonteses, ni napolitanos, ni siquiera los mismos criollos del Litoral, se les acercan en el número de bolsas a los venidos del Norte. Vaya usted ahora a la siderurgia de San Nicolás y pregunte si hay mejores trabajadores que los correntinos, santiagueños y tucumanos que constituyen el grueso de la población obrera. O vaya usted y póngaseles a la par, hacha contra hacha, en la picada del quebrachal. Permítame, después, una sonrisa. Pero el "culto" seguirá creyendo que es una cuestión de raza o de herencia cultural, confundiendo cultura con alfabeto y no con el producto de la vida en determinado medio geográfico e histórico. Casi estaría por decir a esos "cultos", que las técnicas más difíciles son las primitivas. Yo puedo largar un "cabecita negra" en Londres y se va a "defender". Me gustaría ver cómo se comporta el intelectual en un rincón de la selva virgen. Eso sí, le puedo decir que con un peón se puede hacer un tractorista, pero con un tractorista no se puede hacer un peón ganadero. Así son los hechos y de nada sirven los libros sin el conocimiento práctico de los mismos; o peor, sirven para confundir. ¿Pero esto me da derecho a mí para pensar que el santiagueño es superior al milanés o al napolitano? De ninguna manera. Incurriría en la misma zoncera de mi interlocutor. Son las condiciones del medio y las del sujeto en su formación histórica, las que permitirán decidir de su aptitud o no. Pero esto le resulta muy difícil de entender a nuestros antirracistas de exportación. En El medio pelo en la sociedad argentina bajo el subtítulo, "La inmigración en el medio rural" me he referido al contraste tan traído y llevado a la supuesta superioridad del "gringo" sobre el nativo como trabajador, cuando en realidad se trata de la aptitud técnica correspondiente a los distintos estadios sociales a que nativos e inmigrantes pertenecen en un momento de transición. He tomado allí como punto de partida aquel verso magistral de Martín Fierro cuando relata con inusitada ternura la dramática situación del gringuito cautivo. Creo necesario aquí reiterar en otros términos lo que allí se dijo: "Había un gringuito cautivo que siempre hablaba del barco y lo augaron en un charco por causante de la peste: tenía los ojos celestes como potrillito zarco." He aquí al gaucho matrero refugiado en los toldos, víctima de todas las miserias, constreñidos al último rincón de su infelicidad, revuelto "entre perros, indios y lanzas". Sin embargo se compara con el gringuito cautivo de los ojos celestes y lo protege con la comprensión de su debilidad: "Tenía los ojos celestes / como potrillito zarco", y "siempre hablaba del barco", es decir de su mundo del que había arrancado para esta otra vida americana, brutal y para la que no estaba preparado. Antes de ese momento el gringuito era el fuerte; el gaucho el débil. Traslademos ahora la acción de este verso a un escenario más amplio. El gringo, con la técnica y el estilo de vida de su país de origen, se incorpora a la sociedad de la pampa. ¿Es superior o inferior? Ya sabemos lo que ha dicho nuestra "intelligentzia". Desde luego no es superior allí en la toldería. Tampoco es superior en el fortín, como el "napolitano" contratado de que también habla Fierro. No es superior en ninguna de las artes que corresponden a la sociedad en que el gaucho se formó y a la que pertenece. No sabe hacer un corral de palo a pique, ni quinchar un rancho, ni hacer "chorizo" para sus paredes, ni domar un potro, ni entablar una tropilla, ni arrear una tropa, ni orientarse por las estrellas o por los pastos, ni seguir un rastro. El gringo es un inútil y desde su superioridad técnica el gaucho lo ha de mirar entre despectivo y compasivo, según la ocasión. Esta del verso ha sido la de compadecer; la del napolitano en el fortín la de despreciar, o la del organillo. La sociedad que se asienta en la ganadería ha creado sus técnicas que prolongan la mano en el lazo y en el cuchillo y permite dominar la naturaleza desde el caballo; su conocimiento es la sabiduría de la pampa. Cuando aparece el trabajo agrícola la situación es otra. El gaucho de la pampa ignora la agricultura, y digo el de la pampa porque no ocurre eso en el de las zonas de regadío. La técnica de la agricultura ha sido imposible antes del alambrado, en un país poblado de innúmeros yeguarizos y vacunos donde el cultivo no se puede proteger contra su invasión. El gringo en cambio domina esa técnica que aprendió en el país de origen y esa es toda la superioridad agrícola del gringo sobre el gaucho, que es la misma superioridad del gaucho sobre el gringo, cuando se trata de la ganadería vacuna. Ni el hombre gringo ni el hombre gaucho carecen de aptitudes; sólo que cada uno posee aquellas en que fue formado, las jerarquiza como superiores y tiene un concepto despectivo en lo que no figura en sus tablas de valores. Sólo la ejercitación en la nueva técnica podrá decir quién es inferior y eso se verá mucho más adelante cuando la vida arroje al gaucho a la necesidad del trabajo agrícola que lógicamente subestima como sobreestima lo que sabe, es decir el trabajo ganadero. Entonces el croto, el criollo, peón de aradas y cosechas, aprenderá y reemplazará al gringo linyera o golondrina en el trabajo estacional de la agricultura. Y también se hará chacarero. Más tarde será el "cabecita negra" y entrará al conocimiento de las altas técnicas de la mecánica, la electricidad, la construcción, la siderurgia, etc. Esto ni lo podían presumir los que habían partido del supuesto básico de la inferioridad y no del análisis de las condiciones objetivas propicias o adversas del desarrollo de las aptitudes. Aún más: tampoco resultará inferior el gringo débil o su hijo tal como lo ve Martín Fierro en la estrofa citada, cuando haya aprendido las técnicas de la ganadería. Mi padre fue matrero en la Revolución del 80. Muy jovencito —quince años— se alzó en su pueblo del oeste con el resto de la mozada huyéndole a Arias que hacía la leva para traer defensores a Buenos Aires. (Pepe Rosa me ha dicho que el combate de Olivera se da en nuestra historia como una derrota de Arias, cuando fue en realidad una hábil maniobra por que la fuerza derrotada era un pequeño contingente que tenía una función diversionista que cumplir mientras, a retaguardia de la misma y sobre el flanco el grueso de la leva seguía hacia Buenos Aires, donde Arias entró con 3.000 reclutas incorporados a la defensa). En una ocasión, ya anochecido, los matreros fueron alertados de la presencia de un piquete de tropa. Allí fue el apuro por "agarrar caballo". Y mi padre comentaba siempre, riéndose: —"Los vieran a los gringos cómo lloraban lo que no sabían cómo agarrar caballo a oscuras". Esto era para él, hijo de gringo, un signo evidente de inferioridad, y cuando yo le objetaba que me encontraría en el mismo apuro atinaba a decir que también yo era un agringado. La anécdota prueba una vez más la relatividad de los conceptos: mi padre, hijo de inmigrantes, había adoptado el punto de vista del gaucho desde que había adquirido la técnica del mismo y también sus tablas de valores. Lo cierto es que no se hizo rico, como no se hacía el gaucho, y debía necesariamente hacerse el gringo o su hijo, conforme a su superioridad sobre el nativo. Pero aquí tocamos otra cosa que ya no se refiere al dominio técnico de la naturaleza: la inferioridad del gaucho para el comercio. Por encima del gaucho se ha conformado una sociedad comercialista y capitalista; el gringo proviene de ella y conoce perfectamente la transacción y el valor acumulativo del dinero. El gaucho ignora hasta la propiedad de la tierra. Se ha formado en donde ésta es "res nullius", o por lo menos desierto, y su economía es una economía primaria de autosatisfacción fundada en la parquedad de sus necesidades y en la provisión por la naturaleza y por sus aptitudes ganaderas, de las cosas esenciales. El dinero es necesario a lo sumo para los vicios y elementales urgencias; no tiene valor acumulativo porque no tiene destino, y sólo puede proporcionarle los lujos del apero y la tropilla. La plata y el oro, aún amonedados, son el adorno de su cuchillo o de su tirador. No concibe lo comercial y el comercio no forma parte de su vida; es un incidente con vistas a procurarse cosas de consumo o de uso, nada más. Lógicamente, mostrador por delante, el gringo lo vence siempre y lo vencerá en todo lo que se vincule con sus aptitudes para la sociedad capitalista. ¿Puede, de aquí, deducirse una inferioridad? Sí, para determinado tipo de sociedad; pero puede ser superioridad para otro. Pero aún dentro de la sociedad capitalista su inferioridad no es congénita ni determinada por el medio geográfico, sino por la realidad de su formación económica y social. Lógicamente instaurada una sociedad de tipo capitalista y comercialista, como ocurre, el gringo le ha de llevar ventaja, porque el país que se construye ha tenido en cuenta al gringo y no al nativo. Lo mismo pasa en la colonización, como trató de demostrarlo Hernández en sus trabajos cuando ella fue posible en la pampa, es decir, cuando el alambrado hizo posible salir de la propiedad latifundista que es un producto en gran parte de las condiciones de producción anteriores al cerco, cuando sólo la distancia y las aguadas hacían posible el aquerenciamiento de las haciendas y los apartes1. De la supuesta inferioridad criolla2 también nace para nuestra "intelligentzia" las precarias condiciones de habilitación de los establecimientos ganaderos. Hudson ha sido en Allá lejos y hace tiempo quien ha explicado las condiciones objetivas que determinan esta particularidad del viejo campo argentino y sus pobladores, ajenas por completo al subjetivismo que importa suponer al criollo incapaz para el confort. Dice Hudson que le llamó la atención ver que las estancias del siglo XVIII presentaban rastros de haber tenido buena casa, monte frutal y huerta, en tanto que las del siglo XIX carecían de todo esto, limitándose a unos pocos corrales y unos malos ranchos. La explicación que encuentra es la que sigue y que demuestra que el primitivismo puede ser una exigencia del medio. Los primeros pobladores de estancias, procedentes de Andalucía, Extremadura, etc., trataron de reproducir en las pampas las características de las fincas de su lugar de origen, pero la experiencia fue enseñando poco a poco que el confort que retenía en la casa y el zapallo o el duraznero a cuidar robaban un tiempo necesario para el cuidado de las haciendas, que en espacios ilimitados y con aguadas variables y diseminadas, exigían estar a caballo permanentemente, porque una docena de duraznos o dos caballos podían costar la pérdida de 200 ó 300 cabezas de vacunos. Era la naturaleza de la explotación la que generaba los hábitos y no a la inversa, como creen nuestros doctorcitos y muchos agronomitos3. Igual pasa con los hábitos de vida. Si usted va a pasar hoy unos días al campo y hace noche en una estancia lo despertarán a las cinco de la mañana al grito de "¡porteño dormilón!". Después se sorprenderá por el hecho de que los que lo despertaron están hasta las nueve de la mañana tomando mate. Es que las rutinas de una técnica, aquí como en Europa, perduran durante mucho tiempo, después que ésta ha sido reemplazada. Antes del alambrado y del apotreramiento en cuadros chicos había que salir antes del sol para llegar al fondo del campo con la fresca. Por lo demás, los pastos eran duros, y éstos se han reemplazado por los pastos blandos que se quiebran si se mueve la hacienda antes de que levante el rocío. No hace falta, ni conviene, pues, "mover el campo" temprano. En realidad el madrugón es una rutina a la que ayuda el acostarse en cuanto oscurece y el descanso de la siesta que superan la capacidad de sueño. Con la radio, y la televisión mediante, y también con la mayor lectura, ya no será necesario madrugar tanto cuando el sueño se cabecee horas más tarde. Se podría ejemplificar de manera inacabable. Baste lo dicho para mostrar lo que se dijo en la parte general de las zonceras de autodenigración, que refuerzan con el prestigio de "las ciencias", los discípulos de Adam Smith, de Bentham, Stuart Mill y otros de la pacotilla del primero en economía y de los ya citados detractores de lo americano o los excursionistas que los actualizan descubriendo taras locales. Todos de consuno se han empeñado en ignorar las condiciones objetivas del medio para imputar el atraso a condiciones subjetivas de manera tal que necesariamente nuestro proceso de construcción moderna pareciera sólo posible por la exclusión masiva del criollo en razón de la supuesta inferioridad. Zoncera N° 15 EL "VICIO" DE LA SIESTA Se trata de un "vicio" típico de la indolencia nativa, según los "cultos". Mi viejo amigo don Julio Correa, fallecido hace ya años, fue uno de los narradores con más gracejo que he conocido. Era el suyo un chispeante humor, que remarcaba con el acento catamarqueño y con uno de sus ojos, cuyo párpado, cayendo "como capota de coche" —según su decir—, subrayaba el momento preciso del efecto buscado. Nadie que las haya presenciado podrá olvidar la fina gracia de las polémicas a chiste entre el santiagueño Chalaco Iramain y don Julio, en que las rivalidades de las dos provincias natales se ventilaban en amables e inagotables anecdotarios. Contaba Correa que viajó una vez a su provincia como delegado de su partido —era radical—, para arreglar uno de los tantos conflictos de campanario con que los provincianos llenan el hueco de las horas vacías. Esas horas vacías que el clima impone, matizadas de trucos y de bromas, almácigos de apodos y de anécdotas bajo la sombra amonedada de sol de los parrales o en la cámara oscura del café o del club, tras el objetivo tachonado de "bufache" de la vidriera. El tren llegó a las tres de la tarde. Desde el estribo, valija en mano, don Julio paseó su mirada por el andén de la estación, donde dos o tres escépticos changadores y el inevitable perro pila bajo un banco, sustituían la presumida Comisión de Recepción. Sin embargo, al pasar por la sala de espera, oyó una voz conocida que le daba la bienvenida desde un rincón oscuro y perfumado de "fluido". —"¿Has venido vos solamente?" —preguntó Correa, anticipándose ya al fracaso de su gestión. Pero el otro le explicó, con la razón de su presencia, las demás ausencias: —"Es que estaba desvelado." Pretendía después don Julio, que no era desvelo. El que lo esperaba también dormía, sólo que era sonámbulo. Los sonámbulos practican a la hora de dormir y el sonambulismo diurno no es un sonambulismo de segunda. Donde es más importante dormir en las primeras horas de la tarde que en las de la noche, hay sonámbulos de siesta. Esto tal vez sea difícil de comprender para los que creen que su mundo es el mundo y que los horarios —hasta para el sonambulismo— tienen que arreglarse según los horarios de otros climas más "civilizados", como dicen. Y otras veces es la vida, con sus exigencias, y no el clima, a pesar del clima, la que los organiza, como en el caso de los changadores de la estación de Catamarca y la del mismo jefe de la estación, que tiene que "acechar" la posible llegada del tren sin que le valga el horario de la siesta. * * * ¡Oh, necesaria, deliciosa y detractada siesta! Sabios horarios de provincia, que cierran las puertas de los comercios y los talleres; que nos zambullen en un agua de silencio rayado de chicharras, entornando también la puerta del día hasta que llega la tarde, dulce y fresca como sandía recién sacada del pozo, con una boca gruesa y jugosa, abierta en carcajada. De vez en cuando cae por provincias un "profesor de energía". De esos que han leído a Spencer y a Orison Sweet Marden, y desde luego a Agustín Álvarez, los editoriales de los grandes diarios, las opiniones de los normalistas y el "Reader Digest", y nos abruman con que "time es money", y que nada se debe dejar para mañana. Yo los he visto llegar a los países de la siesta, pontificar sobre la molicie de las costumbres y la haraganería criolla, que la siesta simboliza, hasta que la siesta misma, como un hada amable y persuasiva, y un poco maliciosa, los ha ido paulatinamente conduciendo por los caminos del sentido común. Y he visto también rechazarla porfiadamente, hasta el final inevitable, que va resbalando de los vasos de whisky y las botellas de cerveza de las confiterías y los clubs, a la caña de los mostradores de boliche y la botella de los bebedores solitarios. Y no es un descubrimiento mío, pues pertenece a la mejor literatura imperial, nada menos que a Rudyard Kipling: "Ahora bien, la India es un sitio más lejano que los otros, donde uno no debe tomar las cosas demasiado en serio, excepto siempre el sol de mediodía. El mucho trabajo y el exceso de energía matan a un hombre tan seguramente como el reunir muchos vicios". (Rudyard Kipling, Cuentos de las colinas). El cuento es el de un alumno modelo de Sandhurts, que graduado va a servir en las fronteras de la India, y que como modelo no se allana a las exigencias del clima. Y lo paga. La India no es Catamarca, ni Santiago del Estero, pero vale la moraleja. Sólo que nuestros "cultos" lo entienden a Kipling, a quien desde luego han leído, pero sólo para la India, y no para lo nuestro. En esto como en todo. Conocí un "profesor de energía" que, increíblemente, era provinciano. Viajaba ya a Tucumán en el verano de 1928. Principiaba enero, y el termómetro del coche comedor del tren batía sus mejores marcas. En La Banda descendió el Coronel De La Zerda, candidato a gobernador por los radicales antipersonalistas. En el andén una pequeña banda de música, disparos de bombas y el desganado y breve discurso de bienvenida. Después vi salir de la estación el pequeño grupo de partidarios que se alargó en la calle en fila india, pegado a las paredes del norte, como si caminara a pie enjuto por el hilo dentado de su sombra que mellaba la vertical solar. En el andén, levemente sombreado, quedamos solos el jefe de la estación y yo. El correspondiente perro pila había vuelto a estirarse bajo el banco, agotado por el esfuerzo de husmearme, y en la punta lejana del andén el auxiliar cachaciento entregaba el aro al maquinista. —"¿Puede ganar el Coronel éste?..." —le pregunté al jefe. —"Vea, señor" —me contestó después de una pausa—, "Prestigio no tiene mucho y menos su partido. ¡Pero el hombre es muy trabajador!". Y para ratificarlo —después de "tomarse un tiempo" —agregó ponderativamente: —"¡Figúrese que no duerme la siesta!". Quedamos en silencio los dos. El santiagueño, absorto ante el fenómeno que acababa de señalar. Yo, rumiando la comprobación sociológica que acababa de hacer: la siesta como expresión del arrastre "bárbaro" de las tradiciones hispanoamericanas, y lo que podía significar aquel hombre símbolo, cuando, llegado al gobierno, la desterrara de las costumbres, y ganando horas al tiempo colocara a Santiago del Estero en la ruta de la civilización europea. Pergeñaba "in mente" un ensayo como para las columnas de "La Nación", "La Prensa" o "La Vanguardia", cuando en el momento de volverme en dirección al tren, oí que el santiagueño —y ya se sabe que el paisano tiene dos tiempos— completaba su pensamiento: —"La verdad, señor, es que no sé qué gana con estar despierto, ¡porque como los demás estamos durmiendo...!". La dinámica del Coronel De La Zerba me había perturbado hasta olvidarme del sol, de la temperatura, y las demás condiciones naturales que rigen la dinámica santiagueña. Tomaba como buen ejemplo el malo, el que no servía para el caso, pues las leyes del caso están dadas por la naturaleza, a la que no se puede escapar ni aquí ni en la India, sino por el whisky, la cerveza o la caña, porque el que no se evade de la fresca. Así también los borrachos de sabiduría libresca, que copian en lugar de mirar, y no ven, porque no todos los que miran ven. Inútil decir que el Coronel De La Zerda perdió la elección. Y lo que es más importante: las siestas. Pero ahora sabemos que Winston Churchill dormía la siesta. Adquirió la costumbre en Cuba, en su mocedad. Y puede ser que los tilingos comiencen a ponderar sus excelencias. Ellos son así. El tango vino de los salones de París, y ahora la música folklórica les gusta, porque retorna con pase ultramarino. Es "bian", y los chicos y chicas aprenden la guitarra. Que sea por mucho tiempo. Amén. DE LAS ZONCERAS DE AUTORIDAD QUE SE LE OLVIDARON A BENTHAM De las zonceras para escolares... y también para adultos A) EL NIÑO MODELO El niño que no faltó nunca a la escuela. El buen compañerito. El niño que no mintió jamás. B) EL HOMBRE MODELO El canal de Rivadavia. El hombre que se adelantó a su tiempo. El más grande hombre civil de la tierra de los argentinos. C) OTRAS ZONCERAS DEL MISMO TIPO Como hombre te perdono mi cárcel y cadenas. El tirano Rosas y la piedra movediza del Tandil. DE LAS ZONCERAS DE AUTORIDAD QUE SE LE OLVIDARON A BENTHAM Estas zonceras son aquellas cuya administración comienza con el destete, pero en dosis para adultos. Recordemos que Jeremías Bentham, conforme a su clasificación de los sofismas, dedica un capítulo a los "sofismas de autoridad". Estas zonceras son previas a las de autoridad y sirven precisamente para crear la autoridad o para restarla a quienes se opusieron a los respectivos autores de zonceras. Desde otro punto de vista, son las zonceras menores, auxiliares de las zonceras mayores, a las que acompañan delante, atrás y a los costados haciéndoles de coro y comparsa. La apariencia de estas zonceras es inocente. Posiblemente le arranquen a usted, una sonrisa nostálgica, como los cuentos de Callejas o los del lobo y Caperucita. A decir verdad, no estoy muy seguro de que lo del lobo y Caperucita no forma parte también de otras zonceras, tan extraños son el lobo y Caperucita a nuestro medio histórico y geográfico. Más bien creo que ésta es zoncera por consecuencia de las otras. Una vez que se ha preparado la concreta en que está inserta, lo demás viene por añadidura. Así resulta natural que los escolares tocados por el estro poético —los post-escolares también— nos obsequien con sus primaveras abrileñas, y que los Reyes Magos, tan del clima de nuestras Navidades, hayan sido reemplazados por sudorosos y olorosos "Papás Noel" y "Santa Claus" cubiertos de algodón —nieve— y de un manto de pieles, deslizándose por las chimeneas cuando tienen a su disposición todas las ventanas, abiertas de par en par en las cálidas noches de nuestra estival Navidad. Y que las palmeras hayan sido reemplazadas por nevadas coníferas y los trineos sustituyan a los simpáticos camellos. También que se olvide el santo y se prefiera el cumpleaños, pero cantando "Happy birthday"... —"¡Un momento!, voy a atender el teléfono...". —"¡Haló, haló!". —"¿Qué el 'baby' está enfermito ...?". —"¡Sí, sí!, 'malade'...". —"Pero vos sos la mamy', m'hijita... Mejor que lo llames al 'papi'! —"¿Qué, no puedes sacar el 'carro' del 'aparcamiento'...? Reportame, ¿cómo cuánto lo querés... ? Eso es lo que lo enferma. Levantalo y dejalo que participe en la 'balacera' que tiene con los amiguitos". ¡Y pensar que de chico tenía miedo de pasar por maricón porque decía mamá y papá en lugar de tata y mama...! Zoncera N° 16 A) EL NIÑO MODELO Esta no es una zoncera vernácula, pero es madre de otras que lo son. Fue importada de los Estados Unidos como la "coca-cola", pero con menos aceptación por los párvulos. Mark Twain nos ha divertido con sus historias del niño bueno y el niño malo, ridiculizando una educación que porque Benjamín Franklin estudiaba de noche y con vela, espera del estudio nocturno y con vela que cada niño invente el pararrayos. El niño modelo de los norteamericanos es el niñito Benjamín Franklin: el nuestro, el niñito Domingo Faustino Sarmiento. Los norteamericanos propusieron a Franklin porque el otro candidato, Abraham Lincoln, tenía un físico más bien para niño malo. Aquí no se tuvo en cuenta la belleza física, como se comprueba con sólo mirar los innumerables Sarmiento, que en mármol, bronce, yeso o en reproducción fotográfica acechan a los niños en todos los rincones escolares. Tal vez el haber llegado a Presidente de la República en un país donde se educa para ciudadano y no para argentino, haya sido factor decisivo, desde que ser Presidente es la legítima aspiración de todo niño modelo que se respete. En la práctica se trata de un error; lo que conviene es ingresar en el Colegio Militar aunque no se sea cadete modelo. Pero las zonceras —como se ve y se verá— son siempre teóricas y rechazan la experiencia. Para compensar las lógicas resistencias maternales a que sus tiernas criaturas se parezcan físicamente al modelo, se distribuye una imagen de niño malo, la de Facundo, ocultando sus rasgos bajo una pelambre aterrorizadora, y se enseña a las criaturas lo que el niño modelo cuenta sobre la niñez del niño malo, que si no mató al padre fue porque estaba ocupado en sacarle los ojos a las gallinas. De quién era el feo —entre el niño malo y el bueno- tenemos un testimonio. Juan Bautista Alberdi, de vuelta de algunas de sus zonceras, de las que terminó siendo víctima, dice en "Palabras de un ausente": "Perdido entre los miembros del Instituto de Francia, cualquiera por la forma de la cabeza hubiera tomado a Facundo Quiroga como rival de Arago, el astrónomo; yo he visto bien a los dos". "Sarmiento, al contrario, ha sido equivocado con un aborigen de la pampa por las primeras gentes del gobierno de Washington, según lo he oído a un testigo ocular". El niño modelo, según el patrón norteamericano, lleva un diario de su vida que se interrumpe por muerte prematura. El nuestro tiene que vivir para llegar a Presidente y para escribir su biografía ya crecidito. En este caso, la biografía se llama Recuerdos de Provincia. (Es curioso que todas las autobiografías sean de niños modelos. Habría que averiguar por qué no las escriben los niños malos). Vamos a ver ahora algunas zonceras del niño modelo que son utilizadas en la educación de nuestros párvulos. Zoncera N° 17 I) El niño que no faltó nunca a la escuela La imagen del niñito Domingo Faustino Sarmiento que usted lleva metida adentro, es la de una especie de Pulgarcito con cara de hombre, calzado con grandes botas y cubierto con un enorme paraguas, marchando cargado de libros bajo una lluvia torrencial. (Los niños sanjuaninos son los únicos a quienes esta imagen no impresiona, pues saben que jamás llueve en San Juan durante "el período lectivo" como dice la prestigiosa "docente" doña Italia Migliavacca. Más bien a San Juan le da por los temblores y los terremotos). ¿A quién no le han machacado en la edad escolar cuando uno prefería quedarse en la cocina junto a las tortas y al maíz frito en los días lluviosos, conque Sarmiento nunca faltó a clase así lloviera, nevara o se desataran huracanes? Lo dice el mismo niño modelo en Recuerdos de Provincia. "Desde 1816, fecha en que ingresé en la escuela de primeras letras, la Escuela de la Patria, a la edad de cinco años, asistí a ella durante nueve regularmente, sin una falta". Esta es una de las virtudes del niño modelo que más ha torturado a la infancia argentina hasta la aparición de la nueva ola de niños malos (“revisionistas”). “¡Nueve años sin una falta a la escuela de primeras letras”, comentan estos malvados. Y agregan ante el contrito magisterio: "¡Flor de burro el tal niño modelo para pasarse nueve años aprendiendo las primeras letras! ¡Y después lo critican a uno si repite el grado!". Conviene poner las cosas en su lugar. El mismo niño modelo nos dice que en 1821, a los seis años de su ingreso en la escuela de primeras letras fue llevado al Seminario de Loreto de Córdoba, con lo que los nueve años de asistencia perfecta que nos cuenta quedaría reducidos a seis. ¿Volvió el niñito modelo a la escuela primaria por tres años después del rechazo en el Seminario? Es indiscutible que una asistencia escolar perfecta de seis años a la escuela de primeras letras es una dosis excesiva hasta para un niñito un poco tarado. Mucho más si se trata de nueve. Y Sarmiento era un niño precoz. También lo dice en Recuerdos de Provincia cuando relata que ingresó a la escuela a los cinco años "sabiendo leer de corrido, en voz alta, con las entonaciones que sólo la completa inteligencia del asunto puede dar". Con esto se derrumba la leyenda de los nueve años de asistencia perfecta, pero también la pretensión vengativa de los niños malos (revisionistas) que sostienen que era un burro. Ni un burro ni asistencia perfecta. Un niño cualunque; pero más bien aventajado, pues siempre fue el primero de la clase. Don Leonardo Castellani, que es fraile y conoce mucho a los chicos, dice que "el chico que nunca se hizo la rabona es sospechoso". En general todos los chicos afirman, como Dominguito, que nunca "se la hicieron", pero conviene desconfiar. Zoncera N° 18 II) El buen compañerito El artículo 49 del Reglamento del Niño Modelo establece que éste es un buen compañerito. Sarmiento lo sabía y sugiere que era un buen compañerito desde que se pintó como caudillo infantil, que nos cuenta en Recuerdos de Provincia cuando describe las guerrillas a pedradas en las que era jefe de su bando. Este relato es de mano maestra, sólo que resulta un poco contradictorio con lo que se sabe de los niños modelos en general, que nunca tiran piedras ni pelean. Más bien son incomprendidos, lo que los obliga a pasarse los recreos junto a las niñas o al lado de la maestra. (Para caudillo en una de cascotazos el que me gusta es más bien el "niño" Facundo). ¿Era el niño Domingo Faustino Sarmiento un buen compañerito? En Recuerdos de Provincia, nos cuenta lo siguiente: "Estaba establecido el sistema seguido en Escocia de ganar asientos. Proponíase una cuestión de aritmética y los que no sabían bien me miraban. Se habían de perder en la votación los que se paraban, yo fingía pararme para precipitarlos. Si, por el contrario, convenía pararse, yo me repantigaba en el asiento y me paraba repentinamente para soplarle el lugar a los que me habían estado atisbando." Cuando le leí esto a mi sobrinito (niño malo revisionista) hizo un comentario irreproducible, agregando enseguida: —"¡Vaya y pase que no soplara! ¡Pero encima enterraba a sus compañeros!". Así, de las propias palabras del niño modelo resulta que, por un lado era el compañerito que exige el reglamento, y por otro, el "falluto" que dice mi sobrinito con otras cosas más. Es una lástima que el autor de Recuerdos de Provincia no nos cuente qué le pasaba a la salida de la escuela al niñito modelo que había "enterrado" a sus compañeritos. Recuerdo que tuve en cuarto grado un compañerito así: la maestra tuvo que ponerlo primero en la fila a la salida de la escuela para que "se las picara" a tiempo; y también estaba obligado a entrar mucho antes de que sonara la campana y a prescindir de "malas juntas" en los recreos. Además, Sarmiento nos cuenta lo siguiente: "No supe nunca bailar un trompo, rebotar la pelota, encumbrar un cometa ni uno solo de los juegos infantiles a que no tomé afición en mi niñez". Esto sí se concilia con la calidad del niño modelo, pero de ninguna manera con la de caudillo de los compañeritos: es como si lo nombraran capitán al más patadura del equipo. En función de estas contradicciones y la falsedad de aquello de los nueve años de asistencia perfecta es que los niños malos (revisionistas) empiezan a insinuar que el niñito modelo Domingo Faustino Sarmiento era un poco mentirosito. Zoncera N° 19 III) El niño que no mintió jamás ¿Era mentiroso el niñito Domingo Faustino Sarmiento? También en Recuerdos de Provincia nos dice don Domingo Faustino Sarmiento: "En la escuela me distinguí siempre por una veracidad ejemplar, a tal punto que los maestros la recompensaban proponiéndola de modelo a los alumnos y citándola con encomio y ratificándome más y más en mi propósito de ser siempre veraz, propósito que ha entrado a formar el fondo de mi carácter y de que dan testimonio todos los actos de mi vida". Esta veracidad es tanto más meritoria por lo que dice enseguida: "La familia de los Sarmiento tiene en San Juan una no disputada reputación, que han heredado de padres a hijos, direle con mucha mortificación mía, de embusteros. Nadie les ha negado esa cualidad, y yo les he visto dar tan relevantes pruebas de esta innata y adorable disposición que no me queda duda que es alguna calidad de familia". Hagamos pues el debido mérito a esta veracidad inquebrantable que el niño practicó con el tenaz apoyo de su madre, doña Paula, oponiéndose al "don de la familia". Dice a este propósito, también en Recuerdos de Provincia: "Mi madre, empero se había prevenido para no dejar entrar, con mi padre, aquella polilla en su casa y nosotros fuimos criados en un santo horror por la mentira". ¿Pero ese "santo horror" sólo duró mientras su madre consiguió impedir que en su casa entrara esa "polilla"? Parece que fue así según resulta de las Mentiras de Sarmiento que escribió Ramón Doll, y que afortunadamente no llega a manos escolares, pues los niños malos aprovecharían la copiosa recopilación de Doll para su labor destructiva del modelo. Sólo basta recordar lo que Sarmiento dice defendiéndose de las inexactitudes de su Facundo: "Cuando hay que mentir se miente", lo que ratifica en la carta a Rafael García del 28 de octubre de 1868: "Si miento, lo hago como don de familia, con la naturalidad y la sencillez de la veracidad". Como se ve, ya crecidito, al niño Sarmiento —57 años para la fecha de la carta— poco le queda de aquel "propósito que ha entrado a formar el fondo de mi carácter y de que dan testimonio todos los actos de mi vida". A esa edad Sarmiento confiesa —¿será verdad?— que en materia de veracidad sigue vivito y coleando el "don de familia" y que la veracidad de que "dan testimonio todos los actos de mi vida" está completamente penetrada por la polilla que habría combatido inútilmente doña Paula. 1 Las zonceras de Sarmiento las inventó Sarmiento. En realidad, Rivadavia hizo zonceras, más bien que decirlas, en lo que estuvo bien, pues nos evitó su prosa que es de lo peor, hasta para los difusores de las zonceras. (Les juego cualquier cosa a que nunca le han dado a leer a usted el texto completo de un discurso o escrito del famoso prócer). Esta es la razón por que las frases más conocidas sobre Rivadavia fueran inventadas por Mitre, al que parece no le bastaba con hacer las suyas. Explica también que la más rica vertiente de zonceras rivadavianas tenga un origen muy posterior al fallecimiento del personaje: está en la arenga que don Bartolo pronunció en la Plaza de la Victoria el 20 de mayo de 1886 celebrando el centenario del nacimiento de don Bernardino. (B. Mitre, Arengas selectas, Colecc. Grandes Escritores Argentinos, pág. 142, donde enumera los méritos de El hombre del canal. El más grande hombre civil de la tierra de los argentinos y El hombre que se adelantó a su tiempo, que veremos ahora, y aquello de Oponer los principios a la espada, que ya se vio). CONTINUARA... FUENTE CAPITULOS ANTERIORES
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