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El poder de los periodistas, segun Bourdieu.

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Registrate y eliminá la publicidad! LA INFLUENCIA DEL PERIODISMO El objeto que aquí nos ocupa no es “el poder de los periodistas” -y menos aún el periodismo como “cuarto poder”-, sino la influencia que los mecanismos de un campo cada vez más sometido a las exigencias del mercado (lectores y anunciantes), ejercen, en principio, sobre los periodistas (y los intelectuales-periodistas), y luego, en parte a través de ellos, sobre los diferentes campos de la producción cultural (jurídico, literario, artístico, científico). Se trata de examinar cómo la restricción estructural que pesa sobre este medio, él mismo dominado por las restricciones del mercado, modifica más o menos profundamente las relaciones de fuerza en el interior de los diferentes campos, afectando lo que se hace allí y lo que se produce y ejerciendo efectos muy parecidos en universos fenoménicamente muy diferentes. Ello sin caer en uno u otro de los dos errores opuestos, la ilusión del “jamás visto” y la ilusión del “siempre así”. La influencia que el campo periodístico y, a través de él, la lógica del mercado, ejercen en los campos de la producción cultural, incluso los más autónomos, no es radicalmente novedosa: se podría sin problemas componer, con textos de los escritores del siglo XIX, un cuadro realista de los efectos más generales que produce en el interior de esos universos protegidos. Pero hay que cuidarse de ignorar la especificidad de la situación actual que, más allá de las similitudes resultantes de la comparación, presenta características relativamente sin precedentes: los efectos que el desarrollo de la televisión produce en el campo periodístico y, a través de él, en todos los otros, son incomparablemente más importantes, en su intensidad y su amplitud, que aquéllos que la aparición de la literatura industrial, con la gran prensa y el folletín, había provocado, suscitando en los escritores reacciones de indignación o de revuelta de donde salen, según Raymond Williams, las definiciones modernas de cultura. Estos efectos que el campo periodístico genera se relacionan, por su forma y eficacia, en su propia estructura, es decir, en la distribución de los diferentes periódicos y periodistas según su autonomía respecto de las fuerzas externas, las del mercado de lectores y las del de anunciantes. El grado de autonomía de un órgano de difusión se mide, sin duda, por las ganancias que provienen de la publicidad y de la ayuda del Estado (bajo la forma de publicidad o subvenciones), pero también por el grado de concentración de los anunciantes. En cuanto al nivel de autonomía de un periodista en particular, depende en principio del grado de concentración de la prensa (que, al reducir el número de empleados potenciales, aumenta la inseguridad del empleo); luego de la posición del diario en el espacio de los periódicos, es decir, más o menos próximo del polo “intelectual” o del polo “comercial”; también de su ubicación en el diario u órgano de prensa (efectivo, temporario, etc.), que determina las diferentes garantías estatutarias de las que dispone (ligadas sobre todo a la notoriedad); de su salario; y, finalmente, de su capacidad de producción autónoma de la información (algunos periodistas, como los divulgadores científicos o los analistas económicos, son muy dependientes de este factor). Es claro que los diferentes poderes, y en particular las instancias gubernamentales, influyen no sólo por las restricciones económicas que están en condiciones de ejercer sino también por todas las presiones que admite el monopolio de la información legítima -sobre todo de las fuentes oficiales -; este monopolio da, en principio, a las autoridades gubernamentales y de la administración, a la policía, por ejemplo, pero también a las autoridades jurídicas, científicas, etc. armas en la lucha que los opone a los periodistas y en la que tratan de manipular las informaciones o a los agentes encargados de transmitirlas, mientras que la prensa intenta por su parte manejar a los que detentan la información para que la brinden o para tener la exclusividad. Sin olvidar el poder simbólico excepcional que confiere a las grandes autoridades estatales la capacidad de definir, por sus acciones, sus decisiones y sus intervenciones en el campo periodístico (entrevistas, conferencias de prensa, etc.), el orden del día y la jerarquía de los sucesos que se imponen a los diarios. Algunas propiedades del campo periodístico Para comprender cómo contribuye el campo periodístico a reforzar, en el seno de todos los campos, lo “comercial” en detrimento de lo “puro”, a los productores más inclinados a las seducciones del poder económico y político a expensas de los productores que defienden los principios y los valores del métier, hay que advertir que se organiza según una estructura homóloga a la de otros campos y que el peso de lo “comercial” es aquí mucho mayor. El campo periodístico se constituyó como tal, en el siglo XIX, alrededor de la oposición entre los diarios que ofrecían “novedades”, preferentemente “sensacionales” o, mejor dicho, “sensacionalistas” y los diarios que proponían análisis, “comentarios” y se diferenciaban respecto de los primeros, afirmando siempre los valores de “objetividad” . Es el sitio de una lucha entre dos lógicas y dos principios de legitimación: el reconocimiento por los pares, brindado por aquéllos que reconocen más cabalmente los “valores” o los principios internos, y el reconocimiento por el mayor número, materializado en la cantidad de lectores, de espectadores y de la audiencia, esto es, por las cifras de ventas (best-sellers) y la ganancia en dinero: la sanción del plesbiscito que es en este caso inseparable del mercado. Como el literario o el artístico, el campo periodístico es el sitio de una lógica específica, en verdad cultural, que se impone a los periodistas a través de las restricciones y los controles cruzados que hacen pesar unos sobre otros; y el respeto consiguiente a esas reglas (a veces nombrado como deontología) funda las reputaciones de honorabilidad profesional. En síntesis, fuera quizás de estas “marcas” -cuyo valor y significación dependen de la posición en el campo de quienes las hacen y de quienes se benefician- hay pocas sanciones positivas relativamente indiscutibles; en cuanto a las sanciones negativas, contra aquél que omite citar las fuentes, por ejemplo, son casi inexistentes – si bien se tiende a no citar la fuente, sobre todo cuando se trata de un medio menor, para no pagar el derecho correspondiente. Pero (como el campo político y el económico, y mucho más que el mundo científico, artístico o literario, o incluso el jurídico) el campo periodístico está sometido permanentemente a las pruebas y veredictos del mercado, a través de la sanción directa de la clientela o indirecta del rating (incluso si la ayuda del Estado asegura cierta independencia respecto de las restricciones inmediatas del mercado). Y los periodistas están más inclinados a adoptar el criterio rating en su producción (“hacer simple”, “hacer corto”, etc.) o en la evaluación de sus productos e incluso de sus productores (“da bien en la televisión”, “se vende bien”, etc.), cuando ocupan una posición más encumbrada (directores de canal, redactores jefe, etc.) en un órgano más directamente ligado al mercado (un canal comercial por oposición a un canal cultural, etc.). Los periodistas más jóvenes y menos comprometidos con un medio son, por el contrario, más proclives a oponer los principios y los valores del métier a las exigencias más realistas o más cínicas, de sus “antecesores”. En la lógica específica de un campo orientado hacia la producción de este bien altamente perecedero que son las noticias, la competencia por la clientela adopta la forma de una disputa por la prioridad, es decir, por las nuevas más nuevas (la primicia) ,- y ello es en tanto más, evidentemente, cuanto más próximo se está del polo comercial. La restricción del mercado no se ejerce más que por intermedio del efecto de campo: un número considerable de estas primicias, que son buscadas y apreciadas como victorias en la conquista de la clientela, han debido permanecer ignoradas por los lectores o los espectadores y son sólo percibidas por los competidores (los periodistas que son los únicos que leen todos los diarios...). Inscripta en la estructura y los mecanismos del campo, la competencia por la prioridad busca y favorece a los profesionales que se inclinan a ubicar toda la práctica periodística bajo el reinado de la velocidad (o de la precipitación) y de la renovación permanente. Disposiciones reforzadas por la temporalidad misma de la práctica periodística que, obligando a vivir y a pensar al día y a valorizar una información en función de su actualidad, favorece una suerte de amnesia permanente que es el revés negativo de la exaltación de la novedad y también una tendencia a juzgar a los productores y a los productos según la oposición de “nuevo” y “pasado”. Otro efecto del campo, absolutamente paradojal y poco favorable a la afirmación de autonomía colectiva o individual: la competencia incita a ejercer un cuidado permanente (que puede llegar hasta al espionaje mutuo) sobre las actividades de los rivales, a fin de sacar provecho de sus fracasos, evitando los mismos errores, y de contrarrestar sus éxitos, tomando prestados los instrumentos supuestos de sus logros (temas de números especiales que son retomados; libros retomados por otros y de los cuales “no puede no hablarse”; invitados que hay que tener; asuntos que se deben “cubrir” porque otros los han descubierto e incluso periodistas que son disputados, tanto para impedir a la competencia tenerlos cuanto por el deseo real de poseerlos). Así, en este dominio como en otros, la competencia, lejos de ser automáticamente generadora de originalidad y de diversidad, tiende a menudo a favorecer la uniformidad de la oferta, como se puede fácilmente advertir comparando los contenidos de los grandes semanarios, de los canales o las radios de gran audiencia. Pero este mecanismo, muy poderoso, tiene también por efecto el hecho de imponer insidiosamente al conjunto del campo las “elecciones” de los instrumentos de difusión más directa, completamente sometidos a los veredictos del mercado, como los de la televisión; lo que contribuye a orientar toda la producción en la conservación de los valores establecidos, como lo atestigua, por ejemplo, el hecho de que los premios periódicos con los cuales los intelectuales-periodistas se esfuerzan en imponer su visión del campo (y, en favor de los “ascensos en ascensor”, el reconocimiento de los pares...) yuxtaponen casi siempre autores de productos altamente perecederos y destinados a figurar durante algunas semanas, con esfuerzo, en la lista de los best-sellers, y autores consagrados que son a la vez “valores seguros” propios para señalar el buen gusto de aquéllos que los consagran y también, en tanto clásicos, los best-sellers de la larga duración. Es decir que, incluso si su eficiencia se alcanza casi siempre a través de las acciones de personas singulares, tanto los mecanismos por los cuales el periodismo es el sitio y sus efectos sobre los otros campos están determinados en su intensidad y su orientación por la estructura que lo caracteriza. Los efectos de la intrusión La influencia del campo periodístico refuerza en los agentes y las instituciones más dependientes del efecto del número y del mercado. Este efecto se ejerce tanto más cuanto los campos que lo sufren están más estrechamente sometidos, en su funcionamiento, a esta lógica y el campo periodístico está él mismo subordinado, coyunturalmente, a las restricciones externas que, estructuralmente, lo afectan más que a los otros campos de producción cultural. Se observa hoy por ejemplo que las sanciones internas tienden a perder su fuerza simbólica; los periodistas y los diarios “serios” pierden su aura y están ellos mismos impelidos a hacer concesiones a la lógica del mercado y del marketing introducida por la televisión comercial y a este nuevo principio de legitimidad que es la consagración, llamada “visibilidad mediática”, capaz de conferir a algunos productos (culturales o incluso políticos) o a algunos “productores” el sustituto aparentemente democrático de las sanciones específicas impuestas por los campos especializados. Algunos “análisis” de la televisión han tenido éxito ante los periodistas, sobre todo ante los más sensibles al efecto de la audiencia, porque confieren legitimidad democrática a la lógica comercial, contentándose con plantear en términos de política, en consecuencia de plesbiscito, un problema de producción y de difusión culturales. Así, la creciente influencia de un campo periodístico cada vez más sometido a la dominación directa o indirecta de la lógica comercial tiende a amenazar la autonomía de los diferentes campos de producción cultural, reforzando, en el seno de cada uno de ellos, a los agentes o las empresas que están más dispuestas a ceder ante los beneficios “externos” porque son menos ricos en capital específico (científico, literario, etc.) y menos seguros de los beneficios propios que el campo les garantiza en lo inmediato o a término más o menos próximo. El ascendiente del periodismo sobre los otros campos de producción cultural (en materia de filosofía y sobre todo de ciencias sociales) se ejerce principalmente a través de la intervención de productores culturales situados en un lugar incierto sobre el medio periodístico y los campos especializados (literario o filosófico, etc.). Estos “intelectuales-periodistas”, que se sirven de la doble pertenencia para esquivar las exigencias específicas de los dos universos y para importar en cada uno de ellos los poderes adquiridos en el otro, están hechos a medida para ejercer dos efectos mayores: por una parte, introducir formas nuevas de producción cultural, ubicadas en un espacio mal definido entre esoterismo universitario y exotismo periodístico; por otra parte, imponer, por medio de juicios críticos, principios de evaluación de las producciones culturales que, ratificando con una apariencia de autoridad intelectual las sanciones del mercado y reforzando la inclinación espontánea de ciertas categorías de consumidores a la allodoxia tienden a reforzar el “efecto audiencia” o de best-seller list sobre la recepción de productos culturales y también, indirectamente, sobre la producción, orientando las elecciones (la de los editores, por ejemplo) hacia obras menos exigentes y más vendibles. Y pueden contar con el sostén de aquéllos que -identificando la “objetividad” con una suerte de saber vivir de buena compañía y de neutralidad ecléctica en relación con todas las partes involucradas- toman los productos de cultura media por obras de vanguardia o denigran las investigaciones de vanguardia (y no sólo en materia de arte) en nombre de los valores del buen sentido; pero éstos pueden en su momento contar con la aprobación o incluso con la complicidad de los consumidores que, como ellos, están inclinados a la alladoxia por su distancia del “reducto de los valores culturales” y por su propensión a disimular los límites de sus capacidades de apropiación – según la lógica de la self deception que evoca la fórmula a menudo empleada por los lectores de las revistas de vulgarización: “es una revista científica de muy alto nivel y accesible a todos”. Así se encontrarían amenazados los logros obtenidos por la autonomía del campo y por su capacidad de resistir a las demandas mundanas, aquéllas que simboliza hoy el rating y que los escritores del siglo pasado enfrentaban expresamente cuando se levantaban contra la idea de que el arte (se podría decir lo mismo de la ciencia) pudiera someterse al veredicto del sufragio universal. Ante este peligro, son posibles dos estrategias, más o menos empleadas según los campos y su grado de autonomía: señalar firmemente los límites del campo y tratar de restaurar las fronteras amenazadas por la intrusión del modo de pensar y actuar del periodismo; o salir de la torre de marfil (según el modelo inaugurado por Zola) para imponer los valores surgidos de la reclusión en ella, y servirse de todos los medios disponibles, en los campos especializados o afuera, y en el seno mismo del periodismo, para imponer en el exterior las adquisiciones y las conquistas posibles por su autonomía. Hay condiciones económicas y culturales que permiten un juicio científico esclarecido y no se puede pretender que el voto universal (o las encuestas) delimite los problemas de la ciencia (aunque a veces se haga indirectamente y sin saberlo) sin desfavorecer al mismo tiempo las condiciones mismas de la producción científica, es decir, la barrera que protege la ciudadela científica (o artística) contra la irrupción destructiva de los principios de producción y de evaluación externos, impropios y desplazados. Pero no significa que la barrera no pueda ser atravesada en otro sentido y que sea intrínsecamente imposible trabajar en una redistribución democrática de los logros posibles por la autonomía. Esto es factible a condición de que se advierta claramente que toda acción que difunda las adquisiciones más raras de la investigación científica o artística supone el cuestionamiento del monopolio de los instrumentos de difusión de esta información (científica o artística) que el campo periodístico detenta de hecho y también la crítica del horizonte de expectativas que diseña la demagogia comercial de los que tienen los medios de interponerse entre los productores culturales (entre quienes se puede contar, en este caso, a los políticos) y la gran masa de consumidores. La distancia entre los productores profesionales (o sus productos) y los simples consumidores (lectores, oyentes, espectadores y también electores) que encuentra su fundamento en la autonomía de los campos especializados es más o menos grande, más o menos difícil de sobrellevar y más o menos inaceptable, desde el punto de vista de los principios democráticos, según los campos. Y, contrariamente a las apariencias, se observa también en el orden de la política que ésta contradice los principios declarados. Aunque los agentes comprometidos en el campo periodístico y en el político estén en una relación de competencia y de lucha permanentes y aunque el periodismo sea, de alguna manera, englobado en el campo político donde ejerce efectos muy poderosos, ambos tienen en común el estar muy directamente y estrechamente ubicados bajo el imperio de la sanción del mercado y del plesbiscito. Se sigue que la influencia del campo periodístico refuerza las tendencias de los agentes comprometidos en la política a someterse a la presión de las demandas y las exigencias del mayor número, a veces pasional e irreflexivas, y a menudo constituidas en reivindicaciones movilizadoras por el lugar que reciben en la prensa. Salvo cuando emplea libertades y poderes críticos que le aseguran su autonomía, la prensa, sobre todo la televisiva (y comercial), funciona en el mismo sentido que el sondeo, con el que debe contar: aunque pueda servir también de instrumento de demagogia racional tendente a reforzar la cerrazón sobre sí misma del campo político, el sondeo instaura con los electores una relación directa, sin mediación, que pone fuera de juego a todos los agentes individuales o colectivos (como los partidos o los sindicatos) socialmente ordenados para elaborar y proponer opiniones constituidas; expropia a todos los mandatarios y a quienes pretender ser sus portavoces (al igual que los grandes editorialistas del pasado) el monopolio de la expresión legítima de la “opinión publica” y, al mismo tiempo, de su capacidad de trabajar en una elaboración crítica (y a veces colectiva, como en los poderes legislativos) de opiniones reales o supuestas de sus mandantes. Todo esto hace que la influencia acrecentada de un campo periodístico, él mismo sometido a una presión creciente de la lógica comercial, sobre el campo político obsesionado por la tentación de la demagogia (especialmente en un momento en que los sondeos ofrecen el medio para ejercerla de manera racionalizada) contribuye a debilitar la autonomía de lo político y, al mismo tiempo, la capacidad acordada a los representantes (políticos u otros) de invocar su competencia de expertos o su autoridad de guardias de los valores colectivos. ¿Cómo no evocar, para finalizar, el caso de los juristas que, al precio de una “piadosa hipocresía”, insisten en que sus veredictos encuentran su principio no en las restricciones externas, sobre todo económicas, sino en las normas trascendentes de las cuales ellos son sus guardianes? El campo jurídico no es lo que cree ser, es decir, un universo puro de todo compromiso con las necesidades de la política o de la economía. Pero el hecho de hacerse reconocer como tal contribuye a producir efectos sociales reales y, en principio, sobre aquéllos que tienen como trabajo hablar de derecho. ¿Pero qué llegarán a ser los juristas, encarnaciones más o menos sinceras de la hipocresía colectiva?, ¿qué ocurrirá si se convierte en pública notoriedad que, lejos de obedecer a las verdades o a los valores trascendentes y universales, están atravesados, como todos los otros actores sociales, por restricciones como aquéllas; si es evidente que se alteran los procedimientos o las jerarquías por la presión de las necesidades económicas o la seducción de los éxitos periodísticos? Develar las restricciones ocultas que pesan sobre los periodistas y que inciden a su vez sobre todos los productores culturales no es -¿es necesario decirlo?- denunciar a los responsables, señalar con en el índice a los culpables. Es intentar ofrecer a unos y otros una posibilidad de liberarse, por la toma de conciencia, de la influencia de estos mecanismos y proponer quizás el programa de una acción concertada entre los artistas, los escritores, los sabios y los periodistas, detentadores del (cuasi)monopolio de los instrumentos de difusión. Sólo una colaboración de este tipo permitiría trabajar eficazmente en la divulgación de los logros más universales de la investigación y también, por otra parte, a la universalización práctica de las condiciones de acceso a lo universal saludos, muchas gracias
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