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Revista Nº1
1ºquincena de junio de 1997


EL MUNDO EN LOS SESENTA

La política, la economía, la resistencia y la militancia en un tiempo donde el obrero y el estudiante dieron fuertes cimbronazos al sistema imperante. En medio de un Estado de Bienestar en decadencia la insurgencia florecía en todo el mundo en respuesta a las intervenciones en Santo Domingo, Argelia, el Congo y Vietnam. Las calles de las ciudades se llenaban de protestas y los campos de Indochina ardían con napalm.

"Pai, afasta de mim ese cálice
de vinho tinto de sanghe"
Chico Buarque (Cálice)

"Una tuerca, un culo; una tuerca, un culo; una tuerca....."
Gian Maria Volonté, en "La clase obrera va al paraíso"

Cuando Juan Carlos Onganía asumió de facto el poder político en la Argentina, se hallaban en pleno desarrollo las tendencias --subterráneas o ya emergentes-- que llevarían al estallido que sacudió al mundo entre fines de los 60 y comienzos de los 70.

La Guerra Fría daba paso a la distensión; la Unión Soviética, tras 40 años de stalinismo, había roto su aislamiento y fortalecía sus vínculos con el Movimiento de Países No Alineados; China era admitida en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y los Estados Unidos eran los garantes indiscutibles del capitalismo mundial, prestos a intervenir militarmente en cualquier lugar del planeta.

El Occidente desarrollado disfrutaba las formas del Estado Social (o Estado Benefactor) con que había respondido a la influencia de la Revolución Rusa y al fantasma que recorrió Europa hasta la Segunda Guerra Mundial.

Italia, Francia, Inglaterra, los Países Bajos y del norte europeo habían dejado atrás el tremendo dolor social de la acumulación capitalista de antes y después de la guerra. En los EE.UU., aunque ya declinaban los efectos de la "década de oro" de los 50, aún se vivía bajo la sensación del progreso infinito, el sueño del american way of life que el Apolo en la luna había renovado.

El keynesianismo, que trajo la planificación normativa del desarrollo económico, la intervención activa del Estado en la relación entre el capital y el trabajo y la redistribución del salario social, era la fórmula que parecía alejar no sólo al comunismo sino también a la amenaza que latía en las entrañas mismas del sistema: las crisis cíclicas del capitalismo, la última de las cuales, el crack de 1930, había dejado una profunda huella en el mundo desarrollado.

Sin embargo, ya a mediados de los 60 el modelo basado en la planificación económica, el Estado Social y la producción fordista comenzaba a ser cuestionado por los poderes económicos. El descenso en la productividad --que entrará francamente en picada en los 70-- preocupaba ya a Europa y a los EE.UU.

Pero la fuerza de los sindicatos y, sobre todo, la politización de la economía, configuraban una poderosa oposición. Al fín y al cabo, el Estado Social había integrado la lucha de clases a su propio seno y era un campo donde ésta se libraba.

Los nuevos actores sociales

as políticas keynesianas, basadas en el crecimiento del mercado interno, habían configurado un actor social paradigmático: el obrero fordista, al mismo tiempo productor y consumidor de lo que producía. Charles Chaplin lo retrató genialmente en "Tiempos Modernos", caricaturizando los efectos de la línea de montaje y la producción continua en el trabajador.

Es el obrero masa, compañero del otro actor social típico de los 60: el estudiante universitario, que había dejado de pertenecer a una elite y cuyo número había crecido enormemente con la extensión de la escolaridad gratuita y el explosivo aumento de la matrícula: la famosa "inflación de títulos" --son los diplomas quemados por los estudiantes en las barricadas de París-- que describió Rossana Rosanda al referirse al contexto del mayo francés y del otoño caliente italiano.

Ambos, el obrero fordista y el estudiante masa, serán los actores centrales del movimiento social de fines de los 60 y principios de los 70. Serán, también, los protagonistas del Cordobazo, hijos, al fin y al cabo, del mismo modelo de acumulación capitalista que, junto con las transnacionales de la industria, había llegado a los países dependientes.

A ellos se agregaba otro sector, el de los intelectuales críticos, constructores del discurso contestatario. En una época en que los gestos tenían una enorme fuerza moral, Jean Paul Sartre había rechazado el Premio Nobel de Literatura en 1964.

En Francia, Michel Foucault ya denunciaba la presencia de los mecanismos del poder en el interior de las instituciones. En el santuario de La Sorbona, dos historiadores de enorme prestigio, el gaullista Fernand Braudel y el marxista Pierre Vilar, coincidían en el repudio a la política colonialista de Francia y, en los EE.UU., Harvard y Berkeley encabezaban la resistencia a la intervención de su país en Vietnam.

En el campo del marxismo, el rescate de los teóricos de la Escuela de Frankfurth y de Antonio Gramsci, que había renovado la teoría marxista del Estado, replantearon un debate obturado por el dogmatismo.

Violencia económica y terror militar

A extramuros del Estado Social, la crisis de dominación -que abarcaba tanto al mundo capitalista como al socialista- impregnaba la década y, desde la periferia, los movimientos de autodeterminación cuestionaban tenazmente el reparto del mundo que habían sellado Yalta y Bretton Woods al final de la Segunda Guerra.

En tres hechos de significación diversa, la Unión Soviética había enviado los tanques del Pacto de Varsovia a Budapest en 1956; doce años después, esos tanques acabaron con la primavera de Praga y, en China, Mao Ze Dong había lanzado los guardias rojos contra la vieja burocracia del partido y el Estado durante la llamada Revolución Cultural.

En los EE.UU, la rebelión negra de Malcom X, Stokeley Carmichael y el pacifista Martin Luter King convulsionaban el corazón del Imperio, mientras el contestatario movimiento hippie se burlaba de los íconos más reverenciados del american way of life.

Entretanto, al largo saqueo colonialista, que en muchos países de Africa, Asia y América latina había dejado sólo la tierra yerma, se agregaban nuevas formas de dominación mientras continuaba el intervencionismo de las grandes potencias.

Ya se tratara de la ocupación militar y política directa o del sostenimiento de gobiernos nativos títeres -civiles o militares- o, como en el caso argentino, de la imposición de un modelo económico dependiente a través de las clases dominantes locales, la violencia económica y el terror militar laceraban los pueblos del Tercer Mundo.

¨Padre, aparta de mí este cáliz¨

Desde la década anterior, los movimientos de liberación nacional en las colonias y semicolonias de Asia y Africa avanzaban con suerte dispar. Tampoco América latina tenía tregua.

En Cuba --cuya revolución era una espina clavada en el flanco sur de los Estados Unidos--, Angola, Mozambique, el Congo, Puerto Rico, El Salvador y muchos más, la lucha se libraba con distintos contenidos ideológicos pero con una sola demanda: la autodeterminación económica y política.

El Che Guevara, Fidel Castro, el congoleño Patrice Lumumba, el brasileño Carlos Marighela, el uruguayo Raúl Sendic, el colombiano Camilo Torres, los puertorriqueños Lolita Lebrón y Rafael Cancel Miranda, el mexicano Lucio Cabañas, el venezolano Douglas Bravo, el guatemalteco Yon Sosa, eran los continuadores de la larga gesta de Emiliano Zapata, Juan Antonio Mella, Augusto César Sandino, Farabundo Martí, Pedro Albizu Campos, entre otros patriotas y revolucionarios del sur del Río Bravo.

La insurgencia de América latina, mil veces ahogada y otras tantas renacida, cuestionaba la hegemonía estadounidense y amplificaba la denuncia antimperilista. Ya en 1961, John Kennedy había lanzado la Alianza la Alianza para el Progreso, destinada a atenuar los conflictos y asegurar la gobernabilidad en el subcontinente.

Más de un centenar de intervenciones militares de los EE.UU. en América latina, desde principios de siglo en adelante, habían sido acogidas en silencio por las otras potencias.

Sin embargo, cuando 15.000 marines desembarcaron en Santo Domingo en 1965 para imponer un gobierno títere de Washington, la indignación recorrió el mundo. Pero fue su intervención en Vietnam, verdadero escándalo moral, lo que desató un vasto movimiento social y político que, desde los propios EE.UU., desnudó ante propios y ajenos la iniquidad de esa intervención.

El napalm, los bombardeos masivos, el tormento y el asesinato, el terror, en fin, se volvían progresivamente en contra de sus ejecutores. En la conciencia de los pueblos civilizados, la modernidad tornaba insoportable el horror de Argelia, Vietnam, el Congo.

En el marco de la Guerra Fría, el fantasma de la revolución parecía provenir menos del proletariado de los países industrializados que del sur del planeta, la tierra de los postergados, allí donde se encontraron --de manera no siempre fácil-- el socialismo y el nacionalismo revolucionario o populista. También el cristianismo, que recuperaba la milenaria opción por los pobres, concurrió a ese encuentro de la cuestión nacional con la cuestión social.

Poco años después, a la rebelión anticolonial y antimperialista se agregará la acción directa de los nuevos actores que, tanto en el corazón de los países centrales como en naciones dependientes, cuestionarán en las calles el orden social en los 70.

Dardo Castro

2CV: PROLETARIADO Y COMBATIVO

El Citroën 2CV en los 70 fue, sin dudas, un compañero más. En esta nota el ingenioso recuerdo de Orlando Rígoli sobre el liviano armatoste que a más de 80 km por hora saltaba como una mula salvaje.

Por aquellos años pasaban cosas importantes. Las viejas y queridas utopías estaban cerca de hacerse realidad. La Habana era un faro que irradiaba su luz hacia toda Latinoamé, en el 63 el viejo Palacios ganaba la senaduría por la Capital y el grito de guerra de los jóvenes que habían posibilitado el triunfo era "en Cuba los barbudos y aquí los bigotudos". En el 67 la muerte del Che nos pegó en la línea de flotación y un año después el mayo francés renovó las ilusiones. Salvador Allende perdía por 12.000 votos las elecciones en Chile y los Beatles habían puesto la música patas para arriba. En aquella Argentina había por entonces siete fábricas de automotores; Ford, que colocó en el mercado el auto que se transformaría años después en el símbolo de la dictadura -al tristemente célebre Falcon- , Chevrolet, Kaiser, NSU, De Carlo, Auto Unión y Fiat, que por entonces no venía con los Macri incorporados. Pero estaba faltando algo. Esos años de cambio y sacudones reclamaban un coche para el grebanaje, para la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, un aparato de cuatro ruedas que se identificara con la Indoamérica sumergida. Y ese artefacto llegó finalmente a mis manos y a la de tantos como yo.

Pergeñado en el tablero de Le Corbusier -nadie supo nunca si esto fue cierto- con techo de lona, asientos que semejaban hamacas, puertas que abrían al revés, una suspensión cabeceadora que hacía suponer que se estaba arriba de un zaino, un sistema de apertura de ventanillas que ponía a prueba la fortaleza del codo izquierdo cada vez que se caía (cosa que sucedía al cabo de algunos meses de uso), un motorcito que que sonaba como si fuera a desparramarse a cada instante y un tanque de 20 litros con el que se podía andar veinte días. Había nacido el 2 CV de Citroen, el Quasimodo de los autos. Había que tener cuidado de llevarse el que no correspondía, ya que todos eran iguales de feos y hasta estaban pintados del mismo color, un azul que no era ni francia, ni cielo. El 2CV era de aliento largo, de galope corto y tan fiel como una china cuartelera, pero algunos preceptos debían seguirse al pie de la letra: en primer lugar no debía quedarse sin batería. Si ello sucedía, hacerlo arrancar no era tarea fácil ya que su embrague centrífugo obligaba a empujarlo... pero a 40 kilómetros por hora. Segundo: adelantarse a quien nos precedía en la ruta era una aventura fascinante que requería tantos cálculos como los que anteceden al lanzamiento de una cápsula espacial. Si se iba por la ruta 2 a la altura de Chascomús y se tenía adelante un robusto Mercedes con acoplado era necesario asegurarse de que la mono contraria estaba libre hasta Dolores. Esto en condiciones ideales, porque si soplaba viento de frente el sobrepeso hacía aparecer el ascenso al Himalaya como un divertimento de fin de semana. Pero a despecho de ello y de las miradas socarronas de los que circulaban en coches convencionales, los integrantes de la cofradía citronera nos sentíamos orgullosos del engendro. La imaginería popular le agregaba a sus muchas virtudes, bolazos dignos de Don Verídico: "Un primo mío se quedó sin nafta en Cutral - Có y llegó hasta Viedma echándole garnacha", decía uno e inmediatamente el retruque, "Eso no es nada -agregaba un segundo- mi cuñado rompió la trasera izquierda ni bien salió de Córdoba, le ató con alambre una rueda de triciclo y de costeleta llegó a Cruz de Caña".

Fantasía y realidad entremezcladas. Pero cuando en el 69, en pleno Cordobazo, me enteré de que los muchachos de la UTA que respondían al Negro Atilio López, entraron con ademanes poco versallescos a la agencia Tecnos -concesionaria Citroen en Córdoba- y se llevaron todos los 2CV para utilizarlos como apoyo, sentí que los Jaguar del Africa Korps y los Sherman de Patton eran unas verdaderas batatas. Querido 2CV, te ganaste tu lugarcito en los 70 y este recuerdo de alguien que hizo de vos uso y abuso.

Orlando Rígoli

LA HOGUERA TUCUMANA

Así como hay una nueva topografía en los movimientos sindicales urbanos, con ocupación de calles y la presencia permanente del activismo en los locales sindicales también en el interior agrario hay modificaciones relevantes. La ocupación de fábricas y facultades, de rutas y propiedades agrarias, forman el paisaje cotidiano de un Tucumán convulsionado.

La industria azucarera concentra el mayor número de sindicatos de la provincia, seguidos por más de cincuenta de menor tamaño, pertenecientes en su mayoría al sector servicios. Reconocida como un fortín justicialista, a pesar de las enconadas luchas de los 50 contra las medidas del segundo Perón, fue el lugar de convocatoria para el Plan de Lucha de la CGT lanzado por la conducción del textil José Alonso, de Buenos Aires, quien en 1964 convoca en el Club Luján a las 62 de Pie junto a Perón, un enroque destinado a tomar distancia y alimentar su propia influencia respecto de Vandor.

Estos sindicalistas reciben masivamente y con algarabía al general Juan Carlos Onganía el 9 de Julio y, días después, en el mismo mes, la decisión de Salimei de cerrar l6 ingenios azucareros, dejando en la intemperie a doscientas mil familias que dependían.

Las luchas callejeras se expanden y consolidan, uniendo a obreros desocupados, estudiantes de la intervenida Universidad Tecnológica Nacional y, poco después, la franja de obreros temporarios que inventa el onganiato en el llamado Operativo Tucumán.

El cuadro de inactividad económica no se modifica con el arribo de algunos rubros que gozaban de prerrogativas fiscales y bancarias (textil, electrónicos, embotelladoras, procesadoras citrícolas).

El sindicalismo se renueva en condiciones ahora críticas, siempre nucleados en torno a la FOTIA, que estaba prácticamente el comando de la CGT local. Ocupan el primer plano los dirigentes que se habían fogueado en la lucha de surco, talleres y sindicatos pobres. Benito Romano, Raúl Zelarayán, Isauro Arancibia, Leandro Fote, etc., reemplazan a los Aguirre o Aparicio, ocupando lugares centrales en los gremios de azucareros, docentes, gráficos, ferroviarios y lucifuercistas.

Igualmente, la lucha estudiantil de los sectores reformistas y humanistas, teñida por la oposición laicos-libres, es absorbida por corrientes cuyo centro de interés se desplaza del campo universitario a la condición obrera y de los sectores populares. La FUA y su expresión local, la FUN, son casi olvidados por la el empuje y el afianzamiento de centros independientes --así denominados- que simpatizaban con un socialismo de signo nuevo. En ello se basa la confluencia, a fines de los 60, en la CGT de los Argentinos, de obreros y estudiantes que funcionan física y simbólicamente en el local de la FOTIA.

Así como hay una nueva topografía en los movimientos sindicales urbanos, con ocupación de calles y la presencia permanente del activismo en los locales sindicales, también en el interior agrario hay modificaciones relevantes. Las localidades acompañan la protesta sindical por las fuentes de trabajo perdidas y por la casi nula compensación del Operativo Tucumán, desplazándose sobre las vías de acceso a la capital provincial. Estas luchas tienen, también, formas cada vez más violentas, pues son reprimidas incluso con armas de fuego. La muerte en las calles de Bella Vista de Hilda Guerrero de Molina constituye el paradigma de los sacrificios a los que se expone el nuevo Tucumán.

Paralelamente, los sectores medios y chicos de cañeros independientes, nucleados en la UCIT --dato de importancia para comprender su comportamiento en relación al sector industrial concentrado en la CAR-- son arrojados a la crisis, produciéndose una confluencia con obreros y estudiantes jamás conocida. Ni las esporádicas reuniones del decenio anterior se asemejaron a la vitalidad espontá nea y sólida que emerge en este período.

La ocupación de fábricas y facultades, de rutas y propiedades agrarias, forman el paisaje cotidiano de un Tucumán convulsionado. Sin embargo, en ningún caso puede atribuirse estos hechos a presiones externas de tipo ideológico, político o religioso. Al contrario, el nuevo marco en que se inscriben los dirigentes emergentes se subordina al criterio de la "unidad en la lucha", que es bandera de la hora.

Los dos "tucumanazos", que cubrieron gran parte de la capital provincial de barricadas estudiantiles con apoyo popular --incluído los aledaños universitarios--, no obstante la muerte del estudiante Victor Villalba, de origen salteño, ocurrida en la Quinta Agronómica, cierran la década, mientras comienza la búsqueda de una salida electoral por parte de la Revolución Argentina.

Héctor Marteau

EL CRONOPIO REBELDE

En mayo de 1967, el poeta cubano Roberto Fernández Retamar le solicitó a Julio Cortázar que sintetizara su opinión sobre la situación del intelectual latinoamericano. La conmovedora carta, que publicó el semanario Primera Plana en sus números 281/82 -un fragmento de la cual reproducimos- establece su concepto acerca de la ética del escritor contemporáneo.

Hace veinte años veía yo en Paul Valery el más alto exponente de la cultura occidental. Hoy continúo admirando al gran poeta y ensayista, pero ya no representa nada para mi ese ideal. No puede representarlo quien a lo largo de toda una vida consagrada a la meditación y al a creación, ignoró soberanamente (y no sólo en sus escritos) los dramas de la condición humana que en esos mismos años se abrían paso en la obra epónima de un André Malraux y, desgarrada y contradictoriamente pero de una manera admirable precisamente por ese desgarramiento y esas contradicciones en un André Gide. Insisto en que a ningún escritor le exijo que se haga tribuno de la lucha que en tantos frentes se está librando contra el imperialismo en todas sus formas, pero sí que sea testigo de su tiempo como lo querían Martínez Estrada y Camus y que su obra o su vida (¿pero cómo separarlas?) den ese testimonio en la forma que les sea propia. Ya no es posible respetar como se respetó en otros tiempos al escritor que se refugiaba en una libertad mal entendida para dar la espalda a su propio signo humano, a su pobre y maravillosa condición de hombre entre hombres, de privilegiado entre desposeídos y martirizados.

Para mi, Roberto, y con esto terminaré, nada de eso es fácil. El lento, absorbente, infinito y egoísta comercio con la belleza y la cultura, la vida en un continente donde unas pocas horas me ponen frente a los frescos de Giotto o los de Velázquez del Prado, en la curva de Rialto del Gran Canal o en las salas londinenses donde se diría que las pinturas de Turner vuelven a inventar la luz, la tentación cotidiana de volver como en otros tiempos a una entrega total y fervorosa a los problemas estéticos e intelectuales, a la filosofía abstracta, a los altos juegos del pensamiento y de la imaginación, a la creación sin otro fin que el placer de la inteligencia y de la sensibilidad, libran en mi una interminable batalla con el sentimiento de que nada de todo eso se justifica éticamente si al mismo tiempo no se está abierto a los problemas vitales de los pueblos, si no se asume decididamente de intelectual del tercer mundo en la medida en que todo intelectual, hoy en día, pertenece potencial o afectivamente al tercer mundo puesto que su sola vocación es un peligro, una amenaza, un escándalo, para los que apoyan lenta pero seguramente el dedo en el gatillo de la bomba.

...............

Incapaz de acción política, no renuncio a mi solitaria vocación de cultura, a mi empecinada búsqueda ontológica, a los juegos de la imaginación en sus planos más vertiginosos; pero todo eso no gira ya en si mismo y por si mismo, no tiene ya nada que ver con el cómodo humanismo de los mandarines de occidente. En lo más gratuito que yo pueda escribir asomará siempre una voluntad de contacto con el presente histórico del hombre, una participación en su larga marcha hacia lo mejor de si mismo como colectividad y humanidad. Estoy convencido de que sólo la obra de aquellos intelectuales que responden a esa pulsión y a esa rebeldía se encarnará en las conciencias de los pueblos y justificará con su acción presente y futura este oficio de escribir para el que hemos nacido.

Un abrazo muy fuerte de tu Julio
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